Había en Lima un hombrecillo del codo a la mano, casi un enano, llamado
D. Juan Manrique y que, sin comprobarlo con su arbol genealógico, se
decía descendiente de uno de los siete infantes de Lara. Heredero de un
caudal decente, sacó del cofre algunas monedas e ideó gastarlas de forma
que la atención pública se fijase en su menguada figura.
Congregado estaba Lima en la plaza Mayor a obra de las doce del día,
cuando a todo correr presentóse D. Juan Manrique sobre un gentil caballo
overo, con caparazón morado y blanco, recamado de oro, estribos de plata
y pretal de cascabeles finos. El jinete vestía reluciente armadura de
acero, gola, manoplas, casco borgoñón, con gran penacho de plumas y
airones, y embrazaba adarga y lanzón, ciñendo alfanje de Toledo y puñal
de misericordia con punta buida. Cruzábale el pecho una banda blanca
donde, con letras de oro, leíase esta divisa: _El caballero de la
Virgen._
Por la pequeñez de su talla, era el campeón un Sancho parodiando a D.
Quijote. El pueblo, en medio de su sorpresa, más que en el jinete se
fijó en el brioso corcel y en el lujo del atavío, y hubo un atronador
palmoteo.
Llegado el de Manrique de Lara frente a palacio, detuvo con mucho garbo
el caballo, alzóse la visera y dió el siguiente pregón:
«¡Santiago y Castilla!... ¡Santiago y Galicia!... ¡Santiago y León!...
Aquí estoy yo, D. Juan Manrique de Lara, _el caballero de la Virgen_,
que reto, llamo y emplazo a mortal batalla a todos los que negasen que
la Virgen María fué concebida sin pecado original. Y así lo mantendré y
haré confesar, a golpe de espada y a bote de lanza y a mojicón cerrado y
a bofetada abierta, si necesario fuese, para lo cual aguardaré en
vigilia en este palenque, sin yantar ni beber, hasta que Febo esconda
su rubia cabellera. El judío que sea osado, que venga, y me encontrará
firme mantenedor de la empresa. ¡Santiago y Castilla!... ¡Santiago y
Galicia!... ¡Santiago y León!...»
Dijo, y arrojó sobre la arena de la plaza un guantelete de hierro.
El pueblo, que no esperaba esta pepitoria de los romancescos caballeros
andantes, vitoreó con entusiasmo. Ni que el campeón hubiera sido otro
Pentapolín, el del arremangado brazo.
Al decir de la Inquisición, Lima era entonces un hervidero de
portugueses judaizantes, y barrúntase que contra ellos se dirigía el
reto del campeón de la Virgen. Pero los descreídos portugueses maldito
el caso que hicieron del pregón y se estuvieron sin rebullirse, como
ratas en un agujero acechado por un micifuz.
D. Juan Manrique permaneció ojo avizor sobre las cuatro esquinas de la
plaza, esperando que asomase algún malandrín infiel a quien acometer
lanza en ristre. Pero sonaron las seis de la tarde, y ni Durandarte
valeroso, ni desaforado gigante Fierabrás, ni endriago embreado, ni
encantador follón se presentaron a recoger el guante.
El dogma de la Inmaculada Concepción quedaba triunfante en Lima, y
mohinos los pícaros portugueses que _sotto voce_ lo combatían.
D. Juan Manrique se volvió a su casa acompañado de los vítores
populares.
Desde ese día quedó bautizado con el mote de _El caballero de la
Virgen_.