Nada más entretenido que buscar el origen de los sucesos
[5] interesantes que nos asombran o perturban, ni nada más
grato que encontrarlo. Cuando vemos arrebatadas pasiones
en lucha encubierta o manifiesta, llevados del natural impulso
inductivo que acompaña siempre a la observación humana,
logramos descubrir la oculta fuente de donde aquel revuelto
[10] río ha traído sus aguas, experimentamos sensación muy
parecida al gozo de los geógrafos y buscadores de tierras.
Este gozo nos lo ha concedido Dios ahora, porque explorando
los escondrijos de los corazones que laten en esta
historia, hemos descubierto un hecho que seguramente es el
[15] engendrador de los hechos más importantes que hemos
narrado; una pasión que es la primera gota de agua de esta
alborotada corriente, cuya marcha estamos observando.
Continuemos, pues, la narración. Para ello dejemos a la
señora de Polentinos, sin cuidarnos de lo que pudo ocurrirle
[20] en la mañana de su diálogo con María Remedios. Penetra
llena de zozobra en su vivienda, donde se ve obligada a
soportar las excusas y cortesanías del Sr. Pinzón, quien
asegura que mientras él existiera, la casa de la señora no
sería registrada. Le responde doña Perfecta de un modo
[25] altanero, sin dignarse fijar en él los ojos, por cuya razón él
pide urbanamente explicaciones de tal desvío, a lo cual ella
contesta rogando al Sr, Pinzón abandone su casa, sin perjuicio
de dar oportunamente cuenta de su alevosa conducta
dentro de ella. Llega D. Cayetano y se cruzan palabras de
[30] caballero a caballero; pero como ahora nos interesa más
otro asunto, dejemos a los Polentinos y al teniente coronel 187
que se las compongan como puedan, y pasemos a examinar
aquello de los manantiales arriba mencionados.
Fijemos la atención en María Remedios, mujer estimable,
[5] a la cual es urgente consagrar algunas líneas. Era una
señora, una verdadera señora, pues a pesar de su origen
humildísimo, las virtudes de su tío carnal el Sr. D.
Inocencio, también de bajo origen, mas sublimado por
el Sacramento así como por su saber y respetabilidad,
[10] habían derramado extraordinario esplendor sobre toda la
familia.
El amor de Remedios a Jacinto era una de las más vehementes
pasiones que en el corazón maternal pueden caber.
Le amaba con delirio; ponía el bienestar de su hijo sobre
[15] todas las cosas humanas; creíale el más perfecto tipo de la
belleza y del talento, creados por Dios, y diera por verle
feliz y grande y poderoso, todos los días de su vida y aun
parte de la eterna gloria. El sentimiento materno es el
único que, por lo muy santo y noble, admite la exageración;
[20] el único que no se bastardea con el delirio. Sin embargo,
ocurre un fenómeno singular que no deja de ser común en
la vida, y es que si esta exaltación del afecto materno no
coincide con la absoluta pureza del corazón y con la honradez
perfecta, suele extraviarse y convertirse en frenesí
[25] lamentable, que puede contribuir como otra cualquiera
pasión desbordada, a grandes faltas y catástrofes.
En Orbajosa, María Remedios pasaba por un modelo de
virtud y de sobrinas: quizás lo era en efecto. Servía cariñosamente
a cuantos la necesitaban; jamás dió motivo a
[30] hablillas y murmuraciones de mal género; jamás se mezcló
en intrigas. Era piadosa, no sin dejarse llevar a extremos
de mojigatería chocante; practicaba la caridad; gobernaba
la casa de su tío con habilidad suprema; era bien recibida,
admirada y obsequiada en todas partes, a pesar del sofoco
casi intolerable que producía su continuo afán de suspirar y 188
expresarse siempre en tono quejumbroso.
Pero en casa de doña Perfecta, aquella excelente señora
sufría una especie de _capitis diminutio_. En tiempos remotos
[5] y muy aciagos para la familia del buen Penitenciario, María
Remedios (si es verdad, ¿por qué no se ha de decir?) había
sido lavandera en la casa de Polentinos. Y no se crea por
esto que doña Perfecta la miraba con altanería: nada de
eso. Tratábala sin orgullo: sentía hacia ella un cariño
[10] verdaderamente fraternal; comían juntas; rezaban juntas;
referíanse sus cuitas; ayudábanse mutuamente en sus caridades
y en sus devociones, así como en los negocios de la
casa... ¡pero fuerza es decirlo! siempre había algo,
siempre había una raya invisible, pero infranqueable, entre
[15] la señora improvisada y la señora antigua. Doña Perfecta
tuteaba a María, y ésta jamás pudo prescindir de ciertas
fórmulas. Sentíase tan pequeña la sobrina de D. Inocencio
en presencia de la amiga de éste, que su humildad nativa
tomaba un tinte extraño de tristeza. Veía que el buen
[20] canónigo era en la casa una especie de consejero áulico inamovible;
veía a su idolatrado Jacintillo en familiaridad casi
amorosa con la señorita, y sin embargo, la pobre madre y
sobrina frecuentaba la casa lo menos posible. Es preciso
indicar que María Remedios se deseñoraba bastante (pase
[25] la palabra) en casa de doña Perfecta, y esto le era desagradable,
porque también en aquel espíritu suspirón había,
como en todo lo que vive, un poco de orgullo... ¡Ver a
su hijo casado con Rosarito; verle rico y poderoso; verle
emparentado con doña Perfecta, con la señora!... ¡Ay!
[30] esto era para María Remedios la tierra y el cielo, esta vida
y la otra, el presente y el más allá, la totalidad suprema de
la existencia. Hacía años que su pensamiento y su corazón
se llenaban de aquella dulce luz de esperanza. Por esto
era buena y mala, por esto era religiosa y humilde o terrible
y osada, por esto era todo cuanto hay que ser, porque sin 189
tal idea, María, que era la encarnación de su proyecto, no
existiría.
En su físico, María Remedios no podía ser más insignificante.
[5] Distinguíase por una lozanía sorprendente que aminoraba
en apariencia el valor numérico de sus años, y vestía
siempre de luto, a pesar de que su viudez era ya cuenta
muy larga.
Habían pasado cinco días desde la entrada de Caballuco
[10] en casa del señor Penitenciario. Principiaba la noche.
Remedios entró con la lámpara encendida en el cuarto de
su tío, y después de dejarla sobre la mesa, se sentó frente
al anciano, que desde media tarde permanecía inmóvil y
meditabundo en su sillón, cual si le hubieran clavado en él.
[15] Sus dedos sostenían la barba, arrugando la morena piel no
rapada en tres días.
--¿Caballuco dijo que vendría a cenar aquí esta noche?--preguntó
a su sobrina.
--Sí, señor, vendrá. En estas casas respetables es donde
[20] el pobrecito está más seguro.
--Pues yo no las tengo todas conmigo a pesar de la respetabilidad
de mi casa--repuso el Penitenciario.--¡Cómo
se expone el valiente Ramos!... Y me han dicho que
en Villahorrenda y su campiña hay mucha gente... qué
[25] sé yo cuánta gente... ¿Qué has oído tú?
--Que la tropa está haciendo unas barbaridades....
--¡Es milagro que esos caribes no hayan registrado mi
casa! Te juro que si veo entrar uno de los de pantalón
encarnado, me caigo sin habla.
[30] --¡Buenos, buenos estamos!--dijo Remedios, echando
en un suspiro la mitad de su alma.--No puedo apartar de
mi mente la tribulación en que se encuentra la señora doña
Perfecta... ¡Ay, tío! debe usted ir allá.
--¿Allá esta noche?... Andan las tropas por las
calles. Figúrate que a un soldadote se le antoja... La 190
señora está bien defendida. El otro día registraron la casa
y se llevaron los seis hombres armados que allí tenía; pero
después se los han devuelto. Nosotros no tenemos quien
[5] nos defienda en caso de un atropello.
--Yo he mandado a Jacinto a casa de la señora para que
la acompañe un ratito. Si Caballuco viene le diremos que
pase también por allá... Nadie me quita de la cabeza
que alguna gran fechoría preparan esos pillos contra nuestra
[10] amiga. ¡Pobre señora, pobre Rosarito!... Cuando uno
piensa que esto podía haberse evitado con lo que propuse a
doña Perfecta hace dos días....
--Querida sobrina--dijo flemáticamente el Penitenciario,--hemos
hecho todo cuanto en lo humano cabía para
[15] realizar nuestro santo propósito... Ya no se puede más.
Hemos fracasado, Remedios. Convéncete de ello, y no
seas terca: Rosarito no puede ser la mujer de nuestro idolatrado
Jacintillo. Tu sueño dorado, tu ideal dichoso que
un tiempo nos pareció realizable, y al cual consagré yo las
[20] fuerzas todas de mi entendimiento, como buen tío, se ha
trocado ya en una quimera, se ha disipado como el humo.
Entorpecimientos graves, la maldad de un hombre, la pasión
indudable de la niña y otras cosas que callo, han vuelto las
cosas del revés. Ibamos venciendo, y de pronto somos
[25] vencidos. ¡Ay, sobrina mía! Convéncete de una cosa.
Hoy por hoy, Jacinto merece mucho más que esa niña loca.
--Caprichos y terquedades--repuso María con displicencia
bastante irrespetuosa.--Vaya con lo que sale usted
ahora, tío. Pues las grandes cabezas se están luciendo...
[30] Doña Perfecta con sus sublimidades y usted con sus cavilaciones,
sirven para cualquier cosa. Es lástima que Dios me
haya hecho a mí tan tonta, y dádome este entendimiento de
ladrillo y argamasa, como dice la señora, porque si así no
fuera, yo resolvería la cuestión.
--¿Tú? 191
--Si ella y usted me hubieran dejado, resuelta estaría ya.
--¿Con los palos?
--No asustarse, ni abrir tanto los ojos, porque no se trata
[5] de matar a nadie... ¡vaya!
--Eso de los palos--dijo el canónigo sonriendo,--es
como el rascar... ya sabes.
--¡Bah!... diga usted también que soy cruel y sanguinaria...
me falta valor para matar un gusanito; bien lo
[10] sabe usted... Ya se comprende que no había yo de
querer la muerte de un hombre.
--En resumen, hija mía, por más vueltas que le des, el
Sr. D. Pepe Rey se lleva la niña. Ya no es posible evitarlo.
Él está dispuesto a emplear todos los medios, incluso la
[15] deshonra. Si la Rosarito... cómo nos engañaba con
aquella carita circunspecta y aquellos ojos celestiales, ¿eh?
... si la Rosarito, digo, no le quisiera... vamos
... todo podría arreglarse; pero ¡ay! le ama como ama el
pecador al demonio; está abrasada en criminal fuego; cayó,
[20] sobrina mía, cayó en la infernal trampa libidinosa. Seamos
honrados y justos; volvamos la vista de la innoble pareja,
y no pensemos más en el uno ni en la otra.
--Usted no entiende de mujeres, tío--dijo Remedios
con lisonjera hipocresía;--usted es un santo varón; usted
[25] no comprende que lo de Rosarito no es más que un caprichillo
de esos que pasan, de esos que se curan con un par
de refregones en los morros o media docena de azotes.
--Sobrina--dijo D. Inocencio grave y sentenciosamente,--cuando
ha habido cosas mayores, los caprichillos no se
[30] llaman caprichillos, sino de otra manera.
--Tío, usted no sabe lo que dice--repuso la sobrina,
cuyo rostro se inflamó súbitamente.--Pues qué, ¿será usted
capaz de suponer en Rosarito?... ¡qué atrocidad! Yo
la defiendo, sí, la defiendo... Es pura como un ángel....
Vamos, tío, con esas cosas se me suben los colores a la cara 192
y me pone usted soberbia.
Al decir esto, el semblante del buen clérigo se cubría de
una sombra de tristeza, que en apariencia le envejecía diez
[5] años.
--Querida Remedios--añadió.--Hemos hecho todo lo
humanamente posible y todo lo que en conciencia podía y
debía hacerse. Nada más natural que nuestro deseo de ver
a Jacintillo emparentado con esa gran familia, la primera
[10] de Orbajosa; nada más natural que nuestro deseo de verle
dueño de las siete casas del pueblo, de la dehesa de Mundogrande,
de las tres huertas del cortijo de Arriba, de la Encomienda,
y demás predios urbanos y rústicos que posee esa
niña. Tu hijo vale mucho, bien lo saben todos. Rosarito
[15] gustaba de él y él de Rosarito. Parecía cosa hecha. La
misma señora, sin entusiasmarse mucho, a causa sin duda
de nuestro origen, parecía bien dispuesta a ello, a causa de
lo mucho que me estima y venera, como a confesor y amigo...
Pero de repente se presenta ese malhadado joven.
[20] La señora me dice que tiene un compromiso con su hermano
y que no se atreve a rechazar la proposición por éste hecha.
¡Conflicto grave! Pero ¿qué hago yo en vista de esto?
¡Ay! no lo sabes tú bien. Yo te soy franco: si hubiera
visto en el Sr. de Rey un hombre de buenos principios,
[25] capaz de hacer feliz a Rosario, no habría intervenido en el
asunto; pero el tal joven me pareció una calamidad, y como
director espiritual de la casa debí tomar cartas en el asunto
y las tomé. Ya sabes que le puse la proa, como vulgarmente
se dice. Desenmascaré sus vicios; descubrí su
[30] ateísmo; puse a la vista de todo el mundo la podredumbre de
aquel corazón materializado, y la señora se convenció de
que entregaba a su hija al vicio... ¡Ay! qué afanes
pasé. La señora vacilaba; yo fortalecía su ánimo indeciso;
aconsejábale los medios lícitos que debía emplear contra el
sobrinejo para alejarle sin escándalo; sugeríale ideas
ingeniosas, y como ella me mostraba a menudo su pura conciencia 193
llena de alarmas, yo la tranquilizaba demarcando hasta
qué punto eran lícitas las batallas que librábamos contra
[5] aquel fiero enemigo. Jamás aconsejé medios violentos
ni sanguinarios, ni atrocidades de mal género, sino sutiles
trazas que no contenían pecado. Estoy tranquilo, querida
sobrina. Pero bien sabes tú que he luchado, que he trabajado
como un negro. ¡Ay! cuando volvía a casa por las
[10] noches y decía: "Mariquilla, vamos bien, vamos muy bien,"
tú te volvías loca de contento y me besabas las manos cien
veces, y decías que era yo el hombre mejor del mundo.
¿Por qué te enfureces ahora, desfigurando tu noble carácter
y pacífica condición? ¿Por qué me riñes? ¿Por qué dices
[15] que estás soberbia y me llamas en buenas palabras Juan
Lanas?
--Porque usted--dijo la mujer sin cejar en su irritación,--se
ha acobardado de repente.
--Es que todo se nos vuelve en contra, mujer. El maldito
[20] ingeniero, favorecido por la tropa, está resuelto a todo.
La chiquilla le ama, la chiquilla... no quiero decir más.
No puede ser, te digo que no puede ser.
--¡La tropa! Pero usted cree como doña Perfecta que
va a haber una guerra, y que para echar de aquí a D. Pepe,
[25] se necesita que media nación se levante contra la otra media...
La señora se ha vuelto loca, y usted allá se le va.
--Creo lo mismo que ella. Dada la íntima conexión de
Rey con los militares, la cuestión personal se agranda...
Pero ¡ay! sobrina mía, si hace dos días tuve esperanza de
[30] que nuestros valientes echaran de aquí a puntapiés a la
tropa, desde que he visto el giro que han tomado las cosas;
desde que he visto que la mayor parte son sorprendidos
antes de pelear, y que Caballuco se esconde y que esto se
lo lleva la trampa, desconfío de todo. Los buenos principios
no tienen aún bastante fuerza material para hacer pedazos 194
a los ministros y emisarios del error... ¡Ay! sobrina
mía, resignación, resignación.
Apropiándose entonces D. Inocencio el medio de expresión
[5] que caracterizaba a su sobrina, suspiró dos o tres veces
ruidosamente. María, contra todo lo que podía esperarse,
guardó profundo silencio. No había en ella, al menos aparentemente,
ni cólera, ni tampoco el sentimentalismo superficial
de su ordinaria vida; no había sino una aflicción profunda
[10] y modesta. Poco después de que el buen tío concluyera
su perorata, dos lágrimas rodaron por las sonrosadas
mejillas de la sobrina: no tardaron en oírse algunos sollozos
mal comprimidos, y poco a poco, así como van creciendo en
ruido y forma la hinchazón y tumulto de un mar que empieza
[15] a alborotarse, así fué encrespándose aquel oleaje del
dolor de María Remedios, hasta que rompió en deshecho
llanto.