INTRODUCCIÓN

Quod nostri factum non recte, noli silere:

Ne videare malos imitari tacendo.

(_Disticha_ CATONIS.)

El libro que tiene en sus manos el curioso lector es el libro más

valiente que se ha escrito en lengua castellana. Nuestra literatura

ofrece tres cimas, que se yerguen hasta las estrellas y sobresalen

entre las obras más excelsas del ingenio humano. El _Quijote_ en el

género novelesco, _La Celestina_ en el dramático, _El Libro de Buen

Amor_ en el satírico, en el lírico, en el dramático, en todos los

géneros, porque todos los confunde la reventazón creadora de un poeta

solitario, que alza su voz poderosa en el silencio de una sociedad

medio guerrera y medio bárbara.

Pero en reciura de músculos, en volubilidad de meneos, en fuerza de

rugiente vida, en desenfadada sinceridad y abertura de pecho, el

Arcipreste de Hita se adelanta a todos los artistas del mundo.

Este hombre es el gigantazo aquel, llamado Polifemo, que nos pintó

Homero, metido a escritor. Los sillares con que levanta su obra son

vivos peñascos, arrancados de la cumbre de las montañas y hacinados

sin argamasa ni trabazones convencionales de las que no pueden

prescindir los más celebrados artistas.

"¡Qué lástima--dice benditamente Martínez de la Rosa--que un hombre de

tanto ingenio naciese en un siglo tan rudo!" ¡Acaso, digo yo, naciendo

en el que nacisteis, hubiera sido de vuestra atildada escuela! Porque,

¿quién sabe si vuestro ingenio académico, puesto en el siglo XIV,

hubiera volado tan sin pihuelas como el del Arcipreste?

Su boca dice todo lo que encierra su pecho, y el pecho de este poeta

primitivo es grande como el universo. ¡Una verdad tan sin tapujos, que

tumba de espaldas al más arrojado! ¡Un realismo tan cimarrón, que

ciega y acobarda al más atrevido!

Tan grande, tan colosal es el Arcipreste de Hita que, soprepujando a

toda previsión y escapándose de toda medida, se les ha ido de vuelo a

los críticos más avizores y de más firme mirar. El Greco se queda

corto en pintura, para lo que en literatura es Juan Ruiz. Su obra,

repito, es el libro más valiente que se halla en esta literatura

castellana de escritores valientes y desmesurados sobre toda otra

literatura.

La obra del Arcipreste es toda suya, personal, originalísima. ¿Que

glosó una comedieta latina, que engarzó en su libro fábulas

orientales, de todos conocidas entonces, que tomó de la literatura

francesa algún fabliau y el tema del combate entre D. Carnal y D.ª

Cuaresma? Esos son materiales en bruto, que el poeta labró, pulió,

vivificó con aliento nuevo y no soñado por los autores que tales

materiales le ofrecieron.

Levántase el Arcipreste entre dos épocas literarias, sin pertenecer a

ninguna de las dos, aunque con dejos de la que le precedió: la de los

apólogos sentenciosos y últimos vagidos del mester de clerecia, que

fué lo que hasta entonces se había escrito, y el renacimiento de torpe

y retorcido decir de D. Enrique de Villena y el Marqués de Santillana,

que vino a poco, seguido de la lírica postiza y desleída de los

cortesanos de don Juan el II.

¡Increíble parece que, resonando todavía y retiñendo en lo hondo de

los corazones aquel metal de voz de un tan verdadero vate como Juan

Ruiz, tuvieran valor de chirriar, no uno ni una docena de afeminados

boquirrubios, sino toda aquella cáfila y enjambre de ahembrados

poetillas, cuyas ñoñeces nos conservó Baena en su _Cancionero_,

cerrando la procesión de tan almibarados donceles el por luengos años

de más estruendo y más enrevesado y menos delicado y natural poeta que

conozco, el famosísimo Juan de Mena!

Pasados los tiempos heroicos de la épica castellana con sus gestas, de

las cuales nos ha quedado el más acabado modelo en el cantar de _Mio

Cid_, nació en los comienzos del siglo XIII un género de poesía, ni

épica ni lírica, que los mismos poetas llamaban _mester de clerecia_.

Clérigos eran, efectivamente, por la mayor parte, porque apenas si la

cultura y las letras alcanzaban más que a los clérigos. Fruto de la

erudición latino-eclesiástica, por medio de la cual les llegaba por

una cierta manera mitológica algo de la antigua historia y de sus

héroes, eran aquellos poemas para leídos por monjes y estudiantes de

las nacientes universidades; sus voces no llegaban a las mesnadas de

guerreros, a las cortes de los reyes ni a las fiestas y regocijos

populares.

Así era de prosaico y didáctico el tono de aquellas leyendas devotas y

poemas de Berceo, del _Alexandre_, del _Libro de Apolonio_ y otros, a

vueltas de cierta candidez y color de primitivos, que si no enardece y

levanta los pensamientos, agrada, y, sobre todo, contentaba a sus poco

leídos lectores y más a sus autores, los cuales despreciaban la

verdadera poesía del pueblo, que llamaban _mester de juglaria_.

Pero la cultura arábiga, fomentada por Alfonso el Sabio, trajo a

España el saber grave, diluído en apólogos y sentencias, y de él se

alimentó la prosa castellana, llevada a la legislación, a la historia

y a la ciencia por el sabio rey. A poco la corriente lírica gallega se

derramó por toda la Península, escribiéndose nuestra primera lírica en

aquella dulce lengua, y desaparece el pesado alejandrino,

substituyéndole la riqueza métrica de aquellos cantares cantables y

ligeros de la musa, ya erudita, ya popular, venida de Galicia. La

sociedad medioeval se transformaba a la par de caballeresca en

burguesa, y el empuje realista del popular pensar y sentir no pudo

menos de llegar a la literatura. Estos cambios se verificaron en el

siglo XIV, en que vivió el Arcipreste de Hita. El añejo _mester de

clerecia_ se coloreó no poco con estas novedades, y a él pertenecen en

el siglo XIV el Rabí D. San Tob de Carrión y el Canciller Pero López

de Ayala. No menos pertenece a él nuestro Arcipreste por la intención

moralizadora de su libro y por la doctrina y fábulas orientales de que

lo entreveró; pero no menos, antes mucho más, ha de tenerse por poeta

popular del _mester de juglaria_, como él mismo francamente lo

proclama sin desdeñarse por ello (c. 1633):

Señores, hevos servido con poca sabidoría:

Por vos dar solás a todos fablévos en jograría.

Con estas palabras, y mucho más con su libro, sus cantares y "cántigas

de dança e troteras, para judíos e moros e para entendederas, para

ciegos y escolares, para gente andariega" (c. 1513, 1514) alzó bandera

revolucionaria en el campo de la literatura erudita, injertándole la

savia popular, la única que suele y puede engrandecerla. El fué quien

enterró _el mester de clerezia_, desgarrándose de la tradición

latino-eclesiástica; él quien rompió todos los moldes de erudiciones

trasnochadas, de ritmos apesadumbrados y de entorpecidos andares; él

quien supo aprovechar como nadie en sus apólogos la manera pintoresca

y sentenciosa de la literatura oriental, harto mejor que en sus prosas

D. Juan Manuel, su contemporáneo; él quien dió vida a la sátira moral,

harto mejor que el Canciller y el Rabí; él quien llevó a la literatura

castellana las cantigas, las villanescas y las serranillas gallegas;

él quien zanjó para siempre el realismo de nuestra literatura; él, en

una palabra, quien dió vida de un golpe y en un solo libro a la

lírica, a la dramática, a la autobiografía picaresca y, sobre todo, a

la sátira en todos sus matices.

El Arcipreste de Hita no puede ser encasillado, como no pueden serlo

los pocos altísimos ingenios, que se levantan sobre la muchedumbre de

los poetas y escritores comunes, por sobresalientes que algunos de

ellos sean. Fuelo, sin duda, el infante D. Juan Manuel, el único cuya

voz puede oírse mientras canta el de Hita; pero entre uno y otro hay

un abismo. Porque nuestro Arcipreste, no sólo es el primer poeta de su

siglo, sino de toda la Edad Media española, y fuera de España tan sólo

el Dante puede con él emparejar.

¿Quién fué este hombre tan extraordinario? Fuera de lo que nos pueda

decir su _Libro de Buen Amor_ no sabemos ni una palabra; y este libro

es tan naturalmente artístico y tan irónico y socarrón y en castellano

tan viejo y poco conocido escrito, que él y su autor siguen siendo

hasta hoy una verdadera quisicosa, un enigma, aun para las personas

más doctas. Para Menéndez y Pelayo fué el Arcipreste "un clérigo

libertino y tabernario"; para Puymaigre, "un libre pensador, un

enemigo de la Iglesia"; para José Amador de los Ríos, por el

contrario, fué "un severo moralista y clérigo ejemplar, que si es

cierto que cuenta de sí propio mil picardías, lo hace para ofrecerse

como víctima expiatoria de los pecados de su tiempo, acumulándolos

sobre su inocente cabeza" (MENÉNDEZ Y PELAYO, _Antología_, III, página

LXII). Si con tan encontradas opiniones se juzga del hombre, de

esperar es que con las mismas se juzgue de su obra, que no ha faltado

quien la llamase nada menos que _Libro de alcahuetería_.

Bien es verdad que todos convienen en tenerle por extraordinario

poeta. Pero, ¿puede ser poeta tan extraordinario un hombre que va

contra el sentir de toda la sociedad cristiana en que vive, como lo

supone Puymaigre? Los grandes poetas que conocemos sobresalieron entre

sus contemporáneos; pero fueron la voz de toda la sociedad en que

vivían, y eso les hizo ser grandes. ¿Puede ser extraordinario poeta un

poeta "clérigo, libertino y tabernario; un escolar nocherniego, gran

frecuentador de tabernas; un clérigo de vida inhonesta y

anticanónica", como dice de él Menéndez y Pelayo? Yo concederé que

entre tales hombres pueda darse un poeta; jamás un extraordinario

poeta. Los más encumbrados pensamientos y los sentimientos más

delicados no andan por las tabernas y lupanares. Si alguien puede

creer lo contrario, respeto su opinión; pero me guardo la mía en todo

contraria. Si otros creen que un desalmado sin conciencia y sin

religión, en un siglo religioso sobre todo, puede ser poeta excelso,

de los de gran talla, de los pocos que se levanten a lo más alto, como

yo tengo fué el Arcipreste, tampoco me ofenderé; pero seguiré creyendo

que esos altísimos ingenios jamás se dieron sin una honda creencia

religiosa en el corazón, fuente la más pura y abundante de la sublime

poesía. Pero todo esto es opinar. Lo que en limpio de todo ello se

saca es que el valer del Arcipreste y de su libro sigue en balanzas,

que el _Libro de Buen Amor_ es todavía un enigma aun para los más

doctos y discretos.

Descifrar el enigma, poner en claro el libro, que puedan leerlo,

entenderlo y juzgarlo doctos e indoctos era empresa digna de

acometerse y de que alguien fuera el primero en acometerla. Acaso el

mal sino del Arcipreste haya sido el que fuera yo el primero que la

acometiese; ello es que yo he sido, y hubiera deseado encuadrar esta

_sátira maravillosa de la clerecia y aun de toda la sociedad del siglo

XIV_, que a esto se reduce el libro, en un marco digno, que pintase y

pusiese ante los ojos del lector aquella corrompida edad del

_cautiverio babilónico_, como se ha llamado por la sustracción del

Papa a la ciudad de Roma, llevado con miras políticas a Aviñón por los

reyes de Francia.

No sufría tal espacio y vagar el estilo y tamaño de los libros de

esta biblioteca de CLÁSICOS CASTELLANOS, y he debido ceñirme a sus

límites, aunque creo haber sacado en limpio el texto, haber aclarado

su sentido literal de manera que cualquiera persona medianamente

instruída llegue a entenderlo, y haber apuntado las suficientes

noticias para que se conozca el ser y costumbres de aquel siglo.

Del libro, bien estudiado, se sacan las pocas noticias siguientes,

tocantes al extraño personaje de su autor: Llamóse _Juan Ruiz_ (c. 19

y 575). Nació en Alcalá de Henares (c. 326, 1510). Fué _Arcipreste de

Hita_, villa en la provincia de Guadalajara. Cargo era éste de

importancia, como entonces todos los eclesiásticos, y el primero de la

villa, puesto que el Arcipreste es cabeza de todos los demás clérigos.

Era ya muerto, probablemente, a no ser que hubiera dejado el

arciprestazgo, el año 1351, pues en escritura que cita Antonio Sánchez

era arcipreste allí y aquel año un tal Pedro Fernández; todavía parece

más probable que hubiese muerto para el año 1348, como deduzco por

cierta conjetura de la copla 326 (véase mi nota). Acabó de componer su

libro el año 1343 (c. 1634), siendo ya viejo (c. 1692) y estando preso

en Toledo por mandado del Arzobispo de aquella ciudad D. Gil de

Albornoz (c. 1671, 1709).

Compuso, por consiguiente, el libro en los últimos años de su vida,

preso y lleno de angustias, agraviado e injustamente puesto en

prisión, "por _causas meramente curiales_", dice Menéndez y Pelayo,

muy probablemente por falsas delaciones sobre que hablaba contra el

Arzobispo, llevadas de parte de los clérigos de Talavera, fuertemente

enojados por la sangrienta sátira que contra ellos escribió (c. 1690).

Fué persona leída y entendida en Sagrada Escritura, Derecho civil y

canónico, en la erudición latino-eclesiástica de su siglo y en los

libros de D. Juan Manuel y demás obras que hasta entonces se habían

escrito en lengua vulgar.

La biblioteca del Arcipreste debió de ser harto menguada. Por su libro

se saca que conocía la _Biblia_, varias obras canónicas y jurídicas,

que menciona en la copla 1152; las _Decretales_ (c. 1148); el

_Decreto_ (introducción); el _Especulo_ (c. 1152); el _Libro de las

tafurerias_ (c. 556); el _Conde Lucanor_, del cual sacó el asunto de

algunas fábulas; el poema de _Alexandre_, al cual imita (c. 1266);

algún _Isopete_, del que sacó el de otros apólogos;[A] el _Pamphilus_,

que glosó; los _Aforismos de Caton_ (introducción y c. 44, 568). A

Aristóteles cita en la copla 71, a Tolomeo en la 124 y a Hipócrates

en la 303; pero sin duda de segunda mano.

No tenía ningún clásico latino ni menos griego, pues aunque cita a

Ovidio (429, 446, 612, 891), para él y sus contemporáneos Ovidio Nason

era principalmente el _Pamphilus_ medioeval, obra de un monje imitador

del verdadero Ovidio. Tampoco trae nada su libro de la _Disciplina

clericalis_ del judío converso español Pedro Alfonso ni del _Libro de

los engaños_ o _Sendebar_, mandado verter al castellano por el infante

D. Fadrique, obras ambas que pudiera muy bien haber aprovechado por la

comunidad de asuntos y que acaso leyó; pero que es extraño no hayan

dejado la menor huella en el _Libro de Buen Amor_. De la poesía

francesa debió de conocer algo, aunque no tanto como creyó Puymaigre,

pues el cuento de _Pitas Pajas_ probablemente fué español de origen,

si no fué invento del mismo Arcipreste (474), y las serranillas tenían

su abolengo en la lírica popular.[B] No habiendo conocido el _Roman de

la Rose_, derramado por toda Europa y de asunto tan parecido al de su

libro, ¿qué otra obra francesa iba a conocer?

Pero este maravilloso poeta, si no tenía libros, tampoco los

necesitaba. Fué un vidente de la naturaleza, de las almas, de la

sociedad en que vivía; un verdadero vate, que estaba por cima de los

libros y calaba adonde los libros no alcanzan.

Que fué personaje de cuenta y de gran confianza para el gran

estadista, no menor conocedor de hombres y severo y enterizo Arzobispo

de Toledo, gran privado del emperador Alfonso XI y del Papa (notas a

las coplas 1690, 1516), don Gil de Albornoz,[C] se ve claramente por

la grave comisión que le encargó de llevar sus letras al clero de

Talavera, con amplios poderes (c. 1690) para retraer a aquellos

clérigos de la suelta vida que llevaban y hacerles apartar de sus

mancebas, a ellos y a los seglares de aquella población. Puesto que D.

Gil fué Arzobispo de Toledo desde el año 1337 hasta el 1350, en que se

puso al servicio del Papa en Aviñón, esta comisión fué después del año

1337, algunos años más tarde, sin duda, y el Arcipreste era ya hombre

entrado en años, pues él se llama viejo (c. 1692) y de conocido valer,

prudencia y severas costumbres. Este hecho incontrastable y cierto de

toda certeza es el que ha de tenerse bien en cuenta al juzgar de su

persona y de su obra, la cual vino a escribir por las causas y

acontecimientos que de todo esto se desprenden y son como siguen.

No debió de ser grande la enmienda de los clérigos de Talavera,

cuando, a pocos años, escribió el Arcipreste la famosa sátira, que

añadió más tarde al final de su libro. Poco después se vió puesto en

prisión por causas desconocidas, y lo más probable por las dichas

delaciones de aquellos señores (c. 1709). Entonces fué cuando, tomando

aquella sátira clerical como boceto de otra mayor, compuso el _Libro

de Buen Amor_, cuyo intento es claramente satirizar a los clérigos de

vida airada que, como aquellos de Talavera, tanto abundaban por España

(c. 505). El personaje principal de todo el libro es un arcipreste,

como cabeza de clérigos perdidos y más perdido que todos ellos.

Para dar vida dramática a la sátira, habla en primera persona el de

Hita, poniéndose así en el lugar del dicho arcipreste abstracto, que

personifica toda la perdida clerigalla. De este modo, en forma

autobiográfica, va describiendo cuanto a aquellos clérigos solía

acontecerles, que se resume en la lucha en su alma y en sus obras

entre el espíritu cristiano del amor de Dios o buen amor, como el

Arcipreste le llama, y el espíritu carnal y mundano, que él intitula

_locura_ o _loco amor_. Llevado de la naturaleza carnal, que el

protagonista atribuye al sino, conforme a las doctrinas astrológicas

de entonces, busca una tras otra mujeres para sus amoríos, valiéndose

de tercerones y de terceronas viejas. La fe cristiana le vuelve una y

otra vez a Dios y al buen camino mediante los desengaños, de que la

gracia se vale, según la católica teología. Pero suele quedar vencedor

el loco amor, porque tal sucede a los hombres de carne y hueso, y el

Arcipreste no se espanta de pintar los hechos y la verdad como ella se

es.

La idea capital del libro está, por consiguiente, en que pinta al

hombre mundano, sobre todo cristiano y clérigo, el cual conoce el mal

que hace y se arrepiente; pero que vuelve a caer en los lazos del loco

amor, que acaba señoreándole. La unidad de plan no puede ser más clara

ni el intento de satirizar a los locos clérigos, naturalmente para

aprovechamiento de ellos y de los demás. Pero así como el ingenio

poderoso de Cervantes convirtió en sátira de toda la sociedad de su

tiempo y aun de toda la humanidad la que pretendió hacer de los libros

de caballería, de la misma manera el ingenio del Arcipreste, tan

grande acaso como el de Cervantes y, si menos clásico y en todo

mesurado, más primitivo sin duda y montaraz, convirtió la sátira de

los clérigos en la sátira de la sociedad del siglo XIV y de la

humanidad de todos los tiempos. El _Libro de Buen Amor_ es, como dice

Menéndez y Pelayo, la _Comedia Humana_ del siglo XIV y la epopeya

cómica de la Edad Media.

Un arcipreste erudito, canonista, grave y macizo, ya entrado en años y

que sin embargo emprende y lleva a feliz cima semejante obra, hubo de

ser de un temple capaz de hacer cara a todos los enemigos que, heridos

en lo más vivo y poderosos por su estado clerical y asegurados en la

costumbre, que viene a ser nueva naturaleza y nueva ley y derecho, se

le echasen encima o solapadamente jurasen su perdición y se la

tramasen por todas vías.

Tal sucedió, y no podía menos de suceder; pero la grandeza de corazón

de aquel hombre queda, por lo mismo, fuera de todo debate.

Hay otro género de enemigos todavía peores, el de los mojigatos y

escrupulosos, el de los hipócritas, que se espantan y se llevan las

manos a la cabeza al leer la realidad de lo que cada día sucede,

cuando hay quien sepa pintarla tal cual es, sin medias tintas que la

ensombrezcan y suavicen, y que acaso acaso no se espanten de los

hechos vistos y tocados, y quién sabe si por ellos mismos cometidos.

Este linaje de gentes siguen siendo hoy mismo enemigos del Arcipreste

de Hita, aunque parezcan tan anchos de manga como Puymaigre. Mas el

alma del Arcipreste era de tan finos aceros y de tan levantados

vuelos, que se sobrepuso a todos esos espantadizos y asombradizos

grajos. Su pincel se tiñó en los hechos más sangrientos de la realidad

y llevó al lienzo el más fiero realismo, chorreando sangre y verdad a

puñados.

Pero no es lienzo ni pintura este libro; es piedra berroqueña, grabada

a martillazo limpio por un cíclope. La literatura griega es de

alfeñique ante esta obra de un verdadero primitivo del arte; sólo

Esquilo puede aparearse con él en la fuerza, y sólo asentado entre los

primitivos artistas egipcios se halla como en su casa y en compañía de

quien le entienda, o codeándose con un Ecequiel y un Isaías, almas de

la misma cantera que la de este hombre verdaderamente varonil y

artista colosal.

No es que quisiera ofrecerse como víctima expiatoria de los pecados de

su tiempo, como devotamente dijo Amador de los Ríos; es que no era

hombre para entender que alguien se espantase de que se atribuyese a

sí el papel de clérigo tabernario y libertino.

Todos hemos conocido en nuestra España curas de tan sanas costumbres

como de desenfadado buen humor, que están por cima de hablillas y

chismografías de barrio y les gusta terciar con todos y chocarrear a

sus tiempos y aun tocar la guitarra y cantar flamenco, si a mano

viene. De esta madera fué el Arcipreste. Sabía de cantares y tonadas,

de cristianos, moros y judíos, que entonces vivían harto mejor

hermanados de lo que se figuran los cuáqueros y cátaros que quieren

ahora monopolizar la fe católica, tan grande de suyo, que no cabe ni

asoma siquiera en pechos tan pequeños y apilongados. Para todos hacía

coplas y tañía instrumentos, a lo menos entendía de ellos. Sabía de

tonadillas y cantares arábigos. Conocía a entendederas o ensalmaderas

y curanderas, a estudiantes nocherniegos y a ciegos cantadores y les

hacía a todos coplas. Calaba las tramoyas de las viejas celestinas,

llamadas entonces trotaconventos, grandes cuentas al cuello,

enlabiadoras de dueñas, terceronas de clérigos. Todo ello lo tenía muy

sabido el Arcipreste y lo pintó tal como lo sabía y no le pasó por

pensamiento desdeñarse ni correrse ni menos asombrarse de escribirlo.

Porque era un hombre, y los asombradizos de entonces y de ahora no sé

lo que serán, pero hombres están lejos de serlo.

Sólo él, grave y regocijado a la par, podía escribir aquel carnaval de

abigarrado colorido, en que van pasando todo linaje de gentes con sus

locuras y solapadas intenciones, y él les va arrancando sin compasión

la careta. Allí, como dice Dozy, los caballeros que vienen presto al

tomar de la paga, tarde al partirse a la frontera; jugadores de dados

falsos; los jueces poco escrupulosos y los abogados intrigantes y

cohechadores; los criados que se distinguen por catorce cualidades,

pobres pecadores que guardan muy bien el ayuno cuando no tienen qué

llevarse a la boca; las nobles damas vestidas de oro y seda; las

delicadas monjas de palabrillas pintadas y sabrosas golosinas; las

judías y moras; las villanas de la sierra, chatas y lujuriosas como

cabras, de anchas caderas y macizas espaldas.

"La fantasía ingeniosa, la viveza de los pensamientos, la exactitud

con que pinta las costumbres y los caracteres, la encantadora

movilidad de su ingenio, el interés que acierta a comunicar al

desarrollo de su obra, la verdad del colorido, la gracia con que

cuenta los apólogos, y, sobre todo, _la incomparable y profunda

ironía_, que ni a sí mismo perdona--dice el famoso crítico alemán

_Clarus_ (Guillermo Volk)--le elevan, no solamente sobre otros poetas

españoles que le siguieron, sino sobre la mayor parte de los poetas de

la Edad Media en toda Europa."

Menéndez y Pelayo señala como cualidades principales del Arcipreste:

"La primera, el intenso poder de visión de las realidades materiales:

en el Arcipreste todo habla a los ojos; todo se traduce en

sensaciones; su lengua, tan remota ya de la nuestra, posee, sin

embargo, la virtud mágica de hacernos espectadores de todas las

escenas que describe."

"Es la segunda de sus dotes una especie de ironía superior y

trascendental, que es como el elemento subjetivo del poema, y que

unido al elemento objetivo de la representación, da al total de la

obra el sello especialísimo, el carácter, general a un tiempo y

personal, que la distingue entre todas las producciones de la Edad

Media. La obra del Arcipreste refleja la vida entera, aunque bajo sus

aspectos menos serios y nobles; pero en medio de la nimia fidelidad

del detalle, que en cada página hace recordar las bambochadas y los

bodegones flamencos, pasa un viento de poesía entre risueña y acre,

que lo transforma todo y le da un valor estético superior al del nuevo

realismo, haciéndonos entrever una categoría superior, cual es el

mundo de lo cómico-fantástico. En este género de representaciones

brilla principalmente el Arcipreste, y es lírico a su modo, con

opulencia y pompa de color, con arranque triunfal y petulante verso,

sin dejar de ser fidelísimo intérprete y notador de la realidad."

(_Antología_, III, CX).

Pero no admito "la tercera y muy visible dote, la abundancia

despilfarrada y algo viciosa de su estilo, formado principalmente a

imitación del de Ovidio, de cuyas buenas y malas condiciones participa

en alto grado, puesto que la riqueza degenera en prodigalidad, y la

idea se anega en un mar de palabras..." Ni se formó en Ovidio, ni leyó

siquiera un solo verso suyo, ni se le parece en nada más que en ser

Ovidio elegantísimo y social poeta, y el Arcipreste poeta insociable y

primitivo, de lo más primitivo, bronco y estupendamente salvaje que

resolló y echó a este mundo la diosa Madre de la poesía universal, de

la cual fueron hijas helénicas las elegantes Musas clásicas que

conocemos.

En cambio, añado yo que el Arcipreste no fué poeta de una sola cuerda,

como la mayoría de los poetas lo fueron. A lo aristofanesco de alguna

serranilla y de la contienda entre Don Carnal y Doña Cuaresma, junta

el candor de égloga, más natural que el de Teócrito, en otras

serranillas; a la vena satírica quevedesca del poder del dinero y de

las costumbres de los clérigos talaveranos, caballeros y monjas, la

delicada y suave unción de los gozos de la Virgen, en el tono con que

los ha cantado siempre el pueblo; a lo dramático y hondamente

psicológico de la paráfrasis del _Pamphilus_, lo sublimemente trágico

de la elegía a la Muerte; a lo tristísimamente endechado en las

Cantigas a María, lo triunfalmente pindárico del epinicio cantado a

Cristo como venciendo a la muerte misma, reina del universo; a lo

sentencioso de los consejos de Don Amor y a lo oriental de los

apólogos, lo muy occidental y jamás igualado cómico del rezo de los

clérigos con sus amigotes golfines y en acecho de dueñas y

mujerzuelas. Por tal brusquedad de saltos baja y sube nuestro

Arcipreste de lo cómico a lo trágico, de lo lírico a lo dramático, de

lo idílico a lo satírico, y todas las cuerdas las pulsa y tañe como

poeta consumado, con un garbo y soltura asombrosa, sobresaliendo

siempre la fuerza, el color, el sentimiento y la veracidad.

Nada diré acerca del estilo, porque tamaño escritor no podía menos de

tenerlo, y lo tiene tan personal y propio como el más pintado de los

escritores castellanos. Ni del caudal léxico y gramatical, que es en

su tanto el más rico de los escritores de la Edad Media, y en su

libro, como en ningún otro, puede estudiarse el castellano antiguo.

Pero he de añadir que el Arcipreste emplea no pocas voces con el

significado aragonés y algunas pura y exclusivamente aragonesas.

¿Bastará para dar razón del hecho el emplearse no pocos aragonesismos

en Guadalajara, Segovia y, sobre todo, en Soria?

Dejóse decir Muymaigre (_Les vieux auteurs castillans_, II, pág. 83)

que el Arcipreste fué un discípulo de la literatura francesa y que en

nada fué poeta español: "Ruiz n'a guère d'espagnol que sa langue, et

encore y mêle-t-il grand nombre de mots d'origine étrangère." Yo, a

salida de tal calibre, sólo le respondería que hasta hoy, por lo

menos, no se ha dado en Francia escritor alguno del temple, de la

fuerza y color que el Arcipreste de Hita; que sus grandes escritores y

artistas son de otro jaez; que Juan Ruiz es el artista y escritor más

español y más de raza que conozco. Sus cualidades son las de nuestra

literatura y enteramente encontradas y opuestas a las de la literatura

francesa.

Cuanto al "grand nombre de mots d'origine étrangère", el índice de

voces de esta mi edición prueba claramente que ni una sola fué de otra

cepa que la castiza y popular castellana. Por fortuna, nuestros tres

principales escritores, Cervantes, Rojas y Juan Ruiz, nacieron en el

centro de la meseta castellana y a pocas leguas en la misma región

toledana, donde se fraguó nuestro lenguaje literario.

La versificación ordinaria del _Libro de Buen Amor_ es el llamado

_tetrástrofo_ o copla de cuatro versos consonantes o _quaderna via_ o

_alejandrino_. Estos versos son de catorce sílabas los más y algunos

de dieciséis, divididos en dos hemistiquios. Se ha dicho que en aquel

tiempo no se admitía la sinalefa, de modo que han de contarse todas

las sílabas con sus vocales. Es cierto; y en vez de la sinalefa

suprimían una vocal, lo cual indico yo con el apóstrofo:

Diz' el lobo al león qu' el asno tal nasciera (c. 903).

Léase, pues, sin sinalefa, con sus 16 sílabas:

Vy una apuesta dueña seer en el su estrado (910).

Sin embargo, no hallo medio de evitar la sinalefa en la c. 911, a no

ser que cada hemistiquio forme verso aparte y el primero sea de ocho y

el segundo de siete sílabas:

Nunca vy tal como ésta, ¡sy Dios me dé salud!

Si se admite lo primero, sería preferible escribir a lo romance la

cuaderna vía.

Lo mismo la 912, donde la sinalefa no ha lugar:

Poco salya de casa: era como salvaje.

Al revés, el primero de siete y el segundo de ocho, si no se omite la

_e_ final de _guárdeme_:

De mensajero malo ¡guárdeme Santa María! (913).

Pero no cabe omisión alguna en:

Ayna yerra ome, que non es aperçebudo (922).

Que nunca mal rretrayas a furto nin en conçejo (923).

Hay que decir, por consiguiente, que en el tetrástrofo de Hita cabe

igualmente el hemistiquio de siete y el de ocho sílabas en sus cuatro

combinaciones:

7+7, 8+8, 7+8, 8+7.

Fuera de estos casos, la copia está errada por los copistas y admite

corrección. Aún algunos hemistiquios de ocho creo yo serían de siete

en el original; pues pronunciando el Arcipreste como el pueblo, haría

más contracciones, por ejemplo: _d'_ por _de_, _qu'_ por _que_, _'l_

por _el_, etc. No me he atrevido a llevar al extremo este principio,

aunque lo practico a veces. Alguna que otra hállanse segundos

hemistiquios agudos de ocho sílabas; pero sabido es que la sílaba

última en todas las métricas se enseña que suena menos fuerte, de

manera que pudiera tomarse como por grave esa sílaba aguda final:

Que fecha la conclusyón _en criminal acusaçión_.

Non podía dar lyçencia _para aver conpusiçión_ (370).

Y aun en el primer hemistiquio:

_Qu' él avíe poder del rrey_, en la su comisión (371).

Las combinaciones de hemistiquios en cada tetrástrofo son muy

variadas.

Ejemplos: 8+7, 7+8, 8+7, 8+8 en la copla 931; 7+7, 7+8, 7+7, 7+8, en

la 930; 7+7, 8+8, 7+8, 8+7, en la 933.

No pocas composiciones del Arcipreste se han analizado mal

métricamente por no haberse separado bien los versos (véase, por

ejemplo, en _Puyol_); yo los he dividido como lo están pidiendo ellos

mismos.

Conviene particularizar aquí las demás clases de versos y estrofas del

Arcipreste, aunque no sea más que para admirar la riqueza que

introdujo en esta parte este poeta revolucionario, quiero decir

extraordinario, que supo campar por sí e inventar lo que nadie había

soñado.

Además del tetrástrofo, tan variado como hemos visto en versos de 16 y

de 14 sílabas en dos hemistiquios, quiso el Arcipreste "dar algunos

leçion e muestra de metrificar e rrimar e de trobar; ca trobas e notas

e rrimas e ditados e versos que fiz conplidamente, segund que esta

çiencia requiere" (_Introd._). De hecho nos dió en su libro versos de

todas clases y estrofas variadísimas (24 clases de estrofas además del

tetástrofo), como antes de él no se conocían y pocos después de él

abarcaron.

Versos dodecasílabos y endecasílabos ha creído hallar Puyol en las

coplas 1049-1058 y 1678-1683, respectivamente; pero véanse en su lugar

cómo, naturalmente, han de dividirse. Además, pues, de los versos de

14 y 16 sílabas del tetrástrofo, hay los versos siguientes:

Octosílabos en las coplas 1710-1719, 1720-1728, 1650-1660, 987-992,

1668-1672, 1059, 1060-1066, 959-971, 997-1005, 33-43.

Heptasílabos en las coplas 1635-1641, 1678-1683, 1661-1667, 1673-1677,

1684, 1685-1689, 21-32.

Hexasílabos en las coplas 1049-1058, 1642, 1649, 1022, 1023-1042.

Pentasílabos en las coplas 1678-1683.

Tetrasílabos en las coplas 1661-1667, 20-43, 1678-1683.

Mayor es la riqueza de combinaciones de los versos en estrofas y de

las estrofas entre sí en toda la composición.

1. Estrofas de diez versos: heptasílabos, menos los 2.º, 5.º y 10, y

consonantados los 1.º, 4.º, los 2.º, 5.º, los 3.º, 6.º, 7.º, los 8.º,

9.º, y el último con el último de todas las estrofas y con el de la

primera, que es de cuatro versos, los tres primeros consonantados (c.

1661-1667).

2. Estrofas de nueve versos octosílabos, consonantando los 1.º, 3.º,

5.º, 7.º y los 2.º, 4.º, 6.º, 8.º, y el último de todas las estrofas

entre sí y con el 3.º de la primera estrofa, que es de tres versos,

los dos primeros pareados (c. 987-992).

3. Estrofas de ocho versos heptasílabos, consonantando los 1.º, 3.º,

los 2.º, 4.º, 5.º, 8.º y los 6.º, 7.º Además el consonante del primer

verso de cada estrofa es el mismo del último de la anterior, y la

primera estrofa es de cuatro versos consonantando los 1.º, 4.º, y los

2.º, 3.º (c. 1673-1677).

4. Estrofas de ocho versos octosílabos, consonantando los 1.º, 3.º,

5.º y los 2.º, 4.º, 6.º, luego los 7.º, 8.º, de todas las estrofas

entre sí y con la estrofilla primera de cuatro versos (c. 1060-1066).

5. Estrofas de siete versos hexasílabos en combinación de a, b, a, b,

a, b, y el final de 14 sílabas agudo, como estrambote, concertando el

de todas las estrofas (c. 1049-1058).

6. Estrofas de siete versos: 1.º, 3.º, 5.º y 6.º, tetrasílabos agudos

consonantados, y 2.º, 4.º, y 7.º, hectasílabos consonantados (c.

1678-1683).

7. Estrofas de siete versos consonantando los 1.º, 3.º, 5.º, y los

2.º, 4.º, 6.º, 7.º, todos hexasílabos menos el tetrasílabo último (c.

1642-1649).

8. Estrofas de siete versos octosílabos, consonantando los 1.º, 3.º,

los 2.º, 4.º, 7.º y los 5.º, 6.º (c. 959-971).

9. Estrofas de siete versos octosílabos, consonantando los 1.º, 3.º,

5.º, los 2.º, 4.º, 6.º, 7.º (c. 997-1005).

10. Estrofas de siete versos heptasílabos, consonantando los 1.º, 3.º,

los 2.º, 4.º, 7.º, los 5.º, 6.º (c. 1635-1641).

11. Estrofas de seis versos heptasílabos, consonantando los 1.º, 2.º,

los 3.º, 4.º, y los 5.º y 6.º (c. 1721-1728).

12. Estrofas de seis versos heptasílabos, consonantando los 1.º, 2.º,

4.º, 5.º, y los 3.º, 6.º (c. 1685-1689).

13. Estrofas de seis versos, los dos primeros de 16 ó 14 sílabas y los

otros cuatro octosílabos, consonantando los 1.º, 2.º, 3.º, 6.º, y los

4.º, 5.º (c. 1668-1672).

14. Estrofas de seis versos octosílabos, consonantando los 1.º, 3.º,

5.º, y los 2.º, 4.º, 6.º (c. 1710-1719).

15. Estrofas de seis versos, consonantando los octosílabos 1.º, 2.º,

4.º, 5.º, y los tetrasílabos 3.º, 6.º (c. 33-43).

16. Estrofas de cinco versos hexasílabos, consonantando los 1.º, 2.º,

y los 3.º, 4.º, y el 5.º con los cuatro de la primera estrofa (c.

1023-1042).

17. Estrofa de cuatro versos octosílabos, consonantando los tres

primeros entre sí, y el cuarto de todas las estrofas con el pareado

del principio de la composición (c. 1651-1660).

18. Estrofas de cuatro versos octosílabos, consonantando los tres

primeros entre sí y el cuarto de todas las estrofas con la estrofa

primera (c. 21-32; 116-120).

19. Estrofa de cuatro versos tetrasílabos, todos consonantados (c.

20).

Clásicos Castellanos: Libro de Buen Amor · 第 9 / 213 题