De Puerto Rico á España

[Ilustración]A las siete de la mañana llegué á Puerto Rico. Cuando

la tierra está empapada de rocío, los árboles remozados por el

descanso de la noche, el ambiente purificado por el sosiego de las

capas de aire que sedimenta, por acción mecánica, cuanto flota en la

atmósfera sacudido por el viento; cuando la naturaleza entera parece

presentarse al que madruga con su _toilette_ matinal hecha con

esmero, para renovar sus prodigios y presentarse á la vista del

hombre con sus prestigios de coqueta refinada, parece escogida de

intento para que el viajero pueda contemplar la bahía de San Juan de

Puerto Rico, adornada con todas las pompas y galas de la espléndida

vegetación tropical.

No tiene aquella isla la grandeza de líneas de Cuba, ni presenta

la bahía de San Juan el encanto de una gran ciudad, como la Habana

con su puerto y sus dársenas, edificios públicos, iglesias y

campanarios, cuarteles y fortificaciones; pero el campo, cubierto

de cafetales y pueblecitos escondidos en los repliegues de valles

encantadores, la montaña caprichosamente proyectada en el cielo,

cubierta de frondosos bosques de cocoteros, y la ciudad escalonada

en rápida pendiente, mostrándose, toda ella, á la vista del viajero,

con sus tonos vivísimos de color, sus persianas pintadas de verde,

su jardinito á la orilla del mar, sus edificios públicos que asoman

por todas partes, capitanía general, cuarteles, iglesias, con ansias

de contemplar la bahía, y el movimiento marítimo con sus botes

tripulados por negros, los trasatlánticos con su porte majestuoso,

las lanchas de vapor y los cañoneros de la marina de guerra española,

las aguas de la bahía que parecen las de un lago, las de fuera de

puntas, en la otra parte del Morro, que saltan y echan espumas,

mostrándose airadas contra los obstáculos de las escolleras,

espectáculo es curioso que no pierde su prestigio con el tiempo, que

á los diez y nueve grados de latitud norte, los cambios bruscos de la

atmósfera, la nube que cruza el espacio y riega los campos derramando

copiosa lluvia sobre la tierra sedienta, el viento que agita las

aguas y levanta olas espantosas en el mar de las Antillas, las brisas

que acarician y besan aquella vegetación espléndida, refrescando su

follaje fatigado y rendido, el aire que cambia constantemente de

densidad y de color, sin perder el brillo intenso que conserva á la

luz del sol toda su fuerza y sus colores, matices son de un cuadro

inmenso, siempre el mismo y siempre variado, que tiene por marco el

mar, tallista prodigioso que ha dibujado la silueta de la isla de

Puerto Rico con primores y perfiles de consumado artista.

Y cuando cesa el movimiento al rededor del «Alfonso XII» y los

pasajeros se deciden á visitar la ciudad, multitud de barqueros

me ofrecen su lancha, que en pocos minutos me deja al pie del

desembarcadero para recorrer la capital de la isla, que á juzgar

por su perspectiva, no ha de exigir mucho tiempo á la atención del

viajero. El microscópico jardín que está junto á la escalinata

del muelle, no merece más que una rápida ojeada, empezando á los

pocos pasos la rampa de una calle que sigue la máxima pendiente

de la colina en que está edificado San Juan de Puerto Rico. Los

ejes de las calles transversales, siguiendo aproximadamente las

trazas de líneas de nivel, son casi horizontales, desarrollándose

en ellas las edificaciones más bellas, los edificios públicos más

notables, la iglesia más ostentosa, la plaza en que se halla la Casa

Consistorial, y, en el extremo, casi en las afueras, otra plaza, en

donde se abrían las fundaciones de un monumento dedicado á Colón,

proyectado por un artista italiano que hizo conmigo la travesía de la

Habana á Puerto Rico, y se estaba remozando un teatrito muy bonito,

demasiado chico, quizás, para una población de 30,000 almas, y junto

á las murallas que van á derribarse á petición del vecindario, que

se ahoga ya dentro de un recinto amurallado que los técnicos juzgan

ya inútil para la defensa de la plaza, y los higienistas cinturón

que oprime con sus ligaduras los pulmones y la fuerza expansiva de

una ciudad que crece y se desarrolla á impulsos de su riqueza y su

trabajo.

En parte opuesta del barrio descrito y sobre la misma curva de nivel

se halla la Capitanía general, edificio típico y con cierto aire de

grandiosidad; en sus cercanías, un cuartel espacioso con un patio

central donde puede formar un regimiento, y cuadras ventiladas y

espaciosas, cuartel que costó tanto dinero, que doña Isabel II

preguntó si se construía de plata; junto á ellos también, otro

caserón inmenso, no sé si hospital ó casa de Maternidad, formando un

grupo de edificación de carácter público que revela los desvelos de

la metrópoli por la preciosa isla que tiene una densidad de población

superior á la de todas las islas del Archipiélago antillano, que

tiene en sus costas poblaciones importantísimas y más lindas, según

el decir de las gentes, que la capital; que cultiva todas las tierras

y los montes, aun los más fragosos y alejados de los centros de

población, donde se cría riquísimo café, cacao, caña dulce, tabaco

que exporta profusamente con provechos cada día más importantes, que

va desarrollando, aunque con excesiva lentitud, los ferrocarriles

del litoral, que tiene buenas carreteras y un buen servicio de obras

públicas, y que sin la invasión de la plata mexicana, pesadilla allí,

como en muchas partes, de un porvenir tenebroso ante el problema

de la cuestión monetaria, cuya solución es tormento de gobiernos y

sabios, no creo opinión optimista asegurar que la isla de Puerto

Rico goza de envidiable prosperidad y que es una de las colonias que

han dado y dan prestigios más justificados al colono y al comercio

español.

Por la tarde, la excursión á Santurce y Río Piedras completó la breve

visita hecha á la isla de Puerto Rico, de la que guardo tan grato

recuerdo y tan pintorescas perspectivas. Para ir á la estación del

tranvía de vapor, desde el cuartel, forzoso será desandar el camino

recorrido y volver á la parte baja de la ciudad, al pie de la plaza

que debe ostentar ya á estas horas la estatua de Colón.

Un modestísimo cobertizo de madera, un pequeño andén donde para un

tren de una locomotora y dos vagones á la americana, que hacen la

_navette_, como dicen los franceses, en vía estrecha, no sé si

de un metro ó de setenta y cinco centímetros de anchura, constituyen

el vehículo que recorre, en la longitud de unos cinco kilómetros,

el espacio comprendido entre la capital y Río Piedras, población de

escaso vecindario, que se halla casi en el centro de la curva que

cierra la bahía de San Juan de Puerto Rico. El que visita la isla y

descuida por ignorancia ó indolencia el recorrido de aquella línea,

bien puede tener entendido que ha perdido una de las perspectivas más

deliciosas de la tierra. No se crea que hay en aquel cuadro de la

naturaleza embellecido por el arte, grandiosidad, ni el espectáculo

hondo de extensos horizontes colmados de accidentes, no, lo que se

ve en aquel valle lo abarca la vista en conjunto y sin esfuerzo; lo

que se admira es la compenetración de las obras de una naturaleza

ardiente y poderosa, con el arte de construir y combinar; es el

hotelito primoroso que sombrean árboles deleitosos y flores de sin

igual hermosura; es la cabaña y el bohío, escondidos en un rodal

que parece arrancado del fondo de la manigua y trasplantado en el

seno mismo de un pueblo culto y enamorado de las artes; es la mezcla

de las razas codeándose sobre el pretil del verandah, donde se ven

juntas la belleza mestiza y la negra de azabache, la rubia de ojos

que sueñan y la mulata de mirar que fascina; es la continuada

sucesión de hotelitos y jardines, de masas de cocoteros y palmeras,

de árboles forestales gigantescos y plantaciones variadas, síntesis

de la fecundidad prodigiosa de los trópicos, utilizada, con gusto

exquisito, por los dichosos habitantes de la isla.

Al llegar á Río Piedras, la ilusión se desvanece; á la derecha,

charcas pantanosas y tierras bajas; á la izquierda, el pueblo, de

fisonomía vulgar, en cuyas cercanías vi la quinta de verano del

capitán general con su jardín, donde crecen cafetales, cocoteros y

plátanos en abundancia, y un edificio, como puede tenerlo cualquier

burgués acomodado; á lo lejos, la manigua que atraviesa polvorosa

carretera que se pierde en el horizonte... después, ansia de regresar

para deleitarme otra vez en lo que no volveré á ver probablemente

jamás.

Al día siguiente, el «Alfonso XII», después de cargar sendos sacos de

café y azúcar, regalo ostentoso de Puerto Rico al ejército de África,

levó anclas, disparó el cañonazo de despedida, atravesó la boca de la

bahía, y como si despertara á la realidad, después de tener la vista

fija en aquellas tierras de portentosa fertilidad y en aquella ciudad

aseada, limpia, bonita, con la brusca sacudida de la mar libre,

embravecida, saltando las olas en las rompientes, como catarata

que se despeña de alturas inaccesibles, siento que la preocupación

se apodera de mi espíritu, que las ansias de volver á mi casa, de

abrazar á los míos, de estrechar la mano amiga que auguróme buen

viaje, levantan en mi corazón el dejo amargo de la duda, y mientras

la isla se hunde en el horizonte y el mar nos rodea por todas partes,

mar airado, ceñudo, lleno de espumas que azotan los flancos del

coloso... y pasan días y días, sin descanso, oyendo como la hélice

gira con estrépito en el aire, produciendo un ruido aterrador, como

se rompe la vajilla y crujen las cuadernas del buque, como si no

pudiera resistir las embestidas de aquel oleaje furioso, con mar

de proa que modera la velocidad, con marejada gruesa que produce

balanceo espantoso, pienso con ansiedad en la hora de llegada, en el

día afortunado en que volveré á ver las costas de mi patria.

Llegó, por fin, la hora suspirada; el tiempo apiadóse al fin de los

pobres viajeros del «Alfonso XII», y á las 2 de la tarde del día 16

de diciembre de 1893, con la vista fija en el horizonte y con algo

en mi sér que levantaba oleadas de alegría que anudaban mi garganta,

volví á contemplar las tierras patrias, las costas españolas del

Atlántico, en cuyo fondo se divisaba la ciudad culta, la hermosa

Cádiz, y mientras tomaban cuerpo y realidad en mi cerebro aquellas

brumas difuminadas en el horizonte, no se me ocurrió cosa más digna

de aquel suceso venturoso, que dar gracias fervorosas á Dios, que me

había colmado de dichas en mi camino y que me permitía volver sano y

salvo al lado de los que siempre me amaron, para vivir y morir entre

los míos, en el seno augusto de la patria española.

Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico · 第 26 / 30 题