Pero una vez estuvo la saya y manto en amargos _pindingues_. Iba a morir
de muerte violenta; como quien dice, de apoplejía fulminante.
Tales _rabudos_ oirían los frailes en el confesonario y tan mayúsculos
pretextos de pecadero darían sayas y mantos, que en uno de los concilios
limenses, presidido por Santo Toribio, se presentó la proposición de que
toda hija de Eva que fuese al templo o a procesiones con el tentador
disfraz, incurriera _ipso facto_ en excomunión mayor. _Anathema sit_,
y... ¡fastidiarse, hijitas!
Aunque la cosa pasó en sesión secreta, precisamente esta circunstancia
bastó para que se hiciera más pública que noticia esparcida con timbales
y a voz de pregonero. Las limeñas supieron, pues, al instante y con
puntos y comas todos los incidentes de la sesión.
Lo principal fué que varios prelados habían echado furibundas
catilinarias contra la saya y manto, cuya defensa tomó únicamente el
obispo D. Sebastián de Lartahun, que fué en ese Concilio lo que llaman
los canonistas el _abogado del diablo_.
Es de fórmula encomendar a un teólogo que haga objeciones al Concilio
hasta sobre puntos de dogma, o lo que es lo mismo, que defienda la causa
del diablo, siéndole lícito recurrir a todo linaje de sofismas.
Con tal defensor, que andaba siempre de punta con el arzobispo y su
cabildo, la causa podía darse por perdida; pero, afortunadamente para
las limeñas, la votación quedó para la asamblea inmediata.
¿Recuerdan ustedes el tiberio femenil que en nuestros republicanos
tiempos se armó por la cuestión campanillas, y las escenas del Congreso
siempre que se ha tratado de incrustar, como artículo constitucional, la
tolerancia de cultos? Pues esas zalagardas son hojarasca y buñuelo al
lado del barullo que se armó en 1561.
Lo que nos prueba que desde que Lima es Lima, mis lindas paisanas han
sido aficionadillas al bochinche.
¡Y que demonche! Lo rico es que siempre se han salido con la suya, y nos
han puesto la ceniza en la frente a nosotros los muy bragazas.
Las limeñas de aquel siglo no sabían hacer patitas de mosca (¡qué mucho,
si no se les enseñaba a escribir por miedo de que se carteasen con el
_percunchante_!) ni estampar su garabato en actas, como hogaño se
estila. Nada de protestas, que protestar es abdicar, y de antiguo es que
las protestas no sirven para maldita de Dios la cosa, ni aun para
envolver ajonjolí. Pero sin necesidad de echar firmas, eran las
picarillas lesnas para conspirar.
En veinticuatro horas se alborotó tanto el gallinero, que los varones,
empezando por los formalotes oidores de la Real Audiencia y concluyendo
por el último capigorrón, tuvieron que tomar cartas en el asunto. La
anarquía doméstica amenazaba entronizarse. Las mujeres descuidaban el
arreglo de la casa, el famulicio hacía gatadas, el puchero estaba soso,
los chicos no encontraban madre que los envolviese y limpiara la
moquita, los maridos iban con los calcetines rotos y la camisa más sucia
que estropajo, y todo, en fin, andaba manga por hombro. El sexo débil no
pensaba más que en conspirar.
Calculen ustedes si tendría bemoles la jarana, cuando a la cabeza del
bochinche se puso nada menos que la bellísima doña Teresa, el ojito
derecho, la mimada consorte del virrey D. García de Mendoza.
Empeños van e influencias vienen, intrigas valen y conveniencias surgen,
ello es que el prudente y sagaz Santo Toribio aplazó la cuestión,
conviniendo en dejarla para el último de los asuntos señalados a las
tareas del Concilio.
¡Cuando yo digo que las mujeres son capaces de sacar polvo debajo del
agua y de contarle los pelos al diablo!
Cuestión aplazada, cuestión ganada--pensaron las limeñas,--y cantaron
victoria, y el orden volvió al hogar.
A mí se me ocurre creer que las faldas se dieron desde ese momento a
conspirar contra la existencia del Concilio; y no es tan antojadiza ni
aventurada esta opinión mía, porque atando cabos y compulsando fechas,
veo que algunos días después del aplazamiento los obispos de Quito y del
Cuzco hallaron pretexto para un tole-tole de los diablos, y el Concilio
se disolvió poco menos que a farolazos. Alguna vez había de salir con
lucimiento el _abogado del diablo_.
¡No que nones!
Métanse ustedes con _ellas_ y verán dónde les da el agua.