El 9 de diciembre de 1786 era el día señalado para que las clarisas de
Trujillo procediesen a la elección de superiora. Fray Antonio
Muchotrigo, provincial de San Francisco, empleaba toda su influencia
para que la madre Casanova ganase capítulo; pero el empeño del reverendo
no encontraba eco en la comunidad.
La madre Casanova era aún joven, pues acababa de cumplir treinta años, y
escasamente tenía siete años de profesa. Las conventuales viejas mal
podían resignarse a ser gobernadas por una muchacha.
Convencido el provincial de que en el escrutinio sería derrotada su
protegida, mandó suspender el capítulo y nombró presidenta o abadesa
interina a otra religiosa de su devoción, diciendo que adoptaba esta
medida por castigar a ciertas monjas sediciosas que servían de
instrumento al espíritu maligno para anarquizar la casa de Dios.
Las aludidas alborotaron el claustro, y poniéndose al frente de ellas la
más demagoga, excitó a sus copartidarias con una proclama más quemadora
que el petróleo para salir procesionalmente, llevando ella la cruz alta,
por las calles de la ciudad, e ir con la querella ante el obispo que, si
no me equivoco, era el antecesor del Sr. Carrión y Marfil.
Las revoluciones, como las tortillas, hacerlas sobre caliente o no
hacerlas.
Diez monjas siguieron a la capitana, que tuvo energía para arrancar a la
portera el manojo de llaves, y después de abrir la puerta y cancela,
emprendieron el vuelo las once palomitas del Señor.
Si aquello alborotó o no a los trujillanos, discúrranlo mis lectores.
El sagaz obispo receló que si las recibía con bravatas, tal estaban de
exaltadas las revolucionarias, serían capaces de echarlo todo a doce y
llevar el bochinche Dios sabe a qué extremos. Su ilustrísima las dejó
besuquear el pastoral anillo, las colmó de bendiciones, oyó sus
desahogos, las habló con benevolencia y por fin las ofreció contribuir a
que se procediese de manera que no tuviesen en adelante motivo de queja.
Dios me perdone la especie, pero hasta creo que su ilustrísima se hizo
medio revolucionario, pues consiguió que las monjitas, acompañadas por
él, volvieran al claustro.
Negociadores van, negociadores vienen, cediendo un poquito el obispo y
concediendo mucho Muchotrigo, se convino en que el 18 de diciembre
eligieran las clarisas abadesa a su _contentillo_.
¡Gallo de buena estaca era su paternidad fray Antonio Muchotrigo! La
calaverada de las once monjitas había asustado á varias de las que antes
hacían causa común con ellas, y de este pánico aprovechó el provincial
para reforzar el partido de la madre Casanova; pues las convenció de que
sólo desertando desagraviarían a Dios y borrarían el escándalo dado por
sus mal inspiradas compañeras.
Como es notorio, en los tiempos del coloniaje un capítulo de fraile o de
monjas interesaba al vecindario tanto o más que a la gente de iglesia.
Trujillo estaba, pues, en ebullición.
El corregidor, que, por mi cuenta, debió ser un pobrete de esos que,
como ciertos prefectos republicanos de hoy, se espantan con el vuelo de
las moscas y creen en duendes y viven viendo siempre visiones, puso las
cosas, que ya parecían arregladas, de peor condición que antes.
No hay mayor enemigo del orden que el miedo en una autoridad. El miedo,
como el consonante para los malos poetas, tiene el privilegio de tornar
elefantes las hormigas.
El asustadizo corregidor se armó hasta los dientes, y por lo que _potest
contingere_, rodeó el convento con una compañía de soldados.
Nueva revolución entre las religiosas, que vieron en este aparato de
fuerza un insulto a su dignidad y un ataque al libre ejercicio del
derecho de sufragio, como dicen hoy los editoriales de los periódicos.
Veinte monjas, acaudilladas por la misma del primer barullo, se negaron
a entrar en la sala capitular y firmaron un recurso al obispo,
protestando no proceder a la elección sin que antes su ilustrísima, como
delegado de la silla apostólica, no las declarase sujetas a su
jurisdicción y libres de la del provincial franciscano, contra cuya
tiranía y abusos estamparon mil lindezas. En 1786, siglo y medio
después, el obispo era el niño mimado de las monjas y el franciscano un
ogro al que habrían querido despedazar con las uñas.
Como en la época de D. Carlos Marcelo Corne, la cuestión subió de punto,
y según he leído en la Memoria del virrey D. Teodoro Croix, la Real
Audiencia tuvo que tomar cartas.
El fallo fué también de los de agua tibia; porque el Real Acuerdo
resolvió: 1.º Que no era aceptable el cambio de jurisdicción: 2.º Que se
procediese a la elección, presidiéndola el obispo y con asistencia del
provincial: 3.º Que en adelante no interviniesen los regulares en la
administración de rentas.
Pocas veces se dará una sentencia más al gusto de todos los paladares.
El obispo quedó contento... porque se le acordaba el derecho de presidir
el capítulo.
El padre Muchotrigo... porque todo trigo es limosna; digo, porque se
acataba su jurisdicción.
Los ministeriales o casanovistas... porque el provincial se frotaba las
manos de gusto.
Y las revolucionarias... porque si bien su paternidad conservaba
privilegios teóricos, perdía el manejo práctico de la _pecunia_.
Aquí viene bien decir con el italiano: _tutti contenti_.
El 16 de abril de 1787 se hizo muy tranquilamente la elección, a
presencia del obispo y de fray Antonio Cárdenas, en quien delegó sus
facultades el provincial.
Ninguna de las antiguas pretendientes al poder abacial, que en ese siglo
era todavía gran bocado, exhibió su candidatura.
La madre Casanova murió muy anciana, después de 1840, no sin haber sido
abadesa en cuatro o cinco períodos.