XVI

Acompañado de su amigo y mentor don Pedro Hillo, fue Calpena a las

últimas funciones de toros, y a la apertura de los Estamentos, que

se efectuó a mitad de noviembre con la solemnidad de costumbre,

asistiendo la reina gobernadora. En la plaza admiraron la pericia

del afamado matador Francisco Montes, y el arrojo y gallardía de don

Rafael Pérez de Guzmán, oficial del ejército, de la noble casa de

Villamanrique, que había cambiado los laureles militares por las palmas

toreras, y la espada por el estoque. Tomó la alternativa en Madrid en

junio del 31, y desde entonces fue la más grande notabilidad del arte

en aquella década, después del maestro Montes. Con estos compartía el

favor del público Roque Miranda, muy inferior a Montes y a _don Rafael_

en la suerte de matar, pero gran banderillero, capaz de poner _pares_

en los cuernos de la luna.

Ya se comprende que con la compañía de Hillo en el fiero espectáculo

aprendió Calpena, no solo los terminachos, sino las reglas del toreo,

adquiriendo el placer de la lidia. Algunas tardes convidó también a

Milagro, grande y antiguo aficionado, solo que la cortedad de su vista

no le permitía enterarse bien de lo que pasaba. Hiciéronse amigos Hillo

y don José, y su amistad se consolidaba, lo mismo por la comunidad de

afición que por la diferencia de criterio en el juicio de las suertes.

Si coincidiendo, simpatizaban, disputando como energúmenos simpatizaban

y se querían más. Entre los dos sentábase Calpena en el tendido, y a

menudo tenía que intervenir para aplacar sus bulliciosos ardores de

controversia. Era Hillo devotísimo adepto de la escuela ronceña, y

el otro de la sevillana; enaltecía el clérigo el arte propiamente

dicho, la destreza en el engaño, la burla ingeniosa del peligro, la

distinción, la postura, la gallardía de la figura toreril delante de la

fiera; encomiaba Milagro el valor, la brutal acometividad sin remilgos,

mirando más a la eficacia de la suerte que al afán de pintarla y hacer

arrumacos. Eran, pues, el uno clásico, romántico el otro. Disputaba

Milagro por temperamento bullanguero y por llevar la contraria. Hillo,

firme en el _dogma_ rondeño, lo sostenía con seriedad, digna de una

tesis escolástica. Tan pronto se arrancaba Milagro a sostener que

Rafael era un chambón, que debía su boga a _ser de la grandeza_, como

le defendía resueltamente por su coraje ciego y sin arte. Consideraba

a Montes por paisano, pues ambos eran de Chiclana; pero a lo mejor se

complacía en llamarle gandul o _figurero_.

—Pero usted, señor alma de cántaro —le decía Hillo sin poder contener

su enojo—, ¿se ha enterado de lo que ha hecho ese tío en el segundo

toro? Sin duda tiene usted telarañas en los ojos cuando no ha visto ese

sublime arte del engaño, cuando no ha visto con qué salero se lo pasó

a la fiera por delante de la cara para componerla, para quitarle los

resabios adquiridos durante la lidia, para igualarle... ¿O es que usted

no sabe lo que es igualar al toro?... ¿Sabe acaso distinguir los pases?

Para usted es lo mismo el _natural_ que el _redondo_, el _cambiado_ y

el _de pecho_.

—Lo que le digo a _zumercé_ —afirmó Milagro al concluir la lidia del

tercero— es que este pase _de pecho_ de don Rafael no lo hace mejor el

Verbo Divino.

—¡Pero si ha sido una gran patochada! ¡Usted no lo entiende! ¡Si no

estaba perfilado don Rafael cuando se le vino el toro encima, y en vez

de adelantar el brazo de la muleta hacia el terreno de afuera en la

rectitud del toro, lo que hizo fue...!

—Usted si que no lo entiende. Don Rafael no movió los pies...

—¡Pero si parecía un bailarín!

—Le digo a usted que no. Me han salido los dientes viendo matar toros.

Don Rafael se estuvo quieto hasta que llegó la res a jurisdicción.

—¡Pero si no llegó a jurisdicción...! ¡Por san Cornelio, que no!...

Y el animal no tomó el engaño; y don Rafael, con más coraje que

conocimiento, en vez de darle salida por la derecha, se la dio por

la izquierda, y no supo empaparle. Total, que cuando la res dio el

hachazo...

—No hubo tal hachazo.

—Le digo a usted que sí...

—Pues, hijo, si Su Reverencia entiende de decir misa como de toros,

lucida está la santa Iglesia.

—Quien no entiende una palotada _sois vos_.

—Paz, paz —les decía Calpena—. No se peleen por un golletazo de más o

de menos. Tan difícil es matar bien un toro como gobernar a un país.

Tanto mérito tiene el que se pone entre los cuernos de una fiera,

como el que se cuadra ante las astas de una nación querenciosa. No

disputemos, y aplaudamos a todos.

Salían tan amigos, y hablando de política, el clérigo y el funcionario

confundían sus respectivos criterios en un escepticismo zumbón.

Fueron también, como se ha dicho, a la apertura de las Cortes, en el

Estamento de Procuradores, que tenía por alojamiento provisional la

iglesia de _Clérigos menores_ (Carrera de San Jerónimo), convertida en

_redondel parlamentario_. Aunque el día no era apacible, la multitud se

agolpaba en las calles por ver a la reina y su corte, y por admirar el

lujo de corceles empenachados, los lacayos y cocheros a la federica,

las carrozas de concha y marfil, y todo el elegante barroquismo que

constituye el ceremonial palatino de calle. La hermosura de la reina,

su gracia y gentileza eran tales, que ante la realidad se achicaban las

hipérboles que a su paso se oían. Vestía de negro. Su peinado de tres

potencias, con la real diadema y el velo blanco que graciosamente le

caía sobre los hombros; la pedrería que al cuello y entre los graciosos

moños de su pelo ostentaba; la majestad de su rostro; la sonrisa

hechicera con que agraciaba al pueblo dirigiendo sus miradas a un lado

y otro, formaban un conjunto que difícilmente olvidaba el que una vez

tenía la suerte de verlo. Contaba poco más de veintiocho años, y ya

su nombre había fatigado a la Historia, por las circunstancias de su

casamiento, de su corta vida matrimonial, de su viudez prematura que

puso en sus manos las riendas de una nación desbocada. Del bien y del

mal que hizo se hablará en mejor ocasión. Por ahora se dice tan solo

que aquel día de noviembre, camino de la ceremoniosa apertura, estaba

guapísima. Era, sin disputa, la más salada de las reinas. Su venida fue

un feliz suceso para España, y su belleza el resorte político a que

debieron sus principales éxitos la Libertad y la Monarquía. Su gracia

sonriente enloqueció a los españoles; muchos patriotas furibundos, a

quienes las malas artes de Fernando habían hecho irreconciliables,

desarrugaron el ceño. Antes de tener enemigos encarnizados, tuvo

partidarios frenéticos. Difícilmente se encontrará en la historia una

reina a la cual se hayan dedicado más versos: verdad que no todos los

que se arrojaban a su paso, para alfombrarle el camino eran inspirados.

Lo que llamamos _ángel_ teníalo Cristina en mayor grado que otras

prendas eminentes de la realeza, y todos hallaban en ella un hechizo

singular, un don sugestivo que encadenaba los ánimos. Por eso Quintana,

afectando la confusión lírica, le decía:

«¿Quién te dio ese poder?... ¿De quién hubiste

La magia celestial?».

Y otro no menos famoso poeta, la saludaba de este modo:

«¡Cuán hermosa! ¡Sus ojos celestiales

Cuán apacibles miran!

Ved en su frente pura

La majestad grabada y la dulzura;

Mirad en su mejilla

La rosa del pudor encantadora.

Al Consorte Real, que en ella adora

No menos la virtud que la hermosura,

Ved ¡cuán tierno sonríe

Su labio de coral!...».

Y fue tal la prodigalidad de epítetos dulzones, _angélica, divina,

divinal, dulce, amorosa, celeste_, etc., que la lengua se nos hizo

empalagosa, y de ahí vino que por devolverle su tonicidad y fuerza la

amargaran demasiado los románticos con sus acíbares, adelfas y cicutas.

En otro orden hubo de manifestarse el mismo fenómeno de reacción.

Es indudable que muchos se fueron al campo realista, no tanto por

convencimiento, como porque estaban hastiados y apestados de tanta

_angélica Isabel_, de tanta _celestial Cristina_, protestaban de la

virilidad contra el feminismo.

Las tres serían cuando entraba la reina en el Estamento, y si en el

tránsito por las calles y Puerta del Sol los vivas no cesaban, ni las

encantadoras sonrisas de la dama hermosísima, en la casa parlamentaria

los aplausos y vítores fueron delirantes. Aclamando a la gobernadora,

se rendía tributo a la hermosura y a la ley, a la vida nueva, a la

esperanza de un porvenir dichoso. El símbolo era tan bello que encendía

el fuego de la fe con más eficacia que las ideas. No es extraño,

pues, que el historiador, o más bien el filósofo de la historia, se

preguntara: «¿Hasta qué punto y en qué medida influyó en la suerte

de España el dulce mirar de aquella Reina?». Y un faccioso del orden

civil, aficionado a las grandes síntesis, consolaba a don Carlos, años

adelante, en las soledades de Bourges: «No hay que culpar a nadie,

señor, pues así lo ha dispuesto el que hace las criaturas. Todo habría

pasado de distinta manera, si la augusta cuñada de Vuestra Majestad

hubiera sido bizca».

Nuestro amigo Calpena, colocado entre los suyos don Pedro Hillo y don

José del Milagro, vio desde una tribuna a la hermosa reina, y la oyó

leer el discurso. Era la primera vez que la veía, y maravillado de

tanta majestad y gentileza, sus ojos no se saciaban de contemplarla.

Milagro, renegando de su menguada vista, no hacía más que preguntar a

Hillo:

—¿Y dónde está Argüelles?... ¿Y Saavedra?... ¿Y los primerizos Pacheco

y Donoso Cortés?

Poco fuerte en el conocimiento de personas, Hillo las iba señalando

a capricho, y a Pita Pizarro le llamaba conde de las Navas, y a don

Antonio González le confundía con don José Landero y Corchado.

—Ahí tiene usted al señor don Juan Álvarez y Méndez, tan orgulloso que

parece el zar de Moscovia... —dijo don Pedro cuando ya se retiraba Su

Majestad—. Con su pelito rizado y su fraque de última moda, es el más

guapo de los que se sientan en el banco negro.

—Ya, ya le veo —manifestó Milagro, que no veía nada—. Está

arrogantísimo mi jefe... Ese, ese es el que os ha de poner a todos las

peras a cuarto. Ya veréis cómo las gasta.

—Me parece a mí —dijo Hillo— que trae buenos planes; pero no el trasteo

que se necesita para ejecutarlos.

—Trasteo le sobra.

—Le falta mano izquierda.

—¡Qué ha de faltarle, hombre!

—No sabe manejar el engaño. Hay aquí ganado de mucho sentido,

voluntarioso, que _hace_ por los ministros, y no para hasta que los

engancha. ¡Pobre don Juan!... Él ha venido por palmas, y le van a dar...

—¿Qué...?, ¿qué le van a dar?... —dijo Milagro, empezando a amoscarse.

—Nada, hombre: no se sulfure. De toros entiende usted poco; pero de

este tinglado ni una patata.

—Quien no lo entiende es Su Señoría. Me han salido los dientes viendo

Cortes...

—¿En dónde, alma de Dios?

—En Cádiz..., en San Felipe Neri.

—Ese santo no es de mi devoción.

—De la mía sí. En mi iglesia adoramos a los patriotas y abominamos de

la clerigalla.

—Paz, caballeros —dijo Calpena con gracia—. No me riñan aquí, o a los

dos les mando a la calle.

—Es broma.

—Jugamos, nos divertimos.

En esto salían ya de la tribuna, y empezaba el penoso descenso entre

un gentío bullicioso, mareante, compuesto en su mayoría de señoras

charlatanas y fastidiosas, a quienes todo el espacio de pasillos y

escaleras les parecía poco para sus faldamentas, chales y cintajos.

Cerca ya de la salida, tropezaron con _Edipo_, el polizonte, y Calpena,

que ya estaba familiarizado con su presencia en calles, cafés y

teatros, le dijo, permitiéndose tutearle:

—Sí, aquí estoy... No me escapo, hombre... Puedes apuntar, por si no lo

sabes, que esta mañana estuve con Iglesias en el café de Solís, y que

hablamos de la inmortalidad del cangrejo y de la absoluta impertinencia

de los empleados de la policía.

—No voy contra usted, señor don Fernandito —replicó el corchete risueño

y humilde—. Viva usted mil años, para que proteja a los pobres el día

que venga alguna tremolina.

—¡Lo que es a ti...! ¿A que no me aciertas dónde estuve hoy cuando salí

del café de Solís?

—En la corbatería de Aguayo.

—¿Y antes de ir al café?

—En la peluquería de Cortina.

—Maldito seas, y quiera Dios que te pase lo que al rey de teatro que te

ha dado su nombre.

—Era un rey que padecía de la vista.

—Ciego te vea yo... Bueno. Pues si me aciertas a dónde iré esta tarde,

te regalo una docena de puros.

—¿De veras? Pues ya puede ir por ellos. Tráigamelos escogidos, de la

fábrica de Sevilla, de a tres cuartos pieza.

—Antes adivíname lo que haré esta tarde.

—No necesito adivinarlo, porque lo sé, y usted no.

—¿Y cómo es eso de ignorar a dónde voy, teniendo el propósito de ir a

una parte?

—Muy sencillo. Puede que usted tenga la intención de emplear la tarde

en picos pardos, y puede que haya hablado de eso con Iglesias, que es

muy aficionado a las madamas. Pero aunque el señor don Fernando tenga

esos planes, no irá a donde piensa, sino a donde yo sé.

—Explícame eso, _Edipo_ maldito, o aquí perece un rey de Tebas.

—Pues... esta mañana, mientras el señor andaba de ceca en meca..., fue

a buscarle a su casa, tres veces, don Carlos Maturana. Me le encontré

en la calle de Peligros, y me ha dicho que tiene precisión de cazarle a

usted hoy, y que le cazará, aunque sea con perros.

—¿A mí?... ¡Maturana! Sí, sí, es el pariente de mis amigos de Olorón,

a quien me recomendaron. No le he visto aún, porque estaba ausente de

Madrid cuando yo llegué.

—Ayer regresó de sus viajes por Italia y Suiza. Traerá relojes y

abanicos... En fin, no sé... El motivo de buscarle con tanta prisa es

porque usted trajo un encargo para la Zahón.

—El cual aún está en mi poder, porque esa señora, que me han dicho es

muy cargada de espaldas, no ha ido a recogerlo.

—Pero va de orden suya el señor Maturana, no solo por el gusto de verle

a usted, sino por llevarle a la calle de Milaneses, donde le espera

con la cajita doña Jacoba, que no puede salir. Y como el encarguito

será de valor, no tiene el señor don Fernando más remedio que hacer la

entrega por sí mismo, y fastidiarse, y echar la tarde a perros.

—Eso no... Con entregar la caja, pedir recibo, tomarlo...

—Puede que le entretengan a usted más de lo que piensa las joyas que

hay en la casa.

—No soy aficionado...

—Eso se verá... cuando lo vea... Hay brillantes, perlas, corales, de

los que pintan los poetas...

Y sin decir más, dio dos palmadas a don Fernando, despidiéndose con

palabras de premura:

—Con Dios... Hago falta dentro... Mucha gente, y alguna no de lo mejor.

Reuniose Calpena con sus amigos, que en la puerta hablaban con dos

sargentos de la Guardia Real, conocidos de Milagro, y se fueron hacia

la calle de Alcalá, rumbo al Caballero de Gracia.

Mendizábal · 第 18 / 36 题