DONDE SE COMPRUEBA QUE A LA LARGA EL TORO FINA EN EL MATADERO Y EL
LADRÓN EN LA HORCA
Al anochecer del 31 de julio del susodicho año de 1772, un soldado entró
cautelosamente en la casa del alcalde ordinario D. Tomás Mañós y se
entretuvo con él una hora en secreta plática.
Poco después circulaban por la ciudad rondas de alguaciles y agentes de
la policía que fundó Amat con el nombre de _encapados_.
En la mañana del 1.º de agosto todo el mundo supo que en la cárcel de
corte y con gruesas barras de grillos se hallaban aposentados el
teniente Ruda, el alférez Pulido, seis soldados del regimiento de
Saboya, tres del regimiento de Córdoba y ocho paisanos. Hacíanles
también compañía doña Leonor Michel y doña Manuela Sánchez, queridas de
los dos oficiales, y tres mujeres del pueblo, mancebas de los soldados.
Era justo que quienes estuvieron a las maduras participasen de las
duras. Quien comió la carne que roa el hueso.
El proceso, curiosísimo en verdad y que existe en los archivos de la
Excma. Corte Suprema, es largo para extracto. Baste saber que el 13 de
agosto no quedó en Lima títere que no concurriese a la plaza Mayor, en
la que estaban formadas las tropas regulares y milicias cívicas.
Después de degradados con el solemne ceremonial de las ordenanzas
militares los oficiales Ruda y Pulido, pasaron junto con nueve de sus
cómplices a balancearse en la horca, alzada frente al callejón de
Petateros. El verdugo cortó luego las cabezas, que fueron colocadas en
escarpias en el Callao y en Lima.
Los demás reos obtuvieron pena de presidio, y cuatro fueron absueltos,
contándose entre éstos doña Manuela Sánchez, la querida de Ruda. El
proceso demuestra que si bien fué cierto que ella percibió los
provechos, ignoró siempre de dónde salían las misas.