ser una libra, ni más ni menos. Si tomas más, aunque sea la vigésima
parte de un adarme, ó inclinas, por poco que sea, la balanza, perderás
la vida y la hacienda.
GRACIANO.
¡Es un Daniel, es un Daniel! Al fin te hemos cogido.
PÓRCIA.
¿Qué esperas? Cúmplase la escritura.
SYLOCK.
Me iré si me dais el dinero.
BASANIO.
Aquí está.
PÓRCIA.
Cuando estabas en el tribunal, no quisiste aceptarlo. Ahora tiene que
cumplirse la escritura.
GRACIANO.
¡Es otro Daniel, otro Daniel! Frase tuya felicísima, Sylock.
SYLOCK.
¿No me dareis ni el capital?
PÓRCIA.
Te daremos lo que te otorga el contrato. Cóbralo, si te atreves, judío.
SYLOCK.
¡Pues que se quede con todo, y el diablo le lleve! Adios.
PÓRCIA.
Espera, judío. Áun así te alcanzan las leyes. Si algun extraño
atenta por medios directos ó indirectos contra la vida de un súbdito
veneciano, éste tiene derecho á la mitad de los bienes del reo, y el
Estado á la otra media. El Dux decidirá de su vida. Es así que tú
directa é indirectamente has atentado contra la existencia de Antonio;
luego la ley te coge de medio á medio. Póstrate á las plantas del Dux,
y pídele perdon.
GRACIANO.
Y suplícale que te conceda la merced de que te ahorques por tu mano;
aunque estando confiscados tus bienes, no te habrá quedado con que
comprar una cuerda, y tendrá que ahorcarte el pueblo á su costa.
EL DUX.
Te concedo la vida, Sylock, áun antes que me la pidas, para que veas
cuánto nos diferenciamos de tí. En cuanto á tu hacienda, la mitad
pertenece á Antonio y la otra mitad al Estado, pero quizá puedas
condonarla mediante el pago de una multa.
PÓRCIA.
La parte del Estado, no la de Antonio.
SYLOCK.
¿Y para qué quiero la vida? ¿cómo he de vivir? Me dejais la casa,
quitándome los puntales que la sostienen.
PÓRCIA.
¿Qué puedes hacer por él, Antonio?
GRACIANO.
Regálale una soga, y basta.
ANTONIO.
Si el Dux y el tribunal le dispensan del pago de la mitad de su fortuna
al Erario, yo le perdono la otra media, con dos condiciones; la
primera, que abjure sus errores y se haga cristiano; la segunda, que
por una escritura firmada en esta misma audiencia instituya herederos
de todo á su hija y á su yerno Lorenzo.
DUX.
Juro que así lo hará, ó, si no, revocaré el poder que le he concedido.
PÓRCIA.
¿Aceptas, judío? ¿Estás satisfecho?
SYLOCK.
Estoy satisfecho y acepto.
PÓRCIA.
Hágase, pues, la donacion en forma.
SYLOCK.
Yo me voy, si me lo permitis, porque estoy enfermo. Enviadme el acta, y
yo la firmaré.
DUX.
Véte, pero lo harás.
GRACIANO.
Tendrás dos padrinos, cuando te bautices. Si yo fuera juez, habias de
tener diez más, para que te llevasen á la horca y no al bautismo.
(_Se va Sylock._)
DUX.
(_Á Pórcia._) Os convido con mi mesa.
PÓRCIA.
Perdone V. A., pero hoy mismo tengo que ir á Pádua, y no me es lícito
detenerme.
DUX.
¡Lástima que os detengais tan poco tiempo! Antonio, haz algun obsequio
al forastero que, á mi entender, algo merece.
(_Vase el Dux, y con él los Senadores._)
BASANIO.
Digno y noble caballero, gracias á vuestra agudeza y buen
entendimiento, nos vemos hoy libres mi amigo y yo de una calamidad
gravísima. En pago de tal servicio, os ofrecemos los 3,000 ducados que
debíamos al judío.
ANTONIO.
Y será eterno nuestro agradecimiento en obras y en palabras.
PÓRCIA.
Bastante paga es para mí el haberos salvado. Nunca fué el interes norte
de mis acciones. Si alguna vez nos encontramos, reconocedme: no os pido
más. Adios.
BASANIO.
Yo no puedo menos de insistir, hidalgo. Admitid un presente, un
recuerdo, no como paga. No rechaceis nuestras ofertas. Perdon.
PÓRCIA.
Necesario es que ceda. (_Á Antonio._) Llevaré por memoria vuestros
guantes. (_Á Basanio._) Y en prenda de cariño vuestra sortija. No
aparteis la mano: es un favor que no podeis negarme.
BASANIO.
¡Pero si esa sortija nada vale! Vergüenza tendria de dárosla.
PÓRCIA.
Por lo mismo la quiero, y nada más aceptaré. Tengo capricho de
poseerla.
BASANIO.
Vale mucho más de lo que ha costado. Os daré otra sortija, la de más
precio que haya en Venecia. Echaré público pregon para encontrarla.
Pero ésta no puede ser... perdonadme.
PÓRCIA.
Sois largo en las promesas, caballero. Primero me enseñasteis á
mendigar, y ahora me enseñais cómo se responde á un mendigo.
BASANIO.
Es regalo de mi mujer ese anillo, y le hice juramento y voto formal de
no darlo, perderlo ni venderlo.
PÓRCIA.
Pretexto fútil, que sirve á muchos para negar lo que se les pide.
Aunque vuestra mujer fuera loca, me parece imposible que eternamente le
durara el enojo por un anillo, mucho más sabiendo la ocasion de este
regalo. Adios.
(_Se van Pórcia y Nerissa._)
ANTONIO.
Basanio, dale el anillo, que tanto como la promesa hecha á tu mujer
valen mi amistad y el servicio que nos ha prestado.
BASANIO.
Corre, Graciano, alcánzale, dale esta sortija, y si puedes, llévale á
casa de Antonio. No te detengas.
(_Vase Graciano._)
Dirijámonos hácia tu casa, y mañana al amanecer volaremos á Belmonte.
En marcha, Antonio.
ESCENA II.
=Una calle de Venecia.=
PÓRCIA y NERISSA.
PÓRCIA.
Averigua la casa del judío, y hazle firmar en seguida esta acta. Esta
noche nos vamos, y llegaremos así un dia antes que nuestros maridos.
¡Cuánto me agradecerá Lorenzo la escritura que le llevo!
GRACIANO.
Grande ha sido mi fortuna en alcanzaros. Al fin, despues de haberlo
pensado bien, mi amo el señor Basanio os manda esta sortija, y os
convida á comer hoy.
PÓRCIA.
No es posible. Pero acepto con gusto la sortija. Decídselo así, y
enseñad á este criado mio la casa de Sylock.
GRACIANO.
Así lo haré.
NERISSA.
Señor, oidme un instante. (_A Pórcia._) Quiero ver si mi esposo me da
el anillo que juró conservar siempre.
PÓRCIA.
De seguro lo conseguirás. Luego nos harán mil juramentos de que á
hombres y no á mujeres entregaron sus anillos, pero nosotras les
desmentiremos, y si juran, juraremos más que ellos. No te detengas, te
espero donde sabes.
NERISSA.
Ven, mancebo, enséñame la casa.
[Ilustración]
[Ilustración]
ACTO V.
ESCENA PRIMERA.
=Alameda que conduce á la casa de campo de Pórcia en Belmonte.=
Salen LORENZO y JÉSSICA.
LORENZO.
¡Qué hermosa y despejada brilla la luna! Sin duda en una noche como
esta en que el céfiro besaba mansamente las hojas de los árboles,
escaló el amante Troilo las murallas de Troya, volando su alma hácia
las tiendas griegas donde aquella noche reposaba Créssida.
JÉSSICA.
Y, en otra noche como esta, Tisbe, con temerosos pasos, fué marchando
sobre la mojada yerba, y viendo la espantosa sombra del leon, se quedó
aterrada.
LORENZO.
Y en otra noche como esta, la reina Dido, armada su diestra con una
vara de sauce, bajó á la ribera del mar, y llamó hácia Cartago al
fugitivo Eneas.
JÉSSICA.
En otra noche así, fué cogiendo Medea las mágicas yerbas con que
rejuveneció al viejo Eson.
LORENZO.
Y en otra noche por el mismo estilo, abandonó Jéssica la casa del rico
judío de Venecia, y con su amante huyó á Belmonte.
JÉSSICA.
En aquella noche juró Lorenzo que la amaba con amor constante, y la
engañó con mil falsos juramentos.
LORENZO.
En aquella noche, Jéssica, tan pérfida como hermosa, ofendió á su
amante, y él le perdonó la ofensa.
JÉSSICA.
No me vencerias en esta contienda, si estuviéramos solos; pero viene
gente.
(_Sale Estéfano._)
LORENZO.
¿Quién viene en el silencio de la noche?
ESTÉFANO.
Un amigo.
LORENZO.
¿Quién? Decid vuestro nombre.
ESTÉFANO.
Soy Estéfano. Vengo á deciros que, antes que apunte el alba, llegará
mi señora á Belmonte. Ha venido arrodillándose y haciendo oracion al
pié de cada cruz que hallaba en el camino, para que fuese feliz su vida
conyugal.
LORENZO.
¿Quién viene con ella?
ESTÉFANO.
Un venerable ermitaño y su doncella. Dime, ¿ha vuelto el amo?
LORENZO.
Todavía no, ni hay noticia suya. Vamos á casa, amiga, á hacer los
preparativos para recibir al ama como ella merece.
(_Sale Lanzarote._)
LANZAROTE.
¡Hola, ea!
LORENZO.
¿Quién?
LANZAROTE.
¿Habeis visto á Lorenzo ó á la mujer de Lorenzo?
LORENZO.
No grites. Aquí estamos.
LANZAROTE.
¿Dónde?
LORENZO.
Aquí.
LANZAROTE.
Decidle que aquí viene un nuncio de su amo, cargado de buenas noticias.
Mi amo llegará al amanecer.
(_Se va._)
LORENZO.
Vamos á casa, amada mia, á esperarlos. ¿Pero ya para qué es entrar?
Estéfano, te suplico que vayas á anunciar la venida del ama, y mandes á
los músicos salir al jardin.
(_Se va Estéfano._)
¡Qué mansamente resbalan los rayos de la luna sobre el césped!
Recostémonos en él: prestemos atento oido á esa música suavísima,
compañera de la soledad y del silencio. Siéntate, Jéssica: mira la
bóveda celeste tachonada de astros de oro. Ni áun el más pequeño deja
de imitar en su armonioso movimiento el canto de los ángeles, uniendo
su voz al coro de los querubines. Tal es la armonía de los séres
inmortales; pero mientras nuestro espíritu está preso en esta oscura
cárcel, no la entiende ni percibe.
(_Salen los músicos._)
Tañed las cuerdas, despertad á Diana con un himno, halagad los oidos de
vuestra señora y conducidla á su casa entre música.
JÉSSICA.
Nunca me alegran los sones de la música.
LORENZO.
Es porque se conmueve tu alma. Mira en el campo una manada de alegres
novillos ó de ardientes y cerriles potros: míralos correr, agitarse,
mugir, relinchar. Pero en llegando á sus oidos son de clarin ó ecos
de música, míralos inmóviles, mostrando dulzura en sus miradas, como
rendidos y dominados por la armonía. Por eso dicen los poetas que el
tracio Orfeo arrastraba en pos de sí árboles, rios y fieras: porque
nada hay tan duro, feroz y selvático que resista al poder de la música.
El hombre que no siente ningun género de armonía, es capaz de todo
engaño y alevosía, fraude y rapiña; los instintos de su alma son tan
oscuros como la noche, tan lóbregos como el Tártaro. ¡Ay de quién se
fie de él! Oye, Jéssica.
(_Salen Pórcia y Nerissa._)
PÓRCIA.
En mi sala hay luz. ¡Cuán lejos llegan sus rayos! Así es el resplandor
de una obra buena en este perverso mundo.
NERISSA.
No hemos visto la luz, al brillar los rayos de la luna.
PÓRCIA.
Así oscurece á una gloria menor, otra más resplandeciente. Así brilla
el ministro hasta que aparece el monarca, pero entonces desaparece su
pompa, como se pierde en el mar un arroyo. ¿No oyes música?
NERISSA.
Debe de ser en tu puerta.
PÓRCIA.
Suena áun más agradable que de dia.
NERISSA.
Efecto del silencio, señora.
PÓRCIA.
El cantar del cuervo es tan dulce como el de la alondra, cuando no
atendemos á ninguno de los dos, y de seguro que si el ruiseñor cantara
de dia, cuando graznan los patos, nadie le tendria por tan buen cantor.
¡Cuánta perfeccion tienen las cosas hechas á tiempo! ¡Silencio! Duerme
Diana en brazos de Endimion, y no tolera que nadie turbe su sueño.
(_Calla la música._)
LORENZO.
Es voz de Pórcia, ó me equivoco mucho.
PÓRCIA.
Me conoce como conoce el ciego al cuco: en la voz.
LORENZO.
Señora mia, bien venida seais á esta casa.
PÓRCIA.
Hemos rezado mucho por la salud de nuestros maridos. Esperamos que
logren buena fortuna gracias á nuestras oraciones. ¿Han vuelto?
LORENZO.
Todavía no, pero delante de ellos vino un criado á anunciar su venida.
PÓRCIA.
Nerissa, véte y dí á los criados que no cuenten nada de nuestra
ausencia. Vosotros haced lo mismo, por favor.
LORENZO.
¿No ois el son de una trompa de caza? Vuestro esposo se acerca. Fiad en
nuestra discrecion, señora.
PÓRCIA.
Esta noche me parece un dia enfermo: está pálida: parece un dia
anubarrado.
(_Salen Basanio, Antonio, Graciano y acompañamiento._)
BASANIO.
Si amanecierais vos, cuando él se ausenta, seria de dia aquí al mismo
tiempo que en el hemisferio contrario.
PÓRCIA[1].
¡Dios nos ayude! ¡Bien venido seais á esta casa, señor mio!
[1] Suprimo un juego de palabras intraducible.
BASANIO.
Gracias, señora. Esa bienvenida dádsela á mi amigo. Este es aquel
Antonio á quien tanto debo.
PÓRCIA.
Grande debe ser la deuda, pues si no he entendido mal, por vos se vió
en gran peligro.
ANTONIO.
Por grande que fuera, está bien pagada.
PÓRCIA.
Con bien vengais á nuestra casa. El agradecimiento se prueba con obras,
no con palabras. Por eso no me detengo en discursos vanos.
GRACIANO.
(_A Nerissa._) Te juro por la luna, que no tienes razon y que me
agravias. Ese anillo se lo dí á un pasante de letrado. ¡Muerto le viera
yo, si hubiera sabido que tanto lo sentirias, amor mio!
PÓRCIA.
¿Qué cuestion es esa?
GRACIANO.
Todo es por un anillo, un mal anillo de oro que ella me dió, con sus
letras grabadas que decian: «Nunca olvides mi amor.»
NERISSA.
No se trata del valor del anillo, ni de la inscripcion, sino que cuando
te lo dí, me juraste conservarlo hasta tu muerte y llevarlo contigo al
sepulcro. Y ya que no fuera por amor mio, á lo menos por los juramentos
y ponderaciones que hiciste, debias haberlo guardado como un tesoro.
Dices que lo diste al pasante de un letrado. Bien sabe Dios que á ese
pasante nunca le saldrán las barbas.
GRACIANO.
Sí que le saldrán, si llega á ser hombre y á tenerlas. Con esta mano
se le dí. Era un rapazuelo, sin bozo, tan bajo como tú, pasante de un
abogado, grande hablador. Me pidió el anillo en pago de un favor que me
habia hecho, y no supe negárselo.
PÓRCIA.
Pues hiciste muy mal (si he de decirte la verdad) en entregar tan
pronto el primer regalo de tu esposa, que ella colocó en tu dedo con
tantos juramentos y promesas. Yo dí otro anillo á mi esposo, y le hice
jurar que nunca le perderia ni entregaria á nadie. Estoy segura que no
lo hará ni por todo el oro del mundo. Graciano, mucha razon tiene tu
mujer para estar enojada contigo. Yo me volveria loca.
BASANIO.
¿Qué podré hacer? ¿Cortarme la mano izquierda y decir que perdí el
anillo defendiéndome?
GRACIANO.
Pues tambien á mi amo Basanio le pidió su anillo el juez, y él se lo
dió. Luego, el pasante, que nos habia servido bien en su oficio, me
pidió el mio, y yo no supe cómo negárselo, porque ni el señor ni el
criado quisieron recibir más galardon que los dos anillos.
PÓRCIA.
¿Y tú qué anillo le diste, Basanio? Creo que no seria el que yo te
entregué.
BASANIO.
Si yo tuviera malicia bastante para acrecentar mi pecado con la
mentira, te lo negaria, Pórcia. Pero ya ves, mi dedo está vacío. He
perdido el anillo.
PÓRCIA.
No: lo que tienes vacía de verdad es el alma. Y juro á Dios que no he
de ocupar tu lecho, hasta que me muestres el anillo.
NERISSA.
Ni yo el de éste, hasta que me presente el suyo.
BASANIO.
Amada Pórcia, si supieras á quién se lo dí, y por qué, y con cuánto
dolor de mi alma, y sólo porque no quiso recibir otra cosa que el
anillo, tendrias lástima de mí.
PÓRCIA.
Y si tú supieras las virtudes de ese anillo, ó el valor de quién te lo
dió, ó lo que te importaba conservarle, nunca le hubieras dado. ¿Por
qué habia de haber hombre tan loco, que defendiéndolo tú con alguna
insistencia, se empeñara en arrebatarte un don tan preciado? Bien dice
Nerissa: ella está en lo cierto; sin duda diste el anillo á alguna dama.
BASANIO.
¡No, señora! lo juro por mi honor, por mi alma, se lo dí á un doctor en
derecho que no queria aceptar 3,000 ducados, y que me pidió el anillo.
Se lo negué, bien á pesar mio, porque se fué desairado el hombre que
habia salvado la vida de mi mejor amigo. ¿Y qué he de añadir, amada
Pórcia? Tuve que dárselo: la gratitud y la cortesía me mandaban
hacerlo. Perdóname, señora; si tú misma hubieras estado allí (pongo por
testigos á estos lucientes astros de la noche), me hubieras pedido el
anillo para dárselo al juez.
PÓRCIA.
¡Nunca se acerque él á mi casa! Ya que tiene la prenda que yo más
queria, y que me juraste por mi amor guardar eternamente, seré tan
liberal como tú: no le negaré nada, ni siquiera mi persona ni tu lecho.
De seguro que le conoceré. Ten cuidado de dormir todas las noches en
casa, y de velar como Argos, porque si no, si me dejas sola, te prometo
por mi honra (pues todavía la conservo) que he de dormir con ese
abogado.
NERISSA.
Y yo con el pasante. ¡Conque, ojo!
GRACIANO.
Bueno, haz lo que quieras, pero si cojo al pasante, he de cortarle la
pluma.
ANTONIO.
Por mí son todas estas infaustas reyertas.
PÓRCIA.
No os alarmeis, pues á pesar de todo, sereis bien recibido.
BASANIO.
Perdon, Pórcia, si te he ofendido, y aquí, delante de estos amigos, te
juro por la luz de esos divinos ojos en que me miro...
PÓRCIA.
¡Fijaos bien! Dice que se mira en sus ojos, que ve un Basanio en cada
uno de ellos. Juras por la doblez de tu alma, y juras con verdad.
BASANIO.
¡Perdóname, por Dios! Te juro que en mi vida volveré á faltar á ninguna
palabra que te dé.
ANTONIO.
Una vez empeñé mi cuerpo en servicio suyo, y hubiera yo perdido la
vida, á no ser por el ingenio de aquel hombre á quien vuestro marido
galardonó con el anillo. Yo empeño de nuevo mi palabra de que Basanio
no volverá á faltar á sus promesas, á lo menos á sabiendas.
PÓRCIA.
Está bien. Saldreis por fiador suyo. Dadle la joya, y pedidle que la
tenga en más estima que la primera.
ANTONIO.
Toma, Basanio, y jura que nunca dejarás este anillo.
BASANIO.
¡Dios santo! ¡El mismo que dí al juez!
PÓRCIA.
Él me lo entregó. ¡Perdon, Basanio! Yo le concedí favores por ese
anillo.
NERISSA.
¡Perdon, Graciano! El rapazuelo del pasante me gozó ayer, en pago de
este anillo.
GRACIANO.
Esto es como allanar las sendas en verano. ¿Ya tenemos cuernos, sin
merecerlos?
PÓRCIA.
No decis mal. Pero voy á sacaros de la duda. Leed esta carta cuando
querais. En ella vereis que el letrado fué Pórcia y el pasante Nerissa.
Lorenzo podrá dar testimonio de que apenas habiais pasado el umbral
de esta casa, salí yo, y que he vuelto ahora mismo. Bien venido seas,
Antonio. Tengo buenas nuevas para tí. Lee esta carta. Por ella sabrás
que tres de tus barcos, cargados de mercaderías, han llegado á puerto
seguro. No he de decirte por qué raros caminos ha llegado á mis manos
esta carta.
ANTONIO.
No sé qué decir.
BASANIO.
¿Tú, señora, fuiste el letrado, y yo no te conocia?
GRACIANO.
¿Y tú, Nerissa, el pasante?
NERISSA.
Sí, pero un pasante que no piensa engalanar tu frente, mientras fuere
tu mujer.
BASANIO.
Amado doctor, partireis mi lecho, y cuando yo falte de casa, podreis
dormir con mi mujer.
ANTONIO.
Bellísima dama, me habeis devuelto la salud y la fortuna. Esta carta me
dice que mis bajeles han llegado á puerto de salvacion.
PÓRCIA.
Y para tí, Lorenzo, tambien tiene alguna buena noticia mi pasante.
NERISSA.
Y se la daré sin interes. Toma esta escritura. Por ella os hace
donacion el judío de toda su hacienda, para cuando él fallezca.
LORENZO.
Tus palabras, señora, son como el maná para los cansados israelitas.
PÓRCIA.
Ya despunta el alba, y estoy segura de que todavía no os satisface lo
que acabo de deciros. Entrémonos en casa y os responderé á cuanto me
pregunteis.
GRACIANO.
Sea. Y lo primero á que me ha de responder Nerissa, es si quiere más
acostarse ahora ó esperar á la noche siguiente, puesto que ya está tan
cercana la aurora. Si fuera de dia, yo seria el primero en desear que
apareciese la estrella de la tarde, para acostarme con el pasante del
letrado. Lo juro por mi honor: mientras viva, no perderé el anillo de
Nerissa.
[Ilustración]
MACBETH.
TRAGEDIA DE SHAKSPEARE.
TRADUCCION
DE
D. M. MENENDEZ PELAYO.
Ilustracion de _Grot Johan_, grabados de _H. Thiele_.
PERSONAJES.
El rey de Escocia, DUNCAN.
Sus hijos: MALCOLM y DONALBÁIN.
Lady MACBETH.
MACBETH. }
BANQUO. }
MACDUFF. }
LÉNNOX. }
ROSS. } señores escoceses.
ANGUSS. }
MENTEITH. }
CAITHNÉSS. }
Lady MACDUFF.
FLEANCIO, hijo de Banquo.
SUARDO, señor de Northumberland.
Su hijo.
SÉTON, oficial de Macbeth.
Un niño hijo de Macduff.
Un doctor inglés.
Otro escocés.
Un sargento.
Un viejo.
Un portero.
Una dama de lady Macbeth.
Nobles, guerreros, asesinos, criados, espías, etc.
Hécate.
Tres brujas.
Varios fantasmas.
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
=Tarde tempestuosa.=
Tres BRUJAS.
BRUJA 1.ª
¿Cuándo volvemos á juntarnos, cuando relampaguee, cuando truene ó
cuando llueva?
BRUJA 2.ª
Cuando acabe el estruendo de la batalla, y unos la pierdan y otros la
ganen.
BRUJA 3.ª
Entonces será antes de ponerse el sol.
BRUJA 1.ª
¿Dónde hemos de encontrarnos?
BRUJA 2.ª
En el yermo.
BRUJA 3.ª
Allí toparemos con Macbeth.
BRUJA 1.ª
Me llama Morrongo.
BRUJA 2.ª
Y á mí el Sapo.
LAS TRES JUNTAS.
El mal es bien, y el bien es mal: cortemos los aires y la niebla.
ESCENA II.
=Campamento.=
DUNCAN, MALCOLM, un ESCUDERO, un SARGENTO, LÉNNOX y ROSS.
DUNCAN.
¿Quién es aquel herido? Quizá nos traiga nuevas del campamento.
MALCOLM.
Es el escudero que puso en peligro su vida por salvar la mia. ¡Buenas
tardes, amigo! Cuenta tú al Rey el estado del combate.
ESCUDERO.
Sigue indeciso, semejante á una lucha entre dos nadadores que quieren
mutuamente sofocarse. Con el traidor Macdonnell, en quien se juntan
todas las infamias, van unidos muchos caballeros y gente plebeya de las
islas de Occidente. La fortuna, como ramera, les otorga sus favores,
pero en vano, porque el fuerte Macbeth, hijo predilecto de la victoria,
penetra entre las filas hasta encontrarle, y le taja la cabeza, y la
clava sobre nuestras empalizadas.
DUNCAN.
¡Bravo caballero, ornamento de mi linaje!
ESCUDERO.
Así como el sol de la mañana produce á veces tempestad y torbellinos,
así de esta victoria resultaron nuevos peligros. Óyeme, Rey. Cuando
el valor, brazo de la justicia, habia logrado ahuyentar á aquella
muchedumbre allegadiza, hé aquí que se rehace el de Noruega, y arroja
nuevos campeones á la lid.
DUNCAN.
¿Y entonces no se desalentaron Macbeth y Banquo?
SARGENTO.
¡Desalentarse! ¡Bueno es eso! Como el águila viendo gorriones, ó el
leon liebres. Son cañones de doble carga. Con tal ímpetu menudearon
sus golpes sobre los contrarios, que pensé que querian reproducir el
sacrificio del Calvario. Pero estoy perdiendo sangre, y necesito curar
mis heridas.
DUNCAN.
Tan nobles son como tus palabras. Buscad un cirujano. ¿Pero quién viene?
MALCOLM.
El señor de Ross.
LÉNNOX.
Grande es la ansiedad que su rostro manifiesta. Debe ser portador de
grandes nuevas.
(_Entra Ross._)
ROSS.
¡Salud al Rey!
DUNCAN.
¿De dónde vienes, noble señor?
ROSS.
Poderoso monarca, vengo de Faife, donde el aire agita en mengua nuestra
los estandartes noruegos. Su Rey, con lucida hueste y con ayuda del
traidor señor de Cáudor, renovó la lucha, pero el terrible esposo de
Belona, cubierto de espesa malla, les resistió brazo á brazo, y hierro
á hierro, y logró domeñar su altivez y postrarla por tierra. Al fin,
logramos la victoria.
DUNCAN.
¡Felicidad suprema!
ROSS.
El rey Suenon de Noruega queria capitular, pero no le permitimos ni
áun enterrar sus muertos, sin que pagara antes en la isla de Colme la
contribucion de guerra.
DUNCAN.
Nunca volverá el de Cáudor á poner en peligro la seguridad de mis
Estados. Manda tú poner á precio su cabeza, y saluda á Macbeth con el
título que el otro tenia.
ROSS.
Cumpliré tu voluntad.
DUNCAN.
Macbeth goce desde hoy lo que Cáudor perdió.
ESCENA III.
=Un páramo.=
Tres BRUJAS, MACBETH y BANQUO.
BRUJA 1.ª
¿Qué has hecho, hermana?
BRUJA 2.ª
Matar puercos.
BRUJA 3.ª
¿Dónde has estado, hermana?
BRUJA 1.ª
La mujer del marinero tenia castañas en su falda, y estaba
mordiéndolas. Yo le dije: «Dame alguna», y la asquerosa, harta de
bazófia, me contestó: «Vade retro, condenada bruja.» Su marido se fué
á Alepo, mandando el _Tigre_. Yo, como rata sin cola, navegaré en una
tela de cedazo, donde cabe bien mi cuerpo. Así lo haré, así lo haré.
BRUJA 2.ª
Yo te ayudaré con un viento desfavorable.
BRUJA 1.ª
Gracias.
BRUJA 3.ª
Yo con otro.
BRUJA 1.ª
De los demas yo soy señora. ¿Qué puerta quedará segura, cuando de todos
los puntos de la rosa soplen los vientos? Ni una vez podrá conciliar el
sueño. Su vida será la del precito, y las tormentas agitarán sin cesar
su nave. ¡Ved!
BRUJA 2.ª
¿Qué es eso?
BRUJA 3.ª
El dedo de un marinero, que se ahogó al volver de su viaje.
BRUJA 3.ª
¡Tambor, tambor! Ya llega Macbeth.
LAS TRES BRUJAS.
Juntemos las manos, hagamos una rueda, como hermanas enviadas del cielo
y de la tierra. Tres vueltas por tí, tres por tí, tres por mí: son
nueve, cuenta justa. ¡Silencio! Ya ha llegado el término del conjuro.
(_Llegan Macbeth y Banquo._)
MACBETH.
¡Dia de sangre, pero hermoso más que cuantos he visto!
BANQUO.
¿Está lejos el castillo de Fóres? ¿Quiénes serán aquellas mujeres
arrugadas y de tan extraño aspecto? No parecen séres humanos. ¿Sois
vivientes? ¿Puedo haceros una pregunta? Debeis de entenderme, porque
las tres, al mismo tiempo, poneis en los labios vuestros dedos, que
semejan los de un cadáver. No me atrevo á llamaros mujeres, por las
barbas.
MACBETH.
Si teneis lengua, decidnos quiénes sois.
BRUJA 1.ª
¡Salud, Macbeth, señor de Glámis!
BRUJA 2.ª
¡Salud, Macbeth, señor de Cáudor!
BRUJA 3.ª
¡Salud, Macbeth, tú serás rey!