IV

Cuando llegaron los españoles a Nicaragua existía ya en los naturales

cierta cultura intelectual, sin duda alguna reflejada de Méjico. Cierto

que en Guatemala, entre los quichés, había una civilización superior;

mas los nicaragüenses no eran en verdad bárbaros, cuando Gómara señala

en ellos ciertos adelantos.

Todo esto no obsta para la crueldad de los ritos, que, como los

mejicanos, tenían su parte de antropofagia. De todas maneras, había

libros y archivos, que, según dice el historiador Gámez, «fueron

tomados por los españoles y quemados solemnemente en la plaza de

Managua, por el reverendo padre Bobadilla, en el año 1524». Bobadilla

no hizo sino lo mismo que el obispo Zumárraga hiciera con los

tesoros escritos de la capital de Moctezuma. No iban a América los

conquistadores a civilizar, sino a ganar tierras y oro; y a la América

central le tocó la peor parte, entre aventureros de espada y frailes

terribles.

«Los que atravesaron los mares--expresa el historiador citado--en

frágiles naves para correr aventuras en tierras lejanas y desconocidas,

tuvieron que ser, fueron por lo regular, la escoria de la sociedad

española, sobre la que, como es consiguiente, sobresalió alguna que

otra medianía social, a quien las malas circunstancias arrojaron a

nuestras playas.»

Lo más escogido fué a los virreinatos peruano y mejicano. Se cuenta

tradicionalmente en Nicaragua que allá estuvo un hermano de Santa

Teresa de Jesús, y que él fué quien llevó la imagen que aun hoy se

venera en el santuario de Nuestra Señora de la Concepción de El Viejo.

Pudiera suceder, y quizá de él desciendan algunos de los Cepedas del

país. Llegó también un Loyola, que no juzgo haya sido de sangre de San

Ignacio. Mas quien en realidad estuvo allá, e hizo perdurable obra

de bien, pues si no era un santo era un héroe, fué aquel fraile que

en el Capitolio de Washington tiene estatua, y cuyo nombre brilla

con singular luz entre los de los bienhechores de la Humanidad: Fray

Bartolomé de las Casas. La importada clerecía no fué, por cierto,

modelo de virtudes evangélicas. Como todos los que llegaban, aquellos

tonsurados tenían el oro por mira. Así, fué un sacerdote de Cristo

el que tuvo la peregrina idea de descender por el cráter del volcán

de Masaya, creyendo que la lava fundida era el metal codiciado. Los

religiosos no se preocupaban gran cosa ni de enseñar lo fundamental

que se encuentra en el catecismo. Gobernadores, encomenderos,

capitanes, no tenían más objeto que su deseo de riqueza, y entre ellos

se aprisionaban y se mataban. Guatemala, reino o capitanía general,

era el centro de la escasa cultura del tiempo de la colonia. Mas por

todas partes está el dominio de las armas y la cogulla. El fanatismo

imperaba. En Guatemala se practicaban la magia y la hechicería. Es muy

curioso lo que a este respeto cuenta en su obra, que hizo traducir

Colbert al francés, el fraile inglés Tomás Gage, quien logró, a pesar

de ser extranjero, ir hasta la capital guatemalteca, donde enseñó

teología por espacio de doce años.

El período colonial es sombrío para la vida intelectual. Así hasta

la Revolución francesa, que tuvo en tonas partes repercusión. La

prohibición de que llegasen libros extranjeros concluyó con las

ordenanzas de Carlos III. La Enciclopedia en aquellos países, como

en el resto de América, ayudó a preparar la independencia. Un fraile

eminente, el P. Goicochea, dió nueva luz a los estudios filosóficos,

antes envueltos en mucha teología y mucho peripato. Hay que advertir

que fueron también clérigos los que, como antaño la sombra, hacían

ahora la Luz.

«En los primeros años--expresa Gámez--que siguieron al descubrimiento

de Nicaragua, la población se hallaba, en cuanto a letras, en completas

tinieblas. Los aventureros españoles que llegaban a nuestras colonias

tenían más afición a la espada que a la pluma, y era raro el que

siquiera sabía escribir su firma. Los escritos de aquel tiempo,

confiados a las personas más inteligentes e instruídas, ponen de

manifiesto la ignorancia de sus autores. El clero fué entre nosotros,

como en otras muchas colonias, el que descorrió el velo a la enseñanza,

comenzando a propagarla. Pero la instrucción se limitaba a las castas

privilegiadas y se reducía a las primeras letras y a la doctrina

cristiana. Más tarde se estableció en León un colegio seminario para

fabricar los sabios de la colonia. Se estudiaba allí latinidad, cierto

embrollo metafísico-religioso que apellidaban filosofía, y teología

moral y dogmática. La sabiduría y la ciencia no pasaban nunca más

allá de los dinteles de la sacristía. Se creó después una Universidad

en Guatemala; pero tanto en ésta como en el seminario de León, no se

podía avanzar más que lo que conviniera a la política de España en las

colonias. En 1794 había en la capital del reino diez y seis conventos,

muchas iglesias y «una sola escuela de primeras letras». No obstante,

en Guatemala hubo antes cierto florecimiento mental, pues no debe de

haber sido caso aislado el de aquel poeta contemporáneo de Cervantes, a

quien éste alaba en su _Viaje al Parnaso_ en estos términos, después de

celebrar a Gaspar de Ávila:

Llegó Juan de Mestanza, cifra y suma

de tanta erudición, donaire y gala,

que no hay muerte ni edad que lo consuma.

Apolo le arrancó de Guatimala

y le trujo en su ayuda para ofensa

de la canalla en todo extremo mala.

A fines del siglo XVIII dió un gran paso la enseñanza en Guatemala.

Hubo un Flores «que se adelantaba a Galvani y Balli en experimentos

físicos sobre la electricidad, y a Fontana en las estatuas de cera

para el estudio de la anatomía». En el país nicaragüense «llegábamos

a la víspera de nuestra emancipación hablando malamente el idioma

castellano, llena la cabeza de cuestiones teológicas y metafísicas;

pero en lo demás, tan pobres y atrasados como cuando Nicaragua fué a

recibir a Gil González»[2]. Las ideas revolucionarias francesas, la

doctrina de los enciclopedistas, fueron conocidas por la introducción

de algunas obras, y produjeron su efecto a pesar de lo arraigado que

estaba en los burgueses el espíritu colonial. En 1812 las Cortes de

Cádiz elevaron a la categoría de Universidad el antiguo seminario

conciliar de León. Del foco guatemalteco llegan después las ideas

puestas en circulación por pensadores como Valle, Molina, Barrundia. Ya

en los albores de la independencia se destaca en Nicaragua una figura

prestigiosa: la de Larreinaga. Desde entonces, a las luchas de la

colonia suceden las luchas que preceden a la formación de los Estados,

a la república federal. Y en el año 1824 «el bello país de Nicaragua,

«el paraíso de Mahoma», como le llamó Gage, se convirtió en un teatro

de guerras civiles». Todo, claro está, en merma del adelanto y de la

instrucción del pueblo. Y guerras, y más guerras. En largos períodos,

la única literatura que aparece es la violenta y declamatoria de los

periódicos de combate. La libertad del pensamiento no existía. En 1825

el jefe del Estado, Cerda, ordena, entre otras cosas, retrocediendo a

la época de la conquista, «que no se escribiera por la prensa concepto

alguno que no estuviera conforme con los preceptos católicos», y que se

quemaran todos los libros prohibidos por la Iglesia. Más tarde, durante

la administración Herrera, pudo bien verse en Nicaragua una vislumbre

de progreso y de cultura, dado el retrato moral que de aquel gobernante

se lee en un antiguo periódico citado por Gámez: «Desde muy joven leía

los filósofos más profundos, los genios de la Francia, la historia

antigua. Su corazón noble se había incendiado en las nociones de gloria

y libertad. Su cabeza activa y fecunda combinaba los grandes problemas

de la legislación y la política. Su estudio privado, su trato íntimo

con los dos grandes literatos honor de su país, habían desarrollado

en él un carácter de empresa, un talento de gobierno, un tacto y

conocimiento de los hombres y de los negocios».

[2] Gámez: _Historia de Nicaragua_.

No sé a punto fijo en qué época fué introducida la imprenta en

Nicaragua; mas el libro ha sido escaso, y de aquellos tiempos no

conozco ninguno. El primer periódico oficial apareció en 1835, bajo la

administración Zepeda, con el título de _Telégrafo Nicaragüense_; luego

figuraron varones de estudio al par que hombres de política: Buitrago,

Hermenegildo Zepeda. Y se admirará a una personalidad interesante

y valiosa: D. Francisco Castellón, varón de viva inteligencia y de

instrucción notable. En 1844 fué enviado como ministro a Europa, a fin

de ver si era posible evitar las rudezas e imposiciones de Inglaterra

en Nicaragua. En Londres no quisieron ni oirle. Luego fué a Francia.

Gámez narra un curioso episodio de ese viaje, que merece copiarse

íntegro: «Castellón, que era un hábil diplomático, concretó entonces

sus esfuerzos a la Corte de Francia, para que siquiera interpusiese su

mediación y nos librara de ser tratados como pueblos bárbaros puestos

bajo la férula de cónsules descorteses y arbitrarios.

»Despertó con tal objeto el interés del público francés por

el canal interoceánico de Nicaragua, por medio de la prensa y de

conversaciones con los hombres más notables de aquel tiempo. El

príncipe Luis Napoleón, después Napoleón III, estaba preso en el

castillo de Ham, y la Corte de Luis Felipe lo hacía aparecer como

demente. Castellón quiso también sacar partido del bonapartismo y

solicitó permiso de visitar al reo de Estado. Luis Napoleón agradeció

la visita del diplomático nicaragüense, quedó prendado de su

agradable presencia y finos modales, y se sintió vivamente reconocido

cuando Castellón, burlando la vigilancia del carcelero, le deslizó

disimuladamente dos cartuchos de oro, que el príncipe rehusó. Desde

ese día el futuro emperador fué un partidario decidido del canal por

Nicaragua, y todos los bonapartistas franceses se convirtieron en sus

propagandistas más entusiastas. Estaba logrado el objeto. (La gratitud

de Napoleón fué imperecedera. Apenas ocupó el trono imperial, mandó

a Nicaragua a buscar a Castellón, cuya muerte ignoraba. Pasó una

pensión a su familia, y más tarde, en 1867, tuvo en París educando

a Jorge, hijo menor de D. Francisco.) Castellón se dirigió entonces

a la Cancillería francesa, y en una conferencia con el ministro

Guizot ofreció a Francia toda clase de privilegios sobre el canal y

también cederle en propiedad una isla en el Atlántico para hacer allí

un fuerte que sirviera de llave al mismo canal, a condición de que

interpusiera su mediación con Inglaterra, ¡Vana demanda! La Corte de

Luis Felipe manifestó francamente al representante de Nicaragua que

los procedimientos de Inglaterra eran correctos, «porque--añadió--las

naciones de Europa no pueden, sin rebajarse, entenderse con esos

«gobiernitos mosquitos». El Gobierno de Nicaragua, al dar cuenta más

tarde, en el periódico oficial, del fracaso de su Legación, exclamaba

con tristeza: «Nuestro Gobierno, cuando se trata de condenarlo a

pagar sin ser oído, está constituído; pero no lo está cuando quiere

manifestar sus agravios y defenderse.» Y el espíritu de Drago flotaba

aún sobre la superficie de las aguas...

Don Patricio Rivas y D. Cleto Mayorga, ambos políticos, fueron

aficionados a las musas y produjeron cosas ingeniosas que no se

conservan en ninguna antología. En medio de las agitaciones y guerras

que se sucedían, solían aparecer canciones populares de rimadores

anónimos. Máximo Jerez, caudillo, infatigable apóstol de la Unión

Centroamericana, fué persona de cultura literaria. Díaz Zapata es

nombre grato al arte. El hombre de Estado Zeledón era un universitario.

El filibustero yanqui Walker, que cultivó su espíritu en una

Universidad alemana, no llevó a Nicaragua sino la barbarie de ojos

azules, la crueldad y el rifle. Otro anglosajón que llegó de paz fué

Squire, quien escribió un libro notable sobre aquellas tierras. Leyendo

este libro tuvo Víctor Hugo la idea que le hizo producir _Les raisons

du Momotombo_. Buenaventura Selva fué estadista, abogado de gran mérito

y también hombre de letras. Gregorio Juárez, sujeto estudioso, lleno

de nociones, sabio para su tiempo y que tuvo que ver también con los

asuntos públicos, dió a la prensa muchas ingenuas y modestas poesías.

El Dr. De la Rocha cultivó la elocuencia y dejó páginas históricas y

literarias. En 1660 se introdujo la imprenta en Guatemala, y tres años

después se hizo el primer trabajo tipográfico. Respecto a Nicaragua

no tengo ningún dato seguro. En León creo que fueron de los primeros

impresores Pío Orue y Justo Hernández. Mas el libro, como he dicho,

era escaso en esos tiempos, y aun continúa siéndolo ahora. Conozco

muy mal impresas y mendosas las obras de un historiador de buenas

intenciones, aunque harto apasionado: Jerónimo Pérez. Cerrada la

Universidad leonesa, los estudios se hacían en contados Institutos y

Liceos. La Filosofía se enseñaba por Balmes; la Física, por Ganot. La

fundación de los Institutos de Oriente y de Occidente en Granada y

en León fué un gran paso en el adelanto intelectual de la República.

Llegaron para enseñar en ellos españoles eminentes. Al de León debió ir

como director Augusto González de Linares, gloria de la ciencia moderna

de España. No pudo realizar el viaje, y fué en su lugar José Leonard,

un polaco admirable, que había sido ayudante del general Kruck en la

última insurrección, y que en España llegó a dominar el castellano

con toda perfección--era un políglota consumado--y a ocupar el puesto

de redactor de la _Gaceta de Madrid_. Con él fué el doctor Salvador

Calderón, sabio naturalista, hoy profesor de la Universidad matritense.

A Granada fueron el padre Sanz Llaría y otros notables peninsulares.

El Viaje a Nicaragua é Historia de mis libros Obras Completas, Vol. XVII · 第 8 / 27 题