Eudoro entró en su casa. El perro, el viejo Sultán, lo desconoció y
gruñó; pero pronto vino hacia su amo, meneando la cola.
La casa dormía. Eudoro entró en su cuarto é hizo luz.
La lámpara, una lámpara con pantalla verde, esparce un fulgor de
esmeralda. A esa pálida claridad resplandece una pequeña habitación de
soltero. En un rincón, el lecho, de albura inmaculada; al otro extremo,
el escritorio de palisandro, mueble antiguo, reliquia del hogar, resto
de esplendor salvado milagrosamente.
Exornan las paredes algunos cuadros: una caza de Diana, un Caronte
feroz y un grupo de Vestales.
Sobre el escritorio lucen dos grabados, muy modernos.
Es el primero un oficial francés, caído en el campo de batalla, la
espada rota, sin kepi, desfalleciente. Ha pasado el combate; un médico
de la Cruz Roja con cara de angustia pide un trago de aguardiente á
un paisano. Este empieza á escanciarlo de su bota en un vasito, poco
á poco, casi con indiferencia. El médico tiende la mano y la vista al
frasco generoso, mientras el oficial, muy parecido á Rochefort, parece
morirse.
El otro cuadro es mucho más risueño. Es la tarde. Un mísero anciano
trabajador restituído al hogar de su faena del día, toma asiento en una
carretilla y empieza á encender su pipa. Su netezuelo, niño hermoso
é ingenuo, lo mira, deja el trompo, y corre á sentarse, lleno de
curiosidad, junto al anciano. A lo lejos, hacia el fondo de la casa y
del cuadro, cruza una mujer llevando un perol en la mano. Acaso sea la
hija del viejo, la madre del muchacho, que vaya á preparar en la cocina
el puchero de la tarde.
Eudoro, sentado al escritorio, desde que entró, hunde la frente en
el pupitre, y, los dedos enclavijados sobre la nuca, yace en una
inmovilidad de ataraxia.
Lentamente alza el joven la pálida cabeza y murmura como si desgarrase
el dolor con los dientes.
--Sí; debo matarme. Hace tiempo aguardo el valor que me acompaña en
este momento.
Tenía hundidos los ojos, pálido el color, demacrado el semblante. Dos
violetas, muy parecidas á las violetas de la muerte, teñían de morado
sus párpados. Los labios hacían una mueca trágica. Abrió una gaveta
y sacó dos retratos: el uno era de su padre en uniforme de rigurosa
gala, de su madre el otro. Los miró mucho espacio de tiempo, los besó
repetidas veces, los puso contra su corazón como la imagen de una
novia, los besó nuevamente, y ante aquellas efigies adoradas rompió á
llorar.
Al cabo de unos momentos se recobró. Restañó sus lágrimas y convino
consigo mismo en que debía proceder. Diferir más su intento era
exponerlo á fracasar. Meditarlo era no realizarlo.
Creyó bueno escribir, razonar su locura, disculparse; pero comprendió
que necesitaría escribir una obra, no una carta. Tuvo un secreto pudor
de su pena. Le repugnaban esos muertos charlatanes. Sin embargo, ¿cómo
no decir el último adiós á su pobre madre, á su madre querida, á su
madre infeliz, á quien sumía de nuevo en el dolor; cómo no impetrar
perdón de aquella madre á quien abandonaba mísera y viuda?
Por fin escribió un pliego bañado en lágrimas. Aquello no era carta
sino elegía.
No bien hubo concluído tomó una tarjeta, puso dos líneas, y escribió en
la cubierta, en gruesos caracteres, el nombre de su amada.
Se levantó y se miró al espejo. Estaba pálido, muy pálido; su rostro,
fino y melancólico, parecía la cara de mármol de un dios.
Con mucha calma empezó á cambiarse de ropa. Se amortajaba á sí mismo.
La franela limpia que se puso, muy ceñida, dibujaba aquel cuerpo
delgaducho y gentil de caballo árabe. Se lavó la cara y las manos;
cepilló sus dientes y sus uñas; y se volvió á mirar en el espejo. Con
una extraña coquetería de buen mozo ensayó una sonrisa que resultó una
mueca macabra; y comenzó á peinarse cuidadosamente. Se hacía la última
toilette.
Abrió la ventana. Una ráfaga de brisa y de noche oreó su frente. El
cielo, clareante, manchado de nubes, parecía una piel de jaguar, azul y
fantástica. De algún corral vecino trajo un soplo de viento el canto
varonil y vibrador de un gallo. Eudoro se estremeció. En el silencio
de la hora le pareció siniestro aquel canto. Cerró las maderas de la
ventana, y tembloroso aún se preguntó:
--¿Tendré miedo?
Pero no; no era miedo. Para llegar á esta resolución extrema, cuántas
noches de insomnio, cuántos días de dolor. En el alma de Eudoro se
había cumplido un proceso. Ya no le quedaba sino ejecutar lo que tanto
meditó, lo que había resuelto en su corazón, de tiempo atrás. Pronto se
repuso y prosiguió llevando á término su obra de destrucción con una
tranquilidad aterradora.
--Despachemos, se dijo; ya es muy tarde.
Sacó el reloj del bolsillo del chaleco, vio cómo eran las cuatro, y lo
puso abierto sobre el escritorio. Después tomó su revólver, lo llevó
á la luz, hizo girar la masa, y como en un ensayo lo acercó á las
sienes. El frío del cañón heló su cuerpo. Un calofrío culebreó por su
espina dorsal. De nuevo lo vio, é hizo ademán de morderlo. El acero,
destemplando sus dientes, lo obligó á castañetearlos.
Pero todo esto era apenas una burla á la muerte, una engañifa á la
tumba. El tenía su plan. Se acostó; se amortajó en la ropa blanca del
lecho; envolvió el revólver en una frasada para que la detonación fuera
sorda, para que el ruido muriese ahogado en la cobija; se tanteó el
sitio del corazón; alzó la franela; se apoyó el revólver en el pecho,
y disparó.
La sangre comenzó á brotar. Las manchas rojas sobre la albura del lecho
parecían camelias de púrpura en la escarcha. A la luz verde de la
lámpara el rostro del moribundo aparecía más pálido y siniestro.
Poco después, de la herida ya no brotaba la sangre á borbotones, sino
en una mansa corriente de arroyo, como un cordón de púrpura. ¡Ay! en
ese arroyo bermejo se estaba ahogando una juventud; ese hilo rojo ataba
una vida á la tumba.