LOS LIBROS CITADOS POR CRISTÓBAL COLÓN.

Al leer lo que nos ha quedado escrito de mano de Colón y lo que su hijo

D. Fernando extrajo de sus manuscritos, he fijado particular atención en

los autores que cita el grande hombre y que pudieron inspirarle ideas

favorables á sus esperanzas. He aquí, pues, una lista sucinta de estos

autores, excluyendo las Santas Escrituras y los Padres de la Iglesia,

en los que le hemos visto singularmente versado: Aristóteles (_De Cœlo_

y _Mirabausc._), Julio César, Estrabón, Séneca, Plinio, Ptolomeo, Solino

y Julio Capitolino[311], Alfragano (Alfergani), Avenruyz (Averrhoes), el

rabí Samuel de Israel[312], natural de Tis (cartas dirigidas por este

judío al jefe de la sinagoga de Marruecos en el año 1000, traducidas por

Fr. Alonso Boni-Hominis, _Hispanor._ Ord. prædicat., 1438); Isidoro

(Obispo de Sevilla), Beda, Strabus (á quien Colón llama Strabo[313], y

no es otro que el sabio abate de Reichenau, Walafriedo Strabo), Scoto

(sin duda Duns Scoto, porque Colón cita también al escotista Francisco

Mayronis, _magister abstractionum, doctor acutissimus_), el abate

Joaquín de Calabria, el matemático Sacrobosco, el franciscano normando

Nicolás de Lyra, cuyas opiniones cosmológicas, según la relación del

obispo Geraldini, fueron con frecuencia contrarias á las de Colón; el

rey Alfonso el Sabio y los sabios moros que el Rey empleaba como

traductores; el cardenal de Ailly (Pedro de Heliaco), Gerson

(seguramente el canciller de la Universidad de París, Juan Charlier de

Gerson, el _doctor christianissimus_ que tanto contribuyó á hacer quemar

á Juan Huss y de quien Colón vió algunas obras unidas á las de Alliaco,

y no el astrónomo y comentador de Aristóteles, Leví ben Gerson); el papa

Pío II (Eneas Silvio Piccolomini, autor del tratado geográfico _Asiæ

Europæque descriptio_, y cuyo cuadro de costumbres asiáticas creyó

reconocer Colón en la costa de Veragua)[314]; Regiomontano (Juan Müller:

no le encuentro citado, pero parece cierto que el Almirante calculaba

conforme á las Efemérides que se publicaron con el nombre de

Regiomontano hacia los años de 1475-1506); Toscanelli y, acaso por éste,

al viajero Nicolás de Conti.

No menciono á Mandeville y Marco Polo, porque Colón jamás los cita, y me

sorprende el aserto de que el navegante llevaba á bordo de su buque el

manuscrito de Marco Polo (Washington Irving, t. IV, pág. 297), porque

todos estos nombres, entonces tan célebres, de Zaitum, Catay, Quisay

(Quinzay), Mango y Cipango podía conocerlos por la carta de Toscanelli

de 1474, en la que alude á Marco Polo, sin nombrarle. El sabio Navarrete

(t. I, pág. 13) es también de contraria opinión á la mía, y dice, sin

presentar prueba, que Colón había leído el viaje de Marco Polo. Yo sigo

dudándolo.

Cuando se recuerda la vida de Cristóbal Colón, sus viajes desde la edad

de catorce años á Levante, á Italia, á Guinea y á América, sorprende

esta extensión de conocimientos literarios en un hombre de mar del siglo

XV.

En su carta á los Monarcas, escrita en Haïti en 1498, cita, al hablar de

mil contrariedades políticas, y en una misma página, á Aristóteles y

Séneca, Averrhoes y al filósofo Francisco de Mairones; y los cita, no

por nombrarles y por vana ostentación, sino por serle familiares sus

opiniones y acudir á su imaginación al correr de la pluma, porque la

índole del estilo y la incoherencia de las ideas atestiguan la rapidez

de la redacción.

Mucho menos dotado de erudición teológica Vespucci que Colón, invoca á

los poetas Dante y Petrarca; pero, á excepción de algunas estrofas de la

tragedia _Medea_ de Séneca, en las que creyó ver el anuncio del

descubrimiento del Nuevo Mundo, y á excepción también de algunos malos

versos castellanos que hay en el _Libro de las Profecías_, y que temo

sean ensayos poéticos de Colón, éste nunca mostróse aficionado á las

obras puramente literarias. Había poesía, sin duda, en su vida y en sus

sentimientos más íntimos, como la hay en todos los hombres famosos por

sus grandes descubrimientos ó empresas aventureras, y prueba de ello son

las cartas del Almirante escritas en momentos de peligro, de grandes

dolores ó de justa indignación. Entonces el lenguaje se ennoblece, y la

imaginación ardiente del viejo marino revélase en la enérgica pintura de

su situación.

En otra obra (_Essai politique sur l’ile de Cuba_) hice observar la

elevación de estilo y los instintos poéticos de Colón; baste recordar

aquí las cartas al Rey y á la Reina del mes de Octubre de 1498 y de 7 de

Julio de 1503, y las quejas dirigidas en Noviembre de 1500 al _ama_ del

Infante D.ª Juana de la Torre, cuando le quitaban los grillos á su

llegada á Cádiz.

La afición á los libros y á la erudición que encontramos en el

Almirante, en un siglo en que los libros impresos eran bastante raros,

contagió, según parece, á los que navegaban con él. Un documento

curioso, conservado en los archivos del Duque de Veragua, es elocuente

testimonio de ello. Diego Méndez acompañó al Almirante en su cuarto y

último viaje, que fué el más peligroso de todos. Habíase embarcado como

_escudero_ á bordo de la carabela _Santiago de Palos_, cargo que se

daba, según las circunstancias, hasta á los monjes y á los médicos, y

distinguióse por la intrepidez con la cual, en una canoa abierta, pasó á

remo desde Jamaica á la isla de Haïti, para procurar socorro á Colón. Su

testamento, hecho en Sevilla el 6 de Junio de 1536, no se parece á

ningún documento de esta clase. En él refiere Méndez sus aventuras en

América y sus conversaciones con el _gran Almirante_, á quien con

frecuencia ha salvado la vida y que no le ha cumplido ninguna de las

promesas que le hiciera en los momentos de peligro ó cuando Colón,

enfermo de gota, veía próximo su fin.

Méndez, que nada poseía, termina, sin embargo, su testamento

instituyendo un _mayorazgo_, que consiste en un mortero de mármol,

algunas escrituras encerradas en una caja vieja de cedro, y nueve

libros. «_Ya dije, hijos míos, que estos libros os dejo por mayorazgo._»

¿Y qué libros eran? Un ensayo sobre la venganza de la muerte de

Agamenón, _Josephus_, _De bello Judaico_, la _Filosofía moral_ de

Aristóteles y cuatro Tratados de Erasmo de Roterdam, cuyos rasgos

satíricos no debían ser muy agradables al clero de la Península.

Cristóbal Colón y el descubrimiento de América, Tomo 2 Historia de la geografía del nuevo continente y de los progresos de la astronomía náutica en los siglos XV y XVI · 第 27 / 42 题