III

Eudoro entró en su casa. El perro, el viejo Sultán, lo desconoció y

gruñó; pero pronto vino hacia su amo, meneando la cola.

La casa dormía. Eudoro entró en su cuarto é hizo luz.

La lámpara, una lámpara con pantalla verde, esparce un fulgor de

esmeralda. A esa pálida claridad resplandece una pequeña habitación de

soltero. En un rincón, el lecho, de albura inmaculada; al otro extremo,

el escritorio de palisandro, mueble antiguo, reliquia del hogar, resto

de esplendor salvado milagrosamente.

Exornan las paredes algunos cuadros: una caza de Diana, un Caronte

feroz y un grupo de Vestales.

Sobre el escritorio lucen dos grabados, muy modernos.

Es el primero un oficial francés, caído en el campo de batalla, la

espada rota, sin kepi, desfalleciente. Ha pasado el combate; un médico

de la Cruz Roja con cara de angustia pide un trago de aguardiente á

un paisano. Este empieza á escanciarlo de su bota en un vasito, poco

á poco, casi con indiferencia. El médico tiende la mano y la vista al

frasco generoso, mientras el oficial, muy parecido á Rochefort, parece

morirse.

El otro cuadro es mucho más risueño. Es la tarde. Un mísero anciano

trabajador restituído al hogar de su faena del día, toma asiento en una

carretilla y empieza á encender su pipa. Su netezuelo, niño hermoso

é ingenuo, lo mira, deja el trompo, y corre á sentarse, lleno de

curiosidad, junto al anciano. A lo lejos, hacia el fondo de la casa y

del cuadro, cruza una mujer llevando un perol en la mano. Acaso sea la

hija del viejo, la madre del muchacho, que vaya á preparar en la cocina

el puchero de la tarde.

Eudoro, sentado al escritorio, desde que entró, hunde la frente en

el pupitre, y, los dedos enclavijados sobre la nuca, yace en una

inmovilidad de ataraxia.

Lentamente alza el joven la pálida cabeza y murmura como si desgarrase

el dolor con los dientes.

--Sí; debo matarme. Hace tiempo aguardo el valor que me acompaña en

este momento.

Tenía hundidos los ojos, pálido el color, demacrado el semblante. Dos

violetas, muy parecidas á las violetas de la muerte, teñían de morado

sus párpados. Los labios hacían una mueca trágica. Abrió una gaveta

y sacó dos retratos: el uno era de su padre en uniforme de rigurosa

gala, de su madre el otro. Los miró mucho espacio de tiempo, los besó

repetidas veces, los puso contra su corazón como la imagen de una

novia, los besó nuevamente, y ante aquellas efigies adoradas rompió á

llorar.

Al cabo de unos momentos se recobró. Restañó sus lágrimas y convino

consigo mismo en que debía proceder. Diferir más su intento era

exponerlo á fracasar. Meditarlo era no realizarlo.

Creyó bueno escribir, razonar su locura, disculparse; pero comprendió

que necesitaría escribir una obra, no una carta. Tuvo un secreto pudor

de su pena. Le repugnaban esos muertos charlatanes. Sin embargo, ¿cómo

no decir el último adiós á su pobre madre, á su madre querida, á su

madre infeliz, á quien sumía de nuevo en el dolor; cómo no impetrar

perdón de aquella madre á quien abandonaba mísera y viuda?

Por fin escribió un pliego bañado en lágrimas. Aquello no era carta

sino elegía.

No bien hubo concluído tomó una tarjeta, puso dos líneas, y escribió en

la cubierta, en gruesos caracteres, el nombre de su amada.

Se levantó y se miró al espejo. Estaba pálido, muy pálido; su rostro,

fino y melancólico, parecía la cara de mármol de un dios.

Con mucha calma empezó á cambiarse de ropa. Se amortajaba á sí mismo.

La franela limpia que se puso, muy ceñida, dibujaba aquel cuerpo

delgaducho y gentil de caballo árabe. Se lavó la cara y las manos;

cepilló sus dientes y sus uñas; y se volvió á mirar en el espejo. Con

una extraña coquetería de buen mozo ensayó una sonrisa que resultó una

mueca macabra; y comenzó á peinarse cuidadosamente. Se hacía la última

toilette.

Abrió la ventana. Una ráfaga de brisa y de noche oreó su frente. El

cielo, clareante, manchado de nubes, parecía una piel de jaguar, azul y

fantástica. De algún corral vecino trajo un soplo de viento el canto

varonil y vibrador de un gallo. Eudoro se estremeció. En el silencio

de la hora le pareció siniestro aquel canto. Cerró las maderas de la

ventana, y tembloroso aún se preguntó:

--¿Tendré miedo?

Pero no; no era miedo. Para llegar á esta resolución extrema, cuántas

noches de insomnio, cuántos días de dolor. En el alma de Eudoro se

había cumplido un proceso. Ya no le quedaba sino ejecutar lo que tanto

meditó, lo que había resuelto en su corazón, de tiempo atrás. Pronto se

repuso y prosiguió llevando á término su obra de destrucción con una

tranquilidad aterradora.

--Despachemos, se dijo; ya es muy tarde.

Sacó el reloj del bolsillo del chaleco, vio cómo eran las cuatro, y lo

puso abierto sobre el escritorio. Después tomó su revólver, lo llevó

á la luz, hizo girar la masa, y como en un ensayo lo acercó á las

sienes. El frío del cañón heló su cuerpo. Un calofrío culebreó por su

espina dorsal. De nuevo lo vio, é hizo ademán de morderlo. El acero,

destemplando sus dientes, lo obligó á castañetearlos.

Pero todo esto era apenas una burla á la muerte, una engañifa á la

tumba. El tenía su plan. Se acostó; se amortajó en la ropa blanca del

lecho; envolvió el revólver en una frasada para que la detonación fuera

sorda, para que el ruido muriese ahogado en la cobija; se tanteó el

sitio del corazón; alzó la franela; se apoyó el revólver en el pecho,

y disparó.

La sangre comenzó á brotar. Las manchas rojas sobre la albura del lecho

parecían camelias de púrpura en la escarcha. A la luz verde de la

lámpara el rostro del moribundo aparecía más pálido y siniestro.

Poco después, de la herida ya no brotaba la sangre á borbotones, sino

en una mansa corriente de arroyo, como un cordón de púrpura. ¡Ay! en

ese arroyo bermejo se estaba ahogando una juventud; ese hilo rojo ataba

una vida á la tumba.

Cuentos de poeta · 第 27 / 75 题