El pueblo, blanco y pequeñito, al pie de la montaña, entre los árboles,
es un huevo de paloma; aparece como ninfa desnuda, deslumbrante de
blancor, adormecida en el valle, á la sombra.
Desde el camino, el viandante, al mirar la aldehuela, bajo las ceibas
florecidas, piensa ver una perla al través de una esmeralda.
Aquello es paradisiaco. Las casucas no trepidan al paso de los trenes;
ni turban el silencio de la comarca las rápidas locomotoras.
¡El pueblecito, como olvidado en el repuesto valle, á la falda del
monte, qué había de conocer luchas de grandes intereses, ecos de
industrias, rumoreos de ciudad populosa! A manera de eremita, ignora
de las cosas del mundo. Hasta su recinto sólo llegan el canto matinal
de azulejos y turpiales; el chirrido de guacamayos multicolores; las
estridentes voces de alguna banda de pericos, que vuela hacia los
maizales, á picar en el oro de las mazorcas, y raya el cielo azul del
poblacho como una cinta verde, como nube de esmeralda.
El pueblo es dulce; pero monótono. Allí no hay otro espectáculo sino el
de la naturaleza, siempre nuevo, siempre hermoso, grato siempre á la
vista del hombre.
A trechos, en la montaña, los conucos florecen; en los claros del monte
las rozas humean; y plantaciones de café, pequeñitas, desaparecen
cubiertas de nevados jazmines, á la sombra bienhechora de los bucares,
que se extienden, como quitasoles de púrpura, bajo el cielo azul.
Fue en este pueblo arcádico donde instaló D. Sergio, vecino del lugar,
una molienda de maíz.
* * * * *
La industria de D. Sergio prosperaba. Desde mucho antes del
advenimiento de la aurora el molino hervía en gente.
El pueblo, agricultor, se levantaba con el alba á cultivar el campo
que florecía como un opimo cuerno de la abundancia; y al abrir ojos lo
esperaba sobre la mesa, en el copioso desayuno, la _arepa_ calientita,
provocante y dorada.
Viendo el molino rebosante de personas, y á D. Sergio atareado, feliz
en la faena, los madrugadores empedernidos, al pasar, lo saludaban con
una sonrisa.
--¿Mucho trabajo, D. Sergio? preguntaban algunos, lisonjeando de
propósito la vanidad del molinero.
El respondía con miradas de satisfacción, que pudieran traducirse de
esta suerte:
--Comprendo que admiráis mi labor. Gracias.
El éxito de su negocio era para D. Sergio cosa grave, punto de honor,
orgullo de su existencia, satisfacción la más cumplida de su vejez.
¡Cuánto no le costaba el implantamiento del molino! ¡Qué lucha contra
un pueblo, contra un pueblo íntegro, y sobre todo, qué triunfo! Los
detractores más empecinados de su proyecto eran hoy propagandistas de
su obra. La lucha fue horrible.
--Este hombre está loco, manifestaban algunos; quiere turbar las sanas
costumbres de nuestro pueblo.
El párroco formulaba argumentos poderosos.
--Eso va directamente contra lo estatuído por la Escritura, decía. La
decantada novedad es, en resumen, la remisión del trabajo, como que
hoy muelen á la mano el maíz, y el trabajo es impuesto del Señor,
castigo de la primera culpa.
Todos convenían en ello. Muchos aventuraban que sería peligroso
provocar los sentimientos del pueblo. Este, muy bien hayado sin
molinos, repugnaba innovaciones que pudieran aportar fatales
consecuencias.
El grito de guerra repercutió en los corazones. D. Sergio se proponía
llevar á término una obra contra el tenor expreso de los Libros Santos;
é interrumpía bruscamente sanas prácticas establecidas de antaño.
Aquello, pues, era inmoral. El pueblo lucharía con el innovador
irrespetuoso.
Los unos, llenos de ardor bélico exclamaban:
--Primero sucumbir.
Otros, poco afectos á las decisiones de la fuerza, se lamentaban de que
un padre de familia, un hombre honorable, diera albergue en su alma á
tales propósitos.
A pesar de todo venció D. Sergio. Ya su obra era no solamente mirada
sin ojeriza, sino que mereció la sanción del nuevo cura del lugar.
Cuanto al antiguo, ni al tiempo de cambiar feligresía consintió en
absolver al molinero.
* * * * *
Una mañana corrió el pueblo la noticia de que el señor Justo Redil,
acaudalado mercader, pensaba en el establecimiento de otro molino.
Cuando lo supo, D. Sergio se indignó. ¡Cómo! ¿Había él luchado sólo
contra viento y marea para luégo de obtenido el éxito, venir á
compartirlo con nadie? Eso, jamás. El ó el otro. El pueblo sería el
juez. Y como interesado en el litigio se abstuvo de opinar.
A las preguntas contestaba con una ironía.
--Ya veremos, señores; todos los barcos caben en el mar; sino que
algunos naufragan.
Pero D. Sergio, en lo íntimo de su corazón, protestaba contra aquel
pueblo espectante, que esperaba la lucha cuasi alegre. A D. Sergio el
solo intento de Redil le parecía una estafa.
En la población se formaron partidos. El uno celebraba sesiones en el
molino, y vociferaba contra D. Justo. Aquello era arrebatar el bocado á
un padre de familia.
--No podemos presenciar esta lucha impasibles, gritaban.
--D. Sergio sucumbe.
--No, no.
--Sí, señores, ese D. Justo está podrido de dinero; bien puede echar un
chorro de monedas por la ventana.
--Es una brega de tigre con asno.
--Eso no, caballeros, interrumpía D. Sergio, indignado ante la afrenta
de la comparación. Quien luchó contra un pueblo, sin salir maltrecho,
bien puede atreverse con un capitalista.
Otro círculo, partidario de D. Justo, se congregaba en la botica. El
farmaceuta era el alma de la reunión. Recién llegado al lugarejo,
farmaceuta titular, bachiller, joven como de treinta años, Remigio,
vástago único y heredero del antiguo boticario, respiraba entre los
mozos del pueblo, sus amigos, atmósfera de respeto, cuasi de sumisión.
Todos deferían á sus opiniones. No en balde discurren cinco años de
vida en una lejana capital de provincia, en la Universidad, entre
estudiantes.
El prestigio del farmaceuta era muy justo, máxime porque Remigio
se esmeraba en consolidarlo con su _fablar polido_, exento de
provincialismos. La sociedad femenina, con donosura, lo apodaba de
_banano_. Remigio nunca quiso decir al plátano _cambur_, como las
gentes del lugar, sino banano, según el nombre castizo de la fruta.
_Banano_, pues, defendía el propósito de D. Justo Redil en nombre del
Progreso.
--Es imposible permanecer estacionarios, decía; el carro del Progreso
pasará por cima de nosotros. No seamos los indios de ese Jagrenata del
Occidente que se llama la Civilización.
Su discurso hacía eco. Por todas partes, en la reunión, se levantaban
voces aprobatorias.
--Tiene razón Remigio.
--Sí, sí, adonde iríamos á parar.
Y corrió el tiempo en estas luchas de círculos, entre disparos de
envidias, dardeos de vanidades, gritos de pasiones, ecos de la
estupidez.
* * * * *
Por fin quedó instalado el nuevo molino. Las piedras, de granito azul,
brillaban, al moler el grano de oro, en una rotación vertiginosa. El
motor, en nada parecido al caballejo desmedrado de D. Sergio, era un
coquetón vaporcito inglés, vertical, resplandeciente, como pavonado de
obscuro. Parecía un africano corpulento de músculos poderosos; negrazo
enorme por cuya garganta, el humero, brotaba aliento de nubes; suerte
de monstruo etíope que al recibir el alimento de carbón y leña, dejaba
ver, palpitantes, las entrañas de fuego.
La mera comparación de los molinos constituía una injuria al pobre D.
Sergio.
Las molenderas hablaban de la antigua maquinaria con desdén insufrible.
--Las piedras están cascadas, decían.
Algunas almas sin piedad hacían mofa del caballito, parangonándolo
cruelmente con el vapor de D. Justo.
--Cualquier día revienta de rabia ese potro cerril, expresaban.
--De veras, respondía alguien, es tan soberbio el animalucho que á las
veces dice á no andar, así lo fustiguen.
La acerbidad de la antigua clientela constituía fuente inagotable de
tristeza para el pobre D. Sergio.
El contó siempre con que una parte de aquellas malas pécoras le sería
fiel. El se imaginaba, en justicia, acreedor de algunos agasajos, de
algunos miramientos, de algún cariño. ¡Cuántas veces lo sorprendió la
media noche en la tarea de escribir y repasar los nombres de muchas de
éllas, imaginando que no lo abandonarían!
Formó su lista.
--Fulana no se me va, pensaba; de Zutana no estoy seguro.
¡Pero cuánta perfidia! La lista mermaba de diario. Todas las mañanas
era menester testar un nombre.
Ya D. Sergio apenas si podía mantener con Redil la competencia.
Echaba cálculos. D. Justo perdía, es verdad; pero él, D. Sergio, se iba
poco á poco arruinando. D. Justo era capitalista; él no. Al uno nada le
importaba perder en el negocio; tenía qué. Al fin, quedando solo, se
resarciría con creces. Entre tanto, ¿cómo vivía él sin ganar? Ya casi
estaban moliendo de balde. Los ingresos apenas cubrían los gastos.
Pero él odiaba tanto á su competidor, tanto mal le produjo Redil, tan
profundamente hirió su honra de industrial, por modo tan cruel deshizo
el patrimonio de sus hijos, la dulzura de su hogar, la paz de sus años,
que D. Sergio, encontrando fuerzas en sí propio, compañía en su rabia,
sostén en su encono, luchaba y luchaba sin esperanza, por el orgullo de
su nombre, por el amor de su casa, por el odio de su enemigo.
Uno á uno los amigos lo abandonaban.
--D. Sergio no sea usted caprichoso, le decían. ¿Por qué no cede?
D. Sergio se indignaba á tales propuestas. Y entonces las filas de los
afectos clareaban, como las filas de los clientes.
_Dios mío, qué solos
se quedan los muertos._
En cambio D. Justo, maldecido al implantar su empresa, ahora era imán
de simpatías.
--D. Justo sí es hombre de negocios, expresaban los parciales de Redil.
Los pocos fieles á D. Sergio manifestaban que Redil, cuando menos, era
oportuno. No bregó como D. Sergio y obtuvo mejores resultados.
Algunos decían:
--Es ahora cuando nuestro pueblo es apto para molinos.
Era necesario convenir en que D. Sergio se aventuró prematuramente.