Allá viene Paolo, el pregonero de diarios, calle arriba. El sombrerito,
casi en la nuca, deja al sol la frente. Corre Paolo de prisa, y con el
haz de periódicos al brazo, vocifera:
--_¡L'Araldo! Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta.
Morte del generale Vicini._
La multitud lo asedia. Hormiguean los curiosos, á los gritos. Todo
el mundo sale á comprar el periódico, anhelante de saber cuál suerte
cabe al ejército en la remota Abissinia. Los centavos llueven en la
bolsa de Paolo. El no se para un punto; abriéndose camino por entre
los lectores, que empiezan á formarse en corrillos, se escurre, calle
arriba, corriendo, y gritando:
--_L'Araldo: L'esercito in rotta. Morte del Generale Vicini_.
Los centavos diluvian. El rostro del pregonero se hace radiante; su voz
asume sonoridades de clarín. Aquella derrota es su triunfo.
¡Qué diferencia de los días anteriores! No acontecía nada. La semana
fue mortal para él. No sucedían cosas de sensación, ni llegaban
noticias de Africa. El pueblo comenzaba á olvidarse de su aventura de
Abissinia.
¡Cuántas noches llegó Paolo á su desván con una miseria en el bolsillo,
extenuado de correr, ronco de gritar, vencido por el cansancio, y
triste!
Su madre lo saludaba con un beso, que era casi un reproche. Una lámpara
daba su resplandor muriente en el zaquizamí, iluminándolo á medias.
A esa luz advertía Paolo las figuras quiméricas de sus hermanitos,
moribundos de inanición. Y á esa luz, le parecía más siniestro el dolor
en la faz de su madrecita; más punzadora el hambre de sus hermanos; más
espectral aquella casa de miseria.
El no olvidaría la escena de algunas noches antes. Su madre, al entrar
él, le preguntó:
--¿Qué traes?--hijo.
--Esto, repuso Paolo, enseñándole una palma de mano.
Y sucedió que la mísera se puso á llorar, abrazándose con él; Paolo
también rompió á gemir, mientras los chicos, en la penumbra,
contagiados por el grupo doliente, estallaron asimismo en lágrimas. En
la atmósfera flotaba el dolor. El candil alumbraba con sus claridades
equívocas aquella angustia.
Paolo, de súbito, se deshizo de los brazos maternos.
--Oye, madre, le dijo, yo traeré dinero.
--¿De dónde, hijo, de dónde?--preguntaba la temerosa, la desconfiada.
Entonces él la tranquilizó.
--No pienses nada malo, por Dios. Tomaré mis periódicos, saldré á
la calle, y anunciaré noticias, muchas noticias, grandes noticias,
noticias estupendas. Yo las pensaré, yo las inventaré. Tú verás, madre;
tú verás.
Paolo había convencido á su madre. Esta le decía acariciándolo:
--Bueno, hijo, córre; invénta muchas noticias.
Horas después entraba Paolo triunfante en el zaquizamí.
Esa noche se comió; esa noche se devoraron, en forma de queso y pan,
las noticias falsas de Paolo.
Desde entonces, todas las tardes, al salir el pregonero á su pregón, la
buena mujer le hace esta invariable encomienda:
--Invénta muchas noticias, Paolo.
En todo esto viene pensando el pregonero, calle arriba, mientras
vocea y reparte su periódico. Entre uno y otro grito habla consigo
mentalmente. Y al pensar cómo granizan ahora los cuartos, en la faz se
le dibuja la alegría, y sus ojos dicen cosas risueñas.
Hoy, apenas hubo recibido el diario con las noticias de Africa, malas
noticias, para él buenas nuevas, corrió á todo correr, camino de su
barrio.
Por uno como orgullo de campanario quería él que en su parroquia
supiesen, los primeros, las cosas de Abissinia. Además, el barrio era
populoso, y aunque humilde, á toda la vecindad le sobra manera de
comprar un periódico, siempre que haya noticias de sensación.
El pregonero llega á la plaza de la parroquia. De donde quiera salen
caras que le sonríen. Algunos lo interrogan familiarmente:
--¿Qué embuste dice tu papel, Paolo?
Todos los vecinos en el barrio conocen al pregonero; y él conoce á todo
el mundo: desde la recién bautizada hija del genovés marmolista, que
es la más joven, hasta la madre de Lucio, el zapatero, que es la más
viejecita.
Rápido Mercurio, Paolo vuela, echando á los aires su grito sonoro:
--_L'Araldo: Ultime notizie dell' Abissinia, L'esercito in rotta. Morte
del Generale Vicini_.
De los zaguanes, de la confitería, del restaurante, de todas partes
salen gentes á comprar el periódico. Los transeúntes, el farmacéutico,
el licorista, hasta las mujeres, hasta los muchachos, todo el mundo
quiere tener noticias, todo el mundo anhela ver por sus propios ojos,
la verdad, la ignominia del ejército; todo el mundo rabia por saber
cómo han huído las huestes de Italia, ante las tropas de Menelick.
Lucio, el zapatero, al mirar cómo la gente corre y se arremolina, sale
á su puerta. En ese instante se percibe clara, rotunda, la voz del
pregonero:
--_L'Araldo: Ultime notizie del Abissinia, L'esercito in rotta. Morte
del Generale Vicini_.
El zapatero se demuda. Aquel maldito gritón pasaría un momento después,
á la puerta de su tenducho. La viejecita oiría aquellas voces de
reclamo; y la angustia, como una serpiente, se enroscaría en el alma de
la madre y de la patriota.
El pregonero corre, calle arriba.
Y Lucio oye á su madre que le pregunta:
--Hijo ¿qué pasa? Escucho voces. Me parece que corren.
--Nada, madre; no es nada.
Y se percibe de nuevo el grito de Paolo.
Las manos de Lucio se crispan. Está nervioso. Los pesares de su madre,
la infidencia de su querida, los recuerdos de su hermano, la ignominia
de sus compatriotas, todo sube aquel momento á sus labios, todo se
traduce en este rugido sordo:
--¡Maldito sea!
Entre tanto Paolo ha llegado junto al zapatero, y echa al aire su
regocijo, en miradas y en voces:
--_L'Araldo: Ultime notizie dell' Abissinia. L'esercito in rotta. Morte
del Generale Vicini_.
La viejecita da un brinco en su acolchado asiento. Ahora sí escuchó
bien distintamente. Lucio la ve desde el umbral, pálido y mudo.
La vejezuela grita:
--Cómpra el periódico, Lucio.
Y prosigue monologando:
--Ay, Dios, qué nueva desgracia. ¿Por qué no me llevas del mundo? ¡Qué
será de mi hijo, de mi Genaro, Virgen Santísima!
A la vista del zapatero se le ocurre á Paolo una mentira sensacional.
Nadie ignora por allí que Genaro pertenece al cuarto batallón. A todos,
en el barrio, se los ha dicho la viejecita. La costumbre de fingir y
contrahacer noticias trae á las mientes de Paolo una mentira estupenda;
y allí, en las propias barbas de Lucio, prorumpe en voz vibrante:
--_L'esercito in rotta. Il quarto bataglione..._
Pero no puede concluír. Los ojos y la mano de Lucio lo detienen.
--Dáme un periódico, ruje por lo bajo el zapatero, asiendo á Paolo de
la blusa.
Y nervioso, colérico, empieza á ojear el diario. Paolo intenta zafarse
y correr á su pregón; pero Lucio lo detiene. Los espectantes no
comprenden qué pasa. Paolo enmudece y palidece de susto.
En el interior del tabuco, la vejezuela, mirando la gente mariposear
á su puerta, y angustiada por las voces del pregonero, trata de
levantarse, y rueda á los pies de la silla, por el suelo. Al grito y al
golpe de la anciana, Lucio vuelve los ojos, y ve á su madre, caída, la
frente rota, y la nieve de los cabellos roja de sangre.
Entonces mudo, siniestro, en un instante, á la vista de todos, Lucio
agarra á Paolo por el cuello, lo atrae á sí, toma el cuchillo de
zapatería y lo encaja furibundo en el vientre del muchacho.
Corre un instante de asombro, de mudez, de estupefacción. Cuando la
multitud se echa encima de Lucio, ya él ha corrido á su madre, y
besándola, murmura:
--¡Madre mía!
En la acera, Paolo agoniza. También da un beso á su madre; pero él
la besa desde la tumba, con el pensamiento. Y entre tanto la colma á
besos, el pobre niño cree oír la voz de su madre, que le dice:
--Invénta muchas noticias, Paolo.