_Tentativa del conde de Cabra para prender al nuevo Rey de Granada,
y su resultado._
La exaltacion al trono de Granada de un guerrero activo y veterano,
hacia una mudanza notable en el aspecto de la guerra, y exigia algun
hecho brillante que minorase la confianza de los moros en su nuevo
Monarca, y animase á los cristianos á mayores esfuerzos.
El valeroso don Diego de Córdoba, conde de Cabra, estaba por este
tiempo en su castillo de Baena, guardando con vigilancia la frontera.
Era ya el mes de agosto, y veia con sentimiento pasar el verano
sin que se ofreciese una ocasion favorable de hostilizar al moro,
cuando tuvo aviso por sus espías de hallarse la importante plaza
de Moclin sin la guarnicion competente á su defensa. Fundado sobre
un alto cerro, al que por una parte ceñia un bosque espeso, y por
otra un rio, era este lugar sobremanera fuerte; y como defendia uno
de aquellos pasos fragosos y solitarios por donde los cristianos
solian hacer sus correrías contra los moros, éstos, en su lenguage
figurado, lo denominaban el escudo de Granada.
Animados por los consejos del Conde, que proponia se combatiese á
esta plaza, salió de Córdoba el Rey y pasó á Alcalá la Real, (que
está cerca de Moclin) para dirigir la empresa. La Reina se trasladó
á Baena, acompañada del Príncipe don Juan, la Infanta doña Isabel, y
el gran cardenal de España. Reunidas en Alcalá las fuerzas destinadas
contra Moclin, mandó el Rey al conde de Cabra y á don Alonso de
Montemayor, fuesen delante con sus tropas, para ponerse sobre aquella
villa á una hora determinada. El maestre de Calatrava, el conde de
Buendia, que mandaba las gentes del cardenal, y el obispo de Jaen, en
número de cuatro mil caballos y seis mil infantes, tuvieron órden de
seguir al Conde, para cooperar con él y completar el cerco: el Rey
habia de venir despues con toda la demas tropa, para sentar alli su
Real.
En cumplimiento de la órden que tenia, partió el Conde á media noche,
prosiguiendo su marcha hasta el dia siguiente, cuando se detuvo á
la falda de un ribazo para dejar descansar su gente. Aqui le halló
un espía que vino á informarle que el Zagal habia salido de Granada
con una fuerza considerable, y estaba acampado cerca de Moclin. Era
evidente que el cauto moro habia tenido noticia de este movimiento,
y del ataque que se meditaba; pero semejante idea nunca le ocurrió
al conde de Cabra. Se acordaba este fogoso caballero de haber hecho
prisionero á un Rey, y ya le parecia que su fortuna le brindaba de
nuevo con la misma hazaña. ¡Qué triunfo seria conducir segunda vez
á su castillo de Baena un Monarca preso! ¡Qué gloria la de poner un
cautivo semejante á los pies de la Reina su señora! Deslumbrado por
este pensamiento, continuó apresuradamente su marcha para Moclin,
á cuyas cercanías llegó al caer la noche, y mucho antes de la hora
convenida[38].
[38] Abarca, Zurita, &c.
Estaba la luna en su creciente, y era una noche clara y serena,
cuando venia el conde de Cabra conduciendo su gente por una de
aquellas quiebras profundas que suele abrir en las montañas el ímpetu
breve pero tremendo de las avenidas ocasionadas por las lluvias del
otoño. Los trémulos rayos de la luna, penetrando hasta el fondo del
barranco, se reflejaban en la tersa armadura de los escuadrones, que
por alli seguian su marcha silenciosa. En esto se oyó de improviso
y por diferentes partes, la voz de guerra de los moros, y el grito
de, ¡el Zagal, el Zagal! resonó por aquellos cerros, acompañado de
una lluvia de armas arrojadizas. Levantó los ojos el Conde, y vió
todas aquellas alturas coronadas de soldados moros. Las flechas y
dardos que tiraban, caian en derredor como granizo, sirviéndoles
de blanco el relumbrar de las armas de los cristianos. Ya muchos
de los caballeros habian caido cubiertos de heridas, entre otros
don Gonzalo, hermano del Conde; y él mismo, herido en una mano, y
atravesado el caballo de cuatro lanzadas, se hallaba en el mayor
peligro. Acordábase del horrible destrozo de los montes de Málaga,
y temia en esta ocasion igual catástrofe: no habia un momento que
perder, y mandando la retirada, se apresuró á salir con sus gentes
de aquel fatal estrecho. Los moros, bajando con precipitacion de las
alturas, persiguieron á los cristianos que se retiraban, y fueron en
su alcance por espacio de una legua. De cuando en cuando revolvian
los del Conde contra el enemigo, peleaban un rato, y volvian á huir.
Por este medio pudieron efectuar su reunion con las tropas del
maestre de Calatrava y del obispo de Jaen, pero no sin mucha pérdida;
pues ademas de un gran número de soldados, perecieron en este rebato
muchos caballeros de nota, sin otros que quedaron prisioneros de
los moros. El Zagal, satisfecho con los laureles que habia ganado,
desistió de perseguir á los cristianos, y volvió triunfante á su
campo cerca de Moclin[39].
[39] Zurita, lib. XX. c. 64. Pulgar, Crónica.
La Reina, que habia quedado en Baena, sabida la nueva de este
desbarato, recibió un pesar profundo: la consideracion de este
desastre y la muerte de tantos de sus vasallos mas leales, turbó
aquella alma grande, y una negra melancolía se apoderó de su
corazon. En esta disposicion de ánimo la halló el gran cardenal, que
procurando consolarla, la dijo tuviese presente que ninguna conquista
se hizo jamas sin que alguna vez los vencedores fuesen vencidos; que
los moros eran hombres belicosos, defendidos por una tierra montuosa
y áspera, que nunca se pudo conquistar por los Reyes anteriores de
Castilla; y que ella en solos dos años habia ganado mas pueblos y
tierras á los moros que sus antepasados en doscientos: por último,
ofreció servirla con tres mil caballos suyos, mantenidos á su costa,
y proveer á las necesidades de la guerra con la cantidad que por de
pronto fuese menester. Las discretas razones del cardenal, calmaron
el agitado espíritu de la Reina, y volvieron á su semblante la
acostumbrada serenidad.
[Ilustración]