Sería inútil tarea intentar un análisis exegético de mi libro _Prosas
profanas_, después del estudio tan completo del gran José Enrique
Rodó en su magistral y célebre opúsculo, reproducido a manera de
prólogo en la edición parisiense de la Viuda de C. Bouret, y en la
cual no apareció la firma del ilustre uruguayo por un descuido de los
editores. Mas sí podré expresar mi sentimiento personal, tratar de mis
procedimientos y de la génesis de los poemas en esta obra contenidos.
Ellos corresponden al período de ardua lucha intelectual que hube de
sostener, en unión de mis compañeros y seguidores, en Buenos Aires, en
defensa de las ideas nuevas, de la libertad del arte, de la acracia, o,
si se piensa bien, de la aristocracia literaria. En unas palabras de
introducción concentraba yo el alcance de mis propósitos.
Ya había aparecido _Azul_... en Chile; ya habían aparecido _Los
Raros_ en la capital argentina. Estaba de moda entonces la publicación
de manifiestos, en la brega simbolista de Francia, y muchos jóvenes
amigos me pedían hiciese en Buenos Aires lo que, en París, Moreas
y tantos otros. Opiné que no estábamos en idéntico medio, y que
tal manifiesto no sería ni fructuoso ni oportuno. La atmósfera y
la cultura de la secular Lutecia no era la misma de nuestro Estado
continental. Si en Francia abundaba el tipo de Remy de Gourmont,
«Celui-qui-ne-comprend-pas» ¿cómo no sería entre nosotros? Él pululaba
en nuestra clase dirigente, en nuestra general burguesía, en las
letras, en la vida social. No contaba, pues, sino con una «élite», y
sobre todo con el entusiasmo de la juventud, deseosa de una reforma, de
un cambio de su manera de concebir y de cultivar la belleza.
Aun entre algunos que se habían apartado de las antiguas maneras, no
se comprendía el valor del estudio y de la aplicación constante, y se
creía que con el solo esfuerzo del talento podría llevarse a cabo la
labor emprendida. Se proclamaba una estética individual, la expresión
del concepto; mas también era preciso la base del conocimiento del
arte a que uno se consagraba, una indispensable erudición y el
necesario don del buen gusto. Me adelanté a prevenir el prejuicio de
toda imitación, y, apartando sobre todo a los jóvenes catecúmenos de
seguir mis huellas, recordé un sabio consejo de Wagner a una ferviente
discípula suya, que fué al mismo tiempo una de las amadas de Catulle
Mendès.
Asqueado y espantado de la vida social y política en que mantuviera a
mi país original un lamentable estado de civilización embrionaria, no
mejor en tierras vecinas, fué para mí un magnífico refugio la República
Argentina, en cuya capital, aunque llena de tráfagos comerciales, había
una tradición intelectual y un medio más favorable al desenvolvimiento
de mis facultades estéticas. Y si la carencia de una fortuna básica
me obligaba a trabajar periodísticamente, podía dedicar mis vagares
al ejercicio del puro arte y de la creación mental. Mas abominando la
democracia, funesta a los poetas, así sean sus adoradores como Walt
Whitman, tendí hacia el pasado, a las antiguas mitologías y a las
espléndidas historias, incurriendo en la censura de los miopes. Pues no
se tenía en toda la América española como fin y objeto poéticos más que
la celebración de las glorias criollas, los hechos de la independencia
y la naturaleza americana: un eterno canto a Junín, una inacabable oda
a la Agricultura de la zona tórrida, y décimas patrióticas. No negaba
yo que hubiese un gran tesoro de poesía en nuestra época prehistórica,
en la conquista y aun en la colonia; mas con nuestro estado social y
político posterior llegó la chatura intelectual y períodos históricos
más a propósito para el folletín sangriento que para el noble canto.
Y agregaba, sin embargo: «Buenos Aires: cosmópolis. ¡Y mañana!» La
comprobación de este augurio quedó afirmada con mi reciente _Canto a la
Argentina_.
En cuanto a la cuestión ideológica y verbal, proclamé ante glorias
españolas más sonoras, la del gran D. Francisco de Quevedo, de Santa
Teresa, de Gracián, opinión que más tarde aprobarían y sostendrían en
la Península egregios ingenios. Una frase hay que exigiría comento:
«Abuelo, preciso es decíroslo: mi esposa es de mi tierra; mi querida
es de París.» En el fondo de mi espíritu, a pesar de mis vistas
cosmopolitas, existe el inarrancable filón de la raza; mi pensar y mi
sentir continúan un proceso histórico y tradicional; mas de la capital
del arte y de la gracia, de la elegancia, de la claridad y del buen
gusto, habría de tomar lo que atribuyese a embellecer y decorar mis
eclosiones autóctonas. Tal dí a entender. Con el agregado de que no
sólo de las rosas de París extraería esencias, sino de todos los
jardines del mundo. Luego expuse el principio de la música interior:
«Como cada palabra tiene un alma, hay, en cada verso, además de la
armonía verbal, una melodía ideal. La música es sólo de la idea, muchas
veces.» Luego profesé el desdén de la crítica de gallina ciega, de la
gritería de los ocas, y aticé el fuego de estímulo para el trabajo,
para la creación. «Bufe el eunuco: cuando una musa te dé un hijo,
queden las otras ocho en cinta.» Frase que he leído citada en una
producción reciente de un joven español, ¡como de Théophile Gautier...!
En _Era un aire suave_..., que es un aire suave, sigo el precepto
del Arte Poética de Verlaine: «De la musique avant toute chose.» El
paisaje, los personajes, el tono; se presentan en ambiente siglo
dieciochesco. Escribí como escuchando los violines del rey. Poseyeron
mi sensibilidad Rameau y Lulli. Pero el abate joven de los madrigales
y el vizconde rubio de los desafíos, ante Eulalia que ríe, mantienen
la secular felinidad femenina contra el viril rendido; Eva, Judith u
Ofelia, peores que todas las «sufragettes». En _Divagación_ diríase
un curso de geografía erótica; la invitación al amor bajo todos los
soles, la pasión de todos los colores y de todos los tiempos. Allí
flexibilicé hasta donde pude el endecasílabo. La _Sonatina_ es la más
rítmica y musical de todas estas composiciones, y la que más boga ha
logrado en España y América. Es que contiene el sueño cordial de toda
adolescente, de toda mujer que aguarda el instante amoroso. Es el deseo
íntimo, la melancolía ansiosa, y es, por fin, la esperanza. En _Blasón_
celebro el cisne, pues esos versos fueron escritos en el álbum de una
marquesa de Francia propicia a los poetas. En _Del Campo_ me amparaba
la sombra de Banville, en un tema y en una atmósfera criollos. En la
alabanza _A los ojos negros de Julia_ madrigalicé caprichosamente. La
_Canción de Carnaval_ es también a lo Banville, una oda funambulesca,
de sabor argentino, bonaerense. Dos galanterías siguen para una dama
cubana. Fueron escritas en presencia de mi malogrado amigo Julián del
Casal, en la Habana, hace más de veinte años, e inspiradas por una
bella dama, María Cay, hoy viuda del general Lachambre. _Bouquet_ es
otro madrigal de capricho. _El faisán_, en tercetos monorrimos, es un
producto parisiense, ideado en París, escrito en París, trascendente
de parisina. _Garçonnière_ dice horas artísticas y fraternas de
Buenos Aires. _El país del sol_, formulado a la manera de los «lieds
de France», de Catulle Mendès, y como un eco de Gaspard de la Nuit,
concreta la nostalgia de una niña de las islas del trópico, animada
de arte, en el medio frígido y duro de Manhatan, en la imperial Nueva
York. _Margarita_--que ha tenido la explicable suerte de estar en
tantas memorias--es un melancólico recuerdo pasional, vivido, aunque en
la verdadera historia, la amada sensual no fué alejada por la muerte,
sino por la separación. _Mía_, y _Dice mía_, son juegos para música,
propios para el canto, «lieds» que necesitan modulación.
En _Heraldos_ demuestro la teoría de la melodía interior. Puede decirse
que en este poemita el verso no existe, bien que se imponga la notación
ideal. El juego de las sílabas, el sonido y color de las vocales, el
nombre clamado, heráldicamente, evocan la figura, oriental, bíblica,
legendaria, y el tributo y la correspondencia.
El _Coloquio de los centauros_ es otro «mito», que exalta las fuerzas
naturales, el misterio de la vida universal, la ascensión perpetua
de Psique, y luego plantea el arcano fatal y pavoroso de nuestra
ineludible finalidad. Mas renovando un concepto pagano, Thanatos no
se presenta como en la visión católica, armado de su guadaña, larva
o esqueleto, de la medioeval reina de la peste y emperatriz de la
guerra; antes bien surge bella, casi atrayente, sin rostro angustioso,
sonriente, pura, casta, y con el amor dormido a sus pies. Y, bajo un
principio pánico, exalto la unidad del universo, en la ilusoria Isla de
Oro, ante la vasta mar. Pues como dice el divino visionario Juan: «Hay
tres cosas que dan testimonio en la tierra: el espíritu, el agua y la
sangre; y estos tres no son más que «uno». (Ep. B. Joannis. Apost. V,
8.; Et tres sunt, qui testimonium dan in terra: spiritus, et agua, et
sanguis: et hic tres unum sunt).
En _El poeta pregunta por Stella_, el poeta rememora a un angélico sér
desaparecido, a una hermana de las liliales mujeres de Poe, que ha
ascendido al cielo cristiano. Luego leeréis un prólogo lírico, que se
me antojó llamar «pórtico», escrito hace largos años en alabanza del
muy buen poeta, del vibrante, sonoro y copioso Salvador Rueda, gloria
y decoro de las Andalucías. Y como en ese tiempo visitase yo la que
es llamada harto popularmente tierra de María Santísima, no dejé de
pagar tributo, contagiado de la alegría de las castañuelas, panderos
y guitarras, a aquella encantada región solar. Y escribí, entre otras
cosas, el _Elogio de la seguidilla_.
En Buenos Aires, e iniciado en los secretos wagnerianos por un músico
y escritor belga, M. Charles del Gouffre, rimé el soneto de _El
Cisne_--¡ave eternal!--que concluye:
¡Oh, Cisne! ¡Oh, sacro pájaro! Si antes la blanca Helena
del huevo azul de Leda brotó de gracia llena,
siendo de la hermosura la princesa inmortal,
bajo tus blancas alas la nueva Poesía,
concibe en una gloria de luz y de armonía
la Helena eterna y pura que encarna el ideal.
_La página blanca_ es como un sueño cuyas visiones simbolizaran las
bregas, las angustias, las penalidades del existir, la fatalidad
genial, las esperanzas y los desengaños, y el irremisible epílogo de la
sombra eterna, del desconocido más allá.
¡Ay, nada ha amargado más las horas de meditación de mi vida que la
certeza tenebrosa del fin; y cuántas veces me he refugiado en algún
paraíso artificial, poseído del horror fatídico de la muerte!
_Año nuevo_ es una decoración sideral, animada, se diría, de un
teológico aliento. La _Sinfonía en gris mayor_ trae necesariamente el
recuerdo del mágico Théo, del exquisito Gautier y su _Symphonie en
blanc majeur_. La mía es anotada «d'après nature», bajo el sol de mi
patria tropical. Yo he visto esas aguas en estagnación, las costas
como candentes, los viejos lobos de mar que iban a cargar en goletas
y bergantines maderas de tinte, y que partían a velas desplegadas,
con rumbo a Europa. Bebedores taciturnos, o risueños cantaban en los
crepúsculos, a la popa de sus barcos, acompañándose con sus acordeones
cantos de Normandía o de Bretaña, mientras exhalaban los bosques
y los esteros cercanos rodeados de manglares, bocanadas cálidas y
relentes palúdicos. En _Epitalamio bárbaro_ se testifica en la lira
el triunfo amoroso de un grande apolonida. El _Responso_ a Verlaine
prueba mi admiración y fervor cordial por el Pauvre Lelian, a quien
conocí en París en días de su triste y entristecedora bohemia; y hago
ver las dos faces de su alma pánica, la que da a la carne y la que da
al espíritu; la que da a las leyes de la humana naturaleza y la que
da a Dios y a los misterios católicos, paralelamente. En el _Canto
de la sangre_ hay una sucesión de correspondencias y equivalencias
simbólicas, bajo el enigma del licor sagrado que mantiene la vitalidad
en nuestro cuerpo moral. La siguiente parte del volumen, _Recreaciones
arqueológicas_ indica por su título el contenido. Son ecos y maneras de
épocas pasadas, y una demostración, para los desconcertados y engañados
contrarios, de que, para realizar la obra de reforma y de modernidad
que emprendiera, he necesitado anteriores estudios de clásicos y
primitivos. Así en _Friso_ recurro al elegante verso libre, cuya última
realización plausible en España es la célebre _Epístola a Horacio_,
de D. Marcelino Menéndez y Pelayo. Hay más arquitectura y escultura
que música; más cincel que cuerda o flauta. Lo propio en _Palimsesto_,
en donde el ritmo se acerca a la repercusión de los números latinos.
En _El reino interior_ se siente la influencia de la poesía inglesa,
de Dante Gabriel Rosetti, y de algunos de los corifeos del simbolismo
francés, (¡Por Dios! Si he querido en un verso hasta aludir al
_Glosario_ de Powell...) _Cosas del Cid_ encierra una leyenda que narra
en prosa Barbey d'Aurevilly y que, en verso, he continuado. _Decires,
leyes y canciones_ renuevan antiguas formas poémicas y estróficas;
y así expreso amores nuevos con versos compuestos y arreglados a
la manera de Johan de Duenyas, de Johan de Torres, de Valtierra,
de Santa Fe, con inusitados y sugerentes escogimientos verbales y
rítmicas combinaciones que dan un gracioso y eufónico resultado, y con
el aditamento de finidas y tornadas. Y, para concluir, en la serie
de sonetos que tiene por título _Las ánforas de Epicuro_--con una
_Marina_ intercalada--hay una como exposición de ideas filosóficas;
en _La espiga_, la concentración de un ideal religioso a través de la
naturaleza; en _La fuente_, el autoconocimiento y la exaltación de
la personalidad; en _Palabras de la Satiresa_, la conjunción de las
exaltaciones pánica y apolínea--que ya Moréas, según lo hace saber
un censor más que listo, había preconizado, ¡y tanto mejor!--; en
_La anciana_, una alegórica afirmación de supervivencia; en _Ama tu
ritmo_..., otra vez la exposición de la potencia íntima individual;
en _A los poetas risueños_, un gozo amable, un ímpetu que lleva a la
claridad alegre y reconfortante, con el exultorio de los cantores de
la dicha; en _La hoja de oro_, el arcano de tristezas autumnales;
en _Marina_, una amarga y verdadera página de mi vivir; en _Syrinx_
(pues el soneto que aparece en otras ediciones con el título _Dafne_,
por equivocación, debe llevar el de _Syrinx_) paganizo al cantar la
concreción espiritual de la metamorfosis; _La gitanilla_ es una rimada
anécdota. Loo después a un antiguo y sabroso citareda de España; lanzo
una voz de aliento y de ánimo; indico mis sueños. Y tal es ese libro,
que amo intensamente y con delicadeza, no tanto como obra propia,
sino porque a su aparición se animó en nuestro Continente toda una
cordillera de poesía poblada de magníficos y jóvenes espíritus. Y
nuestra alba se reflejó en el viejo solar.