Considerad ahora lo que pasaba del otro lado de Sierra Morena en aquel
mismo mes de julio. El día 7 había jurado José en Bayona la
Constitución hecha por unos españoles vendidos al extranjero. El día
9, el mismo José traspasaba la frontera para venir a gobernarnos. El
día 15 ganaba Bessières en los campos de Ríoseco una sangrienta
batalla, y al tener de ella noticia Napoleón, decía lleno de gozo: «La
batalla de Ríoseco pone a mi hermano en el trono de España, como la de
Villaviciosa puso a Felipe V.» Napoleón partió para París el 21,
creyendo que lo de España no ofrecía cuidado alguno. El 20, un día
después de nuestra batalla, entró José en Madrid, y aunque la
recepción glacial que se le hizo le causara suma aflicción, aún le
parecía que el buen momio de la Corona duraría bastante tiempo.
Pero hacia los días 25, 26 y 27 se esparce por la capital un rumor
misterioso que conmueve de alegría a los españoles y llena de terror a
los franceses: corre la voz de que los paisanos andaluces y algunas
tropas de línea han derrotado a Dupont, obligándole a capitular. Este
rumor crece y se extiende; pero nadie quiere creerlo, los españoles
por parecerles demasiado lisonjero, y los franceses por considerarlo
demasiado terrible. El absurdo se propaga y parece confirmarse; pero
la Corte de José se ríe y no da crédito a aquel cuento de viejas.
Cuando no queda duda de que semejante imposible es un hecho real, la
Corte, que aún no había instalado sus bártulos, huye despavorida; las
tropas de Moncey, que rechazadas de Valencia se habían replegado a la
Mancha, se unen a las de Madrid, y todos juntos, soldados, generales y
Rey intruso, corren precipitadamente hacia el Norte, asolando el país
por donde pasan. Aquel fantasma de reino napoleónico se disipaba como
el humo de un cañonazo.
Y ahora os he de hablar de cómo la guerra, que parecía próxima a
concluir, se trabó de nuevo con más fuerza; he de hablaros de aquel
infeliz y bondadoso rey José, y de su Corte, y de su hermano, y del
paso de Somosierra con la famosa carga de los lanceros polacos, y del
sitio de Madrid, y de otras muchas curiosísimas cosas; pero todo se ha
de quedar para el libro siguiente, donde estos históricos sucesos han
de tener feliz consorcio con los no menos dramáticos de mi vida, y
todo lo mucho y bueno que ocurrió en el matrimonio de Inés.
Ahora guardaré prudente silencio sobre estos sucesos, pues decidido
estoy a seguir al pie de la letra la reservadísima escuela del
diplomático, y así os digo:
«No, no me obliguéis, abusando de la dulce amistad, a que revele estos
secretos de que tal vez depende la suerte del mundo. No me seduzcáis
con ruegos y cariñosas sugestiones que en vano atacan el inexpugnable
alcázar de mi discreción.»
A pesar de esto, ¿insistís, importunos amigos? Nada más os digo por
ahora, sino que la familia de Inés salió para Madrid hacia fin de mes
y en los días en que el ejército vencedor marchaba hacia la capital de
España.
Esta circunstancia me permitió ir en la escolta que por el camino
debía custodiar a tan esclarecida familia; así es que formé con los
diez a caballo que galopaban a la zaga de los dos coches. ¡Ay! Por la
portezuela de uno de ellos solía asomarse durante las paradas una
linda cabeza, cuyos ojos se recreaban en la marcial apostura del
pequeño escuadrón.
--Estos valerosos muchachos, hija mía--le decía su padre--, son los
que en los campos de Bailén echaron por tierra con belicosa furia al
coloso de Europa. Veo que les miras mucho, lo cual me prueba tu
entusiasmo por las glorias patrias.
Basta con esto, señores, y no digo más. En vano me hacéis señas;
excitándome a hablar; en vano fingen conocer mentirosos hechos, para
que yo les cuente los verídicos. ¿A qué conduce el anticipar la
relación de lo que no es de este lugar? A los impacientes les diré que
nada ocurrió hasta que llegamos al desfiladero de Despeñaperros. Lo
pasábamos en una noche muy obscura, cuando de pronto detuviéronse los
coches, oímos gritos, sonó un disparo, y algunos hombres de mal
aspecto, saltando desde los cercanos matorrales, se arrojaron al
camino. Al instante corrimos sable en mano hacia ellos...; pero basta
ya, y déjenme dormir, pues ni con tenazas me han de sacar una palabra
más.