Muy pronto lo dijeron; pero una vez dicho, no había más remedio que
ejecutarlo. José María Arratia, que había hecho fuego sin cesar,
agregado a los Cazadores Salvaguardias, fue de los primeros en traer de
San Nicolás cantidad de paja en haces; otros acarreaban jergones, brea
y alquitrán. Ya tenían la candela. ¿Quién era el guapo que al enemigo
se acercaba para brindársela? El teniente de Nacionales don Luciano
Celaya dio el ejemplo de temeridad loca, dirigiéndose a la puerta de
la casa de Menchaca con un jergón debajo del brazo, como quien lleva
un libro, y una tea encendida en la otra. Los carlistas abrieron la
puerta, y la volvieron a cerrar azorados; entretanto, dos salvaguardias
y un chico nacional trepaban por montones de escombros hasta ganar una
ventana, y arrojaron dentro del edificio paja encendida. El nacional,
que no era otro que Zoilo Arratia, se guindó aún a mayor altura,
descalzo, y metió por donde pudo, despreciando la lluvia de balas,
listones dados de azufre y ardiendo, que le alargaban otros no menos
atrevidos, aunque no tan ágiles para trepar gatescamente, agarrándose
con una mano y llevando el fuego en la otra... Tras de Zoilo subieron
dos más: uno se cayó a la mitad de la ascensión, estropeándose una
pierna; el otro, agarrado a una reja, cayó muerto de un disparo que
le hicieron a quemarropa. En tanto, subieron dos más por la cortadura
de la casa de Menchaca. Llevaban botes de alquitrán, haces de paja
y mechas de pólvora. Felizmente, Zoilo consiguió ganar el tejado,
y poniéndose panza abajo en el alero, logro coger de manos de sus
camaradas las materias combustibles, y arrojarlas por una buhardilla
medio deshecha; todo con tal rapidez y habilidad, que cuando acudieron
los carlistas ya estaba él descolgándose por un canalón, en el cual no
pudo realizar todo el descenso porque se desprendió la mohosa hojalata,
y con ella vino guarda abajo el animoso chico. Por suerte, todo el daño
que se hizo fue en la ropa, y la sangre que echaba de un pie era de un
rasguño sin importancia.
Repitiose la tentativa de incendio con increíble arrojo, perdiendo
mucha gente. La mitad de los incendiarios se quedaba en el camino, a
la ida o a la vuelta; el fuego de la fusilería enemiga era horroroso,
apoyado por el cañón de los fuertes de Albia, Campo Volantín y
Uribarri. A la caída de la tarde, el baluarte de la Cendeja hallábase
atestado de muertos y heridos, que no era ocasión de retirar todavía,
ni había quien lo hiciese; los vivos seguían batiéndose en ese
paroxismo del coraje que no da espacio a la flaqueza ni tiempo a la
reflexión, y el convento con la casa inmediata ardía como un infierno.
El objeto estaba conseguido: los facciosos tenían dentro de casa un
enemigo más, favorecido por furioso viento del noroeste, que había
venido a ser partidario de Isabel II.
Contuvo la quemazón a los carlistas y salvó a Bilbao. Llegada la noche,
los héroes de la Cendeja, no molestados ya por la fusilería facciosa,
pudieron recoger sus heridos y retirar los muertos. Pero nadie descansó
aquella noche, porque toda fue empleada en reparar los destrozos del
baluarte, reforzando la cortadura de la primera línea desde Quintana a
la Cendeja, y estableciendo otras dos de _caballos de frisa_. Además,
se engrosó la batería por el costado que miraba al cañón de Albia;
se dio mayor consistencia a los merlones en la parte del muelle,
y, por último, se prepararon las casas de la calle de la Esperanza
para incendiarlas en caso de grande aprieto. Todo el vecindario que
no estaba sobre las armas, ayudaba en esta operación. Si el enemigo
lograba conquistar en combates sucesivos el palmo de terreno radicante
entre San Agustín y la Cendeja, se encontraría ante una inmensa
barricada de fuego, que luego lo sería de escombros. El tenaz bilbaíno,
por defender a todo trance el recinto de su villa sagrada, cogía una
casa y se la estampaba en los morros al fiero sitiador; y si no bastaba
una, allá iban dos, tres y más. ¡Fuego y piedra en ellos!
Vagaba _Churi_ inconsolable por las inmediaciones de San Nicolás,
viendo el tráfago incesante de los que entraban y salían con
herramientas, sacas de lana y demás material de ingeniería militar.
Le habían quitado su fusil para darlo a un combatiente más útil;
mandábanle a veces cosas que al revés entendía, y por fin, ordenáronle
salir, pues allí no era más que un estorbo. Incitado por José María,
que se le encontró sentado en el quicio de una puerta con la cabeza
apoyada en las manos, _oyéndose a sí mismo_, ayudó al transporte de
heridos, y desde las diez de la noche hasta el amanecer estuvo cargando
camillas, sin más descanso que el que se tomó en San Antón para
comer un poco de pan y bacalao crudo. Su padre se agregó también al
servicio sanitario, rivalizando en actividad con ilustres mayorazgos
y comerciantes ricos. En el hospital, Sabino Arratia asistía con
entrañable amor y piedad a los heridos, y consolaba a los moribundos,
asegurándoles que de par en par se les abrían las puertas del cielo, y
que en este encontrarían el eterno galardón por haber cumplido con su
deber.
—Allá, digan lo que quieran, no se distingue entre absolutistas y
liberales, y Dios les mira a todos como hijos, sin _fijarse_ en que
peleen por estas o las otras causas. Esto de las _causas_ y de los
derechos es cosa de los hombres, con un poquito de mangoneo de Satanás.
Dicho esto, iba por el Viático, que para los más era ya la única
medicina.
También había hospital de sangre en Santa Mónica, con asistencia
caritativa de _señoras_ y _mujeres_, sin distinción de clases. A
poco de amanecer arrimose a la puerta Prudencia Arratia, con mantón,
acompañada de la criada, que llevaba una cesta al brazo como si fuera a
la compra. Necesitaba procurarse carne, aunque fuese de la peor, para
dar a Ildefonso algo de sustancia, pues estaba el buen hombre perdido
de la cabeza. Salió de la casa de Vildósola, y antes de dirigirse a
Belosticalle, donde esperaba encontrar cabra y siquiera un par de
huevos, llegose a Santa Mónica por ver a su sobrina, que allí, entre el
mujerío principal y plebeyo, prestaba a los heridos asistencia. No se
determinaba a entrar la buena señora, temerosa de que la obligaran, mal
de su grado, a funcionar de enfermera, esperó a que recalara persona
conocida que la comunicase con Aura. Ella tenía su enfermo en casa, su
herido grave, y del cerebro, que es lesión peor que cualquier pérdida
de pata o brazo, y cuidándole bien cumplía con Dios y con Bilbao.
Llegaron en esto doña María Epalza y la viudita, y de ellas se valió
Prudencia para transmitir a la niña la fausta nueva de que Martín
estaba bueno y sano.
—Me hará el favor de decírselo en cuanto la vea, señora doña María...,
que estará la pobre muerta de ansiedad... No ha sido flojo milagro que
escapase el chico en medio de aquel horroroso fuego. La Providencia,
señora. Dios protege a los buenos.
—Pues bien bueno era Fernando Cotoner —dijo la viudita prontamente,
arqueando las cejas y frunciendo la boca— y está si vive o muere.
Convinieron las tres al fin en que debían abstenerse de cargar tales
cuentas a la divinidad, y sentir las desgracias y alegrarse de las
venturas, dando gracias a Dios por estas sin meterse en más dibujos.
Como dejara traslucir Prudencia el objeto de su salida, le dijo la
señora mayor que no se cansara en buscar huevos, porque difícilmente
los encontraría. Ella había comprado el día anterior los últimos que
había en casa de Gorriti (calle de la Ronda), al precio exorbitante
de veinte reales la media docena. Con un gesto de resignación se
despidieron, y doña María Epalza y su hija entraron en Santa Mónica.
No tardó la viudita en tropezarse con Aura en medio de aquel barullo,
y le soltó las albricias, maravillándose de que no las recibiese con
tanto júbilo como ella esperaba. Fueron las dos a la cocina en busca
de tazas de sopa para los heridos, las cuales recogieron de manos de
las ilustres cocineras señoras de Orbegozo, de Arana y de Mac-Mahón.
También las pobres enfermeras tenían que mirar por su vida; y una vez
cumplida su obligación, se fueron a un ángulo de la cocina a tomar un
sopicaldo.
—¿Sabes? —dijo a su amiga la viudita, que era muy despabilada y un
tanto maliciosa—. Anoche nos quedamos en casa de mis tíos los de Arana.
Llegó esta mañana Antonio Arana, ¿sabes?, el comandante de la Milicia,
y nos contó las heroicidades de tu primo... creo que Martín; pero
no estoy segura. Él llevó el primer fuego a la casa de Menchaca y al
convento, y toda la tarde fue el número uno en el peligro..., en fin,
que ha sido el asombro de todos...
—Nada de eso sabía —dijo Aura sintiéndose orgullosa, y orgullo debía
de ser el ardor que le salió a la cara—: ahora lo oigo por primera
vez; pero si alguno de mis primos ha hecho valentías, créete que no es
Martín, sino su hermano.
—¿El pequeño?
—¿Pequeño? Es un hombre como hay pocos, con un corazón tan grande, que
casi da miedo. No hallarás ninguno tan valiente, ni que sepa, como él,
poner toda su alma en lo que mandan el honor y el deber.
—Y es guapo, más guapo que Martín.
—Ea, vámonos, que estamos haciendo falta.
Todo el día estuvo Aura pensando en lo que le contó la viudita; y
como por diferente conducto llegaran a ella noticias de las hazañas
de su primo, sentíase muy satisfecha por la honra que en ello recibía
la familia, y deseaba ver al héroe para darle la enhorabuena. Por la
noche, cuando vino Sabino a recogerla para llevarla con las señoritas
de Gaminde a casa de este, hablaron de lo mismo. Al padre se le caía
la baba repitiendo las alabanzas que en todo el pueblo se hacían del
inaudito arrojo del chico.
—Se ha portado como un valiente, y ha subido hasta las estrellas el
nombre de Arratia. Dicen que van a proponerle para la cruz de San
Fernando, y también puede ser que de golpe y porrazo me le hagan
teniente o capitán. Esto lo sentiría..., porque como es así, de un
genio tan fogoso, podría tomar afición a la milicia..., y los militares
no son de mi devoción. Estoy por lo civil, por lo comercial, por lo
pacífico...
En casa de Gaminde contaron que aquella mañana, después de la brava
respuesta que dio la plaza a la intimación del general carlista Eguía,
reuniéronse Arana y otros jefes de la Milicia en el café del Correo,
y convidaron a Zoilo, que por allí pasaba. Largo rato estuvieron
brindando y cantando coplas, y victoreando a Bilbao y a la Libertad.
El uno improvisaba discursos, el otro nuevas estrofas del himno.
En un rapto de alegría, Zoilo se soltó su brindis, en el cual las
ingenuidades y las bravatas chistosas sonaban a militar elocuencia:
—Él no era valiente sino terco... No le mataban porque se moría de
ganas de vivir... Todo lo que el hombre quiere, lo consigue cuando hay
voluntad firme, que por nada se tuerce ni se dobla... Los carlistas
no entrarían en Bilbao; quedaban en la villa muchas piedras, mucho
fuego, las pelotas de los trinquetes, los puños de los hombres... y los
corazones de las mujeres, de donde salía toda la fuerza...
Tanto se entusiasmó Arana al oír estas frases ardorosas, que, después
de abrazarle, le regaló una magnífica pistola que llevaba al cinto. Un
señor muy anciano, bilbaíno, don Calixto Ansótegui, veterano de la
guerra del Rosellón, se llegó a Zoilo y, estrechándole en sus brazos,
le besó en la cabeza y le dijo:
—En nombre de mi pueblo, te beso y te bendigo.
Estas y otras escenas y sucesos de aquel día despertaron en la mente
de Aura ideas bélicas, de militar grandeza, y toda la noche se la
pasó soñando, entre dormida y despierta, con héroes legendarios y
con maravillosas hazañas. Los que había conocido humildes se crecían
a su lado, y eran ya grandes capitanes, caudillos, reyes..., ¡qué
delirio! Y Bilbao era el pueblo sagrado, intangible, gracias al valor
de sus hijos, que lo defendían y lo ilustraban con sus hazañas para
luego hacerle rico y próspero entre todos los pueblos de la tierra.
Se reía con lágrimas pensando esto, y deseaba vivir para presenciar
tantas grandezas. Y cuando Zoilo le contara sus actos de heroísmo,
ella disimularía su admiración, y se haría la indiferente, pues no era
discreto ni decoroso que la viese tan entusiasmada... ¡Qué diría, qué
pensaría!...