Sintiéndome cada día más caduco, y temeroso del segundo ataque,
cuidéme de revisar mis Memorias y de ver si Ido del Sagrario me había
deslizado en ellas alguna tontería. Mas nada sorprendí en aquellos
bien rasgueados renglones que fuera disconforme á mi pensamiento y á
la exactitud de los casos referidos. De acuerdo con Ido, remití el
manuscrito, puesto ya en limpio y con los nombres bien disimulados,
á un amigo suyo y mío que se ocupa de estas cosas, y aun vive de
ellas, para que lo viese y examinara, disponiendo su publicación si
conceptuaba digno del público mi mamotreto... Hoy ha venido el tal á
verme; hablamos; le invito á escribir la historia de _la Prójima_, de
la cual yo no he hecho más que el prólogo, á lo que me contesta que
aunque ya no le hace caso Pepito Trastamara, ni tiene esperanzas de ser
Duquesa, bien vale la pena de intentar lo que yo le propongo. De otras
muchas cosas hablamos, extendiéndome mucho en todo lo concerniente á la
forma y manera de imprimir estas obscuras páginas. La primera condición
que pongo es que no serán publicadas mientras yo viva. Después de mi
muerte, puede darse mi amigo toda la prisa que quiera para sacarlas en
letras de molde, y así la publicación del libro será la fúnebre esquela
que vaya diciendo por el mundo á cuantos quieran saberlo que ya el
infelicísimo autor de estas confesiones habrá dejado de padecer.