He visitado la ciudad del Lago salado movido por la curiosidad, y
sin tener la pretensión de estudiar las costumbres de los mormones.
He permanecido en ella cuarenta y ocho horas que parecerán á toda
persona sensata espacio demasiado breve para intentar siquiera un
estudio que requiere, aún siendo un movimiento social de limitado
alcance, tiempo, calma, ocasión y juicio atento y seguro para poderlo
apreciar debidamente.
Pero como la doctrina de Brigham Young ha producido algo más que
un movimiento de opinión, algo que se traduce en trabajo útil á
la humanidad, me pareció curioso visitar un pueblo, que cual cuña
metida en un cuerpo extraño agita á la sociedad americana, barrena
sus principios, impone sus leyes, establece su gobierno y predica una
moral reñida con cuanto constituye la esencia de la nación sobre que
vive como parásito adherido á las entrañas de su extenso territorio,
con tendencia manifiesta, él que es tan poca cosa, á devorar al
monstruo, imponiéndole su doctrina y sus creencias religiosas.
Sería curioso ciertamente averiguar que magia pudo convertir á la
mujer libre y civilizada en esclava y envilecida; sería una obra
meritoria estudiar la del patriarca mormón, que duerme en los altos
de la ciudad el sueño profundo de la muerte, él que como Cristo dijo
que resucitaría entre los muertos para que sus apóstoles predicaran
la buena nueva por el mundo; pero no tengo sabiduría ni fuerzas para
tanto, bastándome contemplar, desde Prospect Hill, la ciudad que ha
creado el genio mormón, y la llanura que se extiende á sus pies,
estepa árida y fría ayer, campo fecundo y rico hoy, fertilizado por
la mano de una secta que extiende ya sus dominios por importantes
territorios, que cuenta más de 200,000 adeptos, y que envía sus
misioneros á Europa no sé si convencidos ó guiados por móviles menos
nobles y loables que la convicción.
La capital de Utah es una población de factura norteamericana
bien marcada; sus calles rectas y anchas, sus tranvías eléctricos,
sus discos de alarma, sus policías con casco y club en la cintura,
sus tiendas abigarradas, hoteles inmensos, edificios públicos
estrafalarios, la luz eléctrica en todas partes, son notas repetidas
en la ciudad de los mormones, como lo son en todas las grandes
poblaciones de la Unión americana. No es eso, pues, lo que interesa
en la ciudad del Lago salado; y el extranjero, el gentil para el
mormón, que no puede entrar en la mansión donde la poligamia esconde
sus delitos cometidos contra la ley soberana de los Estados Unidos,
ni escudriñar sus prácticas religiosas, ni las leyes que regulan
los vínculos de aquellas familias patriarcales, busca ansioso las
manifestaciones externas, los monumentos, las obras de arte, las
inspiraciones del genio popular calcadas sobre las creencias y las
aspiraciones de su espíritu.
Y en un recinto que cierra alto muro de adobe, situado al pie de una
colina, como centro de la ciudad santa, escondidos entre la arboleda,
como temerosos de que los profanen las miradas de los gentiles, la fe
de los mormones ha levantado tres grandes edificios: el templo, el
tabernáculo, y la asamblea.
[Ilustración: EL TABERNÁCULO DE LOS MORMONES]
El templo no puede verse más que exteriormente, su arquitectura y su
forma no explican el uso á que está destinado, ya que sus cuerpos
avanzados y las aberturas de sus diferentes pisos no parecen indicar
la construcción de un espacio cubierto, semejante al de nuestras
catedrales, donde se congregue el pueblo mormón en sus prácticas
religiosas; y como es inútil preguntar al guardián para que sirve
aquel inmenso edificio, especie de castillo feudal rematado por altas
pirámides, feo, desproporcionado, revelando únicamente la potencia
financiera de un pueblo que puede permitirse el lujo de gastar cuatro
millones de dollars en fabricar un palacio, destinado probablemente
á oficinas y á las ceremonias de carácter civil del mormonismo, no
tengo más remedio que buscar, dando un largo rodeo, la entrada de
un edificio extraño, parecido á un elipsoide de tres ejes, llamado
_el tabernáculo_, rematado por una bóveda rebajada que cubre
una planta, casi elíptica, de aspecto teatral sobre que se levanta
ancha gradería que domina una platea espaciosa, en cuyo fondo está la
tarima presidencial y un órgano potente, especie de altar, por cuyos
tubos cilíndricos se elevan al cielo las plegarias del pueblo mormón.
Unas cuantas lámparas de arco voltaico, simétricamente repartidas
por la sala; completan, con los bancos, sillones y graderías el
ajuar de un recinto que, sin cambiar un solo detalle, podría servir
para espectáculos teatrales, como sirve ahora para las grandes
solemnidades religiosas de los mormones.
[Ilustración: INTERIOR DEL TABERNÁCULO]
La bóveda fría, desnuda, inmensa, cubierta con una lechada de cal,
sin una sola abertura por donde pueda entrar aire y luz en un recinto
confinado, está sabiamente dispuesta para convertir la sala en una
sonorísima caja de música, tan sensible y delicada que un alfiler
caído sobre el suelo, el rozamiento de una mano con otra se oye
perfectamente de todos los ámbitos de aquella inmensa sala que ofrece
8 mil asientos al pueblo mormón, en sus grandes fiestas, y espacio
suficiente para doce mil personas.
Las prácticas religiosas consisten en lecturas y sermones, conciertos
y plegarias escuchadas por un pueblo, al parecer, profundamente
convencido, por más que la mala semilla, la tolerancia impuesta por
la ley, envíe á Utah legiones de gentiles que acabarán probablemente
con lo que parece ser una chifladura de los profetas del mormonismo.
El Assembly Hall, recuerda la arquitectura empleada en las iglesias
de las sectas protestantes tan comunes en los pueblos anglo-sajones;
su espacio, relativamente reducido, sus paramentos adornados con
frescos que historian la leyenda mormona, sus elementos decorativos,
pobres y fríos, no revelan entusiasmos, ni la fe profunda que levantó
en los tiempos medioevales las asombrosas catedrales españolas,
italianas y belgas, como si los pueblos nuevos, _parvenus_ de
raza, afición y convicciones proclamaran constantemente que lo único
admirable y digno de loa, en el mundo, es la agrupación de la unidad
seguida de ceros, acompañada del estúpido signo del dollar con que se
envanecen, despreciando la manifestación artística, que no estiman
ni comprenden.
Los Estados Unidos, que tienen establecida la ley del divorcio, en la
tierra americana donde hay mujeres que tienen apuntados en su cartera
tres ó cuatro maridos, y hombres que han paseado tranquilamente
otras tantas esposas, viviendo todos alegremente entre hijos que
deben ser ya de difícil clasificación, se asustan hipócritamente
de la poligamia, y las Cámaras del país indignadas han prohibido
terminantemente la más grande de las abominaciones terrenales.
Pero en Utah, como en todas partes, las leyes se acatan, pero no
se cumplen, y el pacífico pueblo mormón continúa discretamente su
obra, practicando el conocido precepto bíblico, en sentido tan
amplio, que ha dado ya al Lago salado lo que llaman _our best
crop_, _nuestra mejor cosecha_, y que con cierta cranerie
tenían expuesta en la Gran Feria del mundo, representada por una
gran fotografía poblada de cabecitas rubias, sonrientes, llorosas,
bonitas, feas, pero colección inmensa de chiquillos, que si no son
manifestaciones externas de costumbres puras, lo parecen de una gran
fecundidad y de gran fe en los principios fundamentales de la iglesia
mormona.
Y allí, en los altos de la ciudad, lejos del mundanal bullicio, donde
no llega el ruido del tráfico, en modesto _cottage_, ó alegre
y lujoso hotel, la familia mormona esconde sus amores y se ríe de
la ley patria, y crece y se multiplica, reconfortado en la fe de
aquel que duerme bajo lauda inmensa en el cementerio, sin nombre,
ni símbolo religioso, rodeada de una verja de hierro, que separa su
tumba de la de sus esposas que ostentan en sus piedras tumulares sus
nombres y apellidos para que sean conocidas en la tierra, las que
tuvieron tanta fe en la doctrina que envilece á la mujer redimida por
Jesucristo.
[Ilustración: TUMBA DE BRIGHAM YOUNG]
Y si el espíritu de Brigham Young puede contemplar el
desenvolvimiento del pueblo mormón, contento ha de estar al ver como
una árida llanura, desalada y saneada, cruzada de caminos y zanjas de
desagüe, alimenta miles y miles de cabezas de ganado que enriquecen
á un pueblo que, formando hace 43 años extensa caravana, desterrado,
expulsado por las leyes americanas, buscó en el desierto, donde la
yerba no crecía, tierra maldita sembrada de sal, poblada de razas
indias enemigas, refugio y paz para las creencias de su espíritu.
No he de decir aquí, ni apuntar siquiera lo que pienso acerca del
mormonismo, pero sí han de tener presente los que arrancan la fe del
pueblo, que los mormones, con sus creencias falsas y absurdas, pero
fundadas en el amor, han fecundado el desierto y poblado la tierra
más ingrata del globo, enriqueciendo á los que partieron pobres y
desolados de las tierras americanas ricas y fecundas; y que con el
odio en el corazón y muerta la fe en el espíritu, los campos fecundos
se convierten ya en tierras malditas, donde sólo puede levantarse
fatídico catafalco, negación impura de toda civilización y toda raza
honrada y laboriosa.
Y con ser tanta la labor mormona, y tanto lo que queda aún por hacer
en aquellas tristes llanuras, observo que aun siendo raza de poderoso
aliento, más que proteccionista, juzgan necesaria para su ulterior
desarrollo la prohibición absoluta, como lo prueba el principio
que copio y recomiendo á los economistas españoles, copiado de una
leyenda puesta en los coches tranvías de la ciudad _When you spend
a dollar for foreign goods you are making Utah 1'00 $ poorer, cuando
usted gasta un dollar en géneros extranjeros está usted haciendo
á Utah más pobre de un dollar._ Y en el corto recorrido de
diez y ocho millas en ferrocarril que separan la ciudad del lago
salado, observo aún extensas tierras cubiertas de sal que sanearan
y desalaran por el conocido y antiguo procedimiento de zanjas y
riegos, y al llegar á Garfield beach completo mi visita al país de
Utah, contemplando un ostentoso natatorio, formado de dos largos
pabellones, que une un salón central rematado por ostentoso cimborio,
donde acude la gente en verano á oir los conciertos, y á solazarse en
aquel mar muerto, de aguas casi tan densas como las de aquel otro mar
de la desolación que en las tierras de Asia guarda tantos recuerdos
y leyendas cristianas. Mi excursión, pues, á la ciudad mormona,
había terminado, con algún desencanto ciertamente, pero, contento
con la satisfacción de haber visto y tocado el fenómeno social del
mormonismo, y contemplado la obra de un fanático que prueba una vez
más la potencia de la fe, como veo tristemente al llegar á mi querida
España los horrores del descreimiento, y la negación del amor que
convierte al hombre en fiera y la civilización en barbarie.