—Según eso, es usted empleado.
—Para todo lo que el señor guste mandarme, me tiene de portero en el
Ministerio de Hacienda. Miliciano nacional de artillería en el glorioso
trienio, fui colocado por el señor Feliú. Quedé cesante el 23. Diez
años después, me repuso el señor don Francisco Javier de Burgos, que
entró en Fomento el 21 de octubre del 33. En 7 de febrero del año
siguiente pasé a Hacienda con el señor don José de Imaz; me conservó
en mi puesto el señor conde de Toreno, que entró el 15 de junio, y
allí me tiene usted... Pero estoy entreteniendo al señor más de lo
regular, sin pensar que se aproxima la hora de la cena. Antes querrá
quitarse el polvo del camino y lavarse cara y manos. Voy por agua, pues
creo que tenemos el jarro vacío... Efectivamente... ¡Y tanto que les
encargué...! ¡Cayetana!... ¡Delfina!
Salió presuroso, llamando a su esposa e hija, y a poco se presentaron
estas con el agua y toallas limpias. Era la patrona regordeta y
vivaracha, bastante más joven que su marido; mala dentadura, pecho
vacuno, que el corsé levantaba a las alturas de la garganta; el habla
gallega, manos de cocinera. La niña, tímida y rubicunda, habría sido
muy bonita si no torciera terriblemente los ojos. Precedíalas el
risueño padre, que, al presentar a la familia, volvió a soltar la vena
de su verbosidad.
El señor don Fernando traería, según él, buen apetito. Pronto se le
serviría la cena... Casa más sosegada no se encontraba en todo Madrid,
y como no admitían sino huéspedes recomendados, nunca tenían más de
cinco o seis, y a la sazón, por ser verano, tan solo dos, sin contar
al señor don Fernando, los cuales eran personas de mucho asiento y
formalidad. A la hora de la cena les conocería el nuevo huésped, y
trabaría con uno y otro sujeto relaciones cordiales... Dejáronle al fin
para que se lavase, y despojado de su trajecito de mahón, se ocupó el
huésped en sacar del baúl la única ropita decente que traía, y camisa
y corbata, para vestirse con toda la decencia compatible con su escaso
peculio. Durante las operaciones de lavoteo y vestimenta no cesaba de
pensar en la ventura inesperada y misteriosa con que entraba en Madrid,
y entre otras cosas que habrían revelado su confusión si las pasara del
pensamiento a los labios, se dijo:
«Es mucho cuento este. Se empeña uno en ser clásico, y he aquí que
el romanticismo le persigue, le acosa. Desea uno mantenerse en la
regularidad, dentro del círculo de las cosas previstas y ordenadas, y
todo se le vuelve sorpresa, accidentes de poema o novelón a la moda,
enredo, arcano, _qué será_, y manos ocultas de deidades incógnitas, que
yo no creí existiesen más que en ciertos libros de gusto dudoso...
Pues, señor, veamos en qué para esto, y Dios quiera que pare en
bien. No las tengo todas conmigo, ni me resuelvo a entregarme a esta
felicidad que me sale al encuentro abriéndome los brazos, pues suelen
los salteadores de caminos disfrazarse de personas decentes y benéficas
para sorprender mejor a los viajeros. Vigilemos, vivamos alerta...».
Cenando migas excelentes con uvas de albillo, peces del Jarama fritos,
y chuletas a la _papillote_, hizo conocimiento con los dos huéspedes
que la suerte le deparaba por compañeros de vivienda, y en verdad
que tal conocimiento fue un nuevo halago de la escondida divinidad
que tan visiblemente le protegía, porque ambos eran agradabilísimos,
instruidos, graves y de perfecta educación. El uno frisaba en los
cincuenta años, y en las primeras frases del coloquio se declaró
manchego y patriota. Su locuacidad no molestaba; antes bien, instruía
deleitando, porque narraba los sucesos y exponía las opiniones con
singular donaire y una prolijidad pintoresca. Debía de tener muchas y
buenas amistades con personas en aquel tiempo de gran viso, porque al
nombrarlas empleaba casi siempre formas familiares.
Cuando Delfinita le servía las truchas, volviose a ella con viveza,
diciéndole:
—No me han enterado ustedes de que hoy estuvo aquí Salustiano dos veces.
—¡Ah!, sí..., no me acordaba... —replicó la niña de la casa—. ¡Y que no
se puso poco enojado la segunda vez, porque usted no estaba!
—¡Si ya le he visto, criatura! Por fin dio conmigo en el Café Nuevo,
donde me había citado mi tocayo Nicomedes para leerme dos artículos de
filosofía, una comedia en verso y un proyecto de Constitución...
—Dispénseme —dijo Calpena, que pronto empezó a tomar confianza—: ese
Salustiano, ¿es Olózaga?
—El mismo. Le nombran gobernador de Madrid...
—Subdelegado —apuntó el otro huésped, de quien se hablará después—, que
así se llaman ahora.
—Tanto monta, amigo Hillo... La denominación que se adoptará como
definitiva es la de _jefes políticos_. Por de pronto, empleemos la
acepción que más fácilmente comprende el pueblo: _gobernadores_...
Pues pretende Salustiano llevarme de secretario; pero... no en mis
días. Mientras yo no vea clara la situación, mientras no vea un
Gabinete decidido a marchar adelante, siempre adelante, enarbolando
resueltamente la bandera del progreso, no me cogen, no me cogen...
Nicomedes piensa lo mismo...
—Oí decir esta tarde en el despacho de los toros —indicó tímidamente el
segundo huésped— que sería secretario ese joven, tocayo de usted, que
acaba de citar... Pastor.
—Atrasados están de noticias en el despacho de toros, mi querido Hillo.
Será secretario del Gobierno de Madrid mi amigo Manolo Bretón.
—¿El poeta..., el autor de _Marcela_? —preguntó Calpena con vivo
interés.
—El mismo. Y añadiré que a mí me lo debe —afirmó con cierta fatuidad de
buen tono el que llamamos _primer huésped_, y ahora don Nicomedes.
Conviene declarar, ante todo, que no es Pastor Díaz. El huésped de la
casa de Méndez no ha pasado a la historia, aunque en verdad lo merecía,
por la agudeza de su entendimiento y la variedad de sus estudios. Menos
años contaba entonces el Nicomedes que después adquirió celebridad
como político y publicista: ambos se hallaban ligados por estrecha y
cordial amistad. El más joven hizo carrera literaria y política; el más
viejo se fue a la Habana en tiempo del general Tacón, y murió de mala
manera bajo el mando de Roncali. Apenas ha dejado rastro de sí, como
no sea el descubierto con no poca diligencia por el que esto refiere;
rastro apenas visible, apenas perceptible en el campo de la historia
anónima, es decir, de aquella historia que podría y debería escribirse
sin personajes, sin figuras célebres, con los solos elementos del
protagonista elemental, que es el macizo y santo pueblo, la raza, el
_fulano_ colectivo.
Bueno. Diré algo abora del segundo huésped, clérigo enjuto y amable,
que entraba siempre en el comedor tarareando, y a veces tocando
las castañuelas con los dedos, lo que no quiere decir que fuera un
sacerdote casquivano, de estos que no saben llevar con decoro el
sagrado hábito que visten. La jovialidad del bonísimo don Pedro Hillo,
natural de Toro, era enteramente superficial, y a poco que se le
tratara, se le veían las tristezas y el amargo desdén que le andaba por
dentro del alma, como una procesión interminable. Por lo demás, no se
ha conocido hombre de costumbres más puras ni en la clase eclesiástica
ni en la civil; hombre que, si no derramaba el bien a manos llenas,
era porque no se lo permitía su mediano pasar, cercano a la pobreza;
incapaz de ofender a nadie de palabra ni de obra; comedido en su trato;
puntual en sus obligaciones; religioso de verdad, sin aspavientos. No
tenía más falta, si falta es, que gustar locamente de las funciones
de toros. Su principal ciencia, entre las poquitas que atesoraba, era
el entender del arte del toreo y mostrar profundo conocimiento de sus
reglas, de su historia, y poder dar sobre tales materias opiniones
que los devotos del cuerno oían como la palabra divina. Pero dígase
en honor de don Pedro Hillo que, lejos de la intimidad con otros
taurófilos, no alardeaba de su conocimiento, ni usaba nunca los
groseros terminachos que suelen ser lenguaje propio de esta singular
afición. Como se disimula un ridículo vicio, disimulaba el buen curita
su autoridad en materia de quiebros, pases y estocadas.
Y para que se vea un ejemplo más de las complejidades del humano
espíritu, sépase que a este saber de cosas triviales unía don Pedro
otro de más sustancia. Era un apreciable retórico, de la escuela de
Luzán y Hermosilla; había practicado durante más de veinte años el
magisterio del arte de hablar bien en prosa y verso, y orgulloso de
estos conocimientos, trataba de lucirlos siempre que podía.
Se ignora por qué dejó el bueno de Hillo, primero su cátedra del
Colegio Mayor de Zamora, después el cargo de preceptor de los niños
del señor duque de Peñaranda de Bracamonte. Lo que sí se ha podido
averiguar es que en septiembre de 1833 pretendía una cátedra de la
Universidad Complutense, y que en aquella fecha llevaba año y medio de
inútiles pasos y gestiones sin obtener más que buenas palabras. Eso sí:
ni se cansaba de pretender, ni los desaires y aplazamientos marchitaban
sus ilusiones, ni le rendía el fatigoso y tristísimo _vuelva usted
mañana_.
Dígase también, para completar la figura, que don Pedro profesaba o
fingía, en política, un escepticismo inalterable, rara condición en
aquellos tiempos de lucha. Conocimiento y amistad tenía con personas
de una y otra bandera; pero de nada le valían, sin duda por causa de
su timidez, o por la vaguedad de sus opiniones, que tal vez le hacía
sospechoso a tirios y troyanos. Los patriotas le miraban con recelo
creyéndole arrimado al carlismo, y la gente templada le tenía por
afecto a las logias. Por esto decía él, empleando la palabra griega
que significa moraleja: «_Epimicion_: quien navega entre dos aguas, no
llega nunca a una cátedra».
El primer huésped, don Nicomedes Iglesias también pretendía; mas no
era fácil traslucir el objeto de sus desatentadas ambiciones. Cosa
extraña: Hillo hablaba poco, y sus propósitos y deseos se traslucían
a las primeras palabras. Por los codos hablaba Iglesias, y después
de oírle perorar tres horas con gracia y facundia prodigiosas,
nadie sabía lo que pensaba, ni qué planes o enredos se traía. No
disimulaba el radicalismo de sus ideas, el cual no era obstáculo para
que cultivase el trato de casi todas las notabilidades de aquella
turbulenta generación, siendo su mayor intimidad con los exaltados.
Toda la tarde estaba fuera de casa, menos cuando daba cita en ella a
un par de compinches, pasándose las horas muertas de conciliábulo a
puerta cerrada. Después de cenar se echaba invariablemente a la calle,
y no volvía hasta la madrugada; levantábase a la hora de comer, y al
encontrarse en la mesa con su amigo don Pedro, bromeaban un rato.
El presbítero tenía siempre algo que decir de las nocturnidades de
su compañero; pero sin traspasar nunca los límites de una discreta
confianza inofensiva:
—¿Qué hay por la _casa de Tepa_?... Anoche, amigo Nicomedes, debieron
ustedes tratar de ir disolviendo juntitas, para que no se enfade don
Juan de Dios Álvarez... Mucho tuvieron que discutir anoche los del
_rito escocés_, porque entró usted cerca de las cuatro... ¿Y qué se
sabe del ínclito Aviraneta? ¿Le sueltan, o le hacen ministro, o le
ahorcan?
Contestaba el otro a estas pullas inocentes con gracia y mesura, sin
soltar prenda, ni clarearse más de lo que le convenía. Desde la primera
cena simpatizó Calpena con sus dos compañeros de casa, y singularmente
con el clérigo Hillo. El agrado que la conversación de este le causaba
aumentó tan rápidamente que al segundo día eran amigos, y ambos creían
que su trato databa de larga fecha. Verdad que los dos eran clásicos
en lo literario, templados o neutrales en lo político, de pacífico
y blando genio, amantes de la regularidad y del vivir manso, sin
emociones; semejanza que un atento observador habría podido apreciar,
no obstante las diferencias que la edad marcaba en uno y otro. Había,
sin embargo, momentos en que Calpena se expresaba como un viejo, y don
Pedro como un muchacho.
El segundo día de hospedaje, desayunándose juntos, hablaron de
política, que era en aquel tiempo la usual, la obligada comidilla, lo
mismo al almuerzo que a la cena.
—¿Qué le parece a usted, amigo don Fernando? —dijo Hillo—. ¿Nos
cumplirá ese señor Mendizábal todo lo que nos ha prometido? Porque ya
ve usted si ha venido con ínfulas. Que acabará la guerra carlista en
seis meses, y que para entonces no veremos un faccioso ni buscándolo
con candil. Que pondrá término a la anarquía, cortando el revesino
a todas las juntas. Que arreglará la Hacienda, y pronto rebosarán
las arcas del Tesoro. Que hará de la España una nación tan grande
y poderosa como la Inglaterra, y seremos todos felices, y nos
atracaremos de libertad y orden, de pan y trabajo, de buenas leyes,
justicia, religión, libertad de imprenta, luces, ciencia, y, en fin, de
todo aquello que ahora no comemos ni hemos comido nunca.