D. Juan continuaba:

--¡Cuántos, cuántos quisieran lo que á tí te sobra! ¿Qué te hace falta,

dímelo?

Juanito, también puesto en pie, los ojos húmedos de lágrimas y la voz

temblante, repuso:

--Mi madre; me hace falta mi madre.

D. Juan lo esperaba todo menos tal respuesta. Un escopetazo en el

rostro lo habría impresionado menos. Cayó en una poltrona, sollozando

como un niño, el rostro cubierto con las manos. Entonces Juanito,

llorando también, se abalanzó á su padre y lo abrazó, lo besó con

frenesí.

* * * * *

Una sombra se había proyectado en aquellas dos almas: la sombra de la

bella errante á quien D. Juan amó un tiempo; la sombra de la linda

aventurera que mercaba rosarios de ámbar, rosas de Jericó, fragmentos

de la propia cruz donde fue supliciado el Cristo; la sombra de la

amada bohemia que huyó en una fresca noche primaveral, anhelante

de correr por cuantos son pueblos y climas, acaso para gustar en

otras latitudes nuevos amores, acaso para concebir otros hijos y

sembrarlos,--como simiente de dolor,--en los surcos por donde va la

triste romera.

Cuentos de poeta · 第 20 / 75 题