=Tropa=
Los habitantes de Orbajosa oían en la crepuscular
vaguedad de su último sueño aquel clarín sonoro, y abrían los
ojos diciendo:
--Tropa.
[10] Unos hablando consigo mismos, mitad dormidos, mitad
despiertos, murmuraban:
--Por fin nos han mandado esa canalla.
Otros se levantaban a toda prisa, gruñendo así:
--Vamos a ver a esos condenados.
[15] Alguno apostrofaba de este modo:
--Anticipo forzoso tenemos.... Ellos dicen quintas,
contribuciones; nosotros diremos palos y más palos.
En otra casa se oyeron estas palabras, pronunciadas con
alegría:
[20] --¡Si vendrá mi hij!... ¡Si vendrá mi hermano!...
Todo era saltar del lecho, vestirse a prisa, abrir las
ventanas para ver el alborotador regimiento que entraba con
las primeras luces del día. La ciudad era tristeza, silencio,
vejez; el ejército alegría, estrépito, juventud. Entrando el
[25] uno en la otra, parecía que la momia recibía por arte
maravillosa el don de la vida, y bulliciosa saltaba fuera del
húmedo sarcófago para bailar en torno de él. ¡Qué
movimiento, qué algazara, qué risas, qué jovialidad! No existe
nada tan interesante como un ejército. Es la patria en su
aspecto juvenil y vigoroso. Lo que en el concepto individual 124
tiene o puede tener esa misma patria de inepta, de
levantisca, de supersticiosa unas veces, de blasfema otras,
desaparece bajo la presión férrea de la disciplina, que de
[5] tantas figurillas insignificantes hace un conjunto prodigioso.
El soldado, o sea el corpúsculo, al desprenderse, después de
un _rompan filas_, de la masa en que ha tenido vida regular y
a veces sublime, suele conservar algunas de las cualidades
peculiares del ejército. Pero esto no es lo más común. A
[10] la separación suele acompañar súbito encanallamiento, de
lo cual resulta que si un ejército es gloria y honor, una
reunión de soldados puede ser calamidad insoportable, y los
pueblos que lloran de júbilo y entusiasmo al ver entrar en
su recinto un batallón victorioso, gimen de espanto y tiemblan
[15] de recelo cuando ven libres y sueltos a los señores
soldados.
Esto último sucedió en Orbajosa, porque en aquellos días
no había glorias que cantar ni motivo alguno para tejer
coronas ni trazar letreros triunfales, ni mentar siquiera
[20] hazañas de nuestros bravos, por cuya razón todo fué miedo
y desconfianza en la episcopal ciudad, que si bien pobre,
no carecía de tesoros en gallinas, frutas, dinero y doncellez,
los cuales corrían gran riesgo desde que entraron los consabidos
alumnos de Marte. Además de esto, la patria de los
[25] Polentinos, como ciudad muy apartada del movimiento y
bullicio que han traído el tráfico, los periódicos,
ferrocarriles y otros agentes que no hay para qué analizar ahora,
no gustaba que la molestasen en su sosegada existencia.
Siempre que se le ofrecía coyuntura propicia, mostraba
[30] asimismo viva repulsión a someterse a la autoridad central
que mal o bien nos gobierna; y recordando sus fueros de
antaño y mascullándolos de nuevo, como rumia el camello
la yerba que ha comido el día antes, solía hacer alarde de
cierta independencia levantisca, deplorables resabios de
behetría que a veces dieron no pocos quebraderos de cabeza 125
al gobernador de la provincia.
Otrosí debe tenerse en cuenta que Orbajosa tenía antecedentes,
o mejor dicho abolengo faccioso. Sin duda conservaba
[5] en su seno algunas fibras enérgicas de aquellas que]
en edad remota, según la entusiasta opinión de don Cayetano,
la impulsaron a inauditas acciones épicas; y aunque
en decadencia, sentía de vez en cuando violento afán de
hacer grandes cosas, aunque fueran barbaridades y desatinos.
[10] Como dió al mundo tantos egregios hijos, quería
sin duda que sus actuales vástagos, los Caballucos, Merengues
y Pelosmalos renovasen las _Gestas_ gloriosas de los de
antaño.
Siempre que hubo facciones en España, aquel pueblo dió
[15] a entender que no existía en vano sobre la faz de la tierra,
si bien nunca sirvió de teatro a una verdadera guerra. Su
genio, su situación, su historia la reducían al papel secundario
de levantar partidas. Obsequió al país con esta fruta
nacional en 1827 cuando los Apostólicos, durante la guerra
[20] de los siete años, en 1848, y en otras épocas de menos eco
en la historia patria. Las partidas y los partidarios fueron
siempre populares, circunstancia funesta que procedía de la
guerra de la Independencia, una de esas cosas buenas que
han sido origen de infinitas cosas detestables. _Corruptio
[25] optimi pessima_. Y con la popularidad de las partidas y de
los partidarios, coincidía, siempre creciente, la impopularidad
de todo lo que entraba en Orbajosa con visos de delegación
o instrumento del poder central. Los soldados fueron
siempre tan mal vistos allí, que siempre que los ancianos
[30] narraban un crimen, robo, asesinato, violación, o cualquiera
otro espantable desafuero, añadían: _esto sucedió cuando vino
la tropa_.
Y ya que se ha dicho esto tan importante, bueno será
añadir que los batallones enviados allá en los mismos días
de la historia que referimos, no iban a pasearse por las 126
calles, pues que llevaban un objeto que clara y detalladamente
se verá más adelante. Como dato de no escaso
interés, apuntaremos que lo que aquí se va contando ocurrió
[5] en un año que no está muy cerca del presente, ni tampoco
muy lejos, así como también se puede decir que Orbajosa
(entre los romanos _urbs augusta_, si bien algunos eruditos
modernos examinando el _ajosa_, opinan que este rabillo lo
tiene por ser patria de los mejores ajos del mundo), no está
[10] muy lejos ni tampoco muy cerca de Madrid, no debiendo
tampoco asegurarse que enclave sus gloriosos cimientos al
Norte ni al Sur, ni al Este ni al Oeste, sino que es posible
esté en todas partes, y por do quiera que los españoles
revuelvan sus ojos y sientan el picar de sus ajos.
[15] Repartidas por el municipio las cédulas de alojamiento,
cada cual se fué en busca de su hogar prestado. Les recibían
de muy mal talante, dándoles acomodo en los lugares
más atrozmente inhabitables de las casas. Las muchachas
del pueblo no eran en verdad las más descontentas; pero
[20] se ejercía sobre ellas una gran vigilancia, y no era decente
mostrar alegría por la visita de tal canalla. Los pocos soldados
hijos de la comarca eran los únicos que estaban a
cuerpo de rey. Los demás eran considerados como extranjeros.
[25] A las ocho de la mañana un teniente coronel de caballería
entró con su cédula en casa de doña Perfecta Polentinos.
Recibiéronle los criados, por encargo de su señora,
que hallándose en deplorable situación de ánimo, no quiso
bajar al encuentro del soldadote, y señaláronle para vivienda
[30] la única habitación al parecer disponible de la casa, el
cuarto que ocupaba Pepe Rey.
--Que se acomoden como puedan--dijo doña Perfecta
con expresión de hiel y vinagre.--Y si no caben que se
vayan a la calle.
¿Era su intención molestar de este modo al infame 127
sobrino, o realmente no había en el edificio otra pieza disponible?
No lo sabemos, ni las crónicas de donde esta
verídica historia ha salido dicen una palabra acerca de tan
[5] importante cuestión. Lo que sabemos de un modo incontrovertible
es que lejos de mortificar a los dos huéspedes
que les embaularan juntos, causóles sumo gusto por ser
amigos antiguos. Grande y alegre sorpresa tuvieron uno y
[10] y lanzar exclamaciones, ponderando la extraña casualidad que
los unía en tal sitio y ocasión.
--Pinzón... ¡tú por aquí!... ¿Pero qué es esto?
No sospechaba que estuvieras tan cerca...
--Yo oí decir que andabas por estas tierras, Pepe Rey;
[15] pero tampoco creí encontrarte en la horrible, en la salvaje
Orbajosa.
--¡Pero qué casualidad feliz!... porque esta casualidad
es felicísima, providencial... Pinzón, entre tú y yo
vamos a hacer algo grande en este poblacho.
[20] --Y tendremos tiempo de meditarlo--repuso el otro
sentándose en el lecho donde el ingeniero estaba acostado,--porque
según parece viviremos los dos en esta pieza.
¿Qué demonios de casa es ésta?
--Hombre, la de mi tía. Habla con más respeto. ¿No
[25] conoces a mi tía?... Pero voy a levantarme.
--Me alegro, porque con eso me acostaré yo, que bastante
lo necesito... ¡Qué camino, amigo Pepe, qué
camino y qué pueblo!
--Dime, ¿venís a pegar fuego a Orbajosa?
[30] --¡Fuego!
--Dígolo porque yo tal vez os ayudaría.
--¡Qué pueblo! ¡pero qué pueblo!--exclamó el militar
tirando el chacó, poniendo a un lado espada y tahalí,
cartera de viaje y capote.--Es la segunda vez que nos
mandan aquí. Te juro que a la tercera pido la licencia 128
absoluta.
--No hables mal de esta buena gente. ¡Pero qué a
tiempo has venido! Parece que te manda Dios en mi
[5] ayuda, Pinzón... Tengo un proyecto terrible, una aventura,
si quieres llamarla así, un plan, amigo mío... y me
hubiera sido muy difícil salir adelante sin ti. Hace un
momento me volvía loco cavilando y dije lleno de ansiedad:
"Si yo tuviera aquí un amigo, un buen amigo"...
[10] --Proyecto, plan, aventura... Una de dos, señor
matemático, o es dar la dirección a los globos o algo de
amores...
--Es formal, muy formal. Acuéstate, duerme un poco
y después hablaremos.
[15] --Me acostaré, pero no dormiré. Puedes contarme todo
lo que quieras. Sólo te pido que hables lo menos posible
de Orbajosa.
--Precisamente de Orbajosa te quiero hablar. ¿Pero tú
también tienes antipatía a esa cuna de tantos varones
[20] insignes?
--Estos ajeros... Los llamamos los ajeros... pues
digo que serán todo lo insignes que tú quieras; pero a mí
me pican como los frutos del país. Este es un pueblo
dominado por gentes que enseñan la desconfianza, la superstición
[25] y el aborrecimiento a todo el género humano.
Cuando estemos despacio te contaré un sucedido... un
lance, mitad gracioso, mitad terrible que me pasó aquí el
año pasado... Cuando te lo cuente tú te reirás y yo
echaré chispas de cólera... Pero en fin, lo pasado,
[30] pasado.
--Lo que a mí me pasa no tiene nada de gracioso.
--Pero los motivos de mi aborrecimiento a este poblachón
son diversos. Has de saber que aquí asesinaron a mi
padre el 48 unos desalmados partidarios. Era brigadier y
estaba fuera de servicio. Llamóle el Gobierno, y pasaba 129
por Villahorrenda para ir a Madrid, cuando fué cogido por
media docena de tunantes... Aquí hay varias dinastías
de guerrilleros. Los Aceros, los Caballucos, los Pelosmalos... un
[5] periódico suelto, como dijo quien sabía muy bien
lo que decía.
--Supongo que la venida de dos regimientos con alguna
caballería no será por gusto de visitar estos amenos vergeles.
--¿Qué ha de ser? Venimos a recorrer el país. Hay
[10] muchos depósitos de armas. El Gobierno no se atreve a
destituir a la mayor parte de los Ayuntamientos sin desparramar
algunas compañías por estos pueblos. Como hay
tanta agitación facciosa por esta tierra; como dos provincias
cercanas están ya infestadas, y como además este distrito
[15] municipal de Orbajosa tiene una historia tan brillante
en todas las guerras civiles, hay temores de que los bravos
de por aquí se echen a los caminos a saquear lo que
encuentren.
--¡Buena precaución! Pero creo que mientras esta
[20] gente no perezca y vuelva a nacer; mientras hasta las
piedras no muden de forma, no habrá paz en Orbajosa.
--Ésa es también mi opinión--dijo el militar encendiendo
un cigarrillo.--¿No ves que los partidarios son la
gente mimada en este país? A todos los que asolaron la
[25] comarca en 1848 y en otras épocas, o a falta de ellos a sus
hijos, les encuentras colocados en los fielatos, en puertas,
en el Ayuntamiento, en la conducción del correo: los hay
que son alguaciles, sacristanes, comisionados de apremios.
Algunos se han hecho temibles caciques, y son los que
[30] amasan las elecciones y tienen influjo en Madrid, reparten
destinos... en fin, esto da grima.
--Dime, ¿y no se podrá esperar que los partidarios hagan
una fechoría en estos días? Si así fuera, ustedes arrasarían
el pueblo, y yo les ayudaría.
--Si en mí consistiera... Ellos harán de las suyas--dijo 130
Pinzón,--porque las facciones de las dos provincias
cercanas crecen como una maldición de Dios. Y acá para
entre los dos, amigo Rey, yo creo que esto va largo. Algunos
[5] se ríen y aseguran que no puede haber otra guerra civil]
como la pasada. No conocen el país, no conocen a Orbajosa
y sus habitantes. Yo sostengo que esto que ahora
empieza lleva larga cola, y que tendremos una nueva lucha
cruel y sangrienta que durará lo que Dios quiera. ¿Qué
[10] opinas tú?
--Amigo, en Madrid me reía yo de todos los que hablaban
de la posibilidad de una guerra civil tan larga y terrible
como la de siete años; pero ahora, después que estoy
aquí...
[15] --Es preciso engolfarse en estos países encantadores:
ver de cerca esta gente y oírle dos palabras para saber de
qué pie cojea.
--Pues sí... sin poderme explicar en qué fundo mis
ideas, ello es que desde aquí veo las cosas de otra manera,
[20] y pienso en la posibilidad de largas y feroces guerras.
--Exactamente.
--Pero ahora, más que la guerra pública, me preocupa
una privada en que estoy metido y que he declarado hace
poco.
[25] --¿Dijiste que ésta es la casa de tu tía? ¿Cómo se
llama?
--Doña Perfecta Rey de Polentinos.
--¡Ah! La conozco de nombre. Es una persona excelente,
y la única de quien no he oído hablar mal a los
[30] ajeros. Cuando estuve aquí la otra vez, en todas partes
oía ponderar su bondad, su caridad, sus virtudes.
--Sí, mi tía es muy bondadosa, muy amable--dijo
Rey.
Después quedó pensativo breve rato.
--Pero ahora recuerdo...--exclamó de súbito Pinzón.--Cómo 131
se van atando cabos... Sí, en Madrid me dijeron
que te casabas con una prima. Todo está descubierto.
¿Es aquella linda y celestial Rosarito?...
[5] --Pinzón, vamos a hablar detenidamente.
--Se me figura que hay contrariedades.
--Hay algo más. Hay luchas terribles. Se necesitan
amigos poderosos, listos, de iniciativa, de gran experiencia
en los lances difíciles, de gran astucia y valor.
[10] --Hombre, eso es todavía más grave que un desafío.
--Mucho más grave. Se bate uno fácilmente con otro
hombre. Con mujeres, con invisibles enemigos que trabajan
en la sombra, es imposible.
--Vamos: ya soy todo oídos.
[15] El teniente coronel Pinzón descansaba cuan largo era
sobre el lecho. Pepe Rey acercó una silla y apoyando en
el mismo lecho el codo y en la mano la cabeza, empezó su
conferencia, consulta, exposición de plan o lo que fuera, y
habló larguísimo rato. Oíale Pinzón con curiosidad profunda
[20] y sin decir nada, salvo algunas preguntillas sueltas
para pedir nuevos datos o la aclaración de alguna obscuridad.
Cuando Rey concluyó, Pinzón estaba serio. Estiróse
en la cama, desperezándose con la placentera convulsión de
quien no ha dormido en tres noches, y después dijo así:
[25] --Tu plan es arriesgado y difícil.
--Pero no imposible.
--¡Oh! no, que nada hay imposible en este mundo.
Piénsalo bien.
--Ya lo he pensado.
[30] --¿Y estás resuelto a llevarlo adelante? Mira que esas
cosas ya no se estilan. Suelen salir mal, y no dejan bien
parado a quien las hace.
--Estoy resuelto.
--Pues por mi parte, aunque el asunto es arriesgado y
grave, muy grave, estoy dispuesto a ayudarte en todo y por 132
todo.
--¿Cuento contigo?
--Hasta morir.