Como los corresponsales de los periódicos hubieran escrito a Lima,
describiendo larga, menuda y pomposamente los jolgorios y comilonas,
recibió el _Diablo_, por el primer vapor de la mala de Europa, la
noticia y pormenores transmitidos por todos nuestros órganos de
publicidad.
Diz que _Cachano_ se mordió de envidia el hocico, ¡pícaro trompudo!, y
que exclamó:
--¡Caracoles! ¡Pues yo no he de ser menos que El! No faltaba más... A mí
nadie me echa la pata encima.
Y convocando incontinenti a doce de sus cortesanos, los disfrazó con las
caras de los apóstoles. Porque eso sí, _Cucufo_ sabe más que un cómico y
que una coqueta en esto de adobar el rostro y remedar fisonomías.
Pero como los corresponsales hubieran olvidado describir el traje de
Cristo y el de sus discípulos, se imaginó el _Maldito_ que, para salir
del atrenzo, bastaríale consultar las estampas de cualquier álbum de
viajes. Y sin más ni menos, él y sus camaradas se calzaron botas
granaderas y echáronse sobre los hombros capa de cuatro puntas, es
decir, _poncho_.
Los iqueños, al divisar la comitiva, creyeron que era el Señor que
regresaba con sus escogidos, y salieron a recibirlo, resueltos a echar
esta vez la casa por la ventana, para que no tuviese el Hombre-Dios
motivo de aburrimiento y se decidiese a sentar para siempre sus reales
en la ciudad.
Los iqueños eran hasta entonces felices, muy felices, archifelices. No
se ocupaban de política, pagaban sin chistar la contribución, y les
importaba un pepino que gobernase el preste Juan o el moro Muza. No
había entre ellos chismes ni quisquillas de barrio a barrio y de casa a
casa. No pensaban sino en cultivar los viñedos y hacerse todo el bien
posible los unos a los otros. Rebosaban, en fin, tanta ventura y
bienandanza, que daban dentera a las comarcas vecinas.
Pero _Carrampempe_, que no puede mirar la dicha ajena sin que le
castañeteen de rabia las mandíbulas, se propuso desde el primer instante
meter la cola y llevarlo todo al barrisco.
Llegó el _Cornudo_ a tiempo que se celebraba en Ica el matrimonio de un
mozo como un carnero con una moza como una oveja. La pareja era como
mandada hacer de encargo, por la igualdad de condición y de caracteres
de los novios, y prometía vivir siempre en paz y en gracia de Dios.
--Ni llamado con campanilla podría haber venido yo en mejor
oportunidad--pensó el _Demonio_. ¡Por vida de Santa Tecla, abogada de
los pianos roncos!
Pero desgraciadamente para él, los novios habían confesado y comulgado
aquella mañana; por ende, no tenían vigor sobre ellos las asechanzas y
tentaciones del _Patudo_.
A las primeras copas bebidas en obsequio de la dichosa pareja, todas las
cabezas se trastornaron, no con aquella alegría del espíritu, noble,
expansiva y sin malicia, que reinó en los banquetes que honrara el
Señor con su presencia, sino con el delirio sensual e inmundo de la
materia.
Un mozalbete, especie de D. Juan Tenorio en agraz, principió a dirigir
palabras subversivas a la novia; y una jamona, jubilada en el servicio,
lanzó al novio miradas de codicia. La vieja aquella era petróleo purito,
y buscaba en el joven una chispa de fosfórica correspondencia para
producir un incendio que no bastasen a apagar la bomba Garibaldi ni
todas las compañías de bomberos. No paró aquí la cosa.
Los abogados y escribanos se concertaron para embrollar pleitos; los
médicos y boticarios celebraron acuerdo para subir el precio del _aqua
fontis_; las suegras se propusieron sacarles los ojos a los yernos; las
mujeres se tornaron pedigüeñas y antojadizas de joyas y trajes de
terciopelo; los hombres serios hablaron de club y de bochinche; y para
decirlo de una vez, hasta los municipales vociferaron sobre la necesidad
de imponer al prójimo contribución de diez centavos por cada estornudo.
Aquello era la anarquía con todos sus horrores. Bien se ve que el
_Rabudo_ andaba metido en la danza.
Y corrían las horas, y ya no se bebía por copas, sino por botellas, y
los que antaño se arreglaban pacíficas _monas_, se arrimaron esa noche
una _mona_ tan brava... tan brava... que rayaba en hidrofóbica.
La pobre novia que, como hemos dicho, estaba en gracia de Dios, se
afligía e iba de un lado para otro, rogando a todos que pusiesen paz
entre dos guapos que, armados de sendas estacas, se estaban suavizando
el cordobán a garrotazos.
El diablo se les ha metido en el cuerpo: no puede ser por menos--pensaba
para sí la infeliz, que no iba descaminada en la presunción, y
acercándose al _Uñas largas_ lo tomó del poncho, diciéndole:
--Pero, señor, vea usted que se matan...
--¿Y a mí qué me cuentas?--contestó con gran flema el _Tiñoso_.--Yo no
soy de esta parroquia... ¡Que se maten enhorabuena! Mejor para el cura
y para mí, que le serviré de sacristán.
La muchacha, que no podía por cierto calcular todo el alcance de una
frase vulgar, le contestó:
--¡Jesús! ¡Y qué malas entrañas había su merced tenido! La cruz le hago.
Y unió la acción a la palabra.
No bien vió el _Maligno_ los dedos de la chica formando las aspas de una
cruz, cuando quiso escaparse como perro a quien ponen maza; pero,
teniéndolo ella sujeto del poncho, no le quedó al _Tunante_ más recurso
que sacar la cabeza por la abertura, dejando la capa de cuatro puntas en
manos de la doncella.
El _Patón_ y sus acólitos se evaporaron, pero es fama que desde entonces
viene, de vez en cuando, Su Majestad Infernal a la ciudad de Ica en
busca de su poncho. Cuando tal sucede, hay larga francachela entre los
_monos bravos_ y...
Pin--pin,
San Agustín,
Que aquí el cuento tiene fin.