De El Paso á México

[Ilustración]A las dos de la tarde del día 6 de noviembre último

llegué á la estación de El Paso, en territorio de Texas de los

Estados Unidos de la América del Norte.

Para ir á la estación mexicana es menester atravesar la población, de

fisonomía yankee, en el conjunto y los detalles. Lo característico

allí es el cambio de tipo, la aparición de nuestra raza, del mestizo

y del indio mexicano, esencialmente distinto del sioux criado en el

Far-West y en los desiertos de Arizona, New-México y Texas.

El indio mexicano tiene en su piel y en sus rasgos fisionómicos

algo que recuerda al chino, y sin embargo, cuando se comparan en

los restaurants de las estaciones donde concurren, al chino puro,

activo, inteligente, observador, con el indígena de México indolente,

resignado, gozando la molicie del reposo, la única semejanza que

aparece en los dos tipos es la inmovilidad fatal de su fisonomía, la

tristeza de raza, tan honda y constante que parece haber desterrado

la risa de aquellas esfinges humanas.

«Señor, ¿quiere usted algo?» me dijo un mestizo de ojos negros,

rasgados, soñolientos. «Sí, necesito cambiar dinero; ¿podrá usted con

todo esto?»—«y cómo no», contesta el mozo echando una rápida mirada

á mi equipaje de mano, y con un acento tan dulce y con tan suaves

inflexiones en la voz, que cantaba más que hablaba, y al decirme que

le siguiera, guióme por aquellas calles polvorientas y las sendas más

trilladas, llegando al poco rato, en tarde de noviembre tan calurosa

como una de septiembre en Barcelona, al Banco de la ciudad, donde me

dieron por cada cien dollars ciento setenta y dos pesos mexicanos.

Al ver tanto dinero en mi mano, tentado estuve de creer que soñaba,

porque si la vida en México había de resultar proporcionada á lo que

cuestan las cosas aquí, tomando por unidad el duro, iba á darse el

caso extraño de que el viaje á Nueva España no me costara nada ó casi

nada.

Regresé á la estación y me tocó esperar hasta las cinco de la tarde;

los trenes en México no llevan prisa; hay de El Paso á México unas

mil doscientas treinta millas, y para su recorrido necesité andar,

sin descanso, desde el lunes á las cinco de la tarde á las siete

de la mañana del jueves siguiente. Media hora antes de la partida,

el expendedor de _boletos_ abrió la taquilla y al pedirle

pasaje para la capital de México, aunque el idioma del país es

el castellano, observé que no me entendía, que domina aun en los

caminos de hierro de Nueva España el idioma de la gran república

norteamericana.

Me figuré, pues, que estaba aún en los Estados Unidos y hube de

reiterar la petición en inglés. «Aquí, contestóme, no damos pasaje

más que hasta Ciudad de Juárez, en donde está la estación principal

y la Aduana».—«All right»; dí diez centavos, me entregó un

_boleto_ y esperé la hora de partida.

A las cinco llegó el tren compuesto de vagones de primera, segunda,

tercera y Pullman-cars, rotulados en inglés, y el consabido negro,

con su uniforme azul y botones dorados, el revisor que chapurreaba el

español, con el séquito y la factura indiscutible que caracteriza el

servicio de las compañías norteamericanas. Esos trenes me hicieron el

efecto de avanzadas de los ejércitos de la gran república ansiosa de

ir tachonando, de estrellas nuevas, las barras blancas y azules del

pabellón americano.

Partió el tren y los aduaneros empezaron á ejecutar sus funciones; el

bagaje de mano quedó revisado en pocos instantes, poniendo en todos

ellos un rotulillo que decía: «Revisado por el resguardo de la Aduana

fronteriza de la Ciudad de Juárez». Anochecía ya al llegar á Ciudad

de Juárez y allí revisaron mi equipaje, cené y tomé pasaje para la

capital de los Estados Unidos mexicanos. En el restaurant estaba en

funciones una partida de chinos que ha arrendado la mayor parte de

los servicios culinarios de las estaciones carrileras.

La comida me pareció aceptable y calcada en la cocina norteamericana:

muchas carnes asadas, pocas salsas, agua helada á pasto, y la eterna

banana en compota, frita, al natural, perfumando con su empalagosa

esencia todos los platos.

Y al dejar arreglados mis cachivaches en el Pullman, observé en el

andén de la estación el movimiento de hombres de distintas razas

y colores, de muchachos y niñas que vendían chucherías y frutas,

movimiento inusitado, extraño, fantasmagórico entre sombras y

penumbras difuminadas, algo que recuerda nuestras estaciones de la

costa catalana, en las primeras horas veraniegas de la noche, cuando

la gente ansía ver el espectáculo, siempre igual y siempre variado,

del tren que llega y del tren que parte, espejo fiel y triste de

todos los acontecimientos de la vida, esperados con ansia como una

alegría, vistos desaparecer con el dejo amargo del desengaño.

Dejé á Ciudad de Juárez recordando á aquel hombre de raza azteca que

defendió, palmo á palmo, el territorio mexicano, y que, acorralado

en el confín de la república, sentó allí las bases de su gobierno,

organizó sus huestes, derrotó á sus contrarios, los lanzó del país y

entró triunfante en la capital, dando á su patria uno de los períodos

más largos de reposo desde que se emancipó de la metrópoli. Bien

merecido tenía que la ciudad que le acogió en la desgracia, conserve

el nombre del que defendió la independencia de la nación.

Ciudad de Juárez, iluminada apenas por el centelleo de las estrellas,

se escondía cada vez más tras la arboleda, desaparecía rápida de

la vista del viajero, y mientras el negro prepara las literas del

Pullman, doy una ojeada á un guía que canta las maravillas de

México, llamándole «Wonderland», y me dispongo para gozar, desde el

día siguiente, la serie de espectáculos anticipados por relaciones

pintorescas, dignas de una imaginación meridional.

Al despertar, á primera hora, apenas amanecía; recostado en la litera

con el visillo levantado, observé ansioso la salida del sol. El que

no ha estado en las altas mesetas mexicanas no sabe, no tiene idea

de cómo se dibuja en el cielo la línea divisoria de las montañas,

pura, limpia, cortada con precisión matemática que se proyecta en el

horizonte como un trazo que separa la montaña, de tonos violados,

del fondo azul del cielo. No puede haber en ningún clima atmósfera

más transparente, ni tonos más calientes en el aire, ni dorado más

intenso en los rayos del sol, ni líneas más finas en el cirrus que

parece encaje de filigrana suspendido en el espacio, y allí donde el

sol se proyecta intensamente, donde la tierra abrasada recibe amorosa

aquel beso ardiente de un sol que no mitiga, con sus alientos suaves,

el agua reducida á vapor, parece que se levanta intensa hoguera que

abrasa aquellas inmensas llanuras. Pero cuando el sol va subiendo

hacia el zénit y el aire se hace menos transparente, y se observa

atento el llano inculto, la choza misérrima de adobe que ampara al

indio azteca, el pueblo sin fisonomía, que no la tienen aquellas

casas de arcilla, paralelepípedos de color terroso, sin enlucido, que

no se necesita en aquel clima seco para conservar su cohesión, con

una abertura que hace oficio de puerta y otra muy chica de ventana,

alternando con barracas cónicas de tierra y caña, y desaparecen los

espejismos en el cielo, la realidad se descubre por todas partes,

mostrando una miseria tan espantosa y una despoblación tan grande,

que ellas solas bastan para explicar los continuados alzamientos y

sublevaciones de aquel pueblo vencido y humillado.

A las nueve de la mañana llegué á Chihuahua, capital del Estado del

mismo nombre. Situada la ciudad á bastante distancia de la estación,

el agrupamiento de las casas, su fisonomía, la iglesia principal con

sus torres dominantes, me recordaron las ciudades españolas de la

meseta central castellana.

[Ilustración]

Y en la estación se ven ya los hombres con _zarape_ y las

mujeres con _rebozo_, prendas de la indumentaria mexicana,

remedo de nuestras mantas y pañolones castellanos, que cubren

cuerpos sin camisa y pelos desgreñados, manifestación tristísima de

la más terrible miseria. El indio, envuelto en su zarape, sentado

en cuclillas, triste, macilento, mira como pasa el tren, satisfecho

hoy porque tiene aún algunos centavos ganados no recuerda cuándo ni

de qué manera, que ya trabajará mañana, cuando sea pobre y no tenga

dinero para comprar _pulque, tortillas_ y un puñado de judías.

¿Qué le importa al indio el mundo, del que nada espera? Cuando tiene

hambre coge el fusil que le da la ambición del primer caudillo que

se presenta y mata y muere para llenar su vientre, que es la única

política que domina su corazón, su entendimiento y sus entrañas. Y

al verle acurrucado, tomando el sol, enteco, arrugado, indiferente,

nadie adivinaría en aquel sér envilecido un héroe que sabe batirse

con singular bizarría, sin preguntar á nadie el color de la bandera,

ni el derecho que defiende, ni la justicia de la causa que puso en

sus manos el arma homicida.

Y al poco rato, después de tomar el _breakfast_ en el restaurant

chino, aquella masa desaparece lentamente, mientras el tren va

cruzando campiñas abandonadas, desiertos inmensos que tienen por

marco altísimas montañas, atravesando de tarde en tarde alguna

_hacienda_, como dicen las gentes del país, que tienen sesenta

y ochenta mil hectáreas de extensión, verdaderos falansterios

indios donde éstos hallan choza que les cobije, trabajo que alivie

su miseria é iglesia que consuele sus pesares. Necesarios son esos

recursos en un país donde las sequías lo matan todo, donde los

ganados mueren en los caminos, hambrientos y engañados por traidores

espejismos, y las sequías duran años y años en los Estados del norte

de México, teniendo que abrir las fronteras á los granos de Norte

América para no morir de hambre, produciendo esto una sangría tan

espantosa en el numerario de la Hacienda mexicana, que la balanza

comercial acusa una pérdida enorme, una corriente de millones que

empobrece á aquella nación con una rapidez aterradora. Esto me

cuentan mis compañeros de viaje, mostrándome en todas partes campos

agostados, arenales salitrosos, tierras yermas y abandonadas, chozas

misérrimas, indios cubiertos con sombrero, modificación de nuestro

calañés, protector de la cabeza contra el sol y la lluvia torrencial

de los climas tropicales, mientras van pasando las estaciones de

La Cruz, Santa Rosalía, Jiménez, Torreón, empalme de la línea de

Durango, Jimulco... y el día pasa esperando aquellas maravillas que

no vienen y aquellas tierras tropicales que he soñado tantas veces,

pobladas de palmeras, helechos arborescentes y lianas trepadoras con

todo el cortejo de una flora y fauna poderosas.

El sol se pone, y el cielo vuelve á reproducir el espectáculo sublime

de un incendio que dora, al esconderse en el horizonte, las cimas de

las montañas y las profundidades del cielo. El indio, que ve cada día

las fiestas sublimes de la atmósfera y compara aquella luz y aquellos

colores con las tristezas de sus campos desolados, ¿cómo no ha de

sentir la nostalgia de otra vida, allá, en el fondo de aquel cielo

tan hermoso, tan puro y transparente, que parece ser una promesa y

una esperanza?

Al día siguiente, poco después de las diez de la mañana, uno de los

compañeros de viaje, compadecido de mi desencanto, me coge de la mano

y me conduce á la plataforma posterior del vagón para presenciar un

cambio completo de decoración, y me dice: «Estamos atravesando una

de las comarcas más ricas de México, en el distrito de Zacatecas,

región argentífera por excelencia; fíjese usted en aquellas piedras

blancas que marcan cotos mineros y en las bocas de las minas, en

cuyas galerías hay, ó mejor dicho, había unos 15,000 trabajadores

extrayendo mineral argentífero del subsuelo. Por desgracia, el

monometalismo y la abolición de la ley Sherman en las Cámaras de

Washington acaban de asestar á esta riqueza una herida mortal. Los

propietarios de las minas están despidiendo á muchos trabajadores y

el laboreo de las minas va disminuyendo con una velocidad aterradora.»

«Observe usted ahora el paisaje: los tonos rojos y calientes de

estas montañas, sus formas suaves y onduladas, sus valles risueños,

embellecido todo por ese sol y ese clima primaveral», y al salir de

una curva, como si se levantara repentinamente un telón de boca,

mostróme en el fondo de un valle la ciudad de Zacatecas, escalonada,

con sus casas blancas, bajas, rematadas por azoteas, recordando las

ciudades orientales, hasta tal punto, que los que no hemos tenido

la suerte de visitarlas, si nos hubieran transportado con los ojos

cerrados á aquel centro minero, con la visión de las fotografías de

Oriente en la memoria, no habría habido uno solo que se creyera en

América; tanta semejanza existe entre Zacatecas y las ciudades en que

se desarrollaron los portentos que conmemora la religión cristiana.

La explotación de las minas se remonta al 1516 y se supone que ha

rendido ya más de 800 millones de dollars; la ciudad está sentada

sobre filones de plata y en ella misma se abren los pozos para la

extracción del precioso mineral.

Las iglesias se parecen, desde lejos, á las que se veían en

Chihuahua; los edificios principales, los únicos que tienen alguna

grandiosidad, son obra de nuestros antepasados, y por eso me decía

mi compañero de viaje: «cuando vea usted, en México, un edificio de

importancia, una iglesia de buen tipo arquitectónico, un palacio

majestuoso, un cuartel, un ministerio, lo mismo en la capital que en

los Estados, no vacile usted un instante en creer que todo es obra de

España y del tiempo de la conquista.»

Poco tiempo me quedó para contemplar aquel oasis llamado Zacatecas

en medio de tantos desiertos; los pasajeros ocuparon el tranvía que

debía conducirles á la población, y el tren emprendió la marcha por

la gran pendiente que guía á Guadalupe, y á pesar de haber pasado

ya, á primeras horas de la mañana, el trópico de Cáncer y estar en

los climas cálidos de la zona tórrida, las yucas, las palmas y los

nopales eran las únicas plantas que me recordaban el país tropical

de los bosques gigantes y las selvas encantadoras, descritas tan

magistralmente por Humboldt.

[Ilustración: YUCA]

A la una llegamos á Aguas Calientes, almorcé en un restaurant del

país á instigación de mis compañeros de viaje, y, aunque descontento

de mi condescendencia, tuve la curiosidad de probar las celebradas

_tortillas_, pasta repugnante hecha de harina de maíz y no sé

qué más; el _pulque_, brebaje procedente de la savia fermentada

del agave americano, muy parecido y perteneciente al mismo género

de los agaves que se crían en la costa mediterránea, y una serie de

platos de origen español mal condimentados y suciamente ofrecidos,

que me hicieron formar una pobrísima idea del arte culinario de los

Estados Unidos mexicanos.

Por fin, al día siguiente, á las siete de la mañana, vislumbré ya los

célebres lagos del gran valle de México, sus cordilleras famosas, sus

volcanes apagados, sus cimas más altas que los picos más elevados

de los Alpes, y después de cinco días y otras tantas noches de

ferrocarril, capaces de fatigar al más robusto, bien merecido tenía

llegar al cerebro del país de las maravillas, á la ciudad de Motezuma

y Hernán Cortés, de las leyendas heroicas, la noche triste y cuanto

se relaciona con los hechos más gloriosos de la historia colonial de

España.

Viaje a America, Tomo 2 de 2 Estados Unidos, Exposición Universal de Chicago, México, Cuba y Puerto Rico · 第 15 / 30 题