Si _Azul_... simboliza el comienzo de mi primavera, y _Prosas profanas_
mi primavera plena, _Cantos de Vida y Esperanza_ encierra las esencias
y savias de mi otoño. He leído, no recuerdo ya de quién, el elogio del
otoño; mas, ¿quién mejor que Hugo lo ha hecho con el encanto profundo
de su selva lírica? La autumnal es la estación reflexiva. La naturaleza
comunica su filosofía sin palabras, con sus hojas pálidas, sus cielos
taciturnos, sus opacidades melancólicas. El ensueño se impregna de
reflexión. El recuerdo ilumina con su interior luz apacible los más
amables secretos de nuestra memoria. Respiramos, como a través de un
aire mágico, el perfume de las antiguas rosas. La ilusión existe,
mas su sonrisa es discreta. Adquiere el amor mismo cierta dulce
gravedad. Esto no lo comprendieron muchos, que al aparecer _Cantos_
_de Vida y Esperanza_ echaron de menos el tono matinal de _Azul_... y
la princesa que estaba triste en _Prosas profanas_, y los caprichos
siglo XVIII, mis queridas y gentiles versallerías, los madrigales
galantes y preciosos y todo lo que, en su tiempo, sirvió para renovar
el gusto y la forma y el vocabulario, en nuestra poesía encajonada en
lo pedagógico-clásico, anquisolada de siglo-de-oro, o apegada, cuando
más, a las fórmulas prosaico-filosóficas o baritonantes y campanudas
de maestros, aunque ilustres, limitados. Apenas Bécquer había traído
su melodía a la germánica, aunque el gran Zorrilla imperase, Cid del
Parnaso castellano, con su virtuosidad genial y castiza.
Al escribir _Cantos de Vida y Esperanza_ yo había explorado no
solamente el campo de poéticas extranjeras, sino también los
cancioneros antiguos, la obra ya completa, ya fragmentaria de los
primitivos de la poesía española, en los cuales encontré riqueza de
expresión y de gracia que en vano se buscarán en harto celebrados
autores de siglas más cercanos. A todo esto agregad un espíritu de
modernidad con el cual me compenetraba en mis incursiones poliglóticas
y cosmopolitas. En unas palabras liminares y en la introducción
en endecasílabos se explica la índole del nuevo libro. La historia
de una juventud llena de tristezas y de desilusión, a pesar de las
primaverales sonrisas; la lucha por la existencia, desde el comienzo,
sin apoyo familiar, ni ayuda de mano amiga; la sagrada y terrible
fiebre de la lira; el culto del entusiasmo y de la sinceridad, contra
las añagazas y traiciones del mundo, del demonio y de la carne; el
poder dominante e invencible de los sentidos, en una idiosincrasia
calentada a sol de trópico en sangre mezclada de español y chorotega o
nagrandano; la simiente del catolicismo contrapuesta a un tempestuoso
instinto pagano; complicado con la necesidad psicofisiológica de
estimulantes modificadores del pensamiento, peligrosos combustibles,
suprimidores de perspectivas afligentes, pero que ponen en riesgo la
máquina cerebral y la vibrante túnica de los nervios. Mi optimismo se
sobrepuso. Español de América y americano de España, canté, eligiendo
como instrumento al hexámetro griego y latino, mi confianza y mi fe
en el renacimiento de la vieja Hispania, en el propio solar y del
otro lado del Océano, en el coro de naciones que hacen contrapeso en
la balanza sentimental a la fuerte y osada raza del norte. Elegí el
hexámetro por ser de tradición greco-latina y porque yo creo, después
de haber estudiado el asunto, que en nuestro idioma, «malgré» la
opinión de tantos catedráticos, hay sílabas largas y breves, y que lo
que ha faltado es un análisis más hondo y musical de nuestra prosodia.
Un buen lector hace advertir en seguida los correspondientes valores;
y lo que han hecho Voss y otros en alemán, Longfellow y tantos en
inglés, Carducci, D'Annunzio y otros en Italia, Villegas, el P. Martín
y Eusebio Caro el colombiano, y todos los que cita Eugenio Mele en su
trabajo sobre la _Poesía bárbara en España_, bien podíamos continuarlo
otros, aristocratizando así nuevos pensares. Y bella y prácticamente lo
ha demostrado después un poeta del valer de Marquina.
Flexibilizado nuestro alejandrino, con la aplicación de los aportes que
al francés trajeran Hugo, Banville y luego Verlaine y los simbolistas,
su cultivo se propagó--quizá en demasía--en España y América. Hay que
advertir que los portugueses tenían ya tales reformas.
Hay, como he dicho, mucho hispanismo en este libro mío; ya haga su
salutación el optimista, ya me dirija al rey Oscar de Suecia, o
celebre la aparición de Cyrano en España, o me dirija al presidente
Roosevelt, o celebre al Cisne, o evoque anónimas figuras de pasadas
centurias, o haga hablar a D. Diego de Silva Velázquez y a D. Luis de
Argote y Góngora, o loe a Cervantes, o a Goya, o escriba la Letanía de
Nuestro Señor Don Quijote. ¡Hispania por siempre! Yo había vivido ya
algún tiempo y habían revivido en mí alientos ancestrales.
El título--_Cantos de Vida y Esperanza_--, si corresponde en gran
parte a lo contenido en el volumen, no se compadece con algunas
notas de desaliento, de duda, o de temor a lo desconocido, al más
allá. En _Los tres reyes magos_ se afianza mi deísmo absoluto. En la
_Salutación a Leonardo_--escrita en versos libres franceses y publicada
hacía tiempo en el _Almanaque de Peuser_ de Buenos Aires--hay juegos
y enigmas de arte, que exigen para su comprensión, naturalmente,
ciertas iniciaciones. En _Pegaso_ se proclama el valor de la energía
espiritual, de la voluntad de creación. En _A Roosevelt_ se preconizaba
la solidaridad del alma hispanoamericana ante las posibles tentativas
imperialistas de los hombres del Norte; en la poesía siguiente se
considera la poesía como un especial don divino y se señala el faro
de la esperanza ante las amenazas de la baja democracia y de la
aterrizadora igualdad; en _Canto de Esperanza_ vuelvo mis ojos al
inmenso resplandor de la figura de Cristo, y grito por su retorno,
como salvación ante los desastres de la tierra envenenada por las
pasiones de los hombres; y, más adelante, de nuevo hago vislumbrar a
los meditabundos pensadores, a los poetas que sufren la transfiguración
y la final victoria. _Helios_ proclama el idealismo y siempre la
omnipotencia infinita; _Spes_ asciende a Jesús, a quien se pide «contra
el sañudo infierno una gracia lustral de iras y lujurias»; la _Marcha
triunfal_ es un «triunfo» de decoración y de música. Hay una parte
titulada _Los cisnes_. El amor a esta bella ave simbólica desde antiguo:
_ignem perosus,
Quæ colat, elegit contraria flumina flammis..._
ha hecho que tanto a mí como al español Marquina nos haya censurado un
crítico hispanoamericano, anteponiendo al ave blanca de Leda el ave
sombría, aunque minervina: el buho. De cierto, juzgo en su metamorfosis
más satisfecho al hijo de Sthenelea que a Ascálafo. Y con todo, en
varias partes afirmo la sabiduría del buho. Por el símbolo císnico
torno a ver lucir la esperanza para la raza solar nuestra; elogio al
pensador augurando el triunfo de la Cruz; me estremezco ante el eterno
amor. En _Retrato_, presento en lienzos evocatorios pasadas figuras de
la grandeza y del carácter hispánicos: cuatro caballeros y una abadesa.
Luego ritmo al influjo primaveral, en un romance cuyo compás corto
de pronto. En _La dulzura del Angelus_ hay como un místico ensueño,
y presento como verdadero refugio la creencia en la Divinidad y la
purificación del alma y hasta de la naturaleza por la íntima gracia de
la plegaria.
_Tarde del trópico_ fué escrita hace mucho tiempo, cuando por la
primera vez sentí bajo mis pies las vastas aguas oceánicas, en mi
viaje a Chile. Era para mí entonces todo en la poesía el semidiós
Hugo. Los _Nocturnos_, en cambio, dicen una cultura posterior; ya
han ungido mi espíritu los grandes «humanos», y así exteriorizo en
versos transparentes, sencillos y musicales, de música interior, los
secretos de mi combatida existencia, los golpes de la fatalidad, las
inevitables disposiciones del destino. Quizá hay demasiada desesperanza
en algunas partes; no debe culparse sino a los marcados instantes en
que una mano de tiniebla hace vibrar mayormente el cordaje martirizador
de nuestros nervios. Y las verdades de mi vida: «un vasto dolor y
cuidados pequeños;» «el viaje a un vago Oriente por entrevistos
barcos»; «el grano de oraciones que floreció en blasfemia»; «los
azoramientos del cisne entre los charcos»; «el falso azul nocturno
de inquerida bohemia»... Sí, más de una vez pensé en que pude ser
feliz, si no se hubiera opuesto «el rudo destino». La oración me ha
salvado siempre, la fe; pero hame atacado también la fuerza maligna
poniendo en mi entendimiento horas de duda y de ira. Mas, ¿no han
padecido mayores agresiones los más grandes santos? He cruzado por
lodazales. Puedo decir, como el vigoroso mejicano: «Hay plumajes que
cruzan el pantano, y no se manchan: mi plumaje es de esos». En cuanto
a la bohemia inquerida, ¿habría yo gastado tantas horas de mi vida en
agitadas noches blancas, en la euforia artificial y desorbitada de los
alcoholes, en el desgaste de una juventud demasiado robusta, si la
fortuna me hubiera sonreído y si el capricho y el triste error ajenos
no me hubiesen impedido, después de una crueldad de la muerte, la
formación de un hogar...?
Esperanza olorosa a yerbas frescas, trino
del ruiseñor primaveral y matinal,
azucena tronchada por un fatal destino,
rebusca de la dicha, persecución del mal...
Y gracias sean dadas a la suprema Razón, si puedo clamar con el verso
de la obertura de este libro: «¡Si no caí fué porque Dios es bueno!»
En la _Canción de Otoño en Primavera_ digo adiós a los años floridos,
en una melancólica sonata, que, si se insiste en parangonar, tendría
su melodía algo como un sentimental eco mussetiano. Es de todas mis
poesías la que más suaves y fraternos corazones ha conquistado. En
_Trébol_ hay homenaje a glorias españolas; en _Charitas_ una aspiración
teologal incensa la más sublime de las virtudes. En los siguientes
versos: «¡Oh, terremoto mental!» pasa la amenaza de las potencias
maléficas; y más adelante se señala el peligro de la eterna enemiga, de
la hermosa Varona que nos ofrece siempre la manzana... En _Filosofía_
se comprende la justeza de la obra natural y de la divina razón, contra
las feas y dañinas apariencias; en _Leda_ se vuelve a cantar la gloria
del Cisne en _Divina Psiquis_... se tiende, en el torbellino lírico,
al último consuelo, al consuelo cristiano. _El soneto de trece versos_;
cuyo sentido incomprendido ha hecho balbucir juicios distantes a más
de un crítico de poca malicia, es un juego a lo Mallarmé, de sugestión
y fantasía. Los versos que van a continuación elevan a la idealidad y
alivian del peso a las miserias morales. Después vendrá un paternal
recuerdo, un himno al encanto misterioso femenino, una loor al Gran
Manco, un madrigal ocasional, un canto a la siempre para mí atrayente
Thalassa, una meditación filosófica, seguida de otras; una silueta
bíblica; alegorías y símbolos. Un soneto hay que tiene una dolorosa
historia: _Melancolía_. Está dedicado a un pobre pintor venezolano que
tenía el apellido del Libertador. Era un hombre doloroso, poseído de su
arte, pero mayormente de su desesperanza.
Le conocí en París; fuimos íntimos, me mostró las heridas de su alma.
Yo procuré alentarle. Pasado un corto tiempo partió para los Estados
Unidos. Y no tardé en saber que en Nueva York, en el límite de sus
amarguras, se había suicidado. _Aleluya_ exalta el don de la alegría
en el universo y en el amor humano. _De Otoño_ explica la diferencia
entre los mayos y diciembres espirituales; en el poema _A Goya_ me
inclino ante el poder de aquel genial príncipe de luces y tinieblas;
en _Caracol_ junto al misterio natural mi incógnito misterio; en _Amo,
amas_, pongo el secreto del vivir en el sacro incendio universal
amoroso; en el _Soneto autumnal al marqués de Bradomín_, al celebrar a
un gran ingenio de las Españas, exalto la aristocracia del pensamiento;
en otro _Nocturno_ digo los sufrimientos de los invencibles insomnios
cuando el ánima tiembla y escucha; en _Urna votiva_ cumplo con la
amistad; en _Programa matinal_ se expone un epicureismo todo poético;
en _Ibis_ señalo el peligro de las ponzoñosas relaciones; en _Thanatos_
me estremezco ante lo inevitable; _Ofrenda_ es una ligera y rítmica
galantería banvillesca; en _Propósito primaveral_ de nuevo se presenta
una copa llena de vino de las ánforas de Epicuro.
La _Letanía de Nuestro Señor Don Quijote_ afirma otra vez mi arraigado
idealismo, mi pasión por lo elevado y heroico. La figura del caballero
simbólico está coronada de luz y de tristeza. En el poema se intenta
la sonrisa del «humour»--como un recuerdo de la portentosa creación
cervantina--, mas tras el sonreir está el rostro de la humana tortura
ante las realidades que no tocan la complexión y el pellejo de Sancho.
En _Allá lejos_ hay un rememorar de paisajes tropicales, un recuerdo
de la ardiente tierra natal, y en _Lo fatal_, contra mi arraigada
religiosidad y a pesar mío, se levanta como una sombra temerosa un
fantasma de desolación y de duda.
Ciertamente, en mí existe, desde los comienzos de mi vida, la profunda
preocupación del fin de la existencia, el terror a lo ignorado, el
pavor de la tumba, o, más bien, del instante en que cesa el corazón
su ininterrumpida tarea y la vida desaparece de nuestro cuerpo. En mi
desolación me he lanzado a Dios como a un refugio, me he asido de la
plegaria como de un paracaídas. Me he llenado de congoja cuando he
examinado el fondo de mis creencias, y no he encontrado suficientemente
maciza y fundamentada mi fe, cuando el conflicto de las ideas me ha
hecho vacilar y me he sentido sin un constante y seguro apoyo. Todas
las filosofías me han parecido impotentes, y algunas abominables y obra
de locos y malhechores. En cambio, desde Marco Aurelio hasta Bergson,
he saludado con gratitud a los que dan alas, tranquilidad, vuelos
apacibles y enseñan a comprender de la mejor manera posible el enigma
de nuestra estancia sobre la tierra.
Y el mérito principal de mi obra, si alguno tiene, es el de una gran
sinceridad, el de haber puesto «mi corazón al desnudo», el de haber
abierto de par en par las puertas y ventanas de mi castillo interior,
para enseñar a mis hermanos el habitáculo de mis más íntimas ideas
y de mis más caros ensueños. He sabido lo que son las crueldades y
locuras de los hombres. He sido traicionado, pagado con ingratitudes,
calumniado, desconocido en mis mejores intenciones por prójimos mal
inspirados, atacado, vilipendiado. Y he sonreído con tristeza. Después
de todo, todo es nada, la gloria comprendida. Si es cierto que «el
busto sobrevive a la ciudad», no es menos cierto que lo infinito del
tiempo y del espacio, el busto, como la ciudad, y, ¡ay!, ¡el planeta
mismo, habrán de desaparecer ante la mirada de la única Eternidad!
[Ilustración:
ACABÓSE
DE IMPRIMIR
ESTE LIBRO EN
MADRID, EN LA
TIPOGRAFÍA YAGÜES
EL DÍA XXIV
DE ENERO
DEL AÑO
MCMXIX]