_Lamentaciones de los moros por la batalla de Lucena._
Estaban los centinelas de Loja observando, desde las torres de la
ciudad, el valle que separa las montañas de Algarinejo, y recorrian
con la vista las verdes márgenes del Jenil, con la esperanza de
descubrir el victorioso pendon de Aliatar, su ídolo guerrero, y de
anunciar el triunfante regreso de su Monarca, cuando en la tarde
del 21 de abril, vieron un solo ginete, que venia por la ribera del
rio fatigando los hijares de su cansado caballo. Ya desde lejos
indicaba el brillo de sus armas que era un guerrero, y estando cerca,
conocieron por la riqueza de su armadura, y por los jaeces del
caballo, que era un guerrero distinguido.
Entró en Loja desfallecido y consternado; y el caballo cubierto de
polvo y de sudor, jadeando de fatiga y enrojecido por la sangre que
manaban sus heridas, despues de haber sacado á su dueño del peligro,
cayó rendido y espiró en la puerta de la ciudad. Los soldados
que estaban en la puerta se apiñaron en torno del caballero, que
contemplaba silencioso y triste las agonías de su moribundo caballo,
y vieron que era el bizarro Cidi Caleb, sobrino del alfaquí principal
del Albaicin de Granada. Los moradores de Loja, viendo á tan
principal caballero tan solo, tan abatido y demudado, se abandonaron
á los mas tristes recelos y sospechas.
“Caballero, le dijeron, ¿do el Rey y el ejército?” Y él señalando
tristemente la tierra de los cristianos, respondió: “¡allá quedan,
que el cielo cayó sobre ellos, y todos son perdidos ó muertos!”[25]
[25] Cura de los Palacios.
Entonces prorrumpieron todos en exclamaciones de dolor, y fue
excesivo el llanto de las mugeres, pues la flor de la juventud de
Loja habia salido con el ejército. Estaba en la puerta apoyado en su
lanza, un soldado viejo cubierto de cicatrices: “¿Qué es de Aliatar?
preguntó ansiosamente: viviendo él no está perdido el ejército.” “Yo
le ví caer, dijo Cidi Caleb, hendido el turbante por la espada del
cristiano.” Al oir el soldado estas palabras, se golpeó el pecho, y
se echó polvo en la cabeza, pues era uno de los secuaces mas antiguos
de Aliatar.
El noble Cidi Caleb, sin detenerse á tomar descanso, montó otro
caballo, y se apresuró á llevar á Granada tan infáustas nuevas. En su
tránsito por los pueblos, cundió mas y mas la consternacion, pues
lo mejor de sus moradores habia ido á la guerra con el Rey. Cuando,
al llegar á Granada, anunció la pérdida del Rey y del ejército, una
voz de horror se difundió por toda la ciudad. Cada uno ponderaba la
parte que le habia tocado en tan general calamidad: rodearon las
gentes al mensagero de tan fatal anuncio, y el uno le preguntaba por
su padre, el otro por su hermano, algunas por sus amantes, y muchas
madres preguntaron por sus hijos. Las respuestas de Caleb no referian
mas que muertes ó heridas: á este le decia “ví como á tu padre le
atravesaron de una lanzada, estando defendiendo la persona del Rey:”
á aquel, “tu hermano cayó herido entre los pies de los caballos, pero
no hubo lugar de socorrerle, pues ya teniamos encima la caballería de
los cristianos.” Á alguna dijo: “ví el caballo de tu amante, cubierto
de sangre y corriendo por el campo sin su ginete:” á otra, “tu hijo
peleó á mi lado en las orillas del Jenil: acosados por el enemigo nos
arrojamos al agua, y en medio de la corriente le oí invocar á Alá;
llegué á la orilla opuesta, y no le volví mas á ver.”
Dejando á todos en el mayor desconsuelo, pasó Cidi Caleb adelante, y
entrando á galope por la frondosa alameda que conduce á la Alhambra,
se apeó en la puerta de la justicia. Aixa, la madre de Boabdil, y
Moraima, su tierna y amante esposa, estaban esperando ya con ansia
la noticia de su victorioso regreso. ¿Qué palabras bastarán para
pintar su afliccion, al oir la dolorosa narracion de Cidi Caleb? La
sultana Aixa, transida de dolor, apenas habló palabra: de cuando en
cuando lanzaba un profundo suspiro; pero alzando los ojos al cielo,
decia: “es la voluntad de Alá;” y procuraba reprimir las mortales
angustias que agitaban su corazon maternal. No asi la sensible
Moraima, que arrebatada de un acceso de dolor, se arrojó en el suelo,
lamentando á voces la pérdida de su padre y de su marido. Su madre,
la sultana, animada de un espíritu mas elevado, le reprendió esta
debilidad. “Hija mia, le dijo, modera esos extremos; considera que
la magnanimidad debe ser el atributo de los príncipes, y que no les
es permitido publicar con clamores las penas que padecen, á par de
ánimos comunes y vulgares.” Pero Moraima, como débil y tierna muger,
solo sabia sentir y llorar. Encerrada en su aposento, contemplaba
desde un mirador la florida vega y el plácido Jenil, y el camino que
conduce á Loja; objetos que todos le recordaban las causas de su
afliccion. “¡Ah, padre mio! decia entre lágrimas y suspiros, ¡alli
veo correr tan risueño ese rio cuyas aguas cubren tus desfigurados
restos! ¿Quién será el que en tierra de cristianos los recoja, y les
dé honrosa sepultura? ¡Y tu, Boabdil! ¡luz de mis ojos, gloria de
mi corazon, vida de mi vida, en mal dia y en mal hora te alejaste de
estos muros!, el camino por do fuiste queda solitario, y nunca mas se
regocijará con tu vuelta, la montaña que pasaste yace como una nube
en el horizonte, y mas allá todo es oscuridad.”
Convocóse á los músicos de palacio, para que procurasen con su arte
embelesador calmar el sentimiento de la Reina, y entonaron cantares
alegres al compás de sus instrumentos; pero muy pronto prevaleció la
angustia de sus corazones, convirtiendo los cánticos en lamentaciones.
“¡Bellísima Granada! decian, tu gloria está marchita: ya no suena en
la Bivarrambla el pisar de los caballos, ni el sonido de la trompeta;
ya no se junta alli tu juventud lozana, para manifestar sus brios en
las cañas y torneos. ¡Ah!, ¡la flor de tu caballería queda postrada
en tierra extraña!, ya no se oyen en tus silenciosas calles los
dulces acentos del laud, ni los del rabel en la pastoril cabaña, ni
la graciosa zambra alegra los estrados. ¡Deliciosa Alhambra!, ¡cuán
triste y solitaria quedas! en vano el azahar y el mirto espiran sus
olores en tus dorados aposentos; en vano el ruiseñor canta en tus
florestas; en vano es el murmullo arrullador de las claras fuentes
que refrescan tus marmóreos salones, pues ya no resplandece en ellos
el rostro de tu Rey, y la luz que te iluminaba se extinguió para
siempre.”
Tales fueron, dice un coronista árabe, los lamentos que se oian en
Granada: desde el palacio hasta la choza, todo era duelo y llanto; y
todos, con igual sentimiento, deploraban á su jóven Monarca, atajado
asi en la flor de su edad y en los principios de su carrera. Algunos
se temian que iba á cumplirse la prediccion del astrólogo, y que á la
caida de Boabdil, (á quien creian muerto) seguiria la perdicion del
reino.
[Ilustración]