No constan los días que empleó el buen Hillo en su investigación
preliminar; solo se sabe que no fueron pocos, y que al cabo de una
semana conocía algo y aun algos de la familia Zahón, y había hablado
largamente con Milagro y con Maturana, los cuales, lejos de aclarar el
enigma principal, lo que hicieron fue añadirle nuevas oscuridades...
Sin desmayar ni un punto en sus tareas policiacas, trató de hacer
cantar a Méndez; mas toda tentativa cerca del estirado patrón resultó
inútil, bien porque nada de lo sustancial sabía, bien porque quisiera
echárselas de discreto, contraviniendo el tradicional tipo de los
pupileros y fondistas. Cuando se veía el hombre muy estrechado por
la apremiante argumentación de don Pedro, no se le ocurría más que
remitirle a _Edipo_ y al señor de Azara. Salía don Pedro al ojeo del
polizonte, conseguía echarle la zarpa, le interrogaba, y el feo _Edipo_
le decía:
—Señor de Hillo, estoy muy a gusto en mi _colocación_ y no quiero
perderla. Tengo seis criaturas, que son, vamos al decir, seis candados
que cierran mi boca. Si por contestar a sus preguntas me dejan cesante,
no será usted quien me coloque. Conque déjeme en paz y llame a otra
puerta.
Y don Manuel de Azara, el hombre más avinagrado y de mejores
despachaderas que Dios ha echado al mundo, le recibía, después de
plantones de tres horas, para decirle que se metiera en sus asuntos y
dejara los ajenos. Ni un indicio, ni una ráfaga de luz, ni un vocablo
indiscreto.
Acudió después mi hombre al tísico Serrano, que llenándole la cabeza
de mentiras y encaminándole por una pista falsa, le hizo perder el
tiempo y la paciencia; y tantea aquí, tantea allá, se refugió en la
amistad y en los grandes conocimientos sociales de su compañero de
casa, Nicomedes Iglesias. Si al principio pareció que el politicastro
tomaba el asunto con interés, pronto dejó de hacerlo; tan sorbido le
tenían el seso los negocios políticos, el interés de las sesiones, y
el periodiquillo que había fundado en unión de su amigote reciente,
Luis González o Luis Brabo, que de ambos modos respondía, en el cual
papelejo apoyaban al grupito de oposición parlamentaria que formaron en
_Procuradores_ Caballero, López y el conde de las Navas. Si el hombre
no estaba demente, le faltaba poco; su cortante lengua no desmayaba un
instante durante el día, ni su enconada pluma por la noche. Competía
con él en acrimonia y acometividad el tal Brabo, andaluz, delgadito,
aguileño, más vivo que la pólvora, cortado para la política de ruido
y para soliviantar con gracia a las multitudes. Meses después,
Brabo escribía en papeles moderados; Iglesias extremaba sus ideas
revolucionarias en los del bando liberal; su consecuencia, que era
una forma de su orgullo, le valía persecuciones y desdenes. Pero en
diciembre del 35 todavía se le contaba entre los hombres de porvenir,
aunque su irritación por no haber entrado en el Estamento le creaba
enemigos, alejándole de la meta de su ambición.
Mientras Hillo con tan poca fortuna emprendía la reconquista de
Calpena, este se transformaba, haciéndose huraño, apartándose de
sus primeras amistades para contraer otras nuevas con personas bien
distintas de los literatos del Parnasillo y de los concurrentes a
tertulias de tono. Abandonó en absoluto la sociedad elegante, y no
volvió a parecer por la casa aristocrática, donde se entristecían
por su ausencia las bellezas más o menos marmóreas. Cultivaba la
amistad de los oficiales de la Guardia y de infantería, yernos de
Maturana, y conoció a los de Fonsagrada, la familia que más trato
tenía con la Zahón. Algunas tardes paseaba con el soldadito chiclanero
y poeta, amigo de Milagro, Antonio García, autor imberbe de un drama
caballeresco que tenían en su poder los cómicos del Príncipe.
Contra lo que Fernando temía, doña Jacoba no se opuso a sus amores
con Aura; casi los alentaba y protegía, pero encerrándolos dentro de
la esfera de castas relaciones con buen fin, y sometiendo la fogosa
pasión de ambos amantes a las reglas caseras que para tales casos se
usan, y que en aquel tiempo eran de una simplicidad enfadosa. Hacía
esto la Zahón más que por sentimiento, por cálculo, mirando a su propio
interés antes que al de la joven puesta a su custodia. Era ante todo
traficante, se había criado en el compra y vende; todas sus canas, que
eran muchas, y las jorobas que en su esqueleto se formaban, le habían
salido en el continuo y anheloso estudio de la ganancia fácil. Por lo
demás, su moral era tan ancha como las mangas del vestido que el reuma
le obligaba a usar, y sus creencias religiosas, tibias como las aguas
con que se lavaba. La moral de los contratos de cosas, interpretada a
su manera, érale muy conocida y familiar; la otra, la tocante al honor
y al recato, solo existía en su conciencia con formas desleídas.
Sujetó, pues, a los amantes a un régimen de apariencias estrictamente
morales, prohibiendo en absoluto las entrevistas de calle y balcón, y
permitiéndoles hablarse a horas fijas en su casa y en su presencia. Con
esto cumplía, y sentaba sobre bases decorosas su bien planeado negocio.
Muy mal sabían a Fernando y a su dama esta reglamentación de colegio y
este régimen de insulso noviazgo, aplicado a una pasión tan flamígera;
pero lo soportaban en espera de los arranques de su albedrío, planeando
también algo, que muy calladito tenían, y desquitándose por el pronto
con el carteo constante y clandestino de que era mediador el cuitado
Lopresti. Con los Fonsagradas se les permitía salir alguna vez de
paseo, bien vigiladitos, no pudiendo campar libremente ni a la ida ni
a la vuelta, ni extraviarse en las arboledas de la Florida, ni jugar
a la gallina ciega. Estaba, pues, Calpena hecho un novio _clásico_,
contra lo que su temperamento y sus altas ideas le dictaban; pero se
sometía o afectaba someterse, con la esperanza de que no había de durar
mucho la insípida comedia. Por aquellos días iba al ministerio nada
más que el tiempo preciso para no caer en falta, y a veces dejaba de
asistir pretextando enfermedades. Rara vez le llamaba ya el ministro a
su despacho para encargarle contestaciones de cartas. Hacíalo siempre
dando las instrucciones a Milagro, el cual repartía la tarea y vigilaba
la de su compañero, llevándolo todo a la firma.
Hacia el 20 de diciembre, poco antes de la célebre discusión del _voto
de confanza_, en días en que Mendizábal estaba gozoso, como hombre que
vislumbra el éxito y ve próxima la realización de sus ideas, llamó a
Milagro y le hizo sentar frente a sí en la mesa de su despacho. Habíale
tomado afición por la donosa vaguedad que sabía emplear en la redacción
de cartas de pura fórmula, en que no se dice nada, y por el estilo
cortesano y elegante en que envolvía el _perdone usted por Dios_,
receta contra los pedigüeños de gollerías.
—Ante todo —dijo Mendizábal con aquella presteza nerviosa que ponía en
su trabajo—, póngame usted ahora mismo, pero ahora mismo, una carta a
don Martín, diciéndole que detenga el nombramiento de Catedrático de
Retórica de un clérigo que se llama don Pedro Hillo, en favor del cual
le escribimos no sé cuándo...
—Anteayer.
—Me había recomendado a este sujeto Musso y Valiente, si no recuerdo
mal.
—Sí, señor, y antes don Manuel José Quintana...
—Y creo que también Juan Nicasio Gallego..., en fin, medio mundo. Tanto
me han mareado, que me decidí a recomendarle a Heros. Pero después he
sabido algo que me pone en guardia... Francamente, yo hago todo el bien
que puedo; pero en este puesto, y rodeado de dificultades, no creo
estar en el caso de favorecer a mis enemigos. Dígame, ¿conoce usted a
ese Hillo?
—Sí, señor: vive con mi compañero de oficina, Calpena, y hemos ido
juntos al café y a los toros. Es muy entendido en tauromaquia.
—¡Qué atrocidad!... Cura, torero y retórico... No he visto jamás
ensalada semejante... Ello es que ese sujeto ha dado en perseguirme...
Aquí viene todos los días a pedir audiencia. Como ahora no estoy para
perder el tiempo, no se la he concedido. Pero el hombre ha dado en
acecharme cuando entro en mi casa y cuando salgo. Todas las mañanas
tira de la campanilla tres o cuatro veces. En la escalera, hoy, bajando
yo con Cano Manuel y con Olózaga, me le encontré... Demudado, la voz
temblona, me habló... La verdad, no me enteré bien de lo que dijo...
Que no quería hablarme de la cátedra..., que se había hecho campeón de
una causa de moralidad, de justicia..., que era preciso descorrer el
velo... Esto del velo lo repitió no sé cuántas veces... En fin, me dio
lástima. Paréceme que el tal presbítero no tiene la cabeza buena. Yo me
zafé como pude, y luego me dijo Olózaga: «¿Sabe usted, don Juan, que
este pajarraco de sotana es de los que hacen correr por ahí historias
denigrantes en que mezclan, sin ningún miramiento y quizás con aviesa
intención, el nombre de usted?...». «¿Qué me cuenta, Salustiano? ¡Mi
nombre...!». «Sí, señor: quieren minarle a usted el terreno, echando a
volar especies absurdas, actos o relaciones de la vida privada».
Al oír esto, palideció el buen Milagro, y contestando a su jefe con un
monosílabo que expresaba tanta sorpresa como indignación, hizo solemne
voto mental de no volver a probar el _curaçao_ en lo que le quedara de
vida.
—No es la primera vez —continuó Su Excelencia— que llegan a mí rumores
de esta naturaleza, unos verdaderos, referentes a hechos y casos que no
tienen nada de ignominiosos, otros absurdos y sin ningún fundamento,
y todos van derechos contra mi reputación, contra mi prestigio. Nada
de esto me sorprende ni me arredra: sé que en mi posición, y entre
españoles, no puedo esperar más que una guerra en la cual se emplean
todas las armas, sin desdeñar las más viles. Conque ya sabe usted:
lo primero me escribe esa carta. Que detenga el nombramiento para
la cátedra de Alcalá. Ese señor Hillo tiene todas las trazas de un
perturbado.
—No creo tal, señor —dijo Milagro—. Quizás oiría el señor Hillo algún
disparate, de esos que hace correr la gente mal intencionada, y el
pobre señor lo habrá repetido... Y también puede ser que soltara la
especie hallándose en ese estado de atontamiento que produce el... la...
—Pero qué... ¿es bebedor?
—No sé..., creo que... Una noche, estando varios amigos en el café
con Maturana, el diamantista, este pidió _curaçao_ y quiso que yo le
acompañara; pero como no pruebo nunca ninguna clase de bebida, me
resistí, dándole las gracias. Hillo bebió y se puso perdido. Salió
diciendo cada desatino... Pero después, cuando el aire de la calle le
serenó, se desdijo de todo, y hasta lloraba el pobre recordando las
borricadas que habían salido de su boca. No es mal hombre: el señor
Olózaga me dispense; que si algo contra la respetabilidad de Vuecencia
ha dicho ese clérigo, no ha sido con mala idea...
—Bueno —dijo Mendizábal, cuya atención, queriendo abarcar mucho de
una vez, se detenía poco en un asunto—. Escríbame usted la carta a
Argüelles, incluyendo esta minuta de los principales puntos de Hacienda
que debe tener presentes al defender el _voto de confianza_. Luego
carta citando a Istúriz y a don Antonio González, para que nos pongamos
de acuerdo sobre el orden y método e discusión...
Despedido el secretario familiar, entraron los que iban a la firma, y
Su Excelencia trabajó con ellos el resto de la tarde. Dos días después
empezó en el Estatuto la gran tremolina parlamentaria del _voto de
confianza_, en que Mendizábal, blasonando de atrevido gobernante,
pidió a los Estamentos poder y autoridad para disponer de las rentas
públicas, con el desembarazo que exigían las críticas circunstancias
por que atravesaba la nación.
Ya en aquellos debates empezó a torcerse la buena estrella del
reformador, que hasta entonces no había visto más que satisfacciones,
bienandanzas y popularidad. Los patriotas extremaron su oposición; los
llamados _moderados_ llenaban sus discursos de reticencias maliciosas,
chispazos que levantaban llamaradas y humareda en la opinión neutral;
y los amigos de Mendizábal, que hasta entonces le habían defendido
con ardor, empezaban a sentir ese frío triste, que es síntoma de ver
con malos ojos el bien ajeno. Algunos continuaban apoyándole, porque
estaban ligados por la gratitud; otros hacían de esta tabla rasa, y
empezaban a mostrarse temerosos de que don Juan de Dios realizase lo
que había ofrecido. Entre políticos, el fracaso de los grandes halaga
a los pequeños. La masa total no se entusiasma con el éxito si este
lo representa un hombre. La vulgaridad colectiva tiende siempre a
conservar el nivel.
Empezaron, pues, las inquietudes, las comezones, las ganitas de jarana,
y la curiosidad sabrosa de ver al jefe embarullado y sin saber por
dónde salir. Claro que los más votaban como carneros; pero otros se
hicieron los bobos, afectando escrúpulos de rigidez constitucional. A
estos llamaban _santones_.