=La llegada del primo=
EL señor Penitenciario, cuando Rosarito se separó bruscamente
de él, miró a los bardales, y viendo las cabezas del
[25] tío Licurgo y de su compañero de viaje, dijo para sí:
--Vamos, ya está ahí ese prodigio.
Quedóse un rato meditabundo, sosteniendo el manteo con
ambas manos cruzadas sobre el abdomen, fija la vista en el
suelo, con los anteojos de oro deslizándose suavemente
hacia la punta de la nariz, saliente y húmedo el labio 24
inferior, y un poco fruncidas las blanquinegras cejas. Era
un santo varón piadoso y de no común saber, de intachables
costumbres clericales, algo más de sexagenario, de afable
[5] trato, fino y comedido, gran repartidor de consejos y advertencias
a hombres y mujeres. Desde luengos años era
maestro de latinidad y retórica en el Instituto, cuya noble
profesión dióle gran caudal de citas horacianas y de floridos
tropos, que empleaba con gracia y oportunidad. Nada más
[10] conviene añadir acerca de este personaje, sino que cuando
sintió el trote largo de las cabalgaduras que corrían hacia la
calle del Condestable, se arregló el manteo, enderezó el sombrero,
que no estaba del todo bien puesto en la venerable
cabeza, y marchando hacia la casa, murmuró--
[15] --Vamos a ver ese prodigio.
En tanto, Pepe bajaba de la jaca, y en el mismo portal le
recibía en sus amantes brazos doña Perfecta, anegado en
lágrimas el rostro y sin poder pronunciar sino palabras
breves y balbucientes, expresión sincera de su cariño.
[20] --¡Pepe... pero qué grande estás!... y con barbas...
Me parece que fué ayer cuando te ponía sobre mis
rodillas... ya estás hecho un hombre, todo un hombre...
¡Cómo pasan los años!... ¡Jesús! Aquí tienes a mi
hija Rosario.
[25] Diciendo esto, habían llegado a la sala baja, ordinariamente
destinada a recibir, y doña Perfecta presentóle
a su hija.
Era Rosarita una muchacha de apariencia delicada y
débil, que anunciaba inclinaciones a lo que los portugueses
[30] llaman _saudades_. En su rostro fino y puro se observaba
algo de la pastosidad nacarada, que la mayor parte de los
novelistas atribuyen a sus heroínas, y sin cuyo barniz sentimental
parece que ninguna Enriqueta y ninguna Julia
pueden ser interesantes. Pero lo principal en Rosario era
que tenía tal expresión de dulzura y modestia, que al verla 25
no se echaban de menos las perfecciones de que carecía.
No es esto decir que era fea; mas también es cierto que
habría pasado por hiperbólico el que la llamara hermosa,
[5] dando a esta palabra su riguroso sentido. La hermosura
real de la niña de doña Perfecta consistía en una especie
de trasparencia, prescindiendo del nácar, del alabastro, del
marfil y demás materias usadas en la composición descriptiva
de los rostros humanos; una especie de transparencia, digo,
[10] por la cual todos las honduras de su alma se veían
claramente, honduras no cavernosas y horribles como las del
mar, sino como las de un manso y claro río. Pero allí
faltaba materia para que la persona fuese completa; faltaba
cauce, faltaban orillas. El vasto caudal de su espíritu se
[15] desbordaba, amenazando devorar las estrechas riberas. Al
ser saludada por su primo se puso como la grana, y sólo
pronunció algunas palabras torpes.
--Estarás desmayado--dijo doña Perfecta a su sobrino.--Ahora
mismo te daremos de almorzar.
[20] --Con permiso de usted--repuso el viajero,--voy a
quitarme el polvo del camino....
--Muy bien pensado--dijo la señora.--Rosario, lleva
a tu primo al cuarto que le hemos preparado. Despáchate
pronto, sobrino. Voy a dar mis órdenes.
[25] Rosario llevó a su primo a una hermosa habitación situada
en el piso bajo. Desde que puso el pie dentro de ella, Pepe
reconoció en todos los detalles de la vivienda la mano
diligente y cariñosa de una mujer. Todo estaba puesto con
arte singular, y el aseo y frescura de cuanto allí había
[30] convidaban a reposar en tan hermoso nido. El huésped
reparó minuciosidades que le hicieron reír.
--Aquí tienes la campanilla--dijo Rosarito, tomando el
cordón de ella, cuya borla caía sobre la cabecera del lecho.
--No tienes más que alargar la mano. La mesa de escribir
está puesta de modo que recibas la luz por la izquierda.... 26
Mira, en esta cesta echarás los papeles rotos....
¿Tú fumas?
--Tengo esa desgracia--repuso Pepe Rey.
[5] --Pues aquí puedes echar las puntas de cigarro--dijo
ella, tocando con la punta del pie un mueble de latón dorado
lleno de arena.--No hay cosa más fea que ver el suelo lleno
de colillas de cigarro.... Mira el lavabo.... Para la ropa
tienes un ropero y una cómoda.... Creo que la relojera
[10] está mal aquí y se te debe poner junto a la cama.... Si te
molesta la luz, no tienes más que correr el transparente
tirando de la cuerda... ¿ves?... rich....
El ingeniero estaba encantado.
Rosarito abrió una ventana.
[15] --Mira--dijo--esta ventana da a la huerta. Por aquí
entra el sol de tarde. Aquí tenemos colgado la jaula de un
canario, que canta como un loco. Si te molesta, la
quitaremos.
Abrió otra ventana del testero opuesto.
[20] --Esta otra ventana--añadió,--da a la calle. Mira,
de aquí se ve la catedral, que es muy hermosa y está llena
de preciosidades. Vienen muchos Ingleses a verla. No
abras las dos ventanas a un tiempo, porque las corrientes
de aire son muy malas.
[25] --Querida prima--dijo Pepe, con el alma inundada de
inexplicable gozo--en todo lo que está delante de mis
ojos veo una mano de ángel que no puede ser sino la tuya.
¡Qué hermoso cuarto es este! Me parece que he vivido
en él toda mi vida. Está convidando a la paz.
[30] Rosarito no contestó nada a estas cariñosas expresiones,
y sonriendo salió.
--No tardes--dijo desde la puerta;--el comedor está
también abajo... en el centro de esta galería.
Entró el tío Licurgo con el equipaje. Pepe le recompensó
con una largueza a que el labriego no estaba acostumbrado; 27
y éste, después de dar las gracias con humildad, llevóse la
mano a la cabeza, como quien ni se pone ni se quita el
sombrero, y en tono embarazoso, mascando las palabras,
[5] como quien no dice ni deja de decir las cosas, se expresó
de este modo:
--¿Cuándo será la mejor hora para hablar al Sr. D. José
de un... de un asuntillo?
--¿De un asuntillo? Ahora mismo--repuso Pepe,
[10] abriendo un baúl.
--No es oportunidad--dijo el labriego.--Descanse el
Sr. D. José, que tiempo tenemos. Más días hay que
longanizas, como dijo el otro; y un día viene tras otro día....
Que usted descanse, Sr. D. José.... Cuando quiera dar
[15] un paseo... la jaca no es mala.... Con que buenos
días, Sr. D. José. Que viva usted mil años.... ¡Ah! se
me olvidaba--añadió, volviendo a entrar después de
algunos segundos de ausencia.--Si quiere usted algo para el
señor juez municipal.... Ahora voy allá a hablarle de
[20] nuestro asuntillo....
--Déle usted expresiones--dijo festivamente, no
encontrando mejor fórmula para sacudirse de encima al legislador
espartano.
--Pues quede con Dios el Sr. D. José.
[25] --Abur.
El ingeniero no había sacado su ropa, cuando aparecieron
por tercera vez en la puerta los sagaces ojuelos y la
marrullera fisonomía del tío Licurgo.
--Perdone el Sr. D. José--dijo mostrando en afectada
[30] risa sus blanquísimos dientes.--Pero... quería decirle
que si usted desea que esto se arregle por amigables
componedores.... Aunque, como dijo el otro, pon lo tuyo en
consejo y unos dirán que es blanco y otros que es negro....
--Hombre, ¿quiere usted irse de aquí?
--Dígolo porque a mí me carga la justicia. No quiero 28
nada con justicia. Del lobo un pelo y ese de la frente.
Con que con Dios, Sr. don José. Dios le conserve sus días
para favorecer a los pobres....
[5] --Adiós, hombre, adiós.
Pepe echó la llave a la puerta y dijo para sí:
--La gente de este pueblo parece ser muy pleitista.
V
_¿Habrá desavenencia?_
Poco después Pepe se presentaba en el comedor.
--Si almuerzas fuerte--le dijo doña Perfecta con
[10] cariñoso acento,--se te va a quitar la gana de comer. Aquí
comemos a la una. Las modas del campo no te gustarán.
--Me encantan, señora tía.
--Pues di lo que prefieres: ¿almorzar fuerte ahora o
tomar una cosita ligera para que resistas hasta la hora de
[15] comer?
--Escojo la cosa ligera para tener el gusto de comer con
ustedes; y si en Villahorrenda hubiera encontrado algún
alimento, nada tomaría a esta hora.
--Por supuesto, no necesito decirte que nos trates con
[20] toda franqueza. Aquí puedes mandar como si estuvieras
en tu casa.
--Gracias, tía.
--¡Pero cómo te pareces a tu padre!--añadió la señora,
contemplando con verdadero arrobamiento al joven mientras
[25] éste comía.
--Me parece que estoy mirando a mi querido hermano
Juan. Se sentaba como te sientas tú y comía lo mismo que
tú. En el modo de mirar sobre todo sois como dos gotas
de agua.
Pepe la emprendió con el frugal desayuno. Las expresiones, 29
así como la actitud y las miradas de su tía y prima, le
infundían tal confianza, que se creía ya en su propia casa.
--¿Sabes lo que me decía Rosario esta mañana?--indicó
[5] doña Perfecta, fija la vista en su sobrino,--Pues me decía
que tú, como hombre hecho a las pompas y etiquetas de la
corte y a las modas del extranjero, no podrás soportar esta
sencillez un poco rústica con que vivimos y esta falta de
buen tono, pues aquí todo es a la pata la llana.
[10] --¡Qué error!--repuso Pepe, mirando a su prima.--Nadie
aborrece más que yo las falsedades y comedias de lo
que llaman alta sociedad. Crean ustedes que hace tiempo
deseo darme, como decía no sé quién, un baño de cuerpo
entero en la Naturaleza; vivir lejos del bullicio, en la soledad
[15] y sosiego del campo. Anhelo la tranquilidad de una
vida sin luchas, sin afanes, ni envidioso ni envidiado, como
dijo el poeta. Durante mucho tiempo, mis estudios primero
y mis trabajos después, me han impedido el descanso que
necesito y que reclaman mi espíritu y mi cuerpo; pero
[20] desde que entré en esta casa, querida tía, querida prima, me
he sentido rodeado de la atmósfera de paz que deseo. No
hay que hablarme, pues, de sociedades altas ni bajas, ni de
mundos grandes ni chicos, porque de buen grado los cambio
todos por este rincón.
[25] Esto decía, cuando los cristales de la puerta que comunicaba
el comedor con la huerta se obscurecieron por la
superposición de una larga opacidad negra. Los vidrios
de unos espejuelos despidieron, heridos por la luz de sol,
fugitivo rayo; rechinó el picaporte, abrióse la puerta, y el
[30] señor Penitenciario penetró con gravedad en la estancia.
Saludó y se inclinó, quitándose la canaleja hasta tocar con
el ala de ella al suelo.
--Es el señor Penitenciario de esta Santa Catedral--dijo
doña Perfecta,--persona a quien estimamos mucho y
de quien espero serás amigo. Siéntese usted, Sr. D. 30
Inocencio.
Pepe estrechó la mano del venerable canónigo, y ambos
se sentaron.
[5] --Pepe, si acostumbras fumar después de comer, no
dejes de hacerlo--manifestó benévolamente doña Perfecta,--ni
el señor Penitenciario tampoco.
A la sazón el buen D. Inocencio sacaba de debajo de la
sotana una gran petaca de cuero, marcada con irrecusables
[10] señales de antiquísimo uso, y la abrió, desenvainando de
ella dos largos pitillos, uno de los cuales ofreció a nuestro
amigo. De un cartoncejo que irónicamente llaman los
españoles _wagón_, sacó Rosario un fósforo, y bien pronto
ingeniero y canónigo echaban su humo el uno sobre el otro.
[15] --¿Y qué le parece al Sr. D. José nuestra querida ciudad
de Orbajosa?--preguntó el canónigo, cerrando fuertemente
el ojo izquierdo, según su costumbre mientras fumaba.
--Todavía no he podido formar idea de este pueblo--dijo
Pepe.--Por lo poco que he visto, me parece que no le
[20] vendrían mal a Orbajosa media docena de grandes capitales
dispuestos a emplearse aquí, un par de cabezas inteligentes
que dirigieran la renovación de este país y algunos miles
de manos activas. Desde la entrada del pueblo hasta la
puerta de esta casa he visto más de cien mendigos. La
[25] mayor parte son hombres sanos y aun robustos. Es un
ejército lastimoso, cuya vista oprime el corazón.
--- Para eso está la caridad--afirmó don Inocencio.--Por
lo demás, Orbajosa no es un pueblo miserable. Ya sabe
usted que aquí se producen los primeros ajos de toda España.
[30] Pasan de veinte las familias ricas que viven entre nosotros.
--Verdad es--indicó doña Perfecta--que los últimos
años han sido detestables a causa de la seca; pero aun así
las paneras no están vacías, y se han llevado últimamente
al mercado muchos miles de ristras de ajos.
--En tantos años que llevo de residencia en Orbajosa--dijo 31
el clérigo, frunciendo el ceño--he visto llegar aquí
innumerables personajes de la Corte, traídos unos por la
gresca electoral, otros por visitar algún abandonado terruño
[5] o ver las antigüedades de la catedral, y todos entran
hablándonos de arados ingleses, de trilladoras mecánicas, de
saltos de aguas, de bancos y qué sé yo cuántas majaderías.
El estribillo es que esto es muy malo y que podía ser mejor.
Váyanse con mil demonios, que aquí estamos muy bien sin
[10] que los señores de la Corte nos visiten, mucho mejor sin oír
ese continuo clamoreo de nuestra pobreza y de las grandezas
y maravillas de otras partes. Más sabe el loco en su casa
que el cuerdo en la ajena, ¿no es verdad, Sr. D. José? Por
supuesto, no se crea ni remotamente que lo digo por usted.
[15] De ninguna manera. Pues no faltaba más. Ya sé que
tenemos delante a uno de los jóvenes más eminentes de la
España moderna, a un hombre que sería capaz de transformar
en riquísimas comarcas nuestras áridas estepas....
Ni me incomodo porque usted me cante la vieja canción de
[20] los arados ingleses y la arboricultura y la selvicultura....
Nada de eso; a hombres de tanto, de tantísimo talento, se
les puede dispensar el desprecio que muestran hacia nuestra
humildad. Nada, amigo mío, nada, Sr. D. José, está usted
autorizado para todo, incluso para decirnos que somos poco
[25] menos que cafres.
Esta filípica, terminada con marcado tono de ironía y
harto impertinente toda ella, no agradó al joven; pero se
abstuvo de manifestar el más ligero disgusto y siguió la
conversación, procurando en lo posible huir de los puntos
[30] en que el susceptible patriotismo del señor canónigo hallase
fácil motivo de discordia. Éste se levantó en el momento
en que la señora hablaba con su sobrino de asuntos de
familia y dió algunos pasos por la estancia.
Era ésta vasta y clara, cubierta de antiguo papel, cuyas
flores y ramos, aunque descoloridos, conservaban su 32
primitivo dibujo, gracias al aseo que reinaba en todas y cada una
de las partes de la vivienda. El reloj, de cuya caja colgaban
al descubierto, al parecer, las inmóviles pesas y el voluble
[5] péndulo, diciendo perpetuamente que _no_, ocupaba con su
abigarrado horario el lugar preeminente entre los sólidos
muebles del comedor, completando el ornato de las paredes
una serie de láminas francesas que representaban las hazañas
del conquistador de Méjico, con prolijas explicaciones al
[10] pie, en las cuales se hablaba de un _Ferdinand Cortez_ y de
una _Donna Marine_ tan inverosímiles como las figuras
dibujadas por el ignorante artista. Entre las dos puertas
vidrieras que comunicaban con la huerta había un aparato de
latón, que no es preciso describir desde que se diga que
[15] servía de sustentáculo a un loro, el cual se mantenía allí con
la seriedad y circunspección propias de estos animalejos,
observándolo todo. La fisonomía irónica y dura de los
loros, su casaca verde, su gorrete encarnado, sus botas
amarillas y por último las roncas palabras burlescas que
[20] suelen pronunciar, les dan un aspecto extraño y repulsivo
entre serio y ridículo. Tienen no sé qué rígido empaque
de diplomáticos. A veces parecen bufones, y siempre se
asemejan a ciertos finchados hombres, que por querer
parecer muy superiores, tiran a la caricatura.
[25] Era el Penitenciario muy amigo del loro. Cuando dejó
a la señora y a Rosario en coloquio con el viajero, llegóse
a él, y dejándose morder con la mayor complacencia el
dedo índice, le dijo:
--Tunante, bribón, ¿por qué no hablas? Poco valdrías,
[30] si no fueras charlatán. De charlatanes está lleno el mundo
de los hombres y el de los pájaros.
Luego cogió con su propia venerable mano algunos garbanzos
del cercano cazuelillo y se los dió a comer. El
animal empezó a llamar a la criada pidiéndole chocolate, y
sus palabras distrajeron a las dos damas y al caballero de 33
una conversación que no debía de ser muy importante.