Juanito fue desde su entrada en el colegio uno de los mejores
estudiantes; los primeros puéstos eran los suyos, tanto en la clase de
álgebra como en la de filosofía. De inteligencia clara, alma anhelosa
de saber, corazón rebosante de orgullo, carácter serio, espíritu
soñador, era retraído, afecto al estudio; gustaba de ese como pugilato
de las inteligencias, que entre condiscípulos se lleva á cabo y pone á
prueba el vigor intelectual de los contrincantes.
Pronto fue distinguido por los profesores; esto le granjeó la ojeriza
de sus camaradas. Además, él de suyo un poquillo rencoroso, guardaba
contra varios de sus compañeros, señaladamente contra uno, sentimientos
no nada cristianos, antes bien confines con el odio y con la más
ponzoñosa antipatía.
Tuvo esto origen en una escena ocurrida á su ingreso en el plantel;
escena dolorosa que nunca olvidaba Juanito, y en la cual había sido por
desgracia protagonista.
Fue una mañana á cosa de las ocho. El hacía su primera entrada en el
amplio salón del colegio. Todos los muchachos estaban reunidos. El
Director del instituto presidía.
Provincial tímido, con aire azorado y maneras torpes, Juanito entra
en la sala, crúzala silencioso y desconcertado entre dos coros de
alumnos, se dirige atolondradamente al Director y sin más preámbulo le
tiende la mano. El maestro por hacer una mala pasada al pobre mozo, no
estrecha la mano de Juanito, y éste queda en el centro del salón, mudo,
chasqueado, rojo de vergüenza, en medio de la risa del profesor y la
rechifla sangrienta de los alumnos.
Entonces sucedió algo más doloroso para él.
--Siéntese usted, le dijo el Director, señalándole un puésto vacío. El
obedeció. El asiento destinado á recibirlo era un banco en el cual sólo
estaban dos alumnos.
Los muchachos comenzaron á hacer despiadadas observaciones.
--«Tiene nariz de olerlo todo», exclamó uno á media voz, ni tan alto
que escuchase el maestro, ni tan bajo que no produjese hilaridad en el
auditorio.
--¡Qué ojos de basilisco!
--Este nació para astrónomo.
--¡Qué pies!
--¡Qué manos!
--Parece un sietemesino.
Entre tanto los dos jóvenes que ocupaban el banco junto con Juanito se
deslizaron cautelosos hasta un extremo, precisamente la punta opuesta á
la que servía de asiento al provincial.
Juanito, ya cambiado el estupor en cólera, se prepara á responder á las
injurias cuando los mozos de su lado, á una señal, se ponen de pie. El
provincial gravita solo en un extremo del banco, rompe el equilibrio, y
rueda bajo el asiento que le cae encima.
Lleno de polvo y de vergüenza, ciego de dolor y de ira, cierra Juanito
contra uno de los causantes de su malaventura y le asesta en el rostro
una tremenda bofetada. El Director interviene; la mofa cede el puésto
al asombro; y á partir de la ocurrencia ya saben á qué atenerse con
Juanito sus camaradas de colegio.
Sin embargo, las jugarretas menudearon. Se supo que el padre de Juanito
era propietario de una jabonería, y ya no llamaron al joven sino «el
jabonero». Por todas las paredes corrían versos alusivos á la industria
de D. Juan. Una ocasión en la mesa al comer el pan, Juanito tuvo
náuseas. Los muchachos le habían ingeniosamente aderezado la hogaza; la
miga no era de harina sino de jabón.
Entre él y sus compañeras hubo siempre algo infranqueable: el carácter
de Juanito.
Discurrió un año. Ellos duros con él. El duro con ellos. Intimidad tuvo
con muy pocos; odio, sólo para uno. Quien inspiraba en Juanito este
invencible sentimiento de repulsión era un mozo alto, delgaducho, de
grandes piernas, ojos zarcos, pelirubio, lleno de prejuicios de raza á
pesar de lo democrático de su figura y de su nombre.
Este era el mismo joven á quien Juanito abofeteó cuando la ocurrencia
del banco. Se llamaba Gil Pérez. Los muchachos, jugando con las letras
del nombre, lo apodaban _Perejil_.
Perejil y Juanito se abominaban mutua y cordialmente. Una mañana corrió
entre los alumnos la nueva de que los dos jóvenes se habían desafiado
para el jardín, á las cinco, después de las clases.
Todo el colegio se dispuso á presenciar un espectáculo extraordinario.
Perejil era lenguaraz, insolente; orgulloso de que antepasados de él
habían muerto en defensa de la Patria, decía á menudo:
--Por mis venas corre sangre de héroes.
Taciturno, austero, Juanito inspiraba en sus camaradas un sentimiento
indefinible, extraña mezcla de antipatía y respeto.
El tema palpitante eran Perejil y Juanito. A la hora del almuerzo, en
los corredores, en las habitaciones, por todas partes se entablaban
diálogos.
--Hoy le bajan el gallo al jabonero.
--No sabemos, chico; ese Juanito no es tonto. Recuérda su estreno en el
colegio.
--Aquello fue una casualidad. Perejil nunca quiso arreglarle cuentas.
Pero ya ves; á cada cochino se le llega su San Martín.
En otras conversaciones salía peor librado el pobre Juanito. Una y otra
parte le eran adversas. En un grupo decían:
--Es un presuntuoso.
--Y un cobarde.
--Me alegraré de que Perejil lo medio mate.
--Y yo.
--Y yo.
En ese momento ingresó Perejil al círculo, muy satisfecho de contar en
su favor los sufragios de la mayoría.
--Saben ustedes una cosa, dijo: me contentaré con zambullir en el
estanque á ese mal nacido. ¡Qué historia la de él, queridos; qué
historia! Me la ha referido esta mañana el nuevo cartero. Son del mismo
lugar.
Todos interrogaron á Perejil con la mirada y con la voz.
--Cuéntanos, chico, cuéntanos.
Pero Perejil no creyó caballeresco expresar lo que sabía acerca de
Juanito.
En un instante corrieron mil versiones: Juanito era esto; Juanito era
lo otro.
El día pasaba. Perejil, muy animado y decidor, secreteábase con los
vecinos en la clase y lanzaba á todo el mundo miradas de perdón.
Sonaron las cinco. Los muchachos ya libres, como bandadas de palomas
volaron al jardín.
En el centro de un grupo, orillas del estanque, Perejil se quitó la
blusa, arremangóse la camisa, y aludiendo á Juanito que aun no llegaba,
dijo:
--Esperemos á ese cobarde.
No esperó mucho. Juanito entró en el jardín. Todas las bocas callaron.
Los ojos llameaban; los corazones latían con presura. En presencia de
los adversarios el concurso se conmovió.
Juanito vestía de blanco; el blanco de su ropa contrastaba con el negro
profundo de sus ojos, y la obscuridad brillante de la cabellera riza.
Pequeño de estatura, corto de cuello, atlético de complexión, todo en
el joven Hércules respiraba energía.
Con una imperturbabilidad desconcertante se dirigió al grupo que
rodeaba á su enemigo, y encarándose con Pérez exclamó:
--Perejil, estoy á tus órdenes.
Perejil avanzó nervioso, pálido de coraje, digno de sus abuelos.
Instintivamente Juanito cerró las manos; su nariz se infló; de sus ojos
profundos brotaron centellas.
Perejil se detuvo. El hielo del pavor lo había tocado de súbito. Pero
pensó en su honor, en su nombre, en su prestigio personal, en su
orgullo de raza, y altivamente exclamó:
--Jabonero; vengo á decirte que yo no puedo pelear contigo; tú eres
hijo de una perdida; tú no tienes madr...
La última frase no pudo concluírla. El puño de Juanito la había apagado
en los propios labios de Perejil.
La cólera del jabonero rayaba en delirio. Cayó sobre Perejil; lo
abofeteó, lo mordió, lo escupió, lo derribó, y cuando el pobre enemigo
exánime se revolcaba en el polvo, la cara tinta en sangre, Juanito se
puso en pie y una, dos, tres, y más veces, lleno de furia, pateó la
boca maldiciente del caído.
Juanito, reprendido con dureza, fue puesto en reclusión. Nada de
domingos libres. Nada de horas de asueto. Recreo, no para él. Del
cuarto de dormir á la clase, y de la clase al cuarto de dormir. Preso,
vigilado cuidadosamente, su encierro duraría hasta _nueva orden_ del
Director.