El médico que á Miquis asistía era un joven simpático, aplicadísimo,
y que se encariñaba con los enfermos, mirándolos como amigos y
como libros, cual materia de afecto y de enseñanza. Y al decirle
por las mañanas: «¿Qué tal, cómo va ese valor?» leía en su cara,
en su lengua, en su pulso renglones de dolor. Hombre compasivo
y afanoso de aprender, Moreno Rubio sentía en su corazón pena y
lástima de cristiano; pero este dolor lo atenuaba con las caricias
de sus dedos de rosa, con el goce científico, ó sea el estudio de
aquel hermoso caso. Observar la marcha metódica de la enfermedad,
conforme en cada uno de sus terribles pasos con el diagnóstico que
él había hecho; ver y oír cada síntoma; examinar las turgencias, las
morbideces, los ruidos toráxicos, las eliminaciones... ¡qué cosa tan
entretenida! Esto y los cantos de un bello poema venían á ser cosas
muy semejantes. Principalmente la auscultación, en la cual Moreno
Rubio empleara todos los días un largo rato, enamoraba su espíritu.
Las cosas que dice el aire en los pulmones son en verdad estupendas.
Esta música no es igualmente seductora para todos; pero su expresión
sublime nadie la negará. La resonancia sibilante, la cavernosa,
los ecos, los golpes, los trémolos, las sonoridades indistintas y
apianadas, que ya no parecen voces del cuerpo, sino soliloquios del
alma, constituyen una gama interesantísima. ¡Lástima que la letra de
esta música sea casi siempre una endecha de muerte! Los oídos del
médico se regalan con los suspiros del moribundo.
Aquella mañana (no sabemos bien qué día era) el médico y Cienfuegos
conferenciaron en la escalera, por no poder hacerlo en la casa. Cara
triste tenía Moreno Rubio cuando dijo:
--Se va por la posta... ¡pobre chico! Los tubérculos han destruido
casi todo el parénquima. Han empezado de una manera alarmante el
reblandecimiento y expulsión de tubérculos. Va esto con una rapidez
que me sorprende, porque al principio noté cierta lentitud en el
desarrollo de los tubérculos, y creí que nuestro dramaturgo tiraría
hasta el otoño.
--La voz--dijo Cienfuegos, no menos triste,--se le transformó desde
ayer por la mañana. Me espanté cuando le oí.
--La broncofonía nos indica la formación súbita de grandes
cavernas... Mañana auscultaremos, y observará usted el curioso
fenómeno de la pectoriloquia... En fin, seguir con la digital, y de
noche los calmantes.
* * * * *
Oyó Felipe esta conferencia, y su terror fué grande. Quedóse como
quien se cae de muy alto, atontado. No creía él que la enfermedad
de su amo fuera tan grave, ni temía una tan próxima catástrofe;
pero, pues aquel señor lo dijo, cierto debía de ser. Lo primero que
hizo fué echarse á llorar; mas pronto comprendió la necesidad de
contenerse y envalentonarse para que su amo no se acobardara viéndole
tan afligido. Compuso su semblante lo mejor que pudo, y entró en el
cuarto. Felizmente estaba el enfermo tan aferrado al bello engaño
de su pronta curación, que no era preciso fingir alegría para darle
ánimos. Desde el día anterior no cesaba de hacer proyectos, los unos
de arte y de trabajos para el año próximo, los otros bucólicos y de
vida regalona.
--¡Qué buenos días voy á pasar en la Mancha este
verano!--decía,--pues yo creo que allá para el 15 ó 20 de Junio
podré marcharme. Esto no es más que una fuerte irritación que ya va
cediendo, á mi parecer... Porque yo me siento mejor, sí, señor; y
aunque no tengo fuerzas, ellas vendrán. En todo el verano no haré más
que pasear, comer y dormir. Estaré allá para la siega y me divertiré
mucho. Para que veas si soy bueno, Flip, te voy á llevar. Verás
cómo te diviertes. Iremos de caza. ¿Tú tiras?... Si no tiras, yo te
enseñaré... Es un gusto ir á codornices... Mi padre tiene un monte...
Ya se me hace la boca agua, pensando en el apetito que allí se me
abrirá de par en par... me comeré hasta los platos... Mira tú: nos
salimos de madrugada y nos llevamos el almuerzo en una cesta... creo
que hasta la cesta nos la tragaremos... Á las diez ya no podremos
tenernos de hambre.
Felipe, al oír esto, hacía disimulos muy penosos de su congoja, y tan
bien fingía, que el otro se entusiasmaba más. Necesitaba poco para
ponerse en aquel estado, por ser su alma genuinamente arrebatada y
soñadora. Pero Centeno, sin olvidar sus papeles, estaba muy inquieto
con ciertas ideas referentes á lo que en la escalera había oído.
Entrando y saliendo á sus quehaceres, ni por un momento se apartaba
de su alma aquella pena, y á la pena se unía un prurito de rebelión
contra el dictamen de Moreno Rubio. No: su amo no podía estar tan
malo como el médico decía; su amo no se moriría... ¡pues no faltaba
más! Sin duda Moreno Rubio era un bruto que no entendía el oficio,
y soltaba tales paparruchas para darse importancia. ¡Morirse tan
joven, morirse habiendo hecho _El Grande Osuna_! Esto no podía ser.
Si Felipe fuera ya médico, si él supiera ya todo lo que trataban
los libros de Cienfuegos, de fijo pondría á su amo más sano que una
manzana.
«Los médicos de ahora no sirven--pensó.--Para médicos los de mañana,
los que van á venir.»
Cienfuegos pasaba otra vez allí largas horas, y como era tiempo de
exámenes, allí tenía sus libros para darse alguno que otro atracón
tarde y noche. Cuando salía, Felipe hojeaba aquellas obras tan
sabias, ávido de encontrar en ellas noticias de la enfermedad de
Alejandro. ¡Inútil y desesperante trabajo! No entendía ni jota,
y como todo era terminachos obscuros, más se desesperaba cuanto
más leía. Por último, encontró una palabra que Moreno Rubio había
pronunciado en la escalera. _Parénquima _decía el libro. Allí estaba
el busilis... ¡Oh! si él hubiera aprendido siquiera alguna cosita;
pero no, no sabía nada: era más bruto que Moreno Rubio y que el mismo
Cienfuegos... Se golpeaba Felipe su respetable cráneo, esperando
que por este medio brotara en él alguna chispa de sabiduría médica;
pero nada, nada... todo era cerrazón, dureza, ignorancia... Después
buscaba las láminas de los libros, con esperanza de encontrar en
ellas alguna idea. Las láminas tampoco le decían lo que él anhelaba
saber. Ninguna halló que dijera: «Estado de los pulmones del señorito
Alejandro.»
Su avidez le quitó el sueño aquella noche: nada le distraía, nada le
consolaba. Ocupado en distintos menesteres, su pensamiento seguía
embebido en las mismas ideas y devorado por el mismo afán, ¡ay! afán
de amor y curiosidad. ¿Cuál era su antojo? Nada menos que averiguar
cómo era su amo _por dentro_; meter sus miradas en aquel dichoso
parénquima, en aquellas cavernas y tubérculos, para ver en qué
consistía el daño, y por qué se había de morir su amo. Mentalmente le
abría en canal con un grande y cortante instrumento que no causaba
daño, y luego introducía con sutileza sus manos para extraer el
mal... Lo dicho, dicho: Moreno Rubio era un pobre hombre que no sabía
el oficio.
Aquellos días tenía Miquis, á ratos, la compañía de Ruiz, y por
las noches la de don José Ido. Felipe se había hecho muy amigo de
la familia de éste. Eran los cuatro niños de Ido una generación
lucidísima, propia para dar lustre y perpetuidad á la raza de
maestros de escuela. El uno de ellos cojeaba, el otro tenía las
piernas torcidas en forma de paréntesis, el tercero ostentaba labio
leporino, y la mayor y primogénita era algo cargada de espaldas, por
no decir otra cosa. Además, estaban pálidos, cacoquimios, llenos de
manifestaciones escrofulosas. ¡Pluguiera á Dios que no representara
tal familia el porvenir de la enseñanza en España! Era, sí, dechado
tristísimo de la caquexia popular, mal grande de nuestra raza, mal
terrible en Madrid, que de mil modos reclama higiene, escuelas,
gimnasia, aire, urbanización.
Rosa Ido, con ser raquítica, no carecía de belleza y gracia. Era
sumamente redicha, y en un certamen de hablar mucho se habría ganado
todos los premios. Tenía los ojos azules; el pelo de color de esponja
y enmarañado; la boca grande, sin duda de tanto charlar; los modales
desenvueltos. Andaba á saltos, comía devorando. Era el tipo de los
salvajes de buhardilla, que se extienden por la línea de tejados
de Madrid, cerniéndose sobre la población como bandada famélica.
Devoran los desperdicios que llegan hasta ellos, y piden sin cesar.
Descienden rara vez, porque no tienen ropa con qué presentarse. Viven
en aquella altísima capa urbana, situada entre el cielo y los ricos.
Grandes y cordiales amistades se entablaron entre ella y Felipe.
Mañana y tarde oíase la argentina voz de Rosa Ido en la puerta:
_¿Dan ustedes su primiso?_ Y sin esperar respuesta se metía dentro.
Charlaba un rato con Alejandro, contándole chismes de la vecindad.
Cuando Felipe iba á un recado le acompañaba hasta media escalera, y
cuando volvía se la encontraba en el mismo sitio con su harapienta
muñeca en brazos. Centeno, á su vez, si su amo tenía visita, íbase á
la casa de Ido, cuya esposa, algo mejorada de sus acerbos males, le
hacía los honores con regaños.
El lugar de tertulia de Rosa y Felipe era una escalerilla conducente
á los tejados y á la pequeña azotea donde las vecinas tendían la
ropa. En los escalones ponían los chicos sus juguetes, que eran
pedazos de pucheros rotos, palitroques y carretes sin hilo, con los
cuales hacían trenes de artillería. Allí instalaba Rosa su _boudoir_,
consistente en un espejo roto, dos flores de trapo, acerico, medio
peine, varios frascos vacíos, y allí desnudaba y vestía á la muñeca,
asistida de su amigo, que para estas cosas no carecía de habilidad.
Cuando estaban solos eran las grandes confianzas. Vaya de muestra.
ROSA IDO.--Felipe, la otra noche, cuando estuviste fuera todo el
día y volviste bebido, vino la Tal... ¡Qué enfado me dió!... Me la
hubiera comido. Mamá dice que es una mujer mala, y que señá Cirila es
otra mala mujer. Dice que si la hermana parece tan guapa es porque se
da pintura. Mamá y papá no se tratan con esta gente, porque ellos,
aunque pobres, son de buena familia... El papá de mi mamá era lo que
llaman _cabrerizo_ de Palacio, de esos señores que van montados al
lado de la Reina.
FELIPE.--(_Con autoridad._) Se dice caballerizo y no cabrerizo.
ROSA.--Qué más da... Bien dice papá que tú tienes talento... Pues sí,
vino la Tal. Entró hecha una farotona, y me dijo: «chiquilla, vete.»
¿Habráse visto...? Yo me salí; pero me quedé en la puerta para pescar
algo... Á don Alejandro, cuando la vió, se le pusieron los ojos más
relumbrones... ¡Ella no se acercó á la cama; se puso _alejos_... ¿te
enteras?... y le miraba con una lástima...! ¿Cómo le dijo? No me
acuerdo. Ello fué una cosa _mu_ tierna, _mu_ tierna. ¿Sabes lo que
dice mamá? Que esa mujerona es quien ha matado á tu amo... _Dimpués_
que hablaron dale que te pego, contó ella que te había visto con una
gran turca en el café...
FELIPE.--(_Avergonzado._) Es mentira... Si la cojo...
ROSA.--Aguarda. Los dos se rieron, y _aluego _hablaron de otra cosa.
¡Qué ojos tiene tan rebonitos! Don Alejandro la miraba como un bobo,
y parecía que se ponía bueno. Se sentó en la cama. Ella se _prosimó_
entonces y le dió la mano. _Dimpués_ sacó ella pesetas y las puso en
la mesa de noche. Dice mamá que esa mujer le ha sacado mucho dinero á
tu amo, y que ahora es un bochorno para él que ella le dé limosna.
FELIPE.--¡Quita allá!... ¿qué le ha de dar...? Será casualidad...
ROSA.--(_Bajando la voz._) ¿Sabes lo que dice mamá? Que Cirila
es una ladrona, y que está vendiendo la ropa de tu amo. Yo estoy
volada. Me dan ganas de decirle: «_so tía_...» Es que tengo yo un
genio... ¡Conmigo no jugaba esa tiburona! Si yo fuera tú, la ponía
en la calle... así... clarito, y le decía: «señora, ¿usted qué se ha
llegado á figurar?» Dice papá que tu amo es un santo y que sabe hacer
funciones del teatro, y que ganará mucho dinero; pero que antes se ha
de morir... que no llega al mes que viene...
FELIPE.--(_Dando un suspiro._) Cállate, mujer.
V
Otra vez la conversación recaía sobre el gato. Estaba enfermo, y doña
Rosa Ido inconsolable. Felipe se brindó con gravedad facultativa á
asistirle; le tomó el pulso, le auscultó, le examinó, pronunciando
hinchadas frases de hipocrático sentido, como: «Este señor es muy
aprensivo... ¿ha comido este señor algo más de lo que tiene por
costumbre?... Hay fiebre... Esperaremos la remisión de la mañana...
Debe de ser cosa del _parénquima_... ¿sabes tú lo que es el
_parénquima_?... Pues es donde están los tubérculos, unas cosas muy
malas, muy malas.»
--¿Y qué le damos para esos tabernáculos?--preguntó Rosa consternada,
teniendo sobre su regazo al animal paciente, tieso y al parecer
espirante.
--En vista de que las funciones tal y cual--dijo Centeno, ni serio ni
festivo--no van como es debido; y en vista de que la inflamación de
la pulmonía de la clavícula interesa al hueso palomo del infarto de
la glándula estomacal mocosa...
--Tú estás de broma... y el pobre animalilo se muere... ¿Ha venido el
señor de Moreno Rubio? Cuando llegue ha de ver al michito bonito...
Verás tú cómo con algo de la botica se pone bueno.
--Yo pondré la receta. Oído... Del extracto de chuleta: tres grados
centígrados. Del jarabe de cordilla oficinal: cuatro cuartos.
Mézclese, agítese, platéese y dórese...
--¡Qué gracioso!...
--Veamos ese pulso. Está durillo... Un sopicaldo de ratón; después un
poco de merluza.
--¿Merluza? Dios la dé... ¿Te parece que le demos unas friegas?...
--No está mal, no está mal. Esa medicina sí que es baratita. Frótale
hasta mañana. ¿Qué edad tiene el enfermo? ¿Es anciano?
--Quita... si es un jovencito... si nació el año pasado.
--¡Ah!... abusos de la juventud... Le conviene el cambio de aires...
Panticosa.
--¡Qué chusco...!
Alejandro llamó á su criado, y la señorita de Ido quedóse sola con
su enfermo, á quien administraba cariño, suaves y amorosas friegas
y pases de lomo. Poco después, amo y criado oyeron el _dan ustedes
su primiso_, y he aquí que aparece Rosita hecha un mar de lágrimas.
El gato había concluido su existencia. ¡Cosa tremenda! Estaba ella
dándole una miguita de pan mojada en leche, cuando el pobre animal
estiró una pata, luego otra, quedándose yerto, con los ojos vidriados
y el hocico entreabierto... No pudiendo soportar el espectáculo
tristísimo del cadáver de _Michín_, Rosita lo había puesto en la
azotea, entre dos tiestos de flores que allí vió, y se había bajado
á su casa y al pasillo para llorar más á sus anchas. Alejandro la
consolaba prometiéndole comprarle en la plaza de Santa Ana uno de
Angora, bonitísimo, con el rabo como una pluma, y el pelo largo y
fino, como seda.
Desde que tuvo un rato libre, corrió Felipe al tejado, donde estaba
el frío cuerpo del animal difunto. Rosita le seguía, sin atreverse á
rebasar la escalerilla, y desde el último peldaño observaba lo que el
otro hacía. Vióle acercarse al gato, cogerlo, llevarlo á un ángulo
protegido de los rayos del sol por los tejados, sentarse allí...
--¿Qué haces, Felipe?
--Lárgate de aquí... Tu madre te está llamando: desde aquí oigo sus
gritos. Te va á pegar. Corre, vete.
Desde donde estaba pudo, torciendo el cuerpo, arrojarle una
piedrecilla que le dió en la cabeza.
--¡Qué bruto eres!
--Pues vete. Si no bajas, te pego.
--¡Qué bromas tienes!
--No es broma.
Rosa se fué. Felipe estaba serio, tan serio que parecía un señor
mayor. Hasta entonces no se vieron en sus rasgos infantiles los
firmes lineamentos del hombre. Detrás de su travesura asomaban los
cuarenta años, con máscara grave de paciencia. Hallábase tan poseído
de un ardiente anhelo y de curiosidad tan abrasadora, que ni la
voz de su amo le habría distraído en aquel momento. Sentado en la
azotea, con el tieso animal entre las rodillas, sacó una navaja del
bolsillo, y ¡zas!... Ambrosio Paré, Servet, Andrés Vesale, ¿qué decís
á esto? El cuchillo estaba bien afilado. Empezó Felipe con tacto y
maestría: su ardiente afán no le alteraba el pulso, y supo desprender
con serenidad la piel. Había en su espíritu misteriosas intuiciones
de cómo había de proceder; antojábasele que ya lo había hecho otra
vez... No, no eran enteramente nuevos para él los goces de aquel
sangriento juego... Si jamás lo hizo, sin duda lo había soñado.
Corta por aquí y por allí. Antes de profundizar, quiere reconocer la
boca. ¡Treinta dientes! Y ¡qué extraña la inserción de la lengua,
y qué áspera y picona toda ella! Como que está erizada de púas...
Ahora veamos ese dichoso parénquima. Ábrete, cuello. Por aquí será...
Ve el Doctor la cavidad laríngea y dice: «aquí es donde tienen los
mayidos.» Con la punta de su navaja reconoce durezas, discierne el
cartílago del hueso, aparta tegumentos y músculos. Pone especial
cuidado en no mancharse de sangre, y sabe respetar las arterias.
--Hola, hola, aquí tenemos los pulmones: son estas esponjas, estas
cosas llenas de huequecillos... Me parece que este caballero y mi
amo tienen la misma enfermedad. Pero no veo nada.. ¿Y el parénquima?
Será esto que está detrás. ¿Pues y esta canal? Por aquí va lo que
comemos. Me parece que el corazón está por aquí. Por estos caños
entra y sale la sangre... Sigamos la canal abajo. ¡El estómago!
Ábrete, perro, ábrete. ¡Zas!... ¿De qué has muerto, gato? La sangre
no corre: apelmazada aquí, en el corazón, y el estómago lo tienes
negro... Tú no has comido en muchos días... ¿Y el solomillo, dónde
está? ¡Zas!... Ahora con finura, para sacar el buche entero. ¿Qué es
esto? Las _asaúras_ serán. ¿Y para qué sirven?... Por estas cuerdas
que aquí veo, tirabas y aflojabas para correr... ¿Pero ese condenado
parénquima, dónde anda? Los _bofes_ son éstos. Esto es el respirar
y el toser y el soplar. Por aquí arriba va la voz, el canto, el
enfadarse... Corazón, échate á un lado: tú eres el querer, el llorar,
el arrepentirse...
La voz de Rosita sonó en lo bajo de la escalera.
--Felipe, tu amo te llama. ¿Qué haces?
--Aguarda, mujer... no subas. Dí al señorito que espere.
--Felipe.
--Dale.
--Felipe, que no seas majadero, que bajes.
Y él, sin hacer caso de nada, seguía su investigación ardiente, con
curiosidad que le abrasaba el cerebro... ¡Si tuviera tiempo de abrir
la cabeza para ver _la crisma_, donde está todo el intríngulis del
pensar...!
--¡Felipe!
--¡Que allá voy!
--Tú estás haciendo alguna cosa mala.
Apresuradamente trataba Centeno de arreglar el deshecho cuerpo del
animal, poniendo cada cosa en su sitio y tapándolo con la piel. Si
allí tuviera hilo y una aguja, de seguro, ¡recontra! lo dejaría en
tal estado, que no se conociera la carnicería que había hecho...
Tantas veces le llamó su amo, que al fin echó á correr...
--Dame agua para lavarme las manos,--dijo precipitadamente á Rosa.
--¡Ah, pillo!... ¿qué has hecho? Has descuartizado al pobre animalito.
--Agua.
--¡Verdugo!... Vaya una gracia...
--Mujer... para saber lo que tenía... Agua.
--Le has hecho la _utosia_.
--No se dice _utosia_, sino _utopia_... Agua.
--Ven acá. Tu amo está furioso.
--¡Allá voy!
--¿Y de qué se ha muerto?
--Lo que te dije... del parénquima... Todo está allí clarito. El
estómago se le había subido á la nuez.
--¡Pobrecito!
--Y tenía las _jieles_ metidas en la cabeza.
--¡Ay!
--Y la sangre cuajada, con cada tubérculo que daba miedo... ¡Allá voy!
¡Vaya un réspice que le echó su amo por la tardanza! Era un holgazán,
que no hacía más que jugar, olvidado de sus obligaciones. ¡Oh, si él
no se viera amarrado en aquella cama! En cuanto se levantara le iba
á despedir, sí, señor; porque ya estaba cansado de sus torpezas, de
sus travesuras y de su charlatanería.
Felizmente, estos accesos de ira eran pasajeros. Felipe callaba,
dejando correr el nublado. Bien sabía él que pasaría, y que lo normal
del genio de Miquis era la condescendencia y bondad apacible. Y si
no, ya tenía él recursos habilísimos para desenojarle, arbitrios de
grandísima eficacia, aunque su amo estuviera en una de las grandes
crisis metálicas que le ponían de tan mal talante. Por la tarde, al
volver de un recado, le dijo Centeno:
--¡Cuánta gente por esas calles! ¡Oh! ahora que me acuerdo: he visto
al señor de Ayala, aquel poeta de los bigotes largos...
--¿Sí?
--Y me dió memorias para usted.
--¿Qué dices, hombre?
--No... no... Me equivocaba: no me dió memorias, ni me dijo nada.
Es que me miró de un modo particular, y á mí me pareció que me daba
expresiones para mi amo.
Con estas cosas se reía el enfermo, y se disipaba su mal humor. Tras
del enojo con Felipe, venía siempre entrañable amistad. El gozo de
verle y tenerle á su lado era en tal manera vivo, que cuando el
Doctor estaba ausente, creíase Miquis privado de algo necesario á
su existencia. Hacía elogios de su destreza, de su puntualidad, de
su adhesión, y los vituperios de por la mañana eran á la tarde
alabanzas sin término.
--Bien, bien, Felipe: te portas. Todo lo haces bien. Así me gusta. Si
me muriera, te nombraría mi heredero; pero no me moriré... Eres un
sabio y debías llamarte Aristóteles.
Y desde esta ocasión no le nombraba de otro modo. Á cada momento se
oía: «Aristóteles, dame agua con azúcar... Aristóteles, frótame un
poquito aquí, á ver si se me pasa este dolor de la espalda.»