INGRESO EN EL CARGO Y CESACIÓN EN EL MISMO

El cargo público era en Roma, por su propia índole, vitalicio; el

interregno establecido junto a la más antigua magistratura, y cuya

duración fija era de cinco días, tenía el carácter de puesto auxiliar,

como lo prueba, sobre todo, el hecho de que al _interrex_ no se tenía

que prestar palabra de fidelidad. Todos los demás cargos, tanto de

magistrados como sacerdotales, que encontramos en la época de los

reyes, han de ser considerados jurídicamente como puestos auxiliares,

sin una duración fijamente determinada por el derecho, pero revocables

en cualquier momento. Cargo propiamente transitorio, no existía más que

el de prefecto de la ciudad, establecido en el caso de ausencia del rey.

La abolición de la Monarquía consistió esencialmente, además de en la

supresión de la unicidad de la magistratura, en la de su vitalicidad,

y cuando una y otra cosa fueron restablecidas de nuevo, es cuando se

dice que concluye la organización republicana. Era de esencia del

cargo público republicano, así de los altos como de los bajos, de los

ordinarios como de los extraordinarios, el tener fijados límites de

tiempo independientes del arbitrio del magistrado que los ocupara.

Es verdad que con relación a los cargos públicos extraordinarios

revestidos de poder constituyente -- que lo fueron, en los tiempos

más antiguos, el decenvirato establecido para legislar, y en los

posteriores, la dictadura de Sila con poderes para dar la constitución

y la legislación a la comunidad, y las instituciones análogas de

la época cesariana y de la de los triunviros -- es verdad que con

relación a estos cargos el magistrado era el que a su arbitrio fijaba

la duración de los mismos, o bien no existió absolutamente para ellos

un plazo, al cabo del cual cesaran en sus funciones los que los

desempeñaban; pero hay que advertir que se trataba de circunstancias

excepcionales, en las cuales estaba precisamente suspendida la

organización política existente a la sazón, y que con ello no se

hizo más que confirmar en principio el carácter de relatividad y

contingencia de la República, dependiente de haber plazos señalados

para ejercer las magistraturas.

El plazo señalado a los magistrados extraordinarios podía limitarse al

desempeño de un negocio transitorio, como, por ejemplo, la consagración

de un templo, la fundación de una colonia o el ejercicio de un mando

militar. Pero como en este caso la terminación del cargo dependía,

hasta cierto punto, del arbitrio del magistrado, tal forma se empleó

exclusivamente para los mandatos que por su misma esencia no tuvieran

carácter político, evitando el emplearla, por el contrario, cuando se

tratara de comisiones importantes, sobre todo del ejercicio de un mando

militar, o empleándola entonces bajo la forma de promagistratura, cuyos

depositarios podían a cualquier hora ser relevados de sus funciones.

El señalamiento de plazo revestía la forma de fijación de un día final,

siempre que se tratara de cargos públicos ordinarios, y la mayor parte

de las veces también tratándose de los extraordinarios. Respecto a los

ordinarios no permanentes y a los extraordinarios, el señalamiento

del día final iba frecuentemente unido al mandato transitorio, de

manera que el funcionario dejaba de serlo, o al terminar su misión,

o al transcurrir el plazo fijado. Así, el interrex cesaba en sus

funciones inmediatamente de hecho el nombramiento del rey, o cuando

transcurrieran los cinco días de duración del cargo; el dictador,

después de cumplida su misión, o pasados seis meses; los censores, una

vez formado el censo, o a los diez y ocho meses. Se trata, pues, aquí

de la fijación de un límite máximo de tiempo. Por el contrario, los

magistrados permanentes seguían por lo regular en sus cargos hasta que

finalizara el plazo de duración de los mismos, si bien no les estaba

prohibido renunciarlos antes de que tal plazo se cumpliera (pág. 140).

Ya hemos dicho (pág. 168) que el señalamiento de plazos se aplicaba lo

mismo al régimen de la guerra que al de la ciudad, pero que mientras

en el régimen de la ciudad así el cargo como la función cesaban

sencillamente con la llegada del término final de tiempo señalado a

las mismas, en el régimen de la guerra estaba en parte prescrito, y en

parte, a lo menos, permitido que se continuara ejerciendo, no el cargo,

pero sí la función aun después de llegado ese término.

Si bien es cierto que no existía una regla general relativa a los

plazos que habían de durar los cargos, sin embargo, lo que predominaba

era la duración anual. Con relación a los cargos permanentes, este

principio de la duración anual se aplicaba de manera absoluta, y en

los casos en que por excepción se prolongaba el poder militar, no

era permitido señalarle un ulterior término final más largo de un

año. La prolongación del _imperium_ de Pompeyo y de los posteriores

depositarios del poder más allá de este término señala ya la agonía del

régimen republicano.

El año de duración de los cargos públicos y los plazos señalados

a los mismos se computaban generalmente con arreglo al calendario

oficial, sin tener en cuenta ni el comienzo de ese año (1.º de marzo)

ni la desigualdad real que había entre unos y otros meses y años del

calendario; por consiguiente, todo plazo se contaba desde el día

de la toma de posesión del cargo hasta el día correspondiente del

mes o año posterior. No obstante, cuando se tratara de completar un

colegio incompleto, valía como término final de duración para el

colega que fuese elegido después el mismo señalado para el colega

nombrado con anterioridad; y al día que los cónsules entraban en

funciones parece que, por regla general, se acomodaban los demás

funcionarios anuales, de suerte que en los casos excepcionales en que

los pretores, y también los ediles y los cuestores, no empezasen a

ejercer sus cargos al mismo tiempo que los cónsules, sino después,

se retrotraía el momento de empezar a ejercerlos hasta aquel en que

hubieren tomado posesión los cónsules. Por el contrario, el día del

ingreso en funciones de los magistrados de la plebe, al menos el de

los tribunos, era independiente del de los cónsules, donde vemos

conservarse todavía una supervivencia de aquel antiguo Estado dentro

del Estado que hemos dicho que los plebeyos formaban. La fijación por

el calendario del día que les correspondía entrar en funciones a los

tribunos del pueblo empezó a usarse desde bien pronto; luego que, por

los motivos indicados (pág. 175), los tribunos referidos pudieron

irse sucediendo sin interrupción, esto es, después de la caída de los

decenviros, el día en que tomaban posesión de sus cargos fue fijado

constantemente para el 10 de diciembre. Por el contrario, en lo que

atañe a la magistratura suprema, el cómputo del año de funciones se

fue por derecho alargando o acortando a medida que cada nueva pareja

de cónsules retardaba su toma de posesión o apresuraba el abandono del

cargo, lo cual vino a dar por resultado que ni los años de funciones

formaban una serie fija, puesto que entre unos y otros se daban

plazos de interregno, ni tampoco una serie de unidades iguales; las

fracciones de los dos años del calendario que cada consulado abrazaba

podían ser de diversa extensión, y en cuanto al momento de entrar en

funciones, nada estaba determinado, si se exceptúa que, acaso por

costumbre, los cónsules comenzaban regularmente a funcionar en los

primeros días de mes (_kalendae_) o a mediados del mismo (_idus_).

Esta manera singular de contar el año de duración de los cargos debió

producir una gran confusión cronológica, sobre todo porque los años

jurídicos se iban designando por los nombres de los magistrados, y a

veces hasta fue causa de que se produjeran situaciones de verdadero

malestar, principalmente porque los ejercicios y expediciones militares

permanentes de la ciudadanía, verificados en la mejor época del año,

apenas consentían que el cambio en el mando supremo pudiera verificarse

durante los meses de verano. Parece, sin embargo, que ninguna

alteración hubo de introducirse en principio sobre este particular

hasta los comienzos de la guerra de Aníbal, en cuya época se fijó, por

lo menos de hecho, para día de ingreso en los cargos el 15 de marzo;

pero en el año 601 (153 a. de J. C.) se hizo nuevamente retroceder el

momento dicho dos meses y medio, fijándolo en el 1.º de enero. Desde

entonces los interregnos se computaron en el año de ejercicio del

cargo y no se tuvieron en cuenta para hacer el cómputo del tiempo;

y si en el curso del año de ejercicio quedaban vacantes ambos los

puestos de cónsul, para lo que restaba del año se nombraba por elección

posterior otra pareja de cónsules. En la época republicana, solo por

excepción se distribuyó el año de duración del cargo consular entre

varios colegios; pero desde los comienzos del principado, esta fue la

regla, abreviándose, por otra parte, cada día más la duración de la

función, de una manera irregular, sí, pero constante. Y se hizo esto a

fin de aumentar el número de los consulares, o sea de las personas que

habían sido cónsules, señaladamente el de aquellas a las que habían

de limitarse los nombramientos hechos por los emperadores. No por eso

sufrió alteración alguna en su esencia el año consular; la mencionada

costumbre de fijar las fechas por los cónsules que ejercieran el

cargo hubo de ser muy pronto abandonada, sustituyéndola la de llamar

a todo el año por el nombre de los cónsules que lo fuesen el 1.º de

enero. -- Primero de hecho, y muy pronto también de derecho, el año

del calendario fue identificándose con el mismo año consular, cuyo

comienzo había sido fijado el 1.º de enero, sustituyendo al antiguo

modo de empezar a contar el nuevo año desde marzo. Esta manera de

contar el año la heredaron las generaciones posteriores, y es la que

hoy subsiste en todas partes para dar comienzo al año nuevo. La pretura

y la censura siguieron en este particular el ejemplo del consulado.

Por el contrario, los cuestores, no sabemos desde cuándo, empezaron a

tomar posesión el 5 de diciembre anterior; acaso fue debido el hecho

a que pareciera conveniente que antes que el nuevo magistrado supremo

entrase a desempeñar su cargo se hallaran ya en posesión de los suyos

respectivos los principales de sus auxiliares y subordinados, a fin de

que desde luego pudiera comenzar a utilizar sus servicios. El ingreso

de los funcionarios en sus cargos tenía lugar siempre por derecho,

no siendo necesario al efecto acto alguno especial de voluntad de

los mismos. En los comienzos, este ingreso coincidía siempre y de una

manera absoluta con el nombramiento o instauración del funcionario;

más tarde la coincidencia tenía lugar también en principio: según la

expresión romana, el ingreso en el cargo partía del acto mismo en que

tenía lugar la elección (_ex templo_) (página 185). Pero cuando se

tratara de nombramientos hechos para un plazo determinado, había que

esperar a que este plazo comenzara, lo cual formó la regla general para

los funcionarios ordinarios permanentes en la época republicana.

Las solemnidades civiles y religiosas de que iba revestida la toma de

posesión de los magistrados supremos, como eran la recepción de las

fasces, el cumplimiento de los votos y promesas de sacrificios que

se hacían año por año a los dioses por el bien común, la renovación

de estos votos, la posesión del primer asiento del Senado sobre el

Capitolio, el establecimiento y la ejecución de las fiestas nacionales

latinas en Lavinium y sobre el monte Albano, no tenían significación

esencial alguna desde el punto de vista del derecho político. Pero

sí deben ser objeto de nuestro examen otros tres actos que también

acompañaban al ingreso en funciones de los magistrados, a saber: la

invocación de la aprobación divina para comenzar a desempeñar el cargo,

la recepción de la palabra de fidelidad prestada por la ciudadanía y el

acto de prestar juramento. Todos ellos tenían de común la circunstancia

de que el magistrado no entraba en funciones por la realización de

semejantes actos, sino que más bien estos presuponían ya verificada

la posesión del cargo, estando el funcionario obligado únicamente a

ejecutar esos actos tan pronto como le fuere posible.

El consentimiento de los dioses para dar comienzo al desempeño de

un cargo lo invocaba el magistrado en la ciudad de Roma, al apuntar

el alba, por medio de la inspección de ciertos signos (_auspicia_).

Este precepto era aplicable a todos los verdaderos magistrados, sin

distinción de rango, y por consiguiente, el acto de que se trata era un

criterio o signo exterior que denotaba la magistratura; los subalternos

y auxiliares, los cuales no tenían auspicios propios, no podían hacer

la inspección referida, como tampoco los quasi-magistrados plebeyos.

Según lo exige la misma naturaleza del acto, la inspección debía

hacerse lo más pronto posible; por lo tanto, en aquellos casos en que

el nombramiento y la toma de posesión del magistrado no constituían

un mismo acto, debía tener lugar la mañana del primer día de entrar

en funciones; y cuando los dos referidos actos coincidían, debía

verificarse probablemente la mañana del siguiente día a aquel en que se

entraba en funciones. Hubo de excusarse todo lo posible el deferir para

más adelante la invocación a los dioses; y en los casos en que no se

podía por menos de hacer uso del aplazamiento, como cuando se trataba,

v. gr., del nombramiento de un dictador ausente de Roma, no por eso se

suspendía el ejercicio de las funciones propias del cargo. En teoría,

la negativa de los auspicios solo podía dar lugar a una obligación

cierta, por parte de los magistrados, a resignar el cargo; en la

práctica, sin embargo, no solo no se conoció ningún ejemplo de esto,

sino que la bendición divina, en cuanto nosotros sabemos de semejante

acto, era de tal manera prodigada, que los dioses garantizaban año tras

año a todos los magistrados en general los más favorables signos, a

saber: la luz que en el cielo sereno iba de izquierda a derecha, con lo

que la inspección de las aves se convirtió jurídicamente en inspección

del cielo (_de coelo servare_).

De análoga manera, el magistrado se hallaba obligado a recibir la

palabra de fidelidad de la ciudadanía a la cual iba a presidir y

dirigir. Tenía lugar este acto en la misma forma de pregunta y

contestación empleada para ponerse de acuerdo en general, o sea para

formar la lex, el magistrado y la ciudadanía, siendo, al efecto,

congregada esta última en la ciudad o dentro de los arrabales,

ordinariamente con arreglo a las divisiones de los ciudadanos por

curias (_lex curiata_), pero también excepcionalmente, sobre todo

cuando se tratara de funcionarios encargados de formar el censo, con

arreglo a las divisiones militares por centurias (_lex centuriata_).

Esta palabra de fidelidad era necesaria, lo mismo que los auspicios,

a todo magistrado verdadero, mientras que no se le prestaba ni al

interrex, que no funcionaba sino interinamente, ni a los sacerdotes,

ni a los jefes de la plebe; aquellos magistrados que tenían facultades

para interrogar a la ciudadanía recibían la palabra de fidelidad de

esta, tanto para sí mismos como para los no facultados a hacer esta

interrogación. Preguntábase si se prestaba la obediencia exigida

por la función que se iba a desempeñar, no pudiéndose menos de dar

contestación afirmativa, por cuanto el ciudadano se hallaba ya

obligado a esta obediencia por el hecho mismo del nombramiento de la

magistratura, y esta obediencia debía ser prestada tanto al interrex,

a quien no se daba palabra de fidelidad, como a los magistrados

facultados para este acto fortalecedor de sus poderes. Por esto es por

lo que tal acto se verificaba regularmente por las curias, aun después

que a estas se las privó de la facultad legislativa (pág. 51). A la

idolatría de las formas, a que se llegó poco a poco a medida que fueron

corrompiéndose y disgregándose realmente los antiguos organismos, es

a lo que obedeció el que al final de la República se disputase a los

magistrados el derecho de convocar la ciudadanía para elecciones

y para ejercer _imperium_ militar y jurisdiccional antes de haber

recibido la palabra de fidelidad. En esta misma época, el acto de que

se trata hubo de reducirse a ser una mera formalidad, puesto que no

solamente se hacía a la vez para todos los magistrados anuales, sino

que cada una de las divisiones o grupos votantes era representado al

efecto por uno de los oficiales pertenecientes a la magistratura.

En el organismo político de Roma no existía una verdadera obligación

de que los magistrados prestasen juramento. Era, sí, usual que en las

diferentes elecciones, el magistrado que las dirigía, antes de hacer

el nombramiento del elegido, recibiese de este juramento de que había

de desempeñar a conciencia y escrupulosamente el cargo; pero semejante

requisito no era jurídicamente necesario. En los dos últimos siglos de

la República se prestaba juramento después de tomar posesión del cargo,

pues al efecto, algunos acuerdos del pueblo prescribieron al futuro

funcionario la obligación de jurar dentro de los cinco días siguientes

a aquel en que comenzase a ejercer sus funciones, so pena de perder el

puesto. Este modo de jurar por medio de un acto legal la observancia

de cierto número de preceptos legales llegó poco a poco a adquirir el

carácter de juramento de los magistrados, sobre todo, después que en el

mismo fueron incluidos, primero algunos preceptos de César, y luego los

de los emperadores en general.

Se cesa en el cargo público igual que se entra en él, es decir, por

ministerio de la ley en el caso de que el transcurso del plazo de

duración del mismo envuelva semejante cesación; por el contrario,

cuando el magistrado cesa antes de tiempo, por haber despachado el

negocio que le fue encomendado, o por otros motivos, claro está que

debe declarar públicamente que lo resigna. También era usual, en

el primer caso, que el magistrado, inmediatamente antes de cesar,

se despidiera solemnemente de la ciudadanía y asegurase ante ella,

mediante juramento, que no había obrado a sabiendas contra las leyes;

pero ni este acto era necesario, ni producía ninguna consecuencia

jurídica. Al funcionario no podía constreñírsele a renunciar el cargo

contra su voluntad antes de que llegase el término de duración del

mismo; al menos antes del siglo en que agonizó la República, aunque

a menudo se excitaba a los magistrados a que abandonasen su puesto

antes de finalizar la duración de este, no se llegó nunca a privarles

formalmente del mismo. La originaria igualdad de derechos de la

magistratura y de la ciudadanía envolvía también, en principio, la

imposibilidad de que, cuando menos los magistrados supremos, fuesen

destituidos. En los tiempos posteriores de la República, cuando la

soberanía del Estado pasó a los Comicios, fue sin duda permitido, en

teoría, la abrogación de los cargos públicos por el medio indicado, del

cual se hizo uso también, en efecto, algunas veces. Los magistrados

superiores podían también impedir a los inferiores el ejercicio del

cargo; pero como no eran ellos los que se lo habían concedido, no

podían privarles del cargo mismo; solo el jefe de la caballería, cuya

posición oscilaba generalmente entre la de los magistrados y la de los

subalternos y auxiliares, era el que podía ser removido de su puesto

por el dictador.

Con la cuestión del cese del magistrado se enlazan las de saber: 1.º,

si, y hasta dónde, pierden eficacia, con la cesación, los actos que

como tal magistrado hubiera ejecutado; y 2.º, si, y hasta dónde, se

halla este obligado administrativamente a rendir cuentas y sujeto a

responsabilidad judicial por tales actos.

Claro está que el cese del funcionario no afecta en general a los

actos válidos que este hubiere ejecutado como tal, porque dichos

actos son, en el sentido jurídico, actos de la comunidad. Están,

sin embargo, exceptuados de esta regla los actos dependientes del

arbitrio personal del magistrado, permitidos jurídicamente, mas

no prescritos. El derecho del magistrado a dar comisiones y el de

nombrar lugartenientes no extienden su acción más allá del plazo que

duran las funciones del mismo; si el magistrado comitente cesa el día

que le corresponde, la comisión no se transmite a su sucesor, y el

lugarteniente del magistrado que cesa no es tampoco lugarteniente del

que le sucede. De igual manera, las órdenes que el magistrado hubiese

dado sin atenerse a un precepto legal (_quae imperio continentur_)

solo le obligan y comprometen a él, no a su sucesor. Toda norma que

proceda del arbitrio del magistrado, por consiguiente, todo edicto,

para seguir teniendo vigor después que aquel cesa en sus funciones,

tiene que ser repetido por el sucesor. Lo cual tuvo gran importancia,

sobre todo en la evolución del procedimiento civil de Roma, por cuanto,

según la concepción de este pueblo, el magistrado que guiaba y dirigía

el pleito tenía amplias facultades para fijar lo que era el Derecho, y

aun para dar a este una interpretación extensiva; mas por otra parte,

esa amplia competencia encontraba una poderosa y esencial limitación en

la circunstancia de que las reglas de derecho dadas por un magistrado

perdían su fuerza cuando este dejaba de serlo y no eran obligatorias

para su sucesor.

La obligación de rendir cuentas es contraria a la esencia de la

magistratura romana. Ni el rey ni el dictador estaban sometidos a

ella, y aun la ordinaria magistratura suprema solo lo estaba de un

modo indirecto. Por ministerio de la ley estaban obligados a rendir

cuentas los cuestores, como administradores de la caja del Estado;

en un principio estuvieron sin duda obligados a rendirlas únicamente

a sus mandantes, es decir, a los magistrados supremos. Pero desde el

momento en que el nombramiento de los cuestores empezó a hacerse, no

ya por un acto exclusivo de los magistrados supremos, sino con la

intervención o cooperación de los Comicios, la rendición de cuentas

cambió de carácter; desde entonces, los gerentes de la caja de la

ciudad tenían que rendirlas a sus sucesores, y los cuestores encargados

de administrar la caja de la guerra las rendían a la caja de la ciudad,

con lo que se conseguía que las cuentas del año precedente fueran

revisadas, en primer término, por los funcionarios del año siguiente, y

después por el Senado. Como el cuestor administraba la caja en nombre

del magistrado supremo, y en virtud de las indicaciones de este, es

claro que aun cuando el cuestor era el que nominalmente rendía cuentas,

en realidad quien verificaba la rendición era el magistrado supremo.

Ahora, como la rendición solo se refería a las sumas recibidas de

la caja de la ciudad, y las que tuvieran otro origen, sobre todo

los dineros provenientes al magistrado supremo de las adquisiciones

guerreras, no llegaban forzosamente a manos de los cuestores, es claro

que la magistratura suprema, en su cualidad de jefe militar, estaba

libre de la obligación dicha.

El funcionario público no era más ni menos responsable por los actos

ejecutados como tal funcionario, ni casi de otra manera, que lo era

cada particular individuo por sus acciones y omisiones.

El antiguo procedimiento criminal que dio origen a la provocación,

esto es, tanto el primitivo procedimiento esencialmente cuestorial

como el que hubo de desarrollarse por medio de los tribunos del

pueblo, fue el que se aplicó lo mismo a los delitos cometidos por los

funcionarios públicos en el ejercicio de su cargo, que a los actos de

los particulares, aun cuando el último es el que en principio tuvo que

ser el que ante todo se aplicara con suma frecuencia con relación a

los individuos que habían desempeñado funciones públicas. El censor

estaba exento de responsabilidad política por los actos ejecutados

en el desempeño de su cargo, lo cual, al mismo tiempo que era una

consecuencia de la índole propia de esta magistratura, puesto que para

ejercer aquel debía proceder el censor discrecionalmente sin sujeción a

preceptos taxativos, no constituía un privilegio legal.

Lo propio se dice del procedimiento civil, en toda su extensión,

incluyendo los llamados delitos privados; todo ciudadano o no ciudadano

podía entablar acción aun contra los funcionarios públicos por _furtum_

e _iniuria_, en el amplio sentido que en Roma tuvieron estas palabras:

hasta los comienzos del siglo VII de la ciudad, no hubo ninguna

diferencia legal en este respecto entre el ladrón de bolsillos y el

cónsul concusionario. En algún tiempo se hizo uso, para perseguir las

concusiones de los funcionarios públicos, de una forma más rigurosa

de procedimiento civil, y en la evolución ulterior de esta clase de

proceso, que gradualmente fue reemplazando al antiguo procedimiento

criminal, la circunstancia agravante constituida por desempeñar el

delincuente funciones públicas, fue un motivo suficiente para que aun

el procedimiento por defraudación de caudales públicos (la _quaestio

peculatus_), el por traición a la patria y los demás relacionados con

este (la _quaestio maiestatis_) se entablaran preferentemente contra

los que abusaran o hicieran mal uso de las funciones públicas.

Únicamente en cuanto hace relación al momento en que puede pedirse

la responsabilidad, es en lo que las consecuencias de la jerarquía

de los magistrados produjeron desde luego una diferencia entre

magistrados y particulares. Al magistrado no podía exigírsele en

general responsabilidad alguna, ni ante sí mismo, ni ante un magistrado

de poder inferior o igual al suyo; por consiguiente, al que no tenía

sobre sí ningún superior, no podía exigírsele responsabilidad antes

de que cesara en el desempeño del cargo. Esto no era aplicable a los

funcionarios inferiores; pero tampoco se podía deducir regularmente

querella contra los mismos sino cuando ellos lo consintieran, porque la

protección general que se otorga a las personas ocupadas en la gestión

de los negocios públicos, ante los obstáculos que un proceso les

crearía, era también concedida a esos funcionarios inferiores.

Compendio del derecho público romano · 第 49 / 120 题