Así es Caracas.
Los hombres corren la ciudad en coche, de tarde, porque las tardes allí
son dulces y doradas. A esa hora el sol poniente pincela de áureos
matices la frente de las montañas vecinas; el aire se transparenta más,
el cielo viste su más claro azul.
En ventanas y balcones se apiñan hermosuras, ávidas de ver y de ser
vistas. Por entre las rejas salen volando, á veces, ráfagas de música.
La música del país es muelle, enamorada y voluptuosa; pero no tan
voluptuosa, tan enamorada, ni tan muelle como esa otra armonía que
se desprende, á raudales, de los contornos del seno, de las caderas
lascivas, de los brazos y gargantas de las bellas hijas del país.
Es la hora de los enamorados la tarde.
Y pasa el amador delante de la ventana de la hermosa, llevándose una
mirada recogida al trote del carruaje, mirada elocuente y que fascina,
mirada prometedora de dulzuras para la cercana prima noche, cuando él
se plante al pie de la reja misma á murmurar su amor.
Una mujer había, la más bella de todas, que encastillada en su
hermosura espléndida, no quiso rendir á nadie la fortaleza de su
corazón.
Admirarla era casi un deber. Un poeta hizo un tomo de madrigales para
ella: madrigales á sus ojos, madrigales á sus manos, madrigales á su
boca.
Sin número de amadores hacía la ronda á su puerta; ó pasaban de tarde
por frente á su ventana á rendirle, sumisos, tributo de admiración.
Pero uno se distinguía entre los fieles de la diosa.
Este no corría en carretela, ni pasaba gentilmente, sino que se
plantaba, en una silla rodante, en toda la esquina. Era un joven,
paralítico. Se decía de él, sin razón, que era fatuo; y ninguno
ignoraba el amor del infeliz.
Yo ardí en deseos de saber qué pasaba en el corazón de aquel mísero, á
quien el infortunio baldó el cuerpo y no el alma.
El tullido, el pobre, tenía el pudor de su afecto; mas, á la postre, un
día me abrió su corazón.
--«Es cierto, me dijo, estuve y creo que aun estoy enamorado. No es
mía la culpa. Ella es hermosa; y yo tengo alma, porque no soy, según
han dado en la flor de creer y aun decir, un idiota. Mi crimen es mi
debilidad. Yo sé que esto es algo ridículo; pero no puedo pasarme
sin verla. Aquí me mirará usted todas las tardes. Antes, ella no se
mostraba cruel; sino más bien benévola conmigo. Yo le daba ramos de
rosas y jazmines; las mejores violetas que yo pudiera haber se las
traía; los lirios más cándidos eran para ella. Ella aceptaba con
una sonrisa mis presentes; y yo empecé á sentirme, en medio de mi
infortunio, algo feliz. Luégo supe que su bondad generosa fue mofada;
se hizo burla de su piedad y de mi amor. Yo no tengo la culpa. Yo no
dije que la amaba. Pero el amor es así, caballero: se sale por los
ojos. Al fin le prohibieron en su casa que aceptase mis flores. Cuando
me rechazó mi regalo, un macito de violetas, rompí á llorar. Toda la
noche lloré, y me comprometí conmigo mismo á no verla nunca más.
«Pero á la tarde siguiente, no pude, señor, no pude y me hice arrastrar
hasta aquí. Las burlas siguieron. Ella dejó de saludarme, ó más bien
dicho, de responder á mi saludo; pero yo siempre fiel, siempre atado
con una cadena invisible á su hermosura maldita. Una tarde, al yo
insistir en saludarla, me sacó fuéra su lengua, en señal despectiva ó
de cólera.
«Ese día no lloré sino reí; me reí sin darme cuenta, me reí mucho,
muchísimo; ella lo advirtió y se puso muy enojada, tanto, que me volvió
la cara, y desde ese día ya no quiso más sentarse sino de espaldas á
esta esquina donde me detengo. Su enojo se trocó en malquerencia, y
decirle puedo á usted satisfecho que hoy me odia. Y vea usted, señor,
ahora es cuando soy menos infeliz. Ahora poseo algo muy sincero, muy
puro, del alma de esa mujer: poseo su odio. Yo he obtenido más que
todos esos estúpidos que la enamoran. Ninguno ha podido entrar en su
corazón. Yo, sí. ¿Qué importa por qué puerta? Yo me siento posesor
de algo que no se puede mentir. Soy casi feliz, señor; y me creo más
afortunado que el hombre á quien ella ofrezca su mano y su corazón. Una
mujer tan vanidosa, tan pagada de sí misma, amará siempre y por sobre
todo su hermosura. En cambio ella no puede odiarse á sí propia, y mal
puede tener otro á quien odiar. Su odio, pues, es íntegro para mí; y su
amor, en cambio, nunca será completo para su esposo.
«Tengo la mitad de su alma, por lo menos ahora ¿quién pudiera decir
otro tanto?
«Usted me verá todas las tardes aquí, señor, mirándole por detrás las
orejas, casi contento.»
La fisonomía del paralítico se iluminó al llegar á este punto, con una
como luz siniestra. Hasta sus piernas de perlático parecían animarse.
Al fin dejé al enfermo; y me fui calle arriba, taciturno, todavía con
algo del vértigo que me produjo el fondo obscuro de aquella alma, á la
cual quiso asomarse mi curiosidad enfermiza.