Alejandro Miquis[1], estudiante de leyes, natural del Toboso, de
veintiún años, y Juan Antonio de Cienfuegos, médico en ciernes,
alavés, subían al filo de mediodía por las rampas del Observatorio.
Eran dos guapos chicos, alegría de las aulas, ornamento de los cafés,
esperanza de la ciencia, martirio de las patronas. Llevaban capa y
sombrero de copa, aquellas culminantes chisteras de hace veinte años,
que parecían aparatos de calefacción ó salida de los humos de la
cabeza. Todavía no se habían generalizado los hongos, y la severidad
de continente, heredada de la generación anterior, imponía á todo
madrileño fino el deber de añadir á su cabeza, á todas horas, el
inconcebible tubo de fieltro, al cual la época presente, por dicha
nuestra, ha quitado importancia, reduciendo su tamaño y limitando su
uso. Cienfuegos llevaba en la mano el número de la edición pequeña de
_La Iberia_ (fijarse bien en la fecha, que era por Febrero de 1863),
y á ratos leía, á ratos peroraba. Miquis, con la capa terciada,
el brazo enfático, la mano expresiva, tan pronto cantaba como
tiraba al sable sin sable. Cienfuegos leyó en voz alta una frase
parlamentaria; Miquis, sin oirle, dijo en tono de teatro aquellos
afamados versos de Quevedo:
[1] Hermano de Augusto Miquis. (_La Desheredada._)
Faltar pudo su patria al grande Osuna,
Pero no á su defensa sus hazañas...
Iba á seguir; pero, sorprendido, gritó:
--¡Un muerto!--y fué corriendo hacia donde estaba el héroe.
--Quita, hombre, si es un chico... Duerme.
Ambos le tocaron con la punta del pie. Después Cienfuegos,
arrodillándose, le observó de cerca. Le sacudieron, le incorporaron.
Nada: como un saco.
--Parece desmayado... ¡Eh! chico, despabílate. ¿Tienes hambre,
frío?... Á ver, Cienfuegos, mediquillo, lúcete. ¿Qué es esto?
--¿Qué ha de ser? Borrachera... Es un pillete. Mira cómo abre los
ojos... ¡Eh! mequetrefe, ¿te estás burlando de nosotros? Si hubiera
por ahí un jarro de agua, se lo echaríamos por la cabeza... ¡Eh!
perdis, levántate.
--Hombre, no le pegues.
--Enséñale dos cuartos y verás cómo salta.
El héroe abrió los ojos... Pero como si la impresión de la luz
renovara su mal, apretó los párpados, quedándose otra vez como muerto.
--¿Has bebido más de la cuenta? ¿Tienes frío? Si no respondes, te
echaremos á rodar por el cerrillo abajo.
Uno le cogió por los hombros, otro por los pies y le balancearon un
rato. Se divertían de veras. Pusiéronle después en mejor sitio, y
Miquis, con seriedad filantrópica, dijo á su compañero:
--Hay que ver lo que tiene. No seamos bárbaros... Si yo fuera
médico... Porque se dan casos de muerte por hambre. ¿Qué se te
ocurre, qué dices? Hombre, receta.
--Al momento. Pero para este mal, la botica es la panadería.
El héroe, sin abrir los ojos, empezó á temblar. ¡Pero qué temblor de
agonía!
--Si lo que tiene es frío...
--Puede ser. En tal caso no hay mejor boticario que un sastre.
Miquis se quitó al punto la capa. El otro, que le conocía bien,
echóse á reir.
--Bonita te la pondrá... Deja, hombre, deja. Ahora me acuerdo:
tengo un gabán, que no me sirve, con más ventanas que la catedral
de Toledo... Mequetrefe, despierta, abre los ojos, responde: ¿te
pondrías tú mi gabán?
Ni respuesta ni señales de haber oído dió el infeliz, que sólo
parecía tener vida para sus violentos temblores. Miquis le echó
encima su capa, y procuraba envolverle en ella, cosa no fácil estando
el otro tendido en tierra. Fué preciso liarle dándole sucesivas
vueltas sobre sí mismo. Cienfuegos se moría de risa viendo á su
compañero en aquella faena, no menos humanitaria que cómica. En
aquel punto y ocasión pasó un señor, hombre respetable por su edad
y figura, alto, afable, y que en todo se revelaba como persona de
esa clase intermedia en que suavemente se verifica la transición
del estado humilde al acomodado. Iba decentemente vestido. Según
se mirase á ésta ó á la otra parte de su empaque, debía de variar
la calificación que de él se hiciera, pues por el gabán correcto y
cepillado parecía más, por la gorra de paño menos de lo que realmente
era. Por su corbata de seda negra, traspasada con alfiler de cabecita
de oro y menudas perlas, figuraba más; menos por el cesto de
provisiones que colgado del brazo llevaba. Los que no le conociesen
como conserje del Observatorio, creeríanle algo á manera de caballero
sirviente. Paróse á ver la curiosa escena y á dar un palmetazo en
el hombro de Cienfuegos, el cual se volvió y dijo con énfasis el
nombre de aquel sujeto, cortándolo con la cadencia y número de un
endecasílabo:
--Don Floren...cio Mora...les y Temprado.
--Se saluda á la pareja... ¿Vienen ustedes á tomar café con el
señor de Ruiz? Estará haciendo la observación de las doce... Pasen
ustedes... ¿Y qué es esto? Ya: un borrachillo. ¡Se ven por aquí unos
puntos!... El señor director trabaja para que el ministro nos mande
cerrar estos terrenos, á ver si nos vemos libres de la gentuza que
viene aquí á tomar el sol... ó á tomar la luna, que de todo hay...
¡Oh! Miquis, le ha puesto usted su capa. ¡Vaya con usted!
--Lo que tiene este caballero es hambre.
--Pues por un pedazo de pan no ha de quedar.
--Allá iremos todos, señor de Morales y Temprado,--dijo Miquis,
mientras el buen señor seguía con paso lento hacia su domicilio.
El héroe empezó á dar señales de vida. Agasajábase poco á poco en la
pañosa, cogiendo por aquí un pliegue, por allí otro, y manifestando
gran confortamiento y gozo con aquel inesperado abrigo.
--Como me la rompas, verás...--le dijo Miquis amenazándole.--Vamos á
cuentas. ¿Te tomarías tú un café?
Creyérase que estas palabras tenían la preciosa virtud de resucitar á
los muertos, según se despabiló nuestro hombre.
--No le digas tal cosa, porque pega un brinco y te rompe la capa.
--¿Te comerías tú una chuleta?
El muchacho miraba con espanto á su favorecedor. Estaba atónito de
puro incrédulo. Sin duda le parecía burla lo que oía.
--Si es idiota... ¿pero no lo ves?
--Dime, ¿eres idiota?
El otro contestó con la cabeza negativamente. La energía de su muda
réplica quitaba toda duda.
--No, tú no eres memo; pero eres un grandísimo pillo.
Otra negativa del héroe, pero tan enérgica, que á poco más se le cae
la cabeza de los hombros.
--Ya... Lo que no tiene duda es que eres mudo.
El héroe sonrió un poco, y con trémula, pero muy clara voz, dijo así:
--No, hombre, que sé hablar.
Desde la puerta del Observatorio viejo, otro joven, bastante menos
joven que Miquis y Cienfuegos, dió dos ó tres gritos de esta manera:
--¡Eh, perdidos! ¡Juan Antonio!... caballeros, ¡que estoy aquí!
Cienfuegos corrió hacia arriba, y cuando estuvo junto á Ruiz, que así
se llamaba el auxiliar de astrónomo, el primer saludo fué:
--Mira ese tonto de Miquis.
--¿Qué hace? ¿Con quién habla?
--¿Pero has visto qué célebre...?
--¿Quién está ahí en el suelo?... ¿una chica?
--Un gandul que hemos encontrado como muerto. Le ha dado su capa.
--¡Alejandro!... ¡Otro como éste...!
Miquis subía paso á paso, frotándose las manos. Con zumba y chacota
le acogieron sus dos amigos.
--Tú no aprendes nunca--le dijo el registrador del firmamento.--Dale
bola... que te vas á quedar sin capa... Y van dos.
--No lo creas. Es una persona honrada.
Ruiz se partía de risa.
--Este pobre Miquis es de lo más inocente...
Los tres fueron hacia el Observatorio nuevo, donde está la gran
ecuatorial y las habitaciones de los astrónomos. Entraron; pero
al poco tiempo salió Alejandro y bajó hacia donde había dejado
su capa. Conviene decir que el llamado héroe se hallaba muy bien
dentro de su inesperado sayo, y empezaba á mirarlo como cosa propia.
Poquito á poquito se fué acomodando en la sabrosa amplitud pegadiza
del paño, y al fin, como quien no hace nada, se embozó hasta los
ojos. ¡Qué gusto!... ¡Y qué bien comprendía la felicidad de los
escogidos mortales que poseen una capa! En su vida había probado
él las delicias de prenda tan amorosa. Así, cuando se vió solo,
aliviado del respeto que le imponía su favorecedor, se familiarizó
más con la hermosa tela, y se envolvió mejor, y la apretó contra sí.
Lentamente se desvanecía el horrible malestar que le había privado
de conocimiento; pero el maldito frío no se le quitaba. Sus fuerzas
eran escasas, y cuando probó á ponerse en pie tuvo que dejarse caer
de nuevo, porque las piernas no querían sostenerle. Como sabandija
herida, se fué arrastrando hasta un lugar más seco y abrigado.
Buscando apoyo en el tronco de un árbol, se sentó en cuclillas, se
colgó la capa sobre la cabeza y se tapó con ella todo, no dejando
abierto más que un triángulo, por el cual le asomaban solamente ojos
y nariz.
Era tan estrafalaria figura, que sería preciso buscarle semejante en
las momias egipcias ó en salvajes y feos ídolos africanos. Como había
cambiado de sitio, Miquis no le encontró al tornar á la rampa. «¡Ah!
pillo»,--murmuraba, volviendo á un lado y otro los ojos, hasta que
llegó hasta él la voz débil del héroe con estas palabras:
--Señor... que no me he ido... que estoy aquí.
--Pues te vas haciendo confianzudo... ¡Qué fresco!...--le dijo el
estudiante de leyes, sentándose frente á él.--Si creerás que te voy
á dar la capa... No seas tonto, tápate, tápate más. Eso se llama
cogerlo con gana. No, no te entrarán moscas.
--Señor, tengo mucho frío... Luego se la daré.
--Me gusta la franqueza... Parece que no eres corto de genio.
El otro se reía dando diente con diente. El frío y cierto gozo que
cosquilleaba en su espíritu, se expresaban juntamente en un solo
fenómeno.
--Vamos á ver. Has de responderme sin mentira... porque tú eres muy
mentiroso... ¿Cómo te llamas?
--_Celipe._
--¿Y qué más?
--Celipe Centeno.
--¿De dónde eres?
--De Socartes.
--¿Y dónde está eso?
--Al lado de Villamojada... ya lo sabrá usted. Donde están las
minas...
--Pero ¿qué minas, hombre, qué minas?
--Las minas de Socartes... Aquí está el río, aquí Villamojada, aquí
mis minas...
--Enterados... ¿Y tienes padre y madre?
--Sí, señor. Pero como no querían que yo _desaprendiese_... me tomé
la carretera y me vine acá.
--Anda, pillete... Á buena cosa habrás venido tú... Con que á
_desaprender_... ¿En qué has venido? ¿en tren, en carromato...?
--Re-córch... Á patita limpia, señor... Siete _desemanas_ y dos días.
--¿Y qué haces aquí? Pedir limosna, vagabundear, merodear...
El héroe no entendía esta última palabra; que si la entendiera,
habría protestado severamente. Tan sólo dijo:
--Busco un _desacomodo_.
No hay medio de averiguar de dónde había sacado el entendimiento de
mi hombre aquel barbarismo de anteponer á ciertas palabras la sílaba
des. Sin duda creía que con ello ganaban en finura y expresión y que
se acreditaba de esmerado pronunciador de vocablos.
--¿Buscas un des...? ¿Qué dices, muchacho?...
--Digo que estoy buscando... de ver cómo encuentro... de que
poniéndome á servir á un señor, me deje tiempo para _destruirme_.
--Hombre, sí, destrúyete, porque eres el bárbaro mayor que he
visto... Pero explícame, ¿cómo te las arreglas? ¿cómo y dónde vives?
¿quién te mantiene?
El héroe dió un gran suspiro, un suspirote que no cabía dentro de la
rotonda del Observatorio.
--Una noche dormí en aquella casa.
Señalaba al Museo.
--¿En el Museo?... ¿dentro?
--No, señor. ¿Ha visto usted unos _ujeros_ que hay por _desalante_,
donde están unas figuras muy guapas?... Pues allí. Otra noche dormí
en la puerta de esa _fráica_...
--¿Qué?
--De esa _fráica_ que hay allá... donde hacen el _desalumbrado_ de
las calles.
--El gas... ¿Y cómo hiciste el viaje?... ¿pidiendo limosna?
--¡Re-có...! ¿no le digo?... Pues yo traía dinero... Cuando llegué
á este pueblo, no me quedaba nada... El primer día me dieron medio
pan... Yo gano también haciendo recados á las lavanderas, y en la
Estación un señor me dió á llevar el _desequipaje_...
--¿Y qué enfermedad tienes?... ¿Por qué estabas desmayado?
--Porque me fumé un cigarro que me dió ayer Mateo del Olmo, sargento
de la _desartillería_. Es de mi pueblo, trabajó en mis minas, y fué
novio de mi hermana Pepina... _Desencendí_ mi cigarro, y cuando tan
siquiera di seis chupadas, todo me daba vueltas.
--¿Y dónde vives ahora?
--En un tejar que hay allá abajo... ¿Ve usted aquella chimenea
grande, grande? ¿Ve usted aquella pared blanca, muy blanca? Tiene
unas letras que dicen: _Calenturón_.
--¿Cómo?
--_Calenturón_. Allí al lado, en un cobertizo, vivimos muchos pobres.
Nos da de comer la mujer del guarda del almacén.
--¿De qué almacén?
--Del almacén de _Calenturón_.
--¿Qué es eso?
--Venden cal-en-terrón.
--¿Sabes leer?
--Cuando estuve en casa de la tía Soplada... Me tomó de criado para
que le hiciera recados. Tiene puesto de ropas _desusadas_ en el
Rastro. No me daba salario, sino la comida, y me puso en la escuela
de la calle del Peñón. Estuve un mes y días. _Desaprendí_ las letras,
pegué al _Catón_, y cuando iba á entrarle al _Juanito_, me salí de
casa de la Soplada, porque tiene un hijo muy malo, que me zurraba.
No he vuelto á la escuela; pero me leo todos los letreros de las
tiendas, y cuando cojo en la calle un pedazo de _Correspondencia_, me
lo paso todo.
--Bien, hombre, bien. Casi, casi eres un sabio.
--¿Quiere tomarme por criado?--dijo el rapaz prontamente.
--Yo no necesito criado.
--Sí, señor: tómeme, tómeme.
--Por de pronto, vete desprendiendo de la capa, que ya noto su falta,
y todos somos de carne y hueso.
Como el caracol se asoma tímidamente al boquete de su choza calcárea,
y luego poco á poco, halagado del sol, va saliendo y alargándose, así
Felipe iba sacando, por sucesivos avances, primero una mano, luego el
cuello, los brazos, y al fin medio cuerpo. Probó á levantarse; pero
el mareo y lo mucho que había hablado, le tenían muy débil.
--¿Qué has comido hoy?
--Bellotas...
--¿Y ayer?
--Bellotas... pan...
--No sigas, hombre. Me da dolor de estómago oirte. ¿Comerías tú
alguna cosita caliente?
Echando el alma por los ojos, contestó Felipe mejor que lo habría
hecho con palabras.
--Ven conmigo. Á ver si echas una carrera de aquí á aquella casa
grande.
--Sí que podré,--repitió el héroe, midiendo con ansiosas miradas la
distancia.
--Allí hay convitazo... ¿Viste aquel buen señor que pasó por aquí?
Es el conserje. Celebra los días de su esposa. Le voy á decir que te
convide. Verás. Anda, valiente... No, no te quites la capa. Embózate
en ella... Vamos, hombre, con gracia, con aire.
El otro se reía, probando á embozarse y sin poderlo conseguir.
--Así, bien, así... á la macarena. Eres un zascandil... Me gusta ese
garbo. Adelante, paso firme. Bien.
La risa que le entró al héroe impedíale andar, pues tan extremada era
su debilidad.
--¡Cómo se ríe!... Vaya, que es usted tonto de veras, señor de
Centeno.
Él, que se oyó llamar _señor_, tuvo una tan fuerte acometida de
hilaridad, que se cayó al suelo, temblando de brazos y piernas como
un epiléptico.
--¡Ay mi capa, ay mi capita de mi alma!
--No, señor, no... no se la _destropeo_,--dijo ahogadísimo Felipe,
poniéndose primero de rodillas, luego á cuatro pies, y por último...
--¡Aúpa, hombre valiente! ¡Ya estás en pie! ¡Gracias á Dios! Ni que
fueras de algodón... Pues tú puedes andar. ¡Ah, chiquilicuatro! lo
que tú tienes es mucha marrullería.
--¿Yo?...
--Hipócrita.
Felipe no entendía; mas creyendo era cosa de gracia, siguió riendo.
Miquis le daba empujones y pellizcos, le tiraba de un brazo...
--Que me hace cosquillas, señor.
--¡Pillo, granuja!
--¡Ay, ay!
--Si usted sigue con sus bromas, señor don Felipe, le doy á usted una
puntera, que del salto va usted á su pueblo, allí donde están sus
minas.
Llegaron así á la puerta del Observatorio nuevo.
--Entra, hombre... No gastes cumplidos.
Es circular aquel vestíbulo, y con cierto aderezo arquitectónico á
la griega. En el centro, cual decorativa estatua representando la
vigilancia á la entrada del palacio del estudio, estaba don Florencio
Mora...les y Temprado. No pudo contener una observación bondadosa,
que salió de sus respetables labios en esta forma:
--Tan chiquillo es el uno como el otro.
--Señor Morales, me tomo la libertad de...
--Es usted muy dueño, señor de Miquis,--dijo el bendito Morales,
ocultando discretamente un bostezo de hambre tras la palma de la
mano.
--De recomendarle á usted al señor de Centeno, que no ha comido hoy
nada caliente. Puesto que tiene usted convidados...
--Es verdad... y si usted gusta de honrarnos, señor de Miquis...
--Gracias... Yo voy arriba. Ruiz nos va á leer una comedia. Con que...
--Queda de mi cuenta...--dijo Morales disimulando otro bostezo.--Y la
hora de comer se alarga... Entre paréntesis, amigo: como hoy tenemos
algo extraordinario... ¡Qué tareas en esa cocina!...
De las cuatro puertas pequeñas que hay en el vestíbulo, una de las de
la izquierda, entrando por el Mediodía, conducía á las habitaciones
particulares de don Florencio. Por allí entraron éste y Felipe,
mientras Alejandro Miquis subía solo por la escalera de la izquierda
en busca de sus amigos que en lo más alto del edificio estaban.
--Ea, siéntate aquí--dijo á Felipe, señalándole un banquillo, el buen
sujeto, á quien el héroe conceptuaba dueño y manipulador de cuanto
existía en aquellos edificios para andar en tratos con la luna y
las estrellas.--Suelta la capa, que se la vas á poner perdida á don
Alejandro. Aquí no hace frío. ¿Qué tenías?
Y sin esperar respuesta, luego que puso la capa bien doblada sobre
una silla, empezó á pasearse por la habitación, golpeando duramente
con uno y otro pie sobre la estera. Una voz de mujer dijo desde la
estancia interna que con aquélla se comunicaba:
--Florencio, ¿todavía no se te han calentado los pies?
--Todavía... Vamos, vamos, prisita, prisita... ¡Qué horas de comer!...