Si ha caído bajo tu dominio, lector amable, mi primer libro de
TRADICIONES, habías hecho conocimiento con el Excmo. Sr. D. Manuel Amat
y Juniet, trigésimo primo virrey del Perú por su majestad Fernando VI.
Ampliaremos hoy las noticias históricas que sobre él teníamos
consignadas.
La capitanía general de Chile fué en el siglo pasado un escalón para
subir al virreinato. Manso de Velasco, Amat, Jáuregui, O’Higgins y
Avilés, después de haber gobernado en Chile, vinieron a ser virreyes del
Perú.
A fines de 1771 se hizo Amat cargo del gobierno. «Traía--dice un
historiador--la reputación de activo, organizador, inteligente, recto
hasta el rigorismo y muy celoso de los intereses públicos, _sin olvidar
la propia conveniencia_.» Su valor personal lo había puesto a prueba en
una sublevación de presos, en Santiago. Amat entró solo en la cárcel, y
recibido a pedradas, contuvo con su espada a los rebeldes. Al otro día
ahorcó docena y media de ellos. Como se ve, el hombre no se andaba con
repulgos.
Amat principió a ejercer el gobierno cuando, hallándose más encarnizada
la guerra de España con Inglaterra y Portugal, las colonias de América
recelaban una invasión. El nuevo virrey atendió perfectamente a poner en
pie de defensa la costa desde Panamá a Chile, y envió eficaces auxilios
de armas y dinero al Paraguay y Buenos Aires. Organizó en Lima milicias
cívicas, que subieron a cinco mil hombres de infantería y dos mil de
caballería, y él mismo se hizo reconocer por coronel del regimiento de
nobles, que contaba con cuatrocientas plazas. Efectuada la paz, Carlos
III premió a Amat con la cruz de San Jenaro, y mandó a Lima veintidós
hábitos de caballeros de diversas órdenes para los vecinos que más se
habían distinguido por su entusiasmo en la formación, equipo y
disciplina de las milicias.
Bajo su gobierno se verificó el Concilio provincial de 1772, presidido
por el arzobispo D. Diego Parada, en que fueron confirmados los cánones
del Concilio de Santo Toribio.
Hubo de curioso en este Concilio que habiendo investido Amat al
franciscano fray Juan de Marimón, su paisano, confesor y aun pariente,
con el carácter de teólogo representante del real patronato, se vió en
el conflicto de tener que destituirlo y desterrarlo por dos años a
Trujillo. El padre Marimón, combatiendo en la sesión del 28 de febrero
al obispo Espiñeyra y al crucífero Durán, que defendían la doctrina del
probabilismo, anduvo algo cáustico con sus adversarios. Llamado al orden
Marimón, contestó, dando una palmada sobre la tribuna: «Nada de gritos,
ilustrísimo señor, que respetos guardan respetos, y si su señoría vuelve
a gritarme, yo tengo pulmón más fuerte y le sacaré ventaja.» En uno de
los volúmenes de _Papeles varios_ de la Biblioteca de Lima se encuentran
un opúsculo del padre agonizante Durán, una carta del obispo fray Pedro
Angel de Espiñeyra, el decreto de Amat y una réplica de Marimón, así
como el sermón que pronunció éste en las exequias del padre Pachi,
muerto en olor de santidad.
El virrey, cuyo liberalismo en materia religiosa se adelantaba a su
época, influyó, aunque sin éxito, para que se obligase a los frailes a
hacer vida común y a reformar sus costumbres, que no eran ciertamente
evangélicas. Lima encerraba entonces entre sus murallas la bicoca de mil
trescientos frailes, y los monasterios de monjas la pigricia de
setecientas mujeres.
Para espiar a los frailes que andaban en malos pasos por los barrios de
Abajo el Puente, hizo Amat construir el balcón del palacio que da a la
plazuela de los Desamparados y se pasaba muchas horas escondido tras de
las celosías.
Algún motivo de tirria debieron darle los frailes de la Merced, pues
siempre que divisaba hábito de esa comunidad murmuraba entre dientes:
«¡Buen blanco!» Los que lo oían pensaban que el virrey se refería a la
tela del traje, hasta que un curioso se atrevió a pedirle aclaración, y
entonces dijo Amat: «¡Buen blanco para una bala de cañón!»
En otra ocasión hemos hablado de las medidas prudentes y acertadas que
tomó Amat para cumplir la real orden por la que fueron expulsados los
miembros de la Compañía de Jesús. El virrey inauguró inmediatamente en
el local del colegio de los jesuítas el famoso Convictorio de San
Carlos, que tantos hombres ilustres ha dado a la América.
Amotinada en el Callao a los gritos de «¡Viva el rey y muera su mal
gobierno!» la tripulación de los navíos _Septentrión_ y _Astuto_ por
retardo en el pagamento de sueldos, el virrey enarboló en un torreón la
bandera de justicia, asegurándola con siete cañonazos. Fué luego a
bordo, y tras brevísima información mandó colgar de las entenas a los
dos cabecillas y diezmó la marinería insurrecta, fusilando diez y siete.
Amat decía que la justicia debe ser como el relámpago.
Amat cuidó mucho de la buena policía, limpieza y ornato de Lima. Un
hospital para marineros en Bellavista; el templo de las Nazarenas, en
cuya obra trabajaba a veces como carpintero; la Alameda y plaza de Acho
para las corridas de toros, y el Coliseo, que ya no existe, para las
lidias de gallos, fueron de su época. Emprendió también la fábrica, que
no llegó a terminarse, del Paseo de Aguas y que, a juzgar por lo que aún
se ve, habría hecho competencia a Saint Cloud y a Versalles.
Licencioso en sus costumbres, escandalizó bastante al país con sus
aventuras amorosas. Muchas páginas ocuparían las historietas picantes en
que figura el nombre de Amat unido al de Micaela Villegas, la
Perricholi, actriz del teatro de Lima.
Sus contemporáneos acusaron a Amat de poca pureza en el manejo de los
fondos públicos, y daban por prueba de su acusación que vino de Chile
con pequeña fortuna y que a pesar de lo mucho que derrochó con la
Perricholi, que gastaba un lujo insultante, salió del mando millonario.
Nosotros ni quitamos ni ponemos, no entramos en esas honduras y decimos
caritativamente que el virrey supo, en el juicio de residencia, hacerse
absolver de este cargo, como hijo de la envidia y de la maledicencia
humanas.
En julio de 1776, después de cerca de quince años de gobierno, lo
reemplazó el Excmo. Sr. D. Manuel Guirior.
Amat se retiró a Cataluña, país de su nacimiento, en donde, aunque
octogenario y achacoso, contrajo matrimonio con una joven sobrina suya.
Las armas de Amat eran: escudo en oro con una ave de siete cabezas de
azur.