[5] Ved con cuánta tranquilidad se consagra a la escritura la
señora doña Perfecta. Penetrad en su cuarto, a pesar de lo
avanzado de la hora, y la sorprenderéis en grave tarea,
compartido su espíritu entre la meditación y unas largas y
concienzudas cartas que traza a ratos con segura pluma y
[10] correctos perfiles. Dale de lleno en el rostro y busto y manos
la luz del quinqué, cuya pantalla deja en dulce penumbra
el resto de la persona y la pieza casi toda. Parece una
figura luminosa evocada por la imaginación en medio de las
vagas sombras del miedo.
[15] Es extraño que hasta ahora no hayamos hecho una afirmación
muy importante, y es que doña Perfecta era hermosa,
mejor dicho, era todavía hermosa, conservando en su semblante
rasgos de acabada belleza. La vida del campo, la falta
absoluta de presunción, el no vestirse, el no acicalarse, el
[20] odio a las modas, el desprecio de las vanidades cortesanas
eran causa de que su nativa hermosura no brillase o brillase
muy poco. También la desmejoraba la intensa amarillez que
tenía su rostro, indicando una fuerte constitución biliosa.
Negros y rasgados los ojos, fina y delicada la nariz, ancha
[25] y despejada la frente, todo observador la consideraba como
acabado tipo de la humana figura; pero había en aquellas
facciones cierta expresión de dureza y soberbia que era
causa de antipatía. Así como otras personas, aun siendo
feas, llaman, doña Perfecta despedía. Su mirar, aun acompañado
[30] de bondadosas palabras, ponía entre ella y las personas
extrañas la infranqueable distancia de un respeto 214
receloso; mas para las de casa, es decir, para sus deudos,
parciales y allegados, tenía una singular atracción. Era
maestra en dominar, y nadie la igualó en el arte de hablar
Su hechura biliosa, y el comercio excesivo con personas
y cosas devotas, que exaltaban sin fruto ni objeto su imaginación,
la habían envejecido prematuramente, y siendo joven
no lo parecía. Podría decirse de ella que con sus hábitos y
[10] su sistema de vida se había labrado una corteza, un forro
pétreo, insensible, encerrándose dentro como el caracol en
su casa portátil. Doña Perfecta salía pocas veces de su
concha.
Sus costumbres intachables, y aquella bondad pública que
[15] hemos observado en ella desde el momento de su aparición
en nuestro relato, eran causa de su gran prestigio en Orbajosa.
Sostenía además relaciones con excelentes damas de
Madrid, y por este medio consiguió la destitución de su
sobrino. Ahora, en el momento presente de nuestra historia,
[20] la hallamos sentada junto al pupitre, que es el confidente
único de sus planes y el depositario de sus cuentas
numéricas con los aldeanos, y de sus cuentas morales con
Dios y la sociedad. Allí escribió las cartas que trimestralmente
recibía su hermano; allí redactaba las esquelitas
[25] para incitar al juez y al escribano a que embrollaran los
pleitos de Pepe Rey; allí armó el lazo en que éste perdiera
la confianza del Gobierno; allí conferenciaba largamente
con D. Inocencio. Para conocer el escenario de otras
acciones cuyos efectos hemos visto, sería preciso seguirla al
[30] palacio episcopal y a varias casas de familias amigas.
No sabemos cómo hubiera sido doña Perfecta amando.
Aborreciendo tenía la inflamada vehemencia de un ángel tutelar
del odio y de la discordia entre los hombres. Tal es el
resultado producido en un carácter duro y sin bondad nativa
por la exaltación religiosa, cuando ésta, en vez de nutrirse 215
de la conciencia y de la verdad revelada en principios tan
sencillos como hermosos, busca su savia en fórmulas estrechas
que sólo obedecen a intereses eclesiásticos. Para que
[5] la mojigatería sea inofensiva, es preciso que exista en corazones
muy puros. Es verdad que aun en este caso es infecunda
para el bien. Pero los corazones que han nacido sin
la seráfica limpieza que establece en la tierra un Limbo prematuro,
cuidan bien de no inflamarse mucho con lo que ven
[10] en los retablos, en los coros, en los locutorios y en las
sacristías, si antes no han elevado en su propia conciencia un
altar, un pulpito y un confesonario.
La señora, dejando a ratos la escritura, pasaba a la pieza
inmediata donde estaba su hija. A Rosarito se le había
[15] mandado que durmiera; pero ella, precipitada ya por el
despeñadero de la desobediencia, velaba.
--¿Por qué no duermes?--le preguntó su madre.--Yo
no pienso acostarme en toda la noche. Ya sabes que Caballuco
se ha llevado los hombres que teníamos aquí. Puede
[20] suceder cualquier cosa, y yo vigilo.... Si yo no vigilara,
¿qué sería de ti y de mí?...
--¿Qué hora es?--preguntó la muchacha.
--Pronto será media noche.... Tú no tendrás miedo
... pero yo lo tengo.
[25] Rosarito temblaba, y todo indicaba en ella la más negra
congoja. Sus ojos se dirigían al cielo como cuando se
quiere orar; miraban luego a su madre, expresando un vivo
terror.
--¿Pero qué tienes?
[30] --¿Ha dicho usted que era media noche?
--Sí.
--Pues.... ¿Pero es ya media noche?
Rosario quería hablar, sacudía la cabeza, encima de la
cual se le había puesto un mundo.
--Tú tienes algo... a ti te pasa algo--dijo la madre 216
clavando en ella los sagaces ojos.
--Sí... quería decirle a usted--balbució la muchacha,--
quería decir... Nada, nada, me dormiré.
[5] --Rosario, Rosario. Tu madre lee en tu corazón como
en un libro--exclamó doña Perfecta con severidad.--Tú
estás agitada. Ya te he dicho que estoy dispuesta a perdonarte
si te arrepientes; si eres niña buena y formal...
--Pues qué, ¿no soy buena yo? ¡Ay, mamá, mamá mía,
[10] yo me muero!
Rosario porrumpió en llanto congojoso y dolorido.
--¿A qué vienen esos lloros?--dijo su madre abrazándola.--
Si son lágrimas del arrepentimiento, benditas sean.
--Yo no me arrepiento, yo no puedo arrepentirme--gritó
[15] la joven con arrebato de desesperación que la puso sublime.
Irguió la cabeza, y en su semblante se pintó súbita, inspirada
energía. Los cabellos le caían sobre la espalda. No
se ha visto imagen más hermosa de un ángel dispuesto a
rebelarse.
[20] --¿Pero te vuelves loca o qué es esto?--dijo doña Perfecta,
poniéndole ambas manos sobre los hombros.
--¡Me voy, me voy!--dijo la joven, expresándose con
la exaltación del delirio.
Y se lanzó fuera del lecho.
[25] --Rosario, Rosario... Hija mía... ¡Por Dios!
¿Qué es esto?
--¡Ay! mamá, señora--exclamó la joven, abrazándose
a su madre.--Áteme usted.
--En verdad, lo merecías... ¿Qué locura es esta?
[30] --Áteme usted... Yo me marcho, me marcho con él.
Doña Perfecta sintió borbotones de fuego que subían de
su corazón a sus labios. Se contuvo, y sólo con sus ojos
negros, más negros que la noche, contestó a su hija.
--¡Mamá, mamá mía, yo aborrezco todo lo que no sea
él!--exclamó Rosario.--Óigame usted en confesión, porque 217
quiero confesarlo a todos, y a usted la primera.
--Me vas a matar, me estás matando.
--Yo quiero confesarlo, para que usted me perdone...
[5] Este peso, este peso que tengo encima no me deja vivir...
--¡El peso de un pecado!... Añádele encima la
maldición de Dios, y prueba a andar con ese fardo, desgraciada
... Sólo yo puedo quitártelo.
--No, usted no, usted no--gritó Rosario con desesperación.--
[10] Pero óigame usted, quiero confesarlo todo, todo
... Después arrójeme usted de esta casa, donde he
nacido.
--¡Arrojarte yo!...
--Pues me marcharé.
[15] --Menos. Yo te enseñaré los deberes de hija que has
olvidado.
--Pues huiré; él me llevará consigo.
--¿Te lo ha dicho, te lo ha aconsejado, te lo ha mandado?
--preguntó la madre, lanzando estas palabras como rayos
[20] sobre su hija.
--Me lo aconseja... Hemos concertado casarnos.
Es preciso, mamá, mamá mía querida. Yo la amaré a usted
... Conozco que debo amarla... Me condenaré si no
la amo.
[25] Se retorcía los brazos, y cayendo de rodillas, besó los
pies a su madre.
--¡Rosario, Rosario!--exclamó doña Perfecta con terrible
acento.--Levántate.
Hubo una pequeña pausa.
[30] --¿Ese hombre, te ha escrito?
--Sí.
--¿Le has vuelto a ver después de aquella noche?
--Sí.
--¡Y tú!...
--Yo también... ¡Oh! señora. ¿Por qué me mira 218
usted así? Usted no es mi madre.
--Ojalá no. Gózate en el daño que me haces. Me
matas, me matas sin remedio--gritó la señora con indecible
[5] agitación.--Dices que ese hombre...
--Es mi esposo... Yo seré suya, protegida por la ley
... Usted no es mujer... ¿Por qué me mira usted de
ese modo que me hace temblar? Madre, madre mía, no me
condene usted.
[10] --Ya tú te has condenado; basta. Obedéceme y te perdonaré
... Responde: ¿cuándo recibiste cartas de ese
hombre?
--Hoy.
--¡Qué traición! ¡Qué infamia!--exclamó la madre,
[15] antes bien rugiendo que hablando.--¿Esperabais veros?
--Sí.
--¿Cuándo?
--Esta noche.
--¿Dónde?
[20] --Aquí, aquí. Todo lo confieso, todo. Sé que es un
delito... Soy una infame; pero usted, que es mi madre,
me sacará de este infierno. Consienta usted... Dígame
usted una palabra, una sola.
--¡Ese hombre aquí, en mi casa!--gritó doña Perfecta,
[25] dando algunos pasos que parecían saltos hacia el centro de
la habitación.
Rosario la siguió de rodillas. En el mismo instante oyéronse
tres golpes, tres estampidos, tres cañonazos. Era el
corazón de María Remedios que tocaba a la puerta, agitando
[30] la aldaba. La casa se estremecía con temblor pavoroso.
Madre e hija se quedaron como estatuas.
Bajó a abrir un criado, y poco después en la habitación
de doña Perfecta entró María Remedios, que no era mujer,
sino un basilisco envuelto en un mantón. Su rostro, encendido 219
por la ansiedad, despedía fuego.
--- Ahí está, ahí está--dijo al entrar.--Se ha metido en
la huerta por la puertecilla condenada...
[5] Tomaba aliento a cada sílaba.
--Ya entiendo--repitió doña Perfecta con una especie
de bramido.
Rosario cayó exánime al suelo y perdió el conocimiento.
--Bajemos--dijo doña Perfecta sin hacer caso del desmayo
[10] de su hija.
Las dos mujeres se deslizaron por la escalera como dos
culebras. Las criadas y el criado estaban en la galería sin
saber qué hacer. Doña Perfecta pasó por el comedor a la
huerta, seguida de María Remedios.
[15] --Afortunadamente tenemos ahí a Ca... Ca... Caballuco
--dijo la sobrina del canónigo.
--¿Dónde?
--En la huerta también... Sal... sal... saltó la
tapia.
[20] Doña Perfecta exploró la obscuridad con sus ojos llenos
de ira. El rencor les daba la singular videncia de la raza
felina.
--Allí veo un bulto--dijo.--Va hacia las adelfas.
--Es él--gritó Remedios.--Pero allá aparece Ramos...
[25] ¡Ramos!
Distinguieron perfectamente la colosal figura del Centauro.
--¡Hacia las adelfas!... ¡Ramos, hacia las adelfas!...
Doña Perfecta adelantó algunos pasos. Su voz ronca,
que vibraba con acento terrible, disparó estas palabras:
[30] --Cristóbal, Cristóbal... ¡mátale!
Oyóse un tiro. Después otro.
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