Prudencia les mandó llamar, añadiendo al mensaje que Ildefonso se
había tranquilizado, recobrando el uso de la palabra. Acudieron los
tres allá, y nada dijeron aquella noche del caso de la niña; mas al
siguiente día, apenas efectuada la mudanza, y reunido todo el cotarro
en casa propia, estimó Sabino de gran oportunidad someter al eximio
criterio de su hermana el nuevo problema que los chicos planteado
habían sin encomendarse a Dios ni al diablo. No tuvo tiempo la señora
de Negretti de expresar su estupor y disgusto, porque fue preciso
acudir a la niña bonita, que cayó primero con un síncope, después con
un acceso nervioso y convulsivo, seguido de aplanamiento, delirio y
congojas.
No decía más que:
—No quiero... _Luchu_ muerto no... Esperar, esperar...
Atendiéndola cariñosa, Prudencia sentía la chafadura de su amor propio,
y no se conformaba con que su idea se desviase tan visiblemente de la
línea por donde ella con toda previsión y talento quiso encaminarla.
¡El pobre Martín chasqueado, y ella desconceptuada como directora y
gobernante! Era una jugarreta de la realidad, que tenía la maldita maña
de resolver las cosas por sí y ante sí, haciendo mangas y capirotes de
la lógica y el sentido común... Pero, en fin, del mal el menos. Siempre
resultaba lo sustancial de su proyecto: que todo quedara en casa, y que
el gandul de Madrid se fuese, si acaso venía, con las orejas gachas.
A medida que la nueva inesperada solución iba haciéndose hueco en el
pensamiento de la mujer práctica, reconocía esta las cualidades de
Zoilo, y con mayor benevolencia le juzgaba. No podía menos de alabar
el garbo y audacia con que había tomado la delantera al sosaina de su
hermano, demostrando una resolución enteramente varonil. Era un hombre,
era un bilbaíno neto. Con su arrojo en la guerra, y aquella _franqueza_
gallarda para apoderarse de la niña y hacerla suya, sin pedir permiso a
nadie, ni andar en melindres, se había puesto de un golpe a la cabeza
de todos los Arratias, y parecía dispuesto a no abandonar la bien
ganada supremacía.
Aprovechando los ratos de sosiego de Aura y la relativa tranquilidad
de Ildefonso, llamó Prudencia a don Apolinar y celebró con él una
conferencia en el comedor, a puerta cerrada. Era forzoso casar a los
chicos inmediatamente, porque habían demostrado tal impaciencia que se
hacía indispensable arrojar sobre aquel amor la capa del matrimonio. Si
así no se hiciera, podrían sobrevenir escándalo y deshonra. Mostrose
conforme don Apolinar, para quien no había plato de más gusto que
casar a alguien, y propuso explorar el ánimo de la niña y echar un
parrafito con ella. Poseía el tal clérigo una singular delicadeza
para meter sus dedos en la boca de las señoritas más vergonzosas y
pudibundas; pero en aquel caso no sacó las revelaciones que obtener
creía. Afligidísima y con más ganas de llorar que de confesarse, Aura
solo dijo que a _Luchu_, sí..., le quería..., que _Luchu_ era un
hombre, y que con su voluntad era capaz de mover las montañas... Pero
que ella no quería casarse hasta que no pasara mucho tiempo, mucho,
pues había un compromiso antiguo, que en conciencia debía respetar...
Su amor primero no se le había salido aún del pensamiento. Desalojaba
poquito a poco..., pero aún tenía dentro la cabeza..., o los pies...
No podía ella discernir si eran los pies o la cabeza del otro amor,
lo que todavía no se le arrancaba... De aquí provenían sus dudas, su
desazón del alma y del cuerpo, su falta de resolución..., su miedo de
precipitarse..., sus ganas de reposo y de un largo _veremos_...
Prudencia, enemiga declarada de los _veremos_, protestaba contra
estas vacilaciones; pero ni ella ni don Apolinar pudieron reducir a
la hermosa niña. ¡Vaya que era terca! A solas otra vez la señora y el
clérigo, resolvieron prepararlo todo para las bendiciones, pues bien
podía ser que los aplazamientos de Aura fuesen un coquetismo intenso,
de arte sutil; que los nerviosos engañan y se engañan, dando por
abominable lo que más ardientemente desean. La noticia de la espantosa
lucha entablada en las tenebrosas galerías, abiertas por sitiadores y
sitiados entre Uribarri y la casa de Quintana, por bajo de San Agustín,
desvió de aquel asunto las ideas de tía y sobrina, y no quedó en sus
almas más que el terror. Aura, delirante, tan pronto se sumergía en un
duelo lúgubre, como quería lanzarse a la calle, ansiosa de llegar hasta
el lugar trágico, y oír los tiros, y ver sacar los muertos, y apurar la
impresión directa de la catástrofe, como se apura un tósigo que pone
fin al humano sufrimiento. Su romanticismo causaba extrañeza a la tía y
al cura, que lo conceptuaron fenómeno patológico.
—No quiero dudas —decía—. Vivir o morir... Ni a media vida ni a media
muerte quiero verme... Si ha de hundirse todo Bilbao en un segundo,
sea... Así acabaremos de dudar.
Con estos temores y sobresaltos, Aura desbordando su imaginación,
Prudencia y el cura encomendándose a la Virgen, Negretti a ratos solo,
a ratos con su mujer, sumido en una meditación cavernosa, pasaron
toda la tarde, hasta que llegó Valentín con mejores noticias, dando a
entender que se había conjurado el peligro. Venía el pobre navegante
fatigadísimo, tiznado y lívido el rostro, tan fieramente dominado por
su crónico reúma, que con gran trabajo tiraba de la pierna derecha para
servirse de ella. Dejose caer en una silla, los brazos colgando, el
sombrero echado atrás..., aguardó un ratito hasta que sus pulmones y su
laringe pudieron funcionar regularmente.
—No he visto caso igual —les dijo entre toses—; yo me asomé a la
contramina, y salí horrorizado. A las ocho y media de la noche la
empezaron con dos ramales. Había que ver a los chicos de tropa y
milicia trabajando como los topos. Los viejos, entre los cuales estuve
más de dos horas maniobrando de espuerta, sacábamos la tierra. A la
madrugada, uno de los dos ramales de acá se encontró con el de ellos.
El oscurantismo venía hocicando en la tierra, y escarbando con las uñas
desde la fuente de Uribarri, para buscar el tamborete de la casa de
Quintana, que querían volar... Pero no contaban con que también aquí
tenemos topos, no de los serviles que no ven, sino de la Libertad, muy
despabilados... Cuando el boquete de acá y el de allá se juntaron, el
sargento de zapadores, Elizagárate, agarró la pala facciosa, y dio un
achuchón tan fuerte, que del palazo destrozó la barriga del minero de
allá... Solo dos hombres podían trabajar en el frente de la galería,
ancho de tres pies por una parte y otra. Abriendo hueco a todo escape,
los de acá se precipitaron al otro lado: _Zoiluchu_ reventó a uno con
la pala, y mató a otro de un pistoletazo. El agujero, que ya era corto,
acortose más con los dos cadáveres. ¿Pasarían ellos acá, o nosotros
allá? Y entre tanto, si la tierra se hundía, pues bien podía ser,
allí quedaban todos sepultados... Yo llegué hasta cerca del boquete
de comunicación y me entró tal miedo, que salí despavorido. Denme a
mí agua y ventarrón: ni a la una ni al otro temo; pero con la tierra
_jonda_ no juego... Me espanta verme en el sepulcro antes de morirme...
Cuando salí al aire, me pareció que resucitaba. No hay quien respire
allá dentro... Y a la luz de las linternas ve uno brazos que le cogen y
le enganchan la ropa... Son raíces de árboles...
Tomado aliento, refirió después cómo ahumaron las galerías con
pimiento quemado para ahuyentar a los sitiadores. Los topos de allá se
escabulleron, y cuando se iba disipando aquella pestilencia asfixiante,
los de acá lanzáronse por la mina, respirando a medias. Contaban que
llegaron hasta la boca, y que halláronla cerrada con sacos de tierra,
como si quisieran defenderla. Luego se han escalonado los nuestros a
lo largo del tubo, esperando a ver si se atreven a hocicar otra vez.
Si se atrevieran, ¡Dios sabe lo que pasaría!... Pero avisados como
estamos, no podrán ellos cargar la mina; nos hemos salvado, aunque
queden las galerías cegadas con carne y huesos de valientes... Por fin,
con las precauciones tomadas, piensan todos que si hemos sabido cortar
los vuelos del águila, y cogerle las vueltas al gato, también sabremos
taparle los agujeros al ratoncito faccioso.
A punto que tomaban una frugal cena, dando un huevo a Negretti, y otro
a la niña, con sopita de vino, entró Sabino sofocado y gozoso. Después
de pasarse todo el día de iglesia en iglesia, implorando la Divina
Misericordia, se había personado en la Cendeja, donde acababa de tener
la satisfacción de ver vivo y sano a su hijo Zoilo. A Martín no le
había visto; pero por Pepe Iturbide sabía que continuaba en las Cujas
sin novedad.
—Gracias sean dadas al Señor —dijo Valentín; y Aura, con las felices
nuevas, parecía recobrar la animación y el contento.
Pasaron la noche tal cual, y al día siguiente muy temprano, continuando
Prudencia en los arreglos de casa, dispuso una variación que le parecía
pertinente. En la alcoba grande, donde antaño dormían sus padres, que
después ocupó ella con Negretti, por temporadas, y que últimamente
servía de dormitorio a Valentín, creyó que debía instalar a su sobrino.
Preparó, pues, la pomposa cama matrimonial, y aunque despertó Aura con
ganitas de levantarse, no consintió su tía que se diese de alta tan
pronto. Desplegando exquisita amabilidad y dulzura, la trasladó de
habitación y de lecho, diciéndole:
—No, hija, no: estás desmadejada..., bien conozco tu naturaleza... y sé
que necesitas largo reposo para recobrar tu equilibrio. Te paso a la
alcoba grande, para que vayas entendiendo que lo mejor de la casa debe
ser para ti, y que todos nos desvivimos porque esté contenta y a gusto
la perlita de la familia. Aquí tienes buena luz, por si te aburres y
quieres leer un ratito. O te traeré tu costura, tu labor de gancho...
Pero levantarte, ¡ay!, no lo pienses, que estás muy débil y tendrías
que volver a acostarte...
Asombrada de tanta finura y obsequios tantos, Aura se dejaba querer.
Donde quiera que la pusieran, allí se estaba con sus cavilaciones, con
sus dudas, con su cruel ansiedad. Llegó sobre las nueve el bendito
don Apolinar, y sin sentarse, preguntó a los tres hermanos, por
dicha reunidos en el comedor, qué se resolvía sobre el grave caso de
conciencia. No habían aún manifestado su opinión por la autorizada
voz de la hermana, cuando sintieron ruido en la tienda. Eran Zoilo y
José María que acababan de entrar. Propuso Sabino que sus hermanos
con el señor sacerdote pasasen a platicar con la niña en la alcoba
grande, mientras él hablaba dos palabritas con su hijo menor, pues su
conciencia no estaría tranquila mientras no dilucidase con él, en el
sagrado recinto del hogar de Arratia, un grave punto de moral... La
moral, la sana conducta, la observancia rigurosa de las leyes divinas
y humanas, habían sido siempre norma de la honesta familia, desde el
primer Arratia venido al mundo, hasta la ocasión presente. Llevose a
Zoilo al rincón último de la trastienda, y con gravedad y dulzura,
hablando como padre y como amigo, le dijo:
—_Motill_, empiezo dándote un abrazo por tu comportamiento militar.
Bilbao te glorifica, y tú, honrando a Bilbao, honras a los tuyos...
Pero hay otro terreno, muy distinto del de la guerra, donde no te has
conducido con la pureza y dignidad de un Arratia.
—¡Qué dice usted, padre! —exclamó Zoilo, que en su fogosidad no podía
contener sus sentimientos dentro de formas comedidas.
—Digo que tu conducta con la niña desmerece de lo que ordena el decoro
de nuestra familia... Si la querías, ¿por qué no te clareaste, para que
nosotros inclinásemos su ánimo...?
—Porque yo me basto y me sobro para... inclinar ánimos.
—Pero luego has cometido una falta mayor, por la cual quiero
reñirte..., con blandura, no creas... —dijo Sabino, que ante la
arrogancia del miliciano se achicó más de la cuenta—: quiero hacerte
ver que has ofendido a Dios..., supongo que en un momento de extravío,
de... No te riño... Se te perdonará si confiesas...
—¿Qué?
—Que por precipitar tu casamiento con la niña y hacer inútiles nuestros
planes con respecto a tu hermano, has...
La mirada fulgurante de Zoilo le confundió. No pudo expresar su
pensamiento ni aun con los eufemismos que el delicado caso requería.
Comprendió el chico lo que su padre, turbado y balbuciente, quería
expresar; y con entera y clara voz, poniendo a su indignación el freno
de las razones corteses y del tono respetuoso, le soltó esta andanada:
—Si lo que usted me dice, o quiere decirme, me lo dijera otro que mi
padre..., si no fuera mi padre quien tal infamia supone en mí, ni
tiempo le daría tan siquiera para arrepentirse de su mal pensamiento.
Soy tan honrado como mi mujer, como la que será mi mujer, y no permito
que en la honra de ella se ponga la menor tacha, ni en la mía tampoco.
Ni una palabra más, señor padre... ¿Para qué es decirlo?
—¡Pero si no te reñía...! Ven acá, no seas tan bravo... Era un
sospechar, hijo; era interrogarte... y no me opongo, no me opongo a que
te cases mañana mismo si quieres.
—¿Cómo mañana? —dijo _Luchu_ volviendo atrás y deslumbrando de nuevo
a su padre con las centellas de sus ojos—. ¿Qué es eso de mañana?...
Esta noche a primera hora me caso. Así lo he dispuesto. Y por si don
Apolinar no quisiera hacerme ese favor, ya tengo hablado al capellán
de Toro, que nos casará por lo militar, con cuatro palotadas... Vamos
arriba.
No le sorprendió que Aura, a quien en su mente y en su voluntad tenía
ya por esposa, ocupase la alcoba de respeto y el grandioso tálamo de
cuja monumental, representación del nido histórico de Arratia. Cuando
entró, las miradas de los que estaban en la habitación rodeando el
lecho, se fijaron en él, y las suyas se clavaron en la hermosa joven,
que agazapadita, temblando de frío (que en aquel instante la acometió),
velaba entre el embozo su lindísima cara, no dejando ver más que los
soles de sus ojos y su negra cabellera desordenada. Le miró Aura,
calladita, y él, por la presencia de la familia y del cura, no se
abalanzó a remediar la destemplanza de su esposa con besos ardientes.
El primero que rompió el silencio fue don Apolinar con esta juiciosa
observación:
—Opina la señorita que debemos esperar.
—Sí, esperaremos —opinó Zoilo con resolución, dando algunos pasos
hasta llegar al lecho y poner su mano en el bulto que hacían los pies
de Aura—. Esperaremos unas horas. Esta tarde, señor don Apolinar, nos
casará usted si quiere, y si no quiere lo hará el capellán de Toro.
—Por mí no queda —balbució el clérigo.
—Pues, como decía, digo que hoy al anochecer nos casamos. Mi prima no
tiene más enfermedad que un poco de susto... Aura, te levantarás al
mediodía.
Nadie se atrevió a replicar a esto, pues el modo de decirlo excluía
toda réplica. Atónita miraba la niña al que con tan tiránicos modos
imponía su autoridad en cosa tan grave; y aunque le andaban por el
magín fórmulas de protesta, estas se tropezaron con sentimientos muy
vivos y estímulos que quitaban toda eficacia a las ideas. Hallábase
bajo el poder magnético, psicológico o lo que fuese; la tremenda
atracción la sacaba de su órbita para llevarla a otra más amplia, de
más rápido movimiento. No tenía voluntad: se entregaba, se sometía...
_Luchu_ la arrebató como se coge un fuego chico para unirlo a un fuego
grande, formando una sola llama.
Valentín se creyó en el caso, como el mayor de la familia, de obtener
de Aura una contestación terminante.
—¿Qué dices a eso, niña? ¿Te parece bien?
La niña se fue eclipsando entre las sábanas... Como el sol que se pone,
se ocultaron sus ojos; después su frente: no quedó fuera más que un
crepúsculo... los cabellos negros esparcidos en las almohadas, como
entre nubes. Prudencia se acercó y la oyó suspirar fuerte, allá entre
los pliegues tibios de la ropa de cama.
—Esto es hecho —dijo en alta voz; y por lo bajo—: En estos casos, quien
suspira otorga.