Debían los expedicionarios ir a pernoctar a un pueblo que aún distaba
tres horas, y a cierto caserón medio feudal, perteneciente a un hidalgo
solitario que le habitaba. Era éste persona de bastante prestigio en
aquel país, aunque de escasas rentas, y estábale don Simón muy
recomendado por algunos amigos de la ciudad. Conocíanle además todos
cuantos le acompañaban en la expedición, por otras análogas. Y dicho
está que el tal hidalgo era experto en los intríngulis electorales. Pero
era muy diplomático antes de comprometerse con ninguno. En cambio, una
vez comprometido, no podía hablársele más del asunto. Esto lo sabía muy
bien don Simón; y para mayor pesadumbre, ignoraba, a aquellas horas, la
actitud en que el hidalgo se hallaba con respecto a él; pues la única
carta en que había contestado a las muchas que se le escribieron desde
la ciudad pidiéndole su apoyo, tanto tenía de dulce como de amarga.
Y caminando siempre, y meditando sobre este y otros puntos, y rara vez
hablando, el agua seguía cayendo espesa y muy fría, y el candidato no
veía chispa...; digo mal, veía las que sacaban las herraduras del
caballo que precedía al suyo, al resbalar sobre los morrillos; y esto
sucedía frecuentemente al borde de un precipicio, en cuyo fondo se
despeñaba rugiendo un torrente, cada vez más impetuoso con el caudal de
la lluvia. Veinte años antes, Simón Cerojo no se hubiera fijado siquiera
en estos imponentes detalles, y hubiera caminado impávido a la misma
hora y por el mismo sendero, entonando unas seguidillas, a pesar de la
lluvia y del frío. Pero la vida regalona y el apego a las comodidades
del rico Peñascales, habían enervado los bríos y arrugado el corazón del
apuesto cortejante de la arisca Juana. Don Simón, pues, era, enfrente de
todo peligro serio, tímido como una liebre. Por eso se estremecía de
espanto al considerar la facilidad con que él y su apreciable
candidatura podían ir en un momento a contar la campaña al otro mundo. Y
no bastaban a tranquilizarle las seguridades que le daban sus
compañeros, fundándose en el instinto y la firmeza de las cabalgaduras....
¡No era mucho, a la verdad, semejante garantía, única con que, de
tejas abajo, contaban en ciertos pasos peligrosos!
Aterrábale otra vez la tenebrosa soledad de un bosque, impenetrable a la
tenue claridad del firmamento, única luz que hasta entonces había visto
desde que anocheciera. Asaltábanle allí toda clase de miedos, a los
ladrones principalmente; pero de éste se sacudía con alguna facilidad,
considerando que hasta para robar era cruel aquella noche, aun en el
supuesto de ser creíble que en semejantes soledades habitaran los que
viven a expensas de lo que tienen los que jamás pasarían por allí, a no
estar tentados del demonio, o del afán de ser diputados a Cortes, que
tanto monta. Del miedo a las fieras le curaban sus acompañantes,
asegurándole que el lobo y otros animalitos por el estilo no hacen caso
del hombre como tengan bestias en que cebarse; y los viajeros llevaban,
por de pronto, siete caballos que ofrecer a la voracidad del soñado
enemigo.
Con estos y otros consuelos, don Simón hasta se atrevía a toser sin
taparse la boca, cuando el frío de la noche le obligaba a ello.
De pronto se encontraba en una poza con el agua hasta las cinchas.
--¡Afloje usted las riendas--le gritaban desde atrás--, y deje al
caballo que siga la calzada!
--Es decir--pensaba, aterrado, don Simón--, que este animal sigue a
tientas y por instinto cierta calzada que está cubierta por el agua. De
modo que si se sale de ella, porque el instinto no le alcanza, o si
tropieza y cae.... ¡Dios eterno!... Y todo, ¿por qué? ¡Por ir a buscar
unos cuantos votos que, de fijo, no han de darme, para una elección que,
de todos modos, y si no me agarro a otras aldabas, he de perder, y con
el fin de ejercer un cargo que maldita la falta me hace!
Y el buen señor, sincero y cuerdo en aquellos instantes, renegaba de la
hora en que se resolvió a luchar en semejante terreno, y se acordaba del
amor de su familia y de la paz de su hogar.
Pero salía del atolladero por un esfuerzo de su cabalgadura y un milagro
de la Providencia, y hasta que se metía en otro más apurado no volvía a
ser cuerdo ni razonable.... Así nos hizo Dios, y no hay que darle
vueltas.
De vez en cuando se distinguía una luz muy a lo lejos.
--¿Es _allí_?--preguntaba con ansia el candidato, que ya no podía
sostenerse en el caballo, de frío, de miedo y de cansancio.
--_Un poco_ más allá--le respondían siempre.
Y para hacer más llevadera su impaciencia, encontrábase de pronto en una
_hoz_, cuyos taludes de escuetos peñascos parecían juntarse sobre la
cabeza del aturdido expedicionario, y cerrarle la salida en todas
direcciones. Oía los mugidos del río que pasaba a su izquierda; tocaba
los jaramagos que brotaban entre las rendijas a su derecha, y sentía en
el rostro el fango con que le salpicaban los caballos que le precedían,
y el aire sutil y nauseabundo, como el de una caverna, que silbaba al
pasar por aquel tubo retorcido y caprichoso. Pero nada veía, si no era
la espantosa representación de su cadáver, magullado por las peñas del
río y dando tumbos con la corriente.
Salíase también de aquel mal paso, y otra luz se ofrecía a la vista del
asendereado candidato.... Pero ¡tampoco era _allí_!
Al cabo, perdiendo en cada luz una esperanza, como Colón antes de ver la
tierra que buscaba; salvando nuevos precipicios y lloviendo siempre y
haciendo cada vez más frío, llegó la expedición a puerto de seguridad.
Estaban los viajeros delante de la casa del hidalgo.... Pero esto lo
supo don Simón porque se lo dijeron; pues tal era la obscuridad, que,
por no ver nada, ni siquiera veía las orejas de su caballo. Oyó que
alguien aporreaba una puerta, o cosa así, con algo tan duro como un
morrillo, y que a cada golpe respondía, _adentro_, un ladrido
tremebundo. Estos porrazos duraron cerca de un cuarto de hora, y otro
tanto los ladridos. Al cabo de este tiempo percibió un rechinamiento,
como el de una gran llave dentro de una inmensa cerradura; después el
sonido de un barrote de hierro rebotando por un extremo sobre otro
cuerpo menos duro; después el chirrido de unos goznes roñosos..., y,
por último, _vió_ la luz de un farol muy ahumado, a cuyos débiles
resplandores pudo observar que se había abierto enfrente una
_portalada_.
Preguntó el jayán que alumbraba quienes eran los de afuera; respondieron
éstos cumplidamente, y los hizo entrar en una corralada, donde fueron
recibidos por un perrazo que se adivinaba por los feroces ladridos, que
no cesaban un punto, y por el crujir de la cadena con que estaba
amarrado, pues la luz del farol no alcanzaba tres varas más allá del
hombre que le sostenía.
En esto apareció en el ancho soportal, con otro farol en la mano, una
especie de fantasma envuelto en un largo ropón, y cubierta la cabeza con
una gorra de pieles. Al ver al _aparecido_ los acompañantes de don
Simón, corrieron a él; y con el acento del más afectuoso interés,
dijeron a una:
--¡Señor don Recaredo!...
Mirólos éste despacio, arrimando el farol a la cara de cada uno; y
cuando los hubo conocido,
--¡Tanto bueno por acá!--exclamó--. Ya me esperaba yo la visita.
--¿Se la han anunciado a usted, acaso?
--¿Qué más anuncio que la proximidad de las elecciones?
--¡Je, je, je!... ¡Qué don Recaredo éste!
--¡Siempre el mismo!
--¡Qué _célebre_!
--Y a propósito de elecciones--dijo don Celso--: tengo el gusto de
presentar a usted a nuestro.... ¡Calle! ¿Dónde está don Simón?
--¡Aquí está!--respondió desde el corral una voz débil y enronquecida.
Corrieron allá los seis caciques, y encontraron al candidato haciendo
los mayores esfuerzos para apearse, ayudado del jayán.
El pobre hombre estaba entumecido, yerto.
Bajáronle entre todos del caballo, y medio suspendido en el aire le
llevaron al portal.
--El señor--dijo don Celso continuando la interrumpida presentación a
don Recaredo--es nuestro candidato; persona ilustradísima y de gran
arraigo, y se llama don Simón de los Peñascales.
--¡Conque el señor es don Simón de los...! ¡Hombre, hombre! ¡Pues no me
le han recomendado poco mis buenos amigos de la ciudad! ¡Cómo había yo
de sospechar que venía entre tanta buena pieza!... Pero ¿se siente usted
mal, señor don Simón?
--Nada de eso, mi señor don Recaredo--respondió con dificultad el
interrogado--; sino que con una jornada tan larga a caballo, y la falta
de costumbre..., y luego el frío..., ¿está usted?... Pero, ante todo,
le ruego que excuse mi poca cortesía al corresponder a sus atenciones,
en vista de la dificultad que...
--¡Pues no faltaba más sino que anduviéramos ahora en cumplidos! Lo que
usted necesita es un buen fuego y un regular alimento, y de todo le
proveeremos al punto, si Dios quiere. Conque, señores, vamos arriba, que
de las cabalgaduras ya cuidará el mozo.
Guió don Recaredo a los expedicionarios por una vieja, ancha y sucia
escalera de pocos tramos, y llegaron a un gran pasadizo, cuyo tillado,
carcomido a trechos, se cimbreaba al andar sobre él. A uno de sus
extremos estaba la cocina, en la cual entraron todos detrás del hidalgo.
Ardía en ella una hoguera enorme, y esta hoguera estaba encerrada por el
alto poyo del fondo y tres largos bancos, más un sillón de madera que
ocupaba el sitio de preferencia. La cocina era inmensa, y la hacía
parecer mayor aún de lo que era el negro brillante de sus paredes, que
no permitía ver líneas ni contornos, ni, por consiguiente, dónde
concluían el techo y el pavimento y comenzaba la obscuridad del vacío.
¡Y grande necesitaba ser aquella pieza para contener lo que contenía!
Además de la espetera y medio bosque de leña y otros objetos propios del
lugar, se veían allí una montura completa de caballo; dos escopetas, una
carabina, un cuchillo de monte y un morral de caza; un banco de
carpintero con todas las herramientas; dos ruedas de carro, a medio
hacer; madera labrada para otras tantas; tres sacos llenos de grano; una
gata con seis hijuelos recién nacidos; varias pieles de oso; una piedra
de afilar, de una vara de diámetro, montada sobre su pilón
correspondiente..., y ¡qué sé yo cuántas cosas más! En ciertos pueblos
se vive en la cocina durante el invierno, y el invierno duraba ocho
meses en aquel pueblo. No es extraño, pues, que la de don Recaredo fuera
tan grande y estuviera tan provista.
Despojado don Simón de cuantas prendas llevaba encima de sí contra la
lluvia, sentáronle en el sillón de preferencia, a media vara del fuego.
Sus amigos y el hidalgo, después de dar a sus criados algunas órdenes,
se colocaron en los bancos. Y bien lo necesitaban los seis caciques;
pues, menos provistos de impermeables que don Simón, estaban calados de
agua hasta el pellejo.
Era don Recaredo hombre que pasaba ya de los sesenta; alto, musculoso,
de rostro atezado, medio cubierto por una barba muy cerrada y fuerte,
pero casi blanca, o más bien amarillenta; el pelo, que conservaba tan
espeso como en su juventud, era mucho más blanco que la barba, así como
las pestañas y las cejas. Al verle don Simón a la luz de la fogata, con
aquella cara, con aquel birrete de piel y envuelto desde el cuello hasta
los pies en un capotón de monte, creyó estar contemplando a uno de los
_magos_ que él había visto salir alguna vez por escotillón en el teatro,
entre llamaradas de resina. Pero, lejos de ser un personaje siniestro,
don Recaredo era todo lo contrario: afable, hospitalario y benévolo como
pocos.
Unico resto de una familia antiquísima del país, y poco aficionado a las
delicias matrimoniales, había dejado pasar los mejores años de su vida
entre los placeres de la caza y las atenciones de su hacienda, que le
daba lo necesario para vivir hecho un señor en aquellas soledades.
Respetábanle los campesinos por su carácter... y por sus fuerzas, y
también por ciertas convidadas que sabía darles oportunamente. Todo
sinceridad y franqueza, no se le conocía vicio ni repliegue que tratase
de ocultar a sus vecinos; aunque no faltaba mala lengua que asegurase
que el tal hidalgo menudeaba demasiado las visitas a cierta cuba de lo
añejo que conservaba en la bodega; pero lo cierto es que nadie pudo
probarlo..., no el vino, sino el hecho. Sus verdaderas aficiones, bien
notorias, eran la carpintería y la caza. Como carpintero, hacía
primores; como cazador, no tenía rival en el país. Amaba la garlopa y el
escoplo, y se pasaba días enteros sobre el banco; pero amaba mucho más
su escopeta y su puñal. Ir al monte con sus sabuesos; seguir la pista
del oso; llegar a verle, apuntarle, herirle, ¡oh placer!..., y, sobre
todo, rematarle a puñaladas, luchando con la fiera cuerpo a cuerpo,
brazo a brazo, solo, sin más testigos que sus perros, sin otro auxilio
que el de su corazón impávido, su puño de bronce y su puñal de acero.
¡Oh embriaguez sublime! Estos lances, de los que contaba muchos en la
vida, eran todo su orgullo, toda su gloria.
Por eso creo yo que no debía de ser verdad lo del vino..., ni lo que
también se murmuraba sobre ciertos mocetones del pueblo, que, a más de
parecérsele en figura como un huevo a otro, recibían de él
frecuentísimos agasajos y deferencias, y le llamaban _padrino_ sin
haberlos sacado de pila. ¡Buen caso hacía don Recaredo de esas
debilidades de la naturaleza!
Como hombre de rancia progenie, estaba muy relacionado en toda la
provincia, aunque se pasaba años y años sin salir de su aldea; y como
elector de empuje, era uno de los más mimados del distrito. De aquí la
intimidad que parecía haber entre él y los acompañantes de don Simón.
Todos eran veteranos del mismo ejército.
Cómo pensaba el hidalgo antes de comprometerse en una elección, jamás se
supo; y mal podía saberse cuando él mismo lo ignoraba. Y lo ignoraba,
porque no era hombre de inclinaciones políticas. Salvos ciertos resabios
de estirpe, cualquier color, y aun forma de gobierno, le eran
indiferentes; porque, después de todo, para él no presentaba la historia
más que un rey digno de haberlo sido: don Fabila; y mientras el tiempo o
las circunstancias no trajeran a reinar otro idéntico, y capaz, no sólo
de luchar con el oso, sino de vencerle, no pensaba afiliarse en ningún
bando.
Por estas y otras razones, o no votaba a nadie cuando de elecciones se
trataba, o se iba con el primero que supiera pedirle su apoyo con cierta
habilidad.
En el caso de que vamos tratando, ¿se había comprometido con alguno
seriamente antes de visitarle don Simón? Esta era la duda.
En vano intentaron aclararla el candidato y sus amigos, confortado ya el
primero y secos los segundos al calor de la lumbre. El hidalgo no se
franqueaba. Esto era un mal síntoma para ellos.
Mientras los unos persistían en el tema, aunque con ciertos rodeos y
miramientos, y el otro escurría el bulto, como decirse suele, una
mocetona preparaba al fuego un perol de sopas de ajo, media arroba de
lomo y otras _menudencias_ por el estilo, que siempre abundaban en casa
de don Recaredo.
Cuando la cena estuvo pronta, condujo éste a los huéspedes a un salón
tan grande como la cocina, pero no tan _amueblado_. Allí estaba
preparada la mesa. Era alta, de tijera, y supongo que tallada, porque lo
estaban, hasta con escudos y motes, los dos bancos de respaldo a ella
adjuntos. Cubríala un mantel blanquísimo y fino, pero demasiado raído
por el uso; y se conocía por el tamaño, por el peso y por la forma, que
también eran de abolengo los cubiertos y dos cucharones de plata que
brillaban sobre el mantel, a la luz de un velón de cuatro mecheros que
pendía de una tablilla, clavada por un extremo en una vigueta del techo.
Con el auxilio de esta luz, cuyo alcance no pasaba de la mesa, parecía
distinguirse allá en lontananza, entre las sombras del fondo, dos
grandes cuadros al óleo, un armario y un reloj de caja.
Durante la cena, se habló largamente de las aficiones de don Recaredo,
de sus ascendientes, de las peripecias del viaje, del tiempo..., de
todo, menos de las elecciones.
Concluída la cena, hubo para cada huésped una cama, no muy blanda, pero
sí muy limpia, y la mejor para don Simón.
En buena justicia, ¿qué más había de pedir éste al hidalgo, sin ser un
grosero? Acostóse, pues, sin saber lo que deseaba; durmióse al cabo...
y amaneció el nuevo día, tan frío, tan lluvioso y tan desagradable como
el anterior.
¡Y había que continuar el viaje!; ¡y cuanto más se anduviera, mayor
altura se ganaría, y mayores, por consiguiente, serían los rigores de la
intemperie!
Con estas reflexiones, se le erizaban a don Simón los pocos pelos que
tenía.
Cuando acabó de vestirse salió en busca de su gente; pero se extravió en
un laberinto de salones y pasadizos desmantelados y sin orden ni
concierto. Por casualidad tropezó con la cocina al cabo de un buen rato,
y allí encontró a sus amigos calentándose a la lumbre y almorzando sopas
en leche, acompañados de don Recaredo, cuyo sitial de preferencia tuvo
que aceptar.
Nada se habló tampoco en aquella ocasión de lo que más interesaba al
candidato, por mucho que éste y sus acompañantes buscaron la lengua al
hidalgo.
Y el tiempo apremiaba, y era preciso dejar sin tardanza el hospitalario
albergue.
Y se dió la orden para que se aparejaran los rocines; y llegó el caso de
que los expedicionarios bajaran al portal con las espuelas calzadas; y
montaron todos..., ¡y todavía no se cruzaron entre don Simón y don
Recaredo otras palabras que no fueran lisonjas, cumplidos y finezas!
Por fin, al ponerse en marcha la gente en el corral, y teniendo entre
las suyas el hidalgo una mano de don Simón, dijo al segundo el primero:
--Crea usted, amigo y señor mío, que mi satisfacción hubiera sido
cumplida, si al honor que recibo hospedándole en mi casa, pudiera añadir
el placer de servirle en cuanto desea.
--¿Tan invencibles son los obstáculos que se lo impiden a usted, mi
señor don Recaredo?--preguntóle don Simón, en tono compungido y casi con
lágrimas en los ojos.
--No tanto como de ordinario--respondió el hidalgo--, porque la verdad
es que a ninguna elección me he ligado con menos fuerza que a ésta.
--Entonces--repuso don Simón, apretando más y más las manos de don
Recaredo--, ¿me será lícito esperar que logre usted romper, o desatar,
esos compromisos de tan poca consistencia?
--Para mí, señor don Simón--dijo el hidalgo con cierta solemnidad--,
tratándose de compromisos de mi palabra, lo mismo son las ligaduras de
hierro que las de estambre.
--Entonces no insisto--replicó don Simón, aflojando su mano hasta soltar
las de don Recaredo.
--Vaya usted en la inteligencia--díjole éste con cierta sonrisilla y
dando dos pasos atrás--de que para hacer por usted cuanto me fuera
posible, bastaban las cartas de sus amigos.
Si esto fué una pulla, jamás se supo, pues don Simón, que era a quien
más interesaba averiguarlo, ni lo intentó siquiera; y en cuanto a sus
acompañantes, bien _cenados_, bien _dormidos_ y bien _almorzados_ en
casa y a expensas del hidalgo, ¿qué diablo les importaba una frase más o
menos, por intencionada que fuese?
Al salir de la corralada tuvo don Simón la curiosidad de fijar la vista
en la fachada del caserón. Era de piedra amarillenta, y estaba cubierto
de blasones, de musgo... y de rendijas; el alero se caía, y los
balcones se desmayaban. Allí no se había gastado un real en reparaciones
durante muchos años. ¿Estaría don Recaredo decidido a que fenecieran
juntos el solar y el solariego? Todo era creíble en su carácter.