Acompañado de su amigo y mentor don Pedro Hillo, fue Calpena a las
últimas funciones de toros, y a la apertura de los Estamentos, que
se efectuó a mitad de noviembre con la solemnidad de costumbre,
asistiendo la reina gobernadora. En la plaza admiraron la pericia
del afamado matador Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de don
Rafael Pérez de Guzmán, oficial del ejército, de la noble casa de
Villamanrique, que había cambiado los laureles militares por las palmas
toreras, y la espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en
junio del 31, y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte
en aquella década, después del maestro Montes. Con estos compartía el
favor del público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a _don Rafael_
en la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner _pares_
en los cuernos de la luna.
Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo
aprendió Calpena, no solo los terminachos, sino las reglas del toreo,
adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a
Milagro, grande y antiguo aficionado, solo que la cortedad de su vista
no le permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo
y don José, y su amistad se consolidaba, lo mismo por la comunidad de
afición que por la diferencia de criterio en el juicio de las suertes.
Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban
y se querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a
menudo tenía que intervenir para aplacar sus bulliciosos ardores de
controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela ronceña, y
el otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente
dicho, la destreza en el engaño, la burla ingeniosa del peligro, la
distinción, la postura, la gallardía de la figura toreril delante de la
fiera; encomiaba Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos,
mirando más a la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer
arrumacos. Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro. Disputaba
Milagro por temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo,
firme en el _dogma_ rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una
tesis escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a sostener que
Rafael era un chambón, que debía su boga a _ser de la grandeza_, como
le defendía resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba
a Montes por paisano, pues ambos eran de Chiclana; pero a lo mejor se
complacía en llamarle gandul o _figurero_.
—Pero usted, señor alma de cántaro —le decía Hillo sin poder contener
su enojo—, ¿se ha enterado de lo que ha hecho ese tío en el segundo
toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos cuando no ha visto ese
sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero se lo pasó
a la fiera por delante de la cara para componerla, para quitarle los
resabios adquiridos durante la lidia, para igualarle... ¿O es que usted
no sabe lo que es igualar al toro?... ¿Sabe acaso distinguir los pases?
Para usted es lo mismo el _natural_ que el _redondo_, el _cambiado_ y
el _de pecho_.
—Lo que le digo a _zumercé_ —afirmó Milagro al concluir la lidia del
tercero— es que este pase _de pecho_ de don Rafael no lo hace mejor el
Verbo Divino.
—¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no
estaba perfilado don Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez
de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno de afuera en la
rectitud del toro, lo que hizo fue...!
—Usted si que no lo entiende. Don Rafael no movió los pies...
—¡Pero si parecía un bailarín!
—Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo matar toros.
Don Rafael se estuvo quieto hasta que llegó la res a jurisdicción.
—¡Pero si no llegó a jurisdicción...! ¡Por san Cornelio, que no!...
Y el animal no tomó el engaño; y don Rafael, con más coraje que
conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la dio por
la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el
hachazo...
—No hubo tal hachazo.
—Le digo a usted que sí...
—Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros,
lucida está la santa Iglesia.
—Quien no entiende una palotada _sois vos_.
—Paz, paz —les decía Calpena—. No se peleen por un golletazo de más o
de menos. Tan difícil es matar bien un toro como gobernar a un país.
Tanto mérito tiene el que se pone entre los cuernos de una fiera,
como el que se cuadra ante las astas de una nación querenciosa. No
disputemos, y aplaudamos a todos.
Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el funcionario
confundían sus respectivos criterios en un escepticismo zumbón.
Fueron también, como se ha dicho, a la apertura de las Cortes, en el
Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional la
iglesia de _Clérigos menores_ (Carrera de San Jerónimo), convertida en
_redondel parlamentario_. Aunque el día no era apacible, la multitud se
agolpaba en las calles por ver a la reina y su corte, y por admirar el
lujo de corceles empenachados, los lacayos y cocheros a la federica,
las carrozas de concha y marfil, y todo el elegante barroquismo que
constituye el ceremonial palatino de calle. La hermosura de la reina,
su gracia y gentileza eran tales, que ante la realidad se achicaban las
hipérboles que a su paso se oían. Vestía de negro. Su peinado de tres
potencias, con la real diadema y el velo blanco que graciosamente le
caía sobre los hombros; la pedrería que al cuello y entre los graciosos
moños de su pelo ostentaba; la majestad de su rostro; la sonrisa
hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo sus miradas a un lado
y otro, formaban un conjunto que difícilmente olvidaba el que una vez
tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de veintiocho años, y ya
su nombre había fatigado a la Historia, por las circunstancias de su
casamiento, de su corta vida matrimonial, de su viudez prematura que
puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del
mal que hizo se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan solo
que aquel día de noviembre, camino de la ceremoniosa apertura, estaba
guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue
un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que
debieron sus principales éxitos la Libertad y la Monarquía. Su gracia
sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas furibundos, a
quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables,
desarrugaron el ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo
partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará en la historia una
reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los
que se arrojaban a su paso, para alfombrarle el camino eran inspirados.
Lo que llamamos _ángel_ teníalo Cristina en mayor grado que otras
prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un hechizo
singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana,
afectando la confusión lírica, le decía:
«¿Quién te dio ese poder?... ¿De quién hubiste
La magia celestial?».
Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo:
«¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales
Cuán apacibles miran!
Ved en su frente pura
La majestad grabada y la dulzura;
Mirad en su mejilla
La rosa del pudor encantadora.
Al Consorte Real, que en ella adora
No menos la virtud que la hermosura,
Ved ¡cuán tierno sonríe
Su labio de coral!...».
Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, _angélica, divina,
divinal, dulce, amorosa, celeste_, etc., que la lengua se nos hizo
empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y fuerza la
amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y cicutas.
En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción.
Es indudable que muchos se fueron al campo realista, no tanto por
convencimiento, como porque estaban hastiados y apestados de tanta
_angélica Isabel_, de tanta _celestial Cristina_, protestaban de la
virilidad contra el feminismo.
Las tres serían cuando entraba la reina en el Estamento, y si en el
tránsito por las calles y Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las
encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa parlamentaria
los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la gobernadora,
se rendía tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la
esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo era tan bello que encendía
el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño,
pues, que el historiador, o más bien el filósofo de la historia, se
preguntara: «¿Hasta qué punto y en qué medida influyó en la suerte
de España el dulce mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden
civil, aficionado a las grandes síntesis, consolaba a don Carlos, años
adelante, en las soledades de Bourges: «No hay que culpar a nadie,
señor, pues así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo habría
pasado de distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad
hubiera sido bizca».
Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos don Pedro Hillo y don
José del Milagro, vio desde una tribuna a la hermosa reina, y la oyó
leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y maravillado de
tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla.
Milagro, renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a
Hillo:
—¿Y dónde está Argüelles?... ¿Y Saavedra?... ¿Y los primerizos Pacheco
y Donoso Cortés?
Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando
a capricho, y a Pita Pizarro le llamaba conde de las Navas, y a don
Antonio González le confundía con don José Landero y Corchado.
—Ahí tiene usted al señor don Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso que
parece el zar de Moscovia... —dijo don Pedro cuando ya se retiraba Su
Majestad—. Con su pelito rizado y su fraque de última moda, es el más
guapo de los que se sientan en el banco negro.
—Ya, ya le veo —manifestó Milagro, que no veía nada—. Está
arrogantísimo mi jefe... Ese, ese es el que os ha de poner a todos las
peras a cuarto. Ya veréis cómo las gasta.
—Me parece a mí —dijo Hillo— que trae buenos planes; pero no el trasteo
que se necesita para ejecutarlos.
—Trasteo le sobra.
—Le falta mano izquierda.
—¡Qué ha de faltarle, hombre!
—No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido,
voluntarioso, que _hace_ por los ministros, y no para hasta que los
engancha. ¡Pobre don Juan!... Él ha venido por palmas, y le van a dar...
—¿Qué...?, ¿qué le van a dar?... —dijo Milagro, empezando a amoscarse.
—Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de
este tinglado ni una patata.
—Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes viendo
Cortes...
—¿En dónde, alma de Dios?
—En Cádiz..., en San Felipe Neri.
—Ese santo no es de mi devoción.
—De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos de
la clerigalla.
—Paz, caballeros —dijo Calpena con gracia—. No me riñan aquí, o a los
dos les mando a la calle.
—Es broma.
—Jugamos, nos divertimos.
En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre
un gentío bullicioso, mareante, compuesto en su mayoría de señoras
charlatanas y fastidiosas, a quienes todo el espacio de pasillos y
escaleras les parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos.
Cerca ya de la salida, tropezaron con _Edipo_, el polizonte, y Calpena,
que ya estaba familiarizado con su presencia en calles, cafés y
teatros, le dijo, permitiéndose tutearle:
—Sí, aquí estoy... No me escapo, hombre... Puedes apuntar, por si no lo
sabes, que esta mañana estuve con Iglesias en el café de Solís, y que
hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de la absoluta impertinencia
de los empleados de la policía.
—No voy contra usted, señor don Fernandito —replicó el corchete risueño
y humilde—. Viva usted mil años, para que proteja a los pobres el día
que venga alguna tremolina.
—¡Lo que es a ti...! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando salí
del café de Solís?
—En la corbatería de Aguayo.
—¿Y antes de ir al café?
—En la peluquería de Cortina.
—Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al rey de teatro que te
ha dado su nombre.
—Era un rey que padecía de la vista.
—Ciego te vea yo... Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta tarde,
te regalo una docena de puros.
—¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la
fábrica de Sevilla, de a tres cuartos pieza.
—Antes adivíname lo que haré esta tarde.
—No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no.
—¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir a
una parte?
—Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la tarde
en picos pardos, y puede que haya hablado de eso con Iglesias, que es
muy aficionado a las madamas. Pero aunque el señor don Fernando tenga
esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé.
—Explícame eso, _Edipo_ maldito, o aquí perece un rey de Tebas.
—Pues... esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca..., fue
a buscarle a su casa, tres veces, don Carlos Maturana. Me le encontré
en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene precisión de cazarle a
usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros.
—¿A mí?... ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de Olorón,
a quien me recomendaron. No le he visto aún, porque estaba ausente de
Madrid cuando yo llegué.
—Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y
abanicos... En fin, no sé... El motivo de buscarle con tanta prisa es
porque usted trajo un encargo para la Zahón.
—El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho es
muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo.
—Pero va de orden suya el señor Maturana, no solo por el gusto de verle
a usted, sino por llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera
con la cajita doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito
será de valor, no tiene el señor don Fernando más remedio que hacer la
entrega por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.
—Eso no... Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo...
—Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que
hay en la casa.
—No soy aficionado...
—Eso se verá... cuando lo vea... Hay brillantes, perlas, corales, de
los que pintan los poetas...
Y sin decir más, dio dos palmadas a don Fernando, despidiéndose con
palabras de premura:
—Con Dios... Hago falta dentro... Mucha gente, y alguna no de lo mejor.
Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos
sargentos de la Guardia Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia
la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia.