CAPÍTULO XIII.

_Lamentaciones de los moros por la batalla de Lucena._

Estaban los centinelas de Loja observando, desde las torres de la

ciudad, el valle que separa las montañas de Algarinejo, y recorrian

con la vista las verdes márgenes del Jenil, con la esperanza de

descubrir el victorioso pendon de Aliatar, su ídolo guerrero, y de

anunciar el triunfante regreso de su Monarca, cuando en la tarde

del 21 de abril, vieron un solo ginete, que venia por la ribera del

rio fatigando los hijares de su cansado caballo. Ya desde lejos

indicaba el brillo de sus armas que era un guerrero, y estando cerca,

conocieron por la riqueza de su armadura, y por los jaeces del

caballo, que era un guerrero distinguido.

Entró en Loja desfallecido y consternado; y el caballo cubierto de

polvo y de sudor, jadeando de fatiga y enrojecido por la sangre que

manaban sus heridas, despues de haber sacado á su dueño del peligro,

cayó rendido y espiró en la puerta de la ciudad. Los soldados

que estaban en la puerta se apiñaron en torno del caballero, que

contemplaba silencioso y triste las agonías de su moribundo caballo,

y vieron que era el bizarro Cidi Caleb, sobrino del alfaquí principal

del Albaicin de Granada. Los moradores de Loja, viendo á tan

principal caballero tan solo, tan abatido y demudado, se abandonaron

á los mas tristes recelos y sospechas.

“Caballero, le dijeron, ¿do el Rey y el ejército?” Y él señalando

tristemente la tierra de los cristianos, respondió: “¡allá quedan,

que el cielo cayó sobre ellos, y todos son perdidos ó muertos!”[25]

[25] Cura de los Palacios.

Entonces prorrumpieron todos en exclamaciones de dolor, y fue

excesivo el llanto de las mugeres, pues la flor de la juventud de

Loja habia salido con el ejército. Estaba en la puerta apoyado en su

lanza, un soldado viejo cubierto de cicatrices: “¿Qué es de Aliatar?

preguntó ansiosamente: viviendo él no está perdido el ejército.” “Yo

le ví caer, dijo Cidi Caleb, hendido el turbante por la espada del

cristiano.” Al oir el soldado estas palabras, se golpeó el pecho, y

se echó polvo en la cabeza, pues era uno de los secuaces mas antiguos

de Aliatar.

El noble Cidi Caleb, sin detenerse á tomar descanso, montó otro

caballo, y se apresuró á llevar á Granada tan infáustas nuevas. En su

tránsito por los pueblos, cundió mas y mas la consternacion, pues

lo mejor de sus moradores habia ido á la guerra con el Rey. Cuando,

al llegar á Granada, anunció la pérdida del Rey y del ejército, una

voz de horror se difundió por toda la ciudad. Cada uno ponderaba la

parte que le habia tocado en tan general calamidad: rodearon las

gentes al mensagero de tan fatal anuncio, y el uno le preguntaba por

su padre, el otro por su hermano, algunas por sus amantes, y muchas

madres preguntaron por sus hijos. Las respuestas de Caleb no referian

mas que muertes ó heridas: á este le decia “ví como á tu padre le

atravesaron de una lanzada, estando defendiendo la persona del Rey:”

á aquel, “tu hermano cayó herido entre los pies de los caballos, pero

no hubo lugar de socorrerle, pues ya teniamos encima la caballería de

los cristianos.” Á alguna dijo: “ví el caballo de tu amante, cubierto

de sangre y corriendo por el campo sin su ginete:” á otra, “tu hijo

peleó á mi lado en las orillas del Jenil: acosados por el enemigo nos

arrojamos al agua, y en medio de la corriente le oí invocar á Alá;

llegué á la orilla opuesta, y no le volví mas á ver.”

Dejando á todos en el mayor desconsuelo, pasó Cidi Caleb adelante, y

entrando á galope por la frondosa alameda que conduce á la Alhambra,

se apeó en la puerta de la justicia. Aixa, la madre de Boabdil, y

Moraima, su tierna y amante esposa, estaban esperando ya con ansia

la noticia de su victorioso regreso. ¿Qué palabras bastarán para

pintar su afliccion, al oir la dolorosa narracion de Cidi Caleb? La

sultana Aixa, transida de dolor, apenas habló palabra: de cuando en

cuando lanzaba un profundo suspiro; pero alzando los ojos al cielo,

decia: “es la voluntad de Alá;” y procuraba reprimir las mortales

angustias que agitaban su corazon maternal. No asi la sensible

Moraima, que arrebatada de un acceso de dolor, se arrojó en el suelo,

lamentando á voces la pérdida de su padre y de su marido. Su madre,

la sultana, animada de un espíritu mas elevado, le reprendió esta

debilidad. “Hija mia, le dijo, modera esos extremos; considera que

la magnanimidad debe ser el atributo de los príncipes, y que no les

es permitido publicar con clamores las penas que padecen, á par de

ánimos comunes y vulgares.” Pero Moraima, como débil y tierna muger,

solo sabia sentir y llorar. Encerrada en su aposento, contemplaba

desde un mirador la florida vega y el plácido Jenil, y el camino que

conduce á Loja; objetos que todos le recordaban las causas de su

afliccion. “¡Ah, padre mio! decia entre lágrimas y suspiros, ¡alli

veo correr tan risueño ese rio cuyas aguas cubren tus desfigurados

restos! ¿Quién será el que en tierra de cristianos los recoja, y les

dé honrosa sepultura? ¡Y tu, Boabdil! ¡luz de mis ojos, gloria de

mi corazon, vida de mi vida, en mal dia y en mal hora te alejaste de

estos muros!, el camino por do fuiste queda solitario, y nunca mas se

regocijará con tu vuelta, la montaña que pasaste yace como una nube

en el horizonte, y mas allá todo es oscuridad.”

Convocóse á los músicos de palacio, para que procurasen con su arte

embelesador calmar el sentimiento de la Reina, y entonaron cantares

alegres al compás de sus instrumentos; pero muy pronto prevaleció la

angustia de sus corazones, convirtiendo los cánticos en lamentaciones.

“¡Bellísima Granada! decian, tu gloria está marchita: ya no suena en

la Bivarrambla el pisar de los caballos, ni el sonido de la trompeta;

ya no se junta alli tu juventud lozana, para manifestar sus brios en

las cañas y torneos. ¡Ah!, ¡la flor de tu caballería queda postrada

en tierra extraña!, ya no se oyen en tus silenciosas calles los

dulces acentos del laud, ni los del rabel en la pastoril cabaña, ni

la graciosa zambra alegra los estrados. ¡Deliciosa Alhambra!, ¡cuán

triste y solitaria quedas! en vano el azahar y el mirto espiran sus

olores en tus dorados aposentos; en vano el ruiseñor canta en tus

florestas; en vano es el murmullo arrullador de las claras fuentes

que refrescan tus marmóreos salones, pues ya no resplandece en ellos

el rostro de tu Rey, y la luz que te iluminaba se extinguió para

siempre.”

Tales fueron, dice un coronista árabe, los lamentos que se oian en

Granada: desde el palacio hasta la choza, todo era duelo y llanto; y

todos, con igual sentimiento, deploraban á su jóven Monarca, atajado

asi en la flor de su edad y en los principios de su carrera. Algunos

se temian que iba á cumplirse la prediccion del astrólogo, y que á la

caida de Boabdil, (á quien creian muerto) seguiria la perdicion del

reino.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (1 de 2) · 第 14 / 50 题