Cumpliéronse hacia el 8 de noviembre los deseos de Zoilo, que tuvo
la satisfacción de ver en los altos de Archanda numeroso _ganado_
carlista que subía de Munguía. Traían gruesos cañones que emplazaron
en Santo Domingo amenazando a Banderas. El 9 recorrió las líneas el
general Eguía con su sombrero de copa forrado de hule y su largo
levitón, metida en el bolsillo la única mano de que podía disponer.
Todo indicaba que atacarían los fuertes exteriores, sin perjuicio de
hostilizar el interior de la plaza. ¡Y Espartero sin parecer! En vano
le llamaba el telégrafo de Miravilla, enarbolando sin cesar bolas y
banderas. De Portugalete respondían con monótono lenguaje: «Ya vamos;
esperarse un poco». Bilbao esperaba con estoica entereza, sin llegar
aún a la suprema ocasión de apurar todas sus energías. Aún era grande
el repuesto de fanatismo por la defensa, de coraje y de amor propio,
que doblaban su fuerza con la sal y el picor de la jovialidad.
En la casa de Arratia propiamente dicha no había más novedad que la
rotura de cristales y el apabullo de los buhardillones, con amago de
incendio que se cortó felizmente; en la familia no eran grandes tampoco
las novedades, ni habían ocurrido sucesos que modificaran de un modo
notorio la vida impuesta a todos por las circunstancias; pero algo
pasaba en ella que, aun perteneciendo al orden oscuro y sin ningún
brillo heroico, no merece el olvido. El narrador no dice nada. Deja
que hable Prudencia, la cual, cogiendo a su hermano Valentín en el
escritorio, donde acaloradamente disputaba con Vildósola sobre si era
fácil o difícil tomar el fuerte de Banderas, le hizo subir, y por la
escalera le manifestó lo que se copia:
—Apártate, hermano, siquiera por un rato de estas novelerías de la
guerra y del sitio, y ven en mi ayuda, por Dios, que ya principio
a temer, no solo por la salud, sino por la vida de Ildefonso. ¿Has
reparado cómo está? En quince días ha perdido la mitad de su peso,
los dos tercios de sus carnes, y toda, absolutamente toda la alegría
de su espíritu. ¿Qué es esto? ¿Es enfermedad, es tristeza, es pasión
de ánimo?... Fíjate en aquella cara que languidece; en aquellos ojos
que tan pronto parecen muertos, tan pronto relampaguean; observa cómo
al ponerse en pie se le tuerce todo el cuerpo... y se apoya en las
paredes para no desplomarse, él antes tan erguido, tan fuerte, tan
vivo, hierro y pólvora... No, no: Ildefonso no está bueno; Ildefonso
no puede seguir así. Quiero que le vean los mejores médicos de Bilbao;
quiero que acabéis pronto el sitio para llevármele a Francia, a la
bendita Francia, lejos de estas luchas, de estos horrores... Valentín,
por Dios, entra en su cuarto: no como otras veces, la entrada por la
salida..., acompáñale, dale conversación, háblale como tú sabes hacerlo
cuando quieres, con gracia..., procura desviar su entendimiento de
la idea que le está devorando... Yo he agotado mi labia..., no he
conseguido nada; no puedo más.
—Sí que lo haré... ¡Pobre Ildefonso! Ayer no me gustó...,
francamente... ¿Continúa sin apetito?
—Hoy no ha comido más que un poco de borona. Dice que no puede pasar
otro alimento... Borona, y si está quemada, oliendo a chamusquina,
mejor... Oye lo que se me ha ocurrido: ¿si le habrán traído a ese
estado los malditos inventos en que tiene zambullida a todas horas
su imaginación? ¿Esos planos que hace y deshace, y tacha y borra, y
vuelta a pintar, con tantas rayas y letritas chicas, qué son? Pues ¿y
cuando se está toda la noche llenando de numeritos un pliego de papel,
y vengan numeritos, y numeritos, que parecen patas de pulga..., y acaba
un pliego y vuelta a empezar?...
—Mujer, son cálculos, dibujos..., proyectos de alguna mecánica..., qué
sé yo... Entraré ahora mismo. Déjame solo con él... No te metas tú
a farolear. Las mujeres, hablando más de la cuenta, lo echan todo a
perder.
Entró Valentín en el cuarto de Ildefonso, y este, sin levantar los ojos
del papel en que trazaba líneas y guarismos microscópicos, le dijo:
—Parece que quieren quitaros Banderas. ¿Qué crees tú? ¿Se saldrán con
la suya?
—No debes tú pensar tanto en si toman o dejan, Ildefonso. De eso, de
disputarles un palmo de terreno, nos cuidamos nosotros. Hazte cargo de
que no estás en una plaza sitiada, y si tiran, que tiren.
Respondió Negretti entre suspiros, suspendiendo por un instante su
trabajo, que no podía sustraerse a los sobresaltos y al terror del
asedio, porque si Bilbao no era su patria, éralo de su esposa y de
los hermanos de esta, a quienes como hermanos miraba; que habiendo
cometido la insigne torpeza de servir a don Carlos como industrial
y maquinista mercenario, sin entender que en ello comprometía su
neutralidad política, se encontraba en tristísima situación moral,
huésped de un pueblo que los carlistas asesinaban con las armas
fabricadas por Ildefonso Negretti. Hallábase condenado a martirio
indecible, y cada vez que sonaba un disparo, sentía que los demonios
corrían de un lado para otro en diferentes partes de su cuerpo, pero
principalmente en la cabeza y en el corazón. Siempre había tenido
gran afecto a Bilbao, y admiraba a los bilbaínos por su honradez y
laboriosidad. Eran la flor y nata de los hombres... ¡Y él había hecho
los proyectiles con que les abrasaban! No, no tenía consuelo. Gracias
que las carcasas incendiarias no eran obra suya, sino del francés a
quien llamaban _Tutorras_, y no servían para nada. Ya lo dijo él cuando
las estaban construyendo. Pero a las granadas y bombas..., por hijas
las conocía. Él las engendró, ¡ay!, para que destruyeran a la rica y
noble Bilbao...
—¡Eh!..., no sigas, no sigas —le dijo Valentín, echándole los brazos
al cuello—. Ildefonso, ¿tú qué culpa tienes? Nosotros no te odiamos.
Bilbao no te quiere mal... Ni una palabra más de guerra y sitio. A
olvidar tocan.
—A eso voy, eso quiero..., ahogar mis penas discurriendo, calculando.
—Pero no te metas muy a fondo en los cálculos —le dijo cariñoso su
hermano—, que pudiera ser el remedio peor que la enfermedad... ¿Y eso
qué es?... ¿Puedo saberlo?
—Recordarás que una tarde, en Bermeo, viendo pasar hacia levante un
barco de vapor, te dije...
—Sí, me acuerdo: que la navegación al vapor, tal como hoy está el
invento, no tiene porvenir, sobre todo en la guerra... Yo siempre dije
que esas paletas al costado son buenas para navegar en ríos; pero en la
mar, con tiempo duro, no hay gobierno posible. Viene mar gruesa, y la
menor avería en las paletas deja la embarcación hecha una boya. Si el
viento la hace escorar hasta mojar los penoles, ya tienes al animal con
una pata debajo del agua y la otra en el aire. Esto es un engaña bobos.
—Los inconvenientes de las ruedas al costado, en el buque de vapor
—dijo Negretti con la frialdad y convicción del hombre de ciencia—,
quedarán vencidos cuando se aplique un nuevo invento, del cual se
hicieron ensayos en Francia. Yo los he presenciado... Consiste en
sustituir las dos ruedas por una sola.
—Ya..., una sola rueda en el centro, funcionando dentro de un
escotillón rectangular, abierto al agua. Eso es complicadísimo...
—Una sola rueda, Valentín, colocada a popa, en una perpendicular
paralela al codaste.
—¿Rueda vertical, girando en sentido de la quilla? —dijo Valentín, con
la incredulidad pintada en su atezado rostro—. ¿Y cómo la mueves?...
¿Con palancas, con bielas? ¿Cómo te gobiernas para que la transmisión
funcione dentro del agua?
—No lo has comprendido. El problema es sencillísimo, algo por el estilo
del famoso huevo de Colón. ¿No ves cómo anda un bote, una chalana, con
un solo remo por la popa? El movimiento lateral de ese remo basta a
imprimir a la embarcación una marcha uniforme, avante siempre en línea
recta.
—Eso sí... la suma de impulsos laterales, alternos, en sesgo más bien,
dan...
—En sesgo, eso es. Pues construye tú un remo que produzca esos impulsos
en sucesión rotatoria...
—¡Un remo!...
—Llámalo rueda, pues se reduce a un movimiento circular.
—¿Con paletas que...?
—Resultará esto —dijo Negretti con aire de triunfo, mostrando un
dibujo que a Valentín le pareció una rueda de fuegos artificiales—.
¿Me comprendes? Esto es una hélice. Aquí tienes la teoría muy bien
expuesta. ¿Conoces tú la _Rosca de Arquímedes_?
—Mejor conozco las de harina.
—Sobre el eje reposan dos segmentos helicoidales...
—Mira, mira, a mí no me presentes el problema de la hélice, o de la
rosca, en forma matemática. Soy yo muy bruto para entenderlo así.
Explícamelo con ejemplos.
Diole Negretti explicaciones vulgares de la hélice como organismo de
propulsión, añadiendo que no era invento suyo, sino de un francés que
no había logrado aún llevarlo a la práctica, por las dificultades que
ofrecen la rutina y la envidia a toda innovación grandiosa.
—Yo lo estudio, y si Dios me da vida y se acaba la guerra, trataré de
hacer aquí un ensayo. He modificado la teoría del francés, haciendo
más agudo el ángulo de las paletas con la normal del barco; y en
cuanto a la transmisión, me lanzo a un sistema nuevo, que ahora estoy
calculando...
—Para que la transmisión sea práctica, la máquina tiene que colocarse a
popa.
—¡Ah!, no. Yo me lanzo a colocar la máquina en el centro de la
embarcación, sobre la cuaderna maestra.
—El barco ha de ser pequeño.
—Yo estudio mi proyecto en un barco ideal, de tamaño doble del mayor
que hoy se conoce.
—¿A ver cuánto? Mi _Victoriana_, tenía doscientos cuarenta pies. El
mayor barco mercante que he visto no pasaba de trescientos.
—Pues mi barco mide cuatrocientos pies —dijo Negretti con expresión de
iluminado.
—¿Y colocas el eje de tu máquina de vapor sobre la cuaderna maestra?
—preguntó Valentín, más atento al desvarío pintado en los ojos de
Ildefonso que al problema mecánico—. Y para transmitir el movimiento...
¿qué pones? ¿Un rosario de noria, un juego de codillos, ruedas
dentadas, o qué?...
—No..., pongo un árbol de acero.
—Que tendrá forzosamente ciento ochenta pies lo menos: ese árbol girará
sobre su eje...
—Conectado con la hélice..., ya ves qué cosa tan sencilla... Por el
otro extremo le imprimirá movimiento una excéntrica.
—¿Que diámetro tendrá ese arbolito?
—Pie y medio...
—Y de acero..., todo forjado, naturalmente... Dime otra cosa: con
semejante chocolatera, andará tu nave... lo menos, lo menos diez millas.
—¡Veinte millas, Valentín; veinte millas por hora!
—Hombre, de poner..., pon cien millas —dijo el marino sin disimular ya
su burlón escepticismo—. Y otra cosa: ¿la hélice queda debajo del agua?
—Exactamente.
—Y el árbol tiene ciento ochenta pies..., y es de acero..., y el barco
mide, entre perpendiculares...
—Cuatrocientos pies...
—Pues, hijo..., avísame cuando todo eso esté, para ir a verlo. Y yo te
pregunto: ¿de qué cargamos ese barco? Podríamos meter dentro de él una
montaña.
—Justo: una montaña... —murmuró Negretti, engolfándose en su trabajo.
Salió el viejo marino de la estancia tan descorazonado y mustio que
Prudencia no tuvo que preguntarle su opinión acerca del desgraciado
calculista. Para sí decía Valentín: «Es hombre al agua. ¡Pobre
Ildefonso! Su talento macho acaba con él». Pero no queriendo alarmar a
su hermana, atenuó su dictamen en esta forma:
—Le encuentro un poco ido de la jícara; y si por un lado veo la causa
del trastorno en esta tragedia del sitio, por otro paréceme que los
cálculos, en vez de ser un remedio, le acaban de rematar. ¡No es mala
rosca la que el pobre tiene dentro de su cabeza!... ¡Qué cosas me ha
dicho; qué invenciones, hija, obra del mismo demonio!... ¡Figúrate tú
un árbol de acero de ciento ochenta pies de largo y pie y medio de
diámetro..., puesto así en semejante forma, y la máquina en la cuaderna
maestra!... Perdido, hija, perdido... Pero si le contrarías, es peor...
Dejarle, dejarle que invente barcos monstruos, con hélices a popa, y
un andar de ochenta millas por minuto..., digo, por hora... Dejarle,
dejarle... Yo traeré a don José Caño, que es el mejor médico del
pueblo... Y entre tanto, cuida de hacerle comer..., inventa tú también
la manera de meter carga en esa bodega y víveres en esa gambuza... Si
no, tu marido casca... o se quedará lelo, que es peor... Yo volveré...,
voy a ver qué ocurre... Hace un rato que no se oyen tiros...