II

=Un viaje por el corazón de España=

Cuando empezada la caminata dejaron a un lado las

casuchas de Villahorrenda, el caballero, que era joven y de

muy buen ver, habló de este modo:

--Dígame usted, Sr. Solón...

[5] --Licurgo, para servir a usted...

--Eso es, Sr. Licurgo. Bien decía yo que era usted un

sabio legislador de la antigüedad. Perdone usted la equivocación.

Pero vamos al caso. Dígame usted, ¿cómo

está mi señora tía?

[10] --Siempre tan guapa--repuso el labriego, adelantando

algunos pasos su caballería.--Parece que no pasan años

por la señora doña Perfecta. Bien dicen que al bueno

Dios le da larga vida. Así viviera mil años ese ángel del

Señor. Si las bendiciones que le echan en la tierra fueran

[15] plumas, la señora no necesitaría más alas para subir al cielo.

--¿Y mi prima la señorita Rosario?

--¡Bien haya quien a los suyos parece!--dijo el aldeano.

--¿Qué he de decirle de doña Rosarito, sino que es el vivo

retrato de su madre? Buena prenda se lleva usted, caballero

[20] D. José, si es verdad, como dicen, que ha venido para

casarse con ella. Tal para cual, y la niña no tiene tampoco

por qué quejarse. Poco va de Pedro a Pedro.

--¿Y el Sr. D. Cayetano?

--Siempre metidillo en la faena de sus libros. Tiene

[25] una biblioteca más grande que la catedral, y también escarba

la tierra para buscar piedras llenas de unos demonches de

garabatos que dicen escribieron los moros.

--¿En cuánto tiempo llegaremos a Orbajosa?

--A las nueve, si Dios quiere. Poco contenta se va a

[30] poner la señora cuando vea a su sobrino.... Y la señorita 5

Rosarito que estaba ayer disponiendo el cuarto en que usted

ha de vivir.... Como no le han visto nunca, la madre y la

hija están que no viven, pensando en cómo será o cómo no

será este Sr. D. José. Ya llegó el tiempo de que callen

[5] cartas y hablen barbas. La prima verá al primo y todo

será fiesta y gloria. Amanecerá Dios y medraremos, como

dijo el otro.

--Como mi tía y mi prima no me conocen todavía--dijo

sonriendo el caballero,--no es prudente hacer proyectos.

[10] --Verdad es; por eso se dijo que uno piensa el bayo y

otro el que lo ensilla--repuso el labriego.--Pero la cara

no engaña... ¡qué alhaja se lleva usted! ¡Y qué buen

mozo ella!

El caballero no oyó las últimas palabras del tío Licurgo,

[15] porque iba distraído y algo meditabundo. Llegaban a un

recodo del camino, cuando el labriego, torciendo la dirección

a las caballerías, dijo:

--Ahora tenemos que echar por esta vereda. El puente

está roto y no se puede vadear el río sino por el cerrillo de

[20] los Lirios.

--¿El cerrillo de los Lirios?--dijo el caballero, saliendo

de su meditación.--¡Cómo abundan los nombres poéticos

en estos sitios tan feos! Desde que viajo por estas tierras,

me sorprende la horrible ironía de los nombres. Tal sitio

[25] que se distingue por su yermo aspecto y la desolada tristeza

del negro paisaje, se llama _Valleameno_. Tal villorrio de

adobes que miserablemente se extiende sobre un llano árido

y que de diversos modos pregona su pobreza, tiene la insolencia

de nombrarse _Villarica_; y hay un barranco pedregoso

[30] y polvoriento, donde ni los cardos encuentran jugo, y

que sin embargo se llama _Valdeflores_. ¿Eso que tenemos

delante es el _Cerrillo de los Lirios_? ¿Pero dónde están esos

lirios, hombre de Dios? Yo no veo más que piedras y

yerba descolorida. Llamen a eso el _Cerrillo de la Desolación_

y hablarán a derechas. Exceptuando _Villahorrenda_, que 6

parece ha recibido al mismo tiempo el nombre y la hechura,

todo aquí es ironía. Palabras hermosas, realidad prosaica

y miserable. Los ciegos serían felices en este país, que

[5] para la lengua es paraíso y para los ojos infierno.

El Sr. Licurgo o no entendió las palabras del caballero

Rey o no hizo caso de ellas. Cuando vadearon el río, que

turbio y revuelto corría con impaciente precipitación, como

si huyera de sus propias orillas, el labriego extendió el brazo

[10] hacia unas tierras que a la siniestra mano en grande y desnuda

extensión se veían, y dijo:

--Estos son los _Alamillos de Bustamente_.

--¡Mis tierras!--exclamó con júbilo el caballero, tendiendo

la vista por los tristes campos que alumbraban las

[15] primeras luces de la mañana.--Es la primera vez que veo

el patrimonio que heredé de mi madre. La pobre hacía

tales ponderaciones de este país y me contaba tantas maravillas

de él, que yo, siendo niño, creía que estar aquí era

estar en la gloria. Frutas, flores, caza mayor y menor,

[20] montes, lagos, ríos, poéticos arroyos, oteros pastoriles, todo

lo había en los _Alamillos de Bustamente_, en esta tierra bendita,

la mejor y más hermosa de todas las tierras....

¡Qué demonio! La gente de este país vive con la imaginación.

Si en mi niñez, y cuando vivía con las ideas y con

[25] el entusiasmo de mi buena madre, me hubieran traído aquí,

también me habrían parecido encantadores estos desnudos

cerros, estos llanos polvorientos o encharcados, estas vetustas

casas de labor, estas norias desvencijadas, cuyos cangilones

lagrimean lo bastante para regar media docena de

[30] coles, esta desolación miserable y perezosa que estoy mirando.

--Es la mejor tierra del país--dijo el señor Licurgo--y

para el garbanzo es de lo que no hay.

--Pues lo celebro, porque desde que las heredé no me

han producido un cuarto estas célebres tierras.

El sabio legislador espartano se rascó la oreja y dió un 7

suspiro.

--Pero me han dicho--continuó el caballero--que algunos

propietarios colindantes han metido su arado en estos

[5] grandes estados míos, y poco a poco me los van cercenando.

Aquí no hay mojones, ni linderos, ni verdadera propiedad,

Sr. Licurgo.

El labriego, después de una pausa, durante la cual parecía

ocupar su sutil espíritu en profundas disquisiciones, se expresó

[10] de este modo:

--El tío Pasolargo, a quien llamamos el _Filósofo_ por su

mucha trastienda, metió el arado en los _Alamillos_ por encima

de la ermita, y roe que roe, se ha zampado seis fanegadas.

--¡Qué incomparable escuela!--exclamó riendo el caballero.

[15] --Apostaré que no ha sido ese el único... filósofo.

--Bien dijo el otro, que quien las sabe las tañe, y si al

palomar no le falta cebo no le faltarán palomas.... Pero

usted, Sr. D. José, puede decir aquello de que el ojo del

amo engorda la vaca, y ahora que está aquí ver de recobrar

[20] su finca.

--Quizás no sea tan fácil, Sr. Licurgo--repuso el caballero,

a punto que entraban por una senda a cuyos lados se

veían hermosos trigos que con su lozanía y temprana madurez

recreaban la vista.--Este campo parece mejor cultivado.

[25] Veo que no todo es tristeza y miseria en los _Alamillos_.

El labriego puso cara de lástima, y afectando cierto desdén

hacia los campos elogiados por el viajero, dijo en tono

humildísimo:

--Señor, esto es mío.

[30] --Perdone usted--replicó vivamente el caballero--ya

quería yo meter mi hoz en los estados de usted. Por lo

visto, la filosofía aquí es contagiosa.

Bajaron inmediatamente a una cañada, que era lecho de

pobre y estancado arroyo, y pasado éste, entraron en un

campo lleno de piedras, sin la más ligera muestra de vegetación.

8

--Esta tierra es muy mala--dijo el caballero, volviendo

el rostro para mirar a su guía y compañero que se había

[5] quedado un poco atrás.--Difícilmente podrá usted sacar

partido de ella, porque todo es fango y arena.

Licurgo, lleno de mansedumbre, contestó:

--Esto... es de usted.

--Veo que aquí todo lo malo es mío--afirmó el caballero,

[10] riendo jovialmente.

Cuando esto hablaban, tomaron de nuevo el camino real.

Ya la luz del día, entrando en alegre irrupción por todas

las ventanas y claraboyas del hispano horizonte, inundó de

esplendorosa claridad los campos. El inmenso cielo sin

[15] nubes parecía agrandarse más y alejarse de la tierra para

verla y en su contemplación recrearse desde más alto. La

desolada tierra sin árboles, pajiza a trechos, a trechos de

color gredoso, dividida toda en triángulos y cuadriláteros

amarillos o negruzcos, pardos o ligeramente verdegueados,

[20] semejaba en cierto modo a la capa del harapiento que se pone

al sol. Sobre aquella capa miserable el cristianismo y el

islamismo habían trabado épicas batallas. Gloriosos campos,

sí, pero los combates de antaño les habían dejado horribles.

--Me parece que hoy picará el sol, Sr. Licurgo--dijo el

[25] caballero, desembarazándose un poco del abrigo en que se

envolvía.--¡Qué triste camino! No se ve ni un solo árbol

en todo lo que alcanza la vista. Aquí todo es al revés. La

ironía no cesa. ¿Por qué, si no hay aquí álamos grandes

ni chicos, se ha de llamar esto los _Alamillos_?

[30] El tío Licurgo no contestó a la pregunta, porque con toda

su alma atendía a ciertos lejanos ruidos que de improviso se

oyeron, y con ademán intranquilo detuvo su cabalgadura,

mientras exploraba el camino y los cerros lejanos con sombría

mirada.

--¿Qué hay?--preguntó el viajero, deteniéndose también. 9

--¿Trae usted armas, D. José?

--Un revólver.... ¡Ah! ya comprendo. ¿Hay

[5] ladrones?

--Puede...--repuso el labriego con mucho recelo.--

Me parece que sonó un tiro.

--Allá lo veremos... ¡adelante!--dijo el caballero

picando su jaca.--No serán tan temibles.

[10] --Calma, Sr. D. José--exclamó el aldeano deteniéndole.

--Esa gente es más mala que Satanás. El otro día asesinaron

a dos caballeros que iban a tomar el tren.... Dejémonos

de fiestas. Gasparón el Fuerte, Pepito Chispillas,

Merengue y Ahorca Suegras no me verán la cara en mis

[15] días. Echemos por la vereda.

--Adelante, Sr. Licurgo.

--Atrás, Sr. D. José--replicó el labriego con afligido

acento.--Usted no sabe bien qué gente es esa. Ellos

fueron los que en el mes pasado robaron de la iglesia del

[20] Carmen el copón, la corona de la Virgen y dos candeleros;

ellos fueron los que hace dos años robaron el tren que iba

para Madrid.

Don José, al oír tan lamentables antecedentes, sintió que

aflojaba un poco su intrepidez.

[25] --¿Ve usted aquel cerro grande y empinado que hay allá

lejos? Pues allí se esconden esos pícaros en unas cuevas

que llaman la _Estancia de los Caballeros_.

--¡De los Caballeros!

--Sí señor. Bajan al camino real, cuando la Guardia

[30] civil se descuida, y roban lo que pueden. ¿No ve usted

más allá de la vuelta del camino una cruz, que se puso en

memoria de la muerte que dieron al alcalde de Villahorrenda

cuando las elecciones?

--Sí, veo la cruz.

--Allí hay una casa vieja, en la cual se esconden para 10

aguardar a los tragineros. A aquel sitio llamamos las

_Delicias_.

--¡Las Delicias!...

[5] --Si todos los que han sido muertos y robados al

pasar por ahí resucitaran, podría formarse con ellos un

ejército.

Cuando esto decían, oyéronse más de cerca los tiros, lo

que turbó un poco el esforzado corazón de los viajantes,

[10] pero no el del zagalillo que, retozando de alegría, pidió al

Sr. Licurgo licencia para adelantarse y ver la batalla que

tan cerca se había trabado. Observando la decisión del

muchacho, avergonzóse D. José de haber sentido miedo, o

cuando menos un poco de respeto a los ladrones, y exclamó,

[15] espoleando la jaca:

--Pues allá iremos todos. Quizás podamos prestar auxilio

a los infelices viajeros que en tan gran aprieto se ven, y

poner las peras a cuarto a los _caballeros_.

Esforzábase el labriego en convencer al joven de la temeridad

[20] de sus propósitos, así como de lo inútil de su generosa

idea, porque los robados robados estaban y quizás muertos,

y en situación de no necesitar auxilio de nadie. Insistía el

señor a pesar de estas sesudas advertencias, contestaba el

aldeano, poniendo la más viva resistencia, cuando la presencia

[25] de dos o tres carromateros que por el camino abajo tranquilamente

venían conduciendo una galera, puso fin a la

cuestión. No debía de ser grande el peligro, cuando tan

sin cuidado venían aquéllos, cantando alegres coplas; y así

fué en efecto, porque los tiros, según dijeron, no eran disparados

[30] por los ladrones, sino por la Guardia civil, que de

este modo quería cortar el vuelo a media docena de cacos

que ensartados conducía a la cárcel de la villa.

--Ya, ya sé lo que ha sido--dijo Licurgo, señalando

leve humareda que a mano derecha del camino y a regular

distancia se descubría.--Allí les han escabechado. Esto 11

pasa un día sí y otro no.

El caballero no comprendía.

--Yo le aseguro al Sr. D. José--añadió con energía el

[5] legislador lacedemonio,--que está muy retebién hecho;

porque de nada sirve formar causa a esos pillos. El juez

les marea un poco y después les suelta. Si al cabo de seis

años de causa, alguno va a presidio, a lo mejor se escapa,

o le indultan y vuelve a la Estancia de los Caballeros. Lo

[10] mejor es esto: ¡fuego en ellos! Se les lleva a la cárcel,

y cuando se pasa por un lugar a propósito... "¡ah!

perro, que te quieres escapar... pum, pum".... Ya

está hecha la sumaria, requeridos los testigos, celebrada la

vista, dada la sentencia.... Todo en un minuto. Bien

[15] dicen, que si mucho sabe la zorra, más sabe el que la toma.

--Pues adelante, y apretemos el paso, que este camino,

a más de largo, no tiene nada de ameno--dijo Rey.

Al pasar junto a las Delicias, vieron, a poca distancia del

camino, a los guardias que minutos antes habían ejecutado

[20] la extraña sentencia que el lector sabe. Mucha pena causó

al zagalillo que no le permitieran ir a contemplar de cerca

los palpitantes cadáveres de los ladrones, que en horroroso

grupo se distinguían a lo lejos, y siguieron todos adelante.

Pero no habían andado veinte pasos, cuando sintieron el

[25] galopar de un caballo que tras ellos venía con tanta rapidez,

que por momentos les alcanzaba. Volvióse nuestro viajero

y vió un hombre, mejor dicho, un Centauro, pues no podía

concebirse más perfecta armonía entre caballo y ginete, el

cual era de complexión recia y sanguínea, ojos grandes,

[30] ardientes, cabeza ruda, negros bigotes, mediana edad y el

aspecto en general brusco y provocativo, con indicios de

fuerza en toda su persona. Montaba un soberbio caballo

de pecho carnoso, semejante a los del Partenón, enjaezado

según el modo pintoresco del país, y sobre la grupa llevaba

una gran balija de cuero, en cuya tapa se veía en letras 12

gordas la palabra _Correo_.

--Hola, buenos días, Sr. Caballuco--dijo Licurgo, saludando

al ginete, cuando estuvo cerca.--¡Cómo le hemos

[5] tomado la delantera! pero usted llegará antes si se pone

a ello.

--Descansemos un poco--repuso el señor Caballuco,

poniendo su cabalgadura al paso de la de nuestros viajeros,

y observando atentamente al más principal de los tres.--

[10] Puesto que hay tan buena compaña....

--El señor--dijo Licurgo sonriendo,--es el sobrino de

doña Perfecta.

--¡Ah!... por muchos años... muy señor mío y

mi dueño....

[15] Ambos personajes se saludaron, siendo de notar que

Caballuco hizo sus urbanidades con una expresión de altanería

y superioridad que revelaba cuando menos la conciencia

de un gran valer o de una alta posición en la comarca.

Cuando el orgulloso ginete se apartó y por breve momento

[20] se detuvo hablando con dos Guardias civiles que llegaron

al camino, el viajero preguntó a su guía:

--¿Quién es este pájaro?

--¿Quién ha de ser? Caballuco.

--¿Y quién es Caballuco?

[25] --¡Toma!... ¿pero no le ha oído usted nombrar?--

dijo el labriego, asombrado de la ignorancia supina del

sobrino de doña Perfecta.--Es un hombre muy valiente,

gran ginete, y el primer caballista de todas estas tierras a la

redonda. En Orbajosa le queremos mucho; pues él es...

[30] dicho sea en verdad... tan bueno como la bendición de

Dios... Ahí donde le ve, es un cacique tremendo, y el

Gobernador de la provincia se le quita el sombrero.

--Cuando hay elecciones...

--Y el Gobierno de Madrid le escribe oficios con mucha

vuecencia en el rétulo.... Tira a la barra como un San 13

Cristóbal, y todas las armas las maneja como manejamos

nosotros nuestros propios dedos. Cuando había fielato no

podían con él, y todas las noches sonaban tiros en las

[5] puertas de la ciudad... Tiene una gente que vale cualquier

dinero, porque lo mismo es para un fregado que para

un barrido.... Favorece a los pobres, y el que venga de

fuera y se atreva a tentar el pelo de la ropa a un hijo

de Orbajosa, ya puede verse con él.... Aquí no vienen

[10] casi nunca soldados de los Madriles; cuando han estado,

todos los días corría la sangre, porque Caballuco les buscaba

camorra por un no y por un sí. Ahora parece que vive en

la pobreza y se ha quedado con la conducción del correo;

pero está metiendo fuego en el Ayuntamiento para que haya

[15] otra vez fielato y rematarlo él. No sé cómo no le ha oído

usted nombrar en Madrid, porque es hijo de un famoso

Caballuco que estuvo en la facción, el cual Caballuco padre

era hijo de otro Caballuco abuelo, que también estuvo en la

facción de más allá.... Y como ahora andan diciendo que

[20] vuelve a haber facción, porque todo está torcido y revuelto,

tememos que Caballuco se nos vaya también a ella, poniendo

fin de esta manera a las hazañas de su padre y abuelo, que

por gloria nuestra nacieron en esta ciudad.

Sorprendido quedó nuestro viajero al ver la especie de

[25] caballería andante que aún subsistía en los lugares que

visitaba, pero no tuvo ocasión de hacer nuevas preguntas,

porque el mismo que era objeto de ellas se les incorporó,

diciendo de mal talante:

--La Guardia civil ha despachado a tres. Ya le he dicho

[30] al cabo que se ande con cuidado. Mañana hablaremos el

Gobernador de la provincia y yo....

--¿Va usted a X?

--No, que el Gobernador viene acá, señor Licurgo; sepa

usted que nos van a meter en Orbajosa un par de regimientos.

--Sí--dijo vivamente el viajero, sonriendo.--En Madrid 14

oí decir que había temor de que se levantaran en este país

algunas partidillas... Bueno es prevenirse.

--En Madrid no dicen más que desatinos...--exclamó

[5] violentamente el Centauro, acompañando su afirmación de

una retahíla de vocablos de esos que levantan ampolla. En

Madrid no hay más que pillería... ¿A qué nos mandan

soldados? ¿Para sacarnos más contribuciones y un par

de quintas seguidas? ¡Por vida de!... que si no hay

[10] facción debería haberla. Con que usted--añadió, mirando

socarronamente al joven caballero,--¿con que usted es el

sobrino de doña Perfecta?

Esta salida de tono y el insolente mirar del bravo

enfadaron al joven.

[15] --Sí, señor. ¿Se le ofrece a usted algo?

--Soy amigo de la señora y la quiero como a las niñas

de mis ojos--dijo Caballuco.--Puesto que usted va a

Orbajosa, allá nos veremos.

Y sin decir más picó espuelas a su corcel, el cual, partiendo

[20] a escape, desapareció entre una nube de polvo.

Después de media hora de camino, durante la cual el Sr.

D. José no se mostró muy comunicativo, ni el Sr. Licurgo

tampoco, apareció a los ojos de entrambos apiñado y viejo

caserío asentado en una loma, y del cual se destacaban

[25] algunas negras torres y la ruinosa fábrica de un

despedazado castillo en lo más alto. Un amasijo de paredes

deformes de casuchas de tierra pardas y polvorosas como el

suelo, formaba la base, con algunos fragmentos de

almenadas murallas, a cuyo amparo mil chozas humildes alzaban

[30] sus miserables frontispicios de adobes, semejantes a caras

anémicas y hambrientas que pedían una limosna al

pasajero. Pobrísimo río ceñía, como un cinturón de hojalata,

el pueblo, refrescando al pasar algunas huertas, única

frondosidad que alegraba la vista. Entraba y salía la gente en

caballerías o a pie, y el movimiento humano, aunque pequeño, 15

daba cierta apariencia vital a aquella gran morada, cuyo

aspecto arquitectónico era más bien de ruina y muerte que

de progreso y vida. Los innumerables y repugnantes

[5] mendigos que se arrastraban a un lado y otro del camino,

pidiendo el óbolo del pasajero, ofrecían lastimoso espectáculo.

No podían verse existencias que mejor cuadraran, ni que

más apropiadas fueran a las grietas de aquel sepulcro,

donde una ciudad estaba no sólo enterrada sino también

[10] podrida. Cuando nuestros viajeros se acercaban, algunas

campanas tocando desacordemente indicaban con su

expresivo son que aquella momia tenía todavía un alma.

Llamábase Orbajosa, ciudad que no en Geografía caldea

o cophta, sino en la de España, figura con 7,324 habitantes,

[15] Ayuntamiento, sede episcopal, partido judicial, seminario,

depósito de caballos sementales, instituto de segunda

enseñanza y otras prerogativas oficiales.

--Están tocando a misa mayor en la catedral--dijo el

tío Licurgo.--Llegamos antes de lo que pensé.

[20] --El aspecto de su patria de usted--dijo el caballero,

examinando el panorama que delante tenía,--no puede ser

más desagradable. La histórica ciudad de Orbajosa,[1] cuyo

nombre es, sin duda, corrupción de _urbs augusta_, parece un

gran muladar.

[Nota 1: Ya se ha dicho que todos los nombres locales son imaginarios.]

[25] --Es que de aquí no se ven más que los arrabales--afirmó

con disgusto el guía.--Cuando entre usted en la

calle Real y en la del Condestable, verá fábricas tan hermosas

como la de la catedral.

--- No quiero hablar mal de Orbajosa antes de conocerla--dijo

[30] el caballero.--Lo que he dicho no es tampoco señal

de desprecio; que humilde y miserable, lo mismo que

hermosa y soberbia, esa ciudad será siempre para mí muy

querida, no sólo por ser patria de mi madre, sino porque en

ella viven personas a quienes amo ya sin conocerlas. Entremos, 16

pues, en la ciudad _augusta_.

Subían ya por una calzada próxima a las primeras calles,

e iban tocando las tapias de las huertas.

[5] --¿Ve usted aquella gran casa que está al fin de esta

gran huerta por cuyo bardal pasamos ahora?--dijo el tío

Licurgo, señalando el enorme paredón revocado de la única

vivienda que tenía aspecto de habitabilidad cómoda y alegre.

--Ya... ¿aquella es la vivienda de mi tía?

[10] --Justo y cabal. Lo que vemos es la parte trasera de la

casa. El frontis da a la calle del Condestable, y tiene cinco

balcones de hierro que parecen cinco castillos. Esta hermosa

huerta que hay tras la tapia es la de la casa, y si usted

se alza sobre los estribos, la verá toda desde aquí.

[15] --Pues estamos ya en casa--dijo el caballero.--¿No se

puede entrar por aquí?

--Hay una puertecilla; pero la señora la mandó tapiar.

El caballero se alzó sobre los estribos, y alargando cuanto

pudo la cabeza, miró por encima de las bardas.

[20] --Veo la huerta toda--indicó.--Allí, bajo aquellos árboles,

está una mujer, una chiquilla... una señorita....

--Es la señorita Rosario--repuso Licurgo.

Y al instante se alzó también sobre los estribos para

mirar.

[25] --¡Eh! señorita Rosario--gritó, haciendo con la derecha

mano gestos muy significativos.--Ya estamos aquí...

aquí le traigo a su primo.

--Nos ha visto--dijo el caballero, estirando el pescuezo

hasta el último grado.--Pero si no me engaño, al lado de

[30] ella está un clérigo... un señor sacerdote.

--Es el señor Penitenciario--repuso con naturalidad el

labriego.

--Mi prima nos ve... deja solo al clérigo, y echa a

correr hacia la casa... Es bonita....

--Como un sol. 17

--Se ha puesto más encarnada que una cereza. Vamos,

vamos, Sr. Licurgo.

Doña Perfecta(#15725) · 第 7 / 49 题