Y ¡vaya si topó!... Como que de una plumada mandó ahorcar ochenta
bochincheros en Cochabamba; y lanza en mano, se le vió en Lima, a la
cabeza de su escolta, matar frailes de San Francisco. Se las tuvo tiesas
con clero, audiencia y cabildantes, y es fama que hasta a la misma
Inquisición le metió el resuello.
Sin embargo, los rigores del de Castelfuerte tuvieron su época de calma.
Descubiertos algunos gatuperios de un empleado de la real hacienda, el
virrey anduvo _con paños_ tibios y dejó sin castigo al delincuente. Los
pasquinistas le pusieron entonces el cartel que sigue:
ESTE GALLO YA NO CANTA,
SE LE SECÓ LA GARGANTA.
Y como de costumbre, su excelencia no quiso dejar sin respuesta el
pasquín, y mandó escribir debajo:
PACIENCIA, YA CANTARÁ
Y A ALGUNOS LES PESARÁ.
Y se echó a examinar cuentas y a hurgar en la conducta de los que
manejaban fondos, metiendo en la cárcel a todos los que resultaron con
las manos sucias.
La verdad es que no tuvo el Perú un virrey más justiciero, más honrado,
ni más enérgico y temido que el que principió haciéndose la mosquita
muerta.
Lo que pinta por completo su prestigio y el miedo que llegó a inspirar
es la siguiente décima, muy conocida en Lima, y que se atribuye a un
fraile agustino:
«Ni a descomunión mayor,
ni a vestir el sambenito,
tiene pena ese maldito
durecido pecador.
Mandinga, que es embaidor,
lo sacó de su caldero:
vino con piel de cordero
teniéndola de león...
Mas ¡chitón, chitón, chitón!,
la pared tiene agujero.