IV

No sé qué vértigo me acometió al ver á Camila. Púsose á fregar la loza,

diciendo:

--Esa girafa me dejó todo como ves, sin fregar... ¡qué tías!

Y yo la miraba embebecido: miraba sus manos coloradas y frescas en el

agua, el movimiento rítmico que hacían los dos picos de la chambra al

compás de los ajetreos de las manos, y, sobre todo, contemplaba su

cara risueña, de una lozanía y placidez que no se pueden expresar con

palabras. Entróme fiebre, delirio; la cuerda de mi espíritu vibró como

si quisiera romperse. No pude contenerme, ni se me ocurría emplear,

como otras veces, rodeos é hipocresías de lenguaje. Lleguéme á ella,

llevándome mi silla en la mano izquierda; me senté junto al fregadero,

todo esto rapidísimo... cogíle un brazo, y lo oprimí contra mi frente

que ardía. La frescura de aquella carne y la dureza del codo, que fué

lo que vino á caer sobre mi frente, producíanme sensación deliciosa.

Todo pasó en menos tiempo del que empleo en contarlo, y mis palabras

fueron éstas:

--Quiéreme, Camila; quiéreme ó me muero. ¿No ves que me muero?

Apartóse de mí, y con mucho alboroto de brazos y de palabras, me obligó

á retirarme.

--¡Miren el tísico éste! Y si te mueres, ¿qué culpa tengo yo? ¡Ea!

déjame trabajar. Si te pones pesadito, tendré que darte un tenazazo.

Después rompió á reir, y alargando el pie como si quisiera darme una

puntera, se puso en jarras y me dijo:

--Pero ven acá, grandísimo soso. ¿No se te quita la ilusión viéndome

así? ¿O es que con esta lámina estoy á propósito para sorberle los

sesos á un príncipe? Claro... ¿quién que vea este piececito de

bailarina no se volverá tonto por mí? ¿Pues este talle de sílfide...

y estas manos? Yo pensé que podría hacerle tilín al aguador; ¡pero á

tí!... ¡Si creí que al verme ibas á salir escapado gritando que te

habían engañado! ¡Y ahora te descuelgas otra vez con que me quieres! Tú

estás chiflado de veras. Caballero, soy una mujer casada, y usted es un

libertino; quite usted allá, so adúltero, que quiere adulterarme. Vaya

usted noramala... ¡Que te estés quieto!

Esto lo dijo blandiendo las tenazas, cuando yo volví sobre ella á

expresarle lo más de cerca posible la admiración que me producía.

--Descalábrame... Te diré siempre que te quiero, que te adoro, que

estoy ya enteramente loco, y que me moriré pronto, rabiando de cariño

por tí... --exclamé defendiéndome como podía de las tenazas--. Ya que

no otra cosa, dame la satisfacción de decírtelo, y de decirte también

que me entusiasmas, porque eres la mujer sublime, la mujer grande,

Camililla. Mereces ser puesta en los altares; mereces que se te eche

incienso, que los hombres se den golpes de pecho delante de tí, borrica

del Cielo, con toda el alma y toda la sal de Dios.

Creo que me arrojé al suelo, que quise besarle aquellas

desproporcionadas sandalias medio rotas, que me golpeó la cara con

ellas sin hacerme daño, que le besé la orla de su falda, que la

abracé vigorosamente por las rodillas, que la hice caer sobre mí, que

nos levantamos ambos dando tumbos y apoyándonos en lo primero que

encontrábamos. Tan trastornado estaba yo, que no me dí cuenta de lo que

hacía. Ella volvió á coger las tenazas y me amenazó tan de veras, que

llegué á temer formalmente que me las metiera por los ojos.

Pausa, silencio. Yo en mi silla, recostándome con indolencia sobre

la inmediata; ella destapando calderos, arrimando carbones, probando

guisotes. Como si nada hubiera pasado, se puso á cantar en voz alta.

Después me miró.

--¿Qué, todavía estás ahí? Pues sí: á mí no me pescas tú. Soy para mi

idolatrado Cacaseno.

Y variando súbitamente de tono:

--Si vieras qué sorpresa le tengo preparada hoy... ¡Porque yo le doy

sorpresas, y me divierto más...! El mes pasado le dí una... Voy á

contártela. Tenía él un reloj muy malo, de plata; una cebolla que le

regaló su tío el de Quintanar. Siempre andaba para atrás... en fin,

que no nos daba nunca la hora. Era preciso comprar otro reloj, y

Constantino se desvivía por tener un _remontoir_ bonito, ligero...

Yo le decía que más adelante; pero él no tenía paciencia, ¡pobrecito!

Todos los días me traía un cuento. «Camila, hoy los he visto á doce

duros, muy lindos, en los _Diamantes Americanos_...» «¿Pero, hijo, y

dónde están los doce duros?» Pues nos poníamos á juntar, peseta por

aquí, dos perros por allá. Yo le quitaba á él, y él me quitaba á mí,

y poco á poco se iba reuniendo el dinero. Yo soy siempre la cajera.

«Marcolfa, ¿cuánto tienes ya?» «¡No me marees, ya se completará!...»

Por fin le digo un día: «Ya pasa de diez duros; la semana que entra

te compro el _remontoir_.» Pero aquí viene lo bueno. Verás cómo juego

con él. Es un chiquillo. Reunidos los doce duros, le digo una mañana:

«Chiquito, ¿no sabes lo que me pasa? Que mi vestido azul está muy

indecente. Me da vergüenza de sacarlo á la calle. No he tenido más

remedio que comprarme once varas de merino para arreglarlo, y como no

había de qué, he tenido que echar mano de los duros aquéllos. Despídete

por ahora de ese capricho. Dentro de tres ó cuatro meses, se verá.»

Él refunfuña un poco, arruga el entrecejo; pero en seguida se le pasa

el enojo, y me dice que primero soy yo. ¡Pobretín! á la noche ya no

se acuerda del dichoso _remontoir_ sino cuando saca la cebolla para

ver la hora, ¡y entonces echa un suspiro!... Y yo entre tanto, ¿qué

crees que he hecho? He salido por la tarde, y más pronto que la vista,

me he ido á la tienda y he comprado el reloj. Me lo traigo á casa, y

mientras cenamos, le doy á mi marido bromas con el viejo, diciéndole:

«Hijo, no tienes más remedio que apencar con tu patata.» Cenamos, nos

acostamos. Yo no sé cómo aguantar la risa, porque he cogido el reloj,

y envuelto en un papel lo he metido bajo nuestras almohadas. Apenas

recostamos la cabeza los dos... tin, tin, tin, tin. Me tapo bien la

cara, mordiendo las sábanas para no reirme. Me hago la dormida, y

le siento á él inquieto. «Camila, Camila, yo oigo un ruido...» Y yo

callada, respirando fuerte, casi roncando... «Camila, Camila, ¿qué

anda por ahí?» De repente hago como que me despierto sobresaltada y me

pongo á gritar: «¡Ratones, ratones!... ¡Mira, mira, uno me ha mordido

la oreja!...» Él se levanta... enciende la luz. Pero yo, no pudiendo

ya tener la risa, le digo: «Por aquí, por aquí, entre las almohadas...

¡Ay, qué miedo!» Él, que empieza á conocer la guasa, mete la mano, y...

«Chica, chica, ¿qué es esto?...» ¡Qué fiesta! ¡cómo gozo viendo su

sorpresa, su alegría y los extremos de cariño que me hace! Volvemos á

apagar la luz... y á dormir hasta por la mañana.

Yo, medio ahogado por el culebrón que se enroscaba en mí, no podía reir

con ella. Por fórmula debí preguntarle si aquel día tenía dispuesta una

nueva sorpresa, porque siguió su cuento de este modo:

--Hoy le preparo una de órdago. Verás: hace tiempo que está deseando

tener un barómetro aneroide. Desde que lee y se ha metido á sabio, le

da por enterarse de cuando va á llover. Yo le digo: «Eso es muy caro.

No pienses en ello. Que se te quite eso de la cabeza. ¡Ni que fuéramos

príncipes!» Pero aguárdate. Hoy le he comprado ese chisme. Tiene

dos termómetros por los lados: uno de agua encarnada, otro de agua

plateada. Me costó seiscientos veinte reales, y lo tengo escondido

para que no lo vea. ¡Cómo me voy á reir esta noche! Mira lo que he

inventado. Pongo en el gabinete que está al lado de nuestra alcoba tres

ó cuatro sillas unas sobre otras; ato una cuerda á la de en medio,

la cual cuerda pasa por un agujerito de la puerta, y va á parar á la

cabecera de nuestra cama. Cacaseno se acuesta; yo también. Apago la

luz. De repente tiro de la cuerda, ¡cataplum! Figúrate qué estrépito.

Yo me pongo á gritar: ¡ladrones, ladrones! Incorpórase él hecho un

demonio, enciende luz... ¡Jesús qué miedo! Salta de la cama, va á coger

el revólver, y yo digo: «Ahí, ahí, en el gabinete están.»

--Pero no veo la sorpresa.

--Es que la puerta del gabinete estará cerrada, y en el pomo del

picaporte habré colgado el barómetro; de modo que no tiene más remedio

que verlo al querer entrar... Entonces suelto el trapo á reir; él

comprende la broma y suelta el trapo también, y aquí paz y después

gloria. Nos dormiremos como unos benditos, y hasta otra. No te creas:

él también me da sorpresas á mí; pero no tiene ingenio para inventar

cositas chuscas como yo. Cuando me regala algo, lo trae escondido;

pero en la cara le conozco que hay sorpresa. Frunce las cejas, alarga

la jeta y dice con muy mala sombra: «¡Vaya unas horas de comer! Esto

no se puede aguantar.» Yo, que leo en él, me hago también la enfadada,

y me pongo á chillar: «Bertoldo, Cacaseno de mil demonios, si no te

callas... Pero tú me traes algo: dámelo y no me tengas en ascuas.»

Entonces saca lo que esconde y me dice riendo: «Si es sorpresa...» Yo,

de una manotada, ¡pim!... se lo arrebato...

No la dejé concluir. El deseo de estrecharla contra mí, de comérmela

á caricias era tan fuerte, que no estaba en mi flaca voluntad el

contenerlo; deseo casto por el pronto, aunque no lo pareciera, nacido

de los sentimientos más puros del corazón; deseo que si con algo

innoble se mezclaba, era con la maleza de la envidia, por ver yo en

poder de otro hombre tesoro como aquél. Y la cogí antes que se me

pudiera escapar, haciendo presa en ella con un furor nervioso que me

dió momentáneo poder.

--¡Quiéreme ó te mato --le dije con desazón epiléptica, fuera de mí,

atenazándola con mis brazos y dando hocicadas sobre cuantas partes

suyas me cayeran delante de la cara--; quiéreme ó te mato! Que todo no

sea para él; algo para mí. Te estoy queriendo como un niño, y tú nada...

Habíais de ver la gran contienda entre los dos. Mi fuerza nerviosa

se extinguía. Pronto pudo ella más que yo. Era mujer sana, dura,

templada en el ejercicio y en la vida regular. Sus brazos no sólo

se desprendieron de los míos, sino que los dominaron. El aliento me

faltaba por instantes; el pecho se me oprimía, más que con el poder de

los brazos de ella, con la dilatación de no sé qué angustia interior,

que era el sentimiento de mi fracaso. Por fin, vencido, campeó ella

sobre mí, y empujándome de un lado, me dejó caer sobre la otra silla.

Las dos formaban como un sofá. Sus manos aprisionaron mis muñecas como

argollas de hierro. ¡Una mujer tenía más fuerzas que yo, y me acogotaba

como á un cordero!

--¿Ves cómo te meto en un puño, tísico? ¡Si eres un muñeco; si no

tienes sangre en las venas; si los vicios te tienen desainado! No

sirves para una mujer de verdad, sino para esas tías tan tísicas, tan

fulastres como tú... perdido.

La ví encenderse en verdadera cólera. Aquel manojito de gracias,

aquel ramillete de chistes, nunca se había presentado á mis ojos en

la transformación fisiológica de la ira. En tal instante miréla por

primera vez airada, y me acobardé cual no me he acobardado nunca. La

ví palidecer, dar una fuerte patada; la oí tartamudear dos ó tres

palabras; levantó la pierna derecha, quitóse con rápido movimiento

una de aquellas enormes botas, la esgrimió en la mano derecha, y me

sentó la suela en la cara una, dos, tres veces: la primera vez un poco

fuerte, la segunda y tercera más suave... Yo cerré los ojos y aguanté.

Tan quemado estaba por dentro, que me dolió poco...

--¡Ay --exclamé--, si me mataras á zapatazos como se mata una

cucaracha, qué favor me harías!...

La ví volverse á calzar, sustentándose en un solo pie con extremada

gallardía. Después se arregló el pelo y la chambra. Respiraba fuerte y

se había puesto encarnada. Poco á poco aquella terrible y nunca vista

cólera se iba disipando, y Camila volvía á ser Camila. Una sonrisa

le desfloró los labios, dándome á conocer que sentía cierto temor de

haberme pegado demasiado fuerte. Miróme con atención á punto que yo me

llevaba las manos á la cara.

--¿Qué tal, escuece? --me dijo--. Tú te tienes la culpa por pesado. Yo

las gasto así. ¿Qué es eso? Sangre. Me alegro: vuelve por otra. Así,

así: quiero que lleves estampadas en tu hocico las suelas de mi marido.

Creédmelo: cuando no me eché á llorar en aquel instante como un

ternero, es seguro que las fuentes del llanto estaban agotadas en mí.

Y más me afligí viendo á Camila salir y volver con un vaso de agua y

un trapo de hilo, el cual humedeció para lavarme la cara. Y se reía

curándome.

--No es nada, hijo: un pedacito de piel levantada. Otras te han sacado

todo el cuero y no te has quejado... ¿A que no vuelves á atreverte

conmigo? ¿Te das por vencido?

--No: te quiero más cuanto más me pegues, y concluiré loco, saliendo á

gritar por las calles que eres la mujer más sublime que he conocido...

--¡Claro!... como que me van á poner en la _Biblia_... ¡Ea! se acabaron

las papas. Ahora me haces el favor de marcharte á tu casa. Tengo mucho

que hacer y no estoy para espantajos.

--No me voy, Camila, sin una esperanza siquiera... promesa al menos...

--¿Promesa de qué? ¿Habráse visto tonto igual? Que me vuelvo á quitar

la bota... Eres tan sinvergüenza, que por verme una pierna te ha de

gustar que te pegue. Estos tísicos son así. Pues no, no te pego más;

no me da la gana. Unicamente te desprecio... Conque ve despejando el

terreno, si no quieres que se lo cuente á Constantino. Hasta aquí he

sido prudente; pero me pones en el caso de no serlo. Si él sabe lo que

me has dicho... ¡Jesús de mi alma la que arma! Ya te estoy viendo volar

hasta el techo.

--Pues díselo... cuéntale todo. En mi estado, deseo cualquier

disparate...

--¿Sí? No lo digas dos veces. Mira que canto...

Estaba destapando pucheros. De pronto la ví atendiendo con cara de

Pascua á cierto ruido en la escalera.

--Ya viene... es él... Le conozco en el modo de trotar. Sube los

escalones de tres en tres... Compara, hombre, compara contigo, que

cuando subes llegas aquí ahogándote, medio muerto. Lo que yo digo, la

vida alegre...

Fuerte campanillazo anunció al amo de la casa que venía de la oficina.

Corrió Camila á abrirle, y oí como una docena de besos fuertemente

estampados, ósculos de devoción y fe, como los que dan las beatas,

echando toda el alma, á las reliquias de un santo que hace muchos

milagros. El burro entró en la cocina.

--Hola, chico, ¿tú por aquí?

--¿Qué me traes? --le dijo Camila.

--Nada más que estos jacintos.

--¡Qué bonitos y qué bien huelen! Ponlos en ese jarro, por el pronto.

Oye: dale uno á este estafermo, que bien se lo merece. Me estaba

ayudando á poner los trastos en el vasar de arriba, y se le vino encima

el caldero grande: mira la contusión que tiene en la mejilla... ¿Sabes

de lo que hablábamos ahora?...

Otro campanillazo cortó el concepto de mi prima. «¿Qué iría á decir?»

pensé yo; y ella dijo:

--¿Quién será?

Constantino fué á abrir, y oímos esta exclamación:

--¡Oh, señora doña Eloísa!... ¿Usted por aquí?

No sé por qué me dió mala espina la tal visita. Y mi corazonada se

acentuó más cuando ví á Eloísa. Había recobrado su hermosura, y fuera

de la palidez y demacración, no quedaban rastros en su cara del pasado

arrechucho. Pero venía tan cejijunta, nos saludó á todos con tanta

sequedad, me miraba de un modo tan extraño, que barrunté algo desusado,

serio y muy desagradable. «Esta prójima, que muy rara vez viene aquí

--pensé--, trae hoy alguna historia... Me las guillo.»

A lo que le preguntamos sobre su salud, contestaba Eloísa de mala gana

y con impertinencia. Quería hablar de otra cosa. Pasó al comedor con

Miquis y conmigo. Camila quedóse en la cocina trasteando.

--¿Qué hay de nuevo? --preguntó el manchego á su cuñada.

--¿Qué ha de haber? Que son ciertos los toros... --replicó mirándole

con sorna.

Después se puso á decir chuscadas, que aparentemente no tenían malicia.

Creí que me había equivocado y que Eloísa no llevaba el escándalo en

su intención. No obstante, parecióme notar cierto dejo irónico en

su alegría. Pero como pasaba tiempo sin que la conversación tomara

mal sesgo, dije para mí: «Vaya, es manía. No hay nada de lo que

sospechaba.» Poco después, despedíme de todos y me retiré.

V

Pero en la soledad de mi gabinete, paseándome de un ángulo á otro, con

las manos en los bolsillos, la cabeza sobre el pecho, no podía apartar

de mí la idea de que en el tercero pasaba ó iba á pasar algo...

Y como mi espíritu, adiestrado en el imaginar, no se paraba en barras,

ved aquí las historias que me forjé en menos tiempo del que empleo en

contarlas: «María Juana es la que ha echado á volar la especie de que

yo tengo relaciones con Camila. Ella ha sido: me lo dice el corazón.

Lo ha hecho por espíritu de hipocresía, por evitar que se sospeche

de ella. Tal vez lo crea, en cuyo caso... Pero no, ¡qué disparate

digo! Esto es un delirio; María no es capaz... Lo que hay es que se

ha corrido esa voz, como se corren otras muchas, y Eloísa... ¡Ah!

ya sé quién ha llevado el cuento á Eloísa. Ha sido Manolo Trujillo,

ese bendito ciego... Y la prójima se ha puesto fuera de sí, ha

sentido celos... ¡celos de hermana, que son los peores! Pero quiá...

imposible... Subiré á cerciorarme... No, no subo: allá se entiendan.

Si no fuera por Camila, me importaría poco que la prójima armara

cuantos escándalos quisiera... ¿Subiré? No, no subo. Tal vez sea todo

figuración mía.»

Mi inquietud creció de tal modo, que creí oir voces que se transmitían

por el patio. Escuché... nada. Llamé á mi criado y le dije:

--Mira, Ramón, te vas al cuarto tercero y dices que me he dejado allí

un cuadro... Ya sabes, el que trajeron de la estación esta mañana en

esa caja. Te lo bajas... Oye, oye: de paso observa si ocurre algo en la

casa... Anda, anda.

A poco volvió Ramón, y me dijo:

--Señor, que se ha armado arriba una gresca de doscientos mil diablos.

--¿Qué dices?

--Lo que oye. La señorita Camila y la señorita Eloísa están hablando

como rabaneras, y el señorito Constantino también hipa por su lado. No

he podido traer el cuadro. Les hablaba y no me respondían, sino dale

que te dale á las lenguas los tres á un tiempo... Desde la ventana del

patio se oye. La vecindad está escandalizada.

Fuí y oí. La voz de Camila descollaba; mas no entendí si era llanto ó

gritos de furor lo que hasta mí llegaba. «Me parece que se ha armado

una buena, pero buena.» Y volví á mi gabinete, donde intenté desgastar

mi inquietud nerviosa paseándome. Esperaba y temía que alguna racha de

aquel temporal del tercer piso bajara hasta mí. ¿Qué hacer? ¿Evitarla

echándome á la calle y no pareciendo hasta la noche? No: mejor era

esperar á pie firme la nube. Quizás mi presencia sería pararrayos que

evitase una catástrofe... ¿Subiría? No, subir no, porque pudiera mi

intervención ser perjudicial á la inocente Camila. Conveníame adoptar

también una actitud de inocencia é ignorancia del asunto.

La racha que juzgué inevitable no tardó en venir. Fuerte campanillazo

anuncióme la cólera de Eloísa, que entró en mi casa y en mi gabinete en

un estado de agitación que me puso medroso. Dejóse caer en un sillón,

como quien se desmaya, y era que le faltaba el aliento, á causa de la

ira y de la prisa con que había bajado.

Yo ni la miré siquiera. Oía su respiración como el mugido de un fuelle.

Esperé á que resollara por la herida y á que su resuello se condensara

en palabras. Podéis creérmelo: los pelos se me ponían de punta. Viendo

que á ella todo se le volvía respirar fuerte y oprimirse el pecho con

las manos, me planté delante y le dije:

--Vamos á ver, ¿qué es esto, qué ha pasado allá arriba?...

--Déjame, déjame... que tome aliento. Me estoy ahogando... he hablado

mucho, he gritado... he sido una leona... ¡pero buena la he puesto á

esa hipócrita, á esa!... me he irritado tanto, que la lengua se me

fué... Si me oyes, te espantas... Luego esa hipócrita se desvergonzó...

es una verdulera, yo otra... dos verduleras... Y el bruto allí,

queriendo poner paz... ese ciervo estúpido... Estoy volada... deja que

me serene... dame aire, aunque sea con... un periódico.

--No entiendo una palabra de lo que estás hablando --le dije

abanicándola con el papel--. ¿En qué ha podido ofenderte la pobre

Camila, que es un ángel?

Nunca dijera esto. Por la primera vez de mi vida ví á Eloísa en un

arrebato de furor. Allí sí que se llevó la trampa á la señora española,

y lo que en finura, discreción y modales le había concedido Naturaleza.

No quedó más que la prójima bien vestida. Puesta en pie, manoteando

como si me quisiera sacar los ojos con sus dedos, el volcán de su alma

reventó así:

--¡Hipócrita tú también!... Que te enredaras con otra... pase; ¡pero

con mi hermana, con la hermana que más quiero...! Y ella es peor que

tú, mil veces peor, porque se hace la tonta, la virtuosita. ¡Uf! qué

serpentón debajo de aquella capita de tontunas. No hay santurronería

más infame que la de éstas que se hacen las graciosas, las aturdidas...

Y tú, grandísimo apunte, no dirás ahora que has tenido buen gusto...

Vas bajando, bajando; concluirás por las fregonas... ¡Ah! ¡qué cosas

le dije... cómo la puse! Confieso que se me escapó la lengua; pero el

furor me cegaba, por ser mi hermana... y á otra se lo paso, aunque

me duela; pero á mi hermana no, á mi hermana no, porque me duele

horriblemente... No te disculpes, no niegues... Si te conozco... ¡Ah!

Camila te conviene porque es barata... Y como nos hace el papel de la

niña honradita, y á todos engaña con la comedia de estar enamorada de

su pollino... como si esto fuera posible... Dios mío, ¡qué criaturas

tan farsantes has echado al mundo!... ¡Que me haya jugado esta trastada

mi hermana, la hermana que más quiero, la que tengo metida en mi

corazón!... ¡Y que me haya puesto en el caso de decirle las perrerías,

las atrocidades que le he dicho!... ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada

soy!...

Rompió á llorar afligida, con estrépito, cual si su indignación se

resolviera bruscamente en arrepentimiento por las ignominias injustas

que había dicho á su hermana. Viéndola yo en aquel camino, creí posible

una solución pacífica, y en tono de prudencia le dije:

--Veo que al fin conoces que has dado una campanada. La cólera te cegó.

Lo mejor es que subamos los dos, y pidas perdón á tu hermana por el

escándalo que le has dado, haciéndote eco de una calumnia vil; porque

sí, hija, sí, por el Dios que está en el Cielo te juro que Camila es

tan querida mía como del Papa.

Esto la irritó de nuevo, destruyendo aquellos sentimientos de piedad

que empezaban á obrar en ella como un bálsamo reparador, y echando

lumbre por los inundados ojos y crispando los dedos, encaróse conmigo y

me echó esta rociada:

--No sé cómo tienes alma para decirme lo que me has dicho, y cómo me

mientes á mí, que he tenido siempre la debilidad de creerte. Hace

tiempo que te estoy observando y que vengo diciendo: «ese se ha

encaprichado por Camila.» Pero después la exploraba á ella, y nada

podía descubrir... ¡Claro, hace tan bien sus comedias!... Mas ya no

me engañáis los dos. Sois buen par de zorros... Pero, créelo, me he

vengado bien. ¡Las cosas que le he dicho!... ¿Pues y á él? Le he

calentado las orejas á ese venado, y le he puesto ante el espejo para

que vea aquella cornamenta que llega al techo...

Me pasó una nube por los ojos. Llamé todas las fuerzas de mi prudencia,

porque de seguro iba á hacer un disparate. Y ella continuaba procaz, de

esta manera:

--Y el muy animal, con todo su ramaje en la cabeza, negaba y te

defendía, diciendo que eres ¡su amigo!... Este es un colmo, chico; el

colmo... de la amistad, de la...

Cortó la frase, quedándose como perpleja, los ojos fijos con pensadora

atención en el busto de Shakespeare que estaba sobre mi chimenea. Era

el bronce que había pertenecido á Carrillo, y sin duda la vista de

aquel objeto llevó su mente, por la filiación de las ideas, á cosas y

sucesos de otros días. A mí me pasó lo mismo.

--Sí... claro... ya sé que los maridos te quieren... ¡Absurdo,

asqueroso!... Como tienes ese ángel... parece que les embrujas y les

das algún filtro...

Juzgad de mi paciencia, y ved qué dosis tan grande de esta virtud

acumulé en mi alma, cuando no cogí el busto y se lo tiré á la cabeza á

aquella mujer. Pero aunque no hice esto, la cólera se desató en mí, y

con palabras cortadas por el veneno que me salía de dentro, le dije:

--Constantino es mi amigo, y no tiene por qué avergonzarse, porque ni

es ridículo ni cosa que lo valga, y el que diga lo contrario es un

miserable.

--Pues yo lo digo --gritó ella con brío.

--Pues aplícate el cuento.

--Explícame eso, hombre... Da razones.

--No doy razones --exclamé ya fuera de mí, sin ver ni oir nada más que

el fulgor y el estallido de mi rabia--; ni tengo que añadir una palabra

más, ni me importa que te convenzas ó no, porque ahora mismo te pones

en la calle.

--No me da la gana. Se va usted á donde quiera --vociferó ronca,

mugiente--. ¿Me echarás tú?

--Lo vas á ver --dije cogiéndola enérgicamente por un brazo y

llevándola hacia fuera, no sin tener que tirar fuerte.

En aquella lucha, cuyo recuerdo me espeluzna siempre, no oí más que

estas tres palabras dichas en un aliento de agonía: «Eres un tío.»

Creo que le respondí: «y tú una tal...» No estoy seguro de haberlo

dicho. Ciego, con pegajosa y amarga espuma en la boca, abrí la puerta

de la escalera y la eché fuera. Cuando dí el golpe á la puerta,

haciendo retumbar toda mi casa, cual si mi corazón estuviera unido á

aquellas paredes, sentí penetrante frío en mi alma. La idea de mi

brutalidad vino al punto á mortificarme. Pero me rehice y me metí para

adentro. La campanilla sonó con estruendo. Me pareció que tocaba más

fuerte que todas las campanas de todas las iglesias de la cristiandad

juntas. Eloísa llamaba con rabia, golpeando además la puerta con las

manos. Aplicó sus labios á la rejilla de cobre, para gritar por allí

otra vez:

--¡Tío, más que tío, canalla!

--¿Abro? --me dijo Ramón alarmado.

No supe qué determinar.

--Abre, sí --respondí al fin--. Peor es que dé un escándalo en la

escalera.

--La señorita María Juana --añadió mi criado-- ha subido hace un rato.

--Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de

una vez.

Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos pasos

y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento.

--Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana, auxíliala

también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no pasa, que no

pase... Allá se las componga.

Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía

síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar mucho.

--Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo

trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa.

--La señorita tiene abajo su coche.

--Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos

los que suben y bajan.

Eloísa bebió un poco de agua. Sin duda se iba serenando. No podía ser

menos. Estas iras pasan, y dejan en el espíritu un amargo y desapacible

sabor, el recuerdo vergonzoso de las tonterías que se han dicho y de

las brutalidades que se han hecho. Tras la cortina de la sala espié yo

los movimientos de mi prima, y lo que hacía y hasta lo que pensaba. La

ví levantarse del duro banco, suspirar fuerte palpándose y oprimiéndose

el pecho como si el corazón se le hubiera salido de su sitio y quisiera

ponérselo donde debe estar. Vaciló entre pasar á la sala y marcharse;

pero se decidió al fin por esto. ¡Qué alivio noté cuando la sentí

bajar, apoyándose en el barandal y mirando mucho los pasos que daba!

«La lección ha sido un poco fuerte --pensé--; pero es preciso, es

preciso...»

¡Gracias á Dios que estaba solo! ¡qué día! No había tenido tiempo de

saborear aquel descanso, cuando... ¡Jesús mío! la campanilla. La oía

sonar, agujereándome el cerebro, y decidí arrancarla de su sitio,

hacerla mil pedazos para que no repicara más. «¿Apostamos á que es

María Juana?» Porque sí, la campanilla sonaba con todo el estudio y la

convicción de una campanilla ilustrada que sabe á quién anuncia. Era

ella, no podía ser otra.

Entró en mi gabinete, y ¡qué cara traía, qué golpe de quevedos, qué

mirar justiciero! Era una sibila de aquéllas que pintó Miguel Angel

para expresar lo feas que se ponen las mujeres guapas cuando se enfadan

y hacen profecías. En verdad, señores, lo extremadamente serio de aquel

rostro prodújome efectos contrarios á los que él quería producir...

Por poco suelto la risa.

--¿Qué hay? --le pregunté afectando calma.

--¿Qué ha de haber? Pues nada que digamos. Vengo de arriba. Un

zafarrancho espantoso. Las consecuencias de tu carácter, de tu

temperamento... ¡Y ha habido una persona tan inocente que creyó posible

curarte, enmendar lo que tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza,

y hacer de un demonio un hombre...! La que tal pensó es más digna de

lástima que las otras dos infelices, y por lo mismo que puso sus miras

más arriba es la que ha caído más bajo... Estoy tan avergonzada por mí

como por tí... Yo al menos tengo conciencia y veo mi bochorno; pero

tú, ¿qué ves?... Eres un depravado, un monstruo, un condenado en vida.

Daría... no sé qué por ver en tí un rasgo de nobleza. Pero no, no lo

veré, porque no puedes dar sino frutos amargos... Has prostituído

á la tontuela de Camila, quitándole lo único que tenía, que era su

inocencia; has cubierto de ignominia al pobre Constantino, que es un

alma de Dios, el ángel de los topos... ¡y tú tan fresco!... Responde,

hombre; discúlpate, da á entender siquiera que hay en tí un resto de

pudor, de dignidad, de cristianismo...

Hubiera podido contestarle muchas cosas y volver por la honra de su

hermana; ¿pero á qué decir lo que no había de ser creído? Hallábame tan

irritado, que no sabía resolver aquellas cuestiones sino cortando por

lo sano. Me incomodó la sibila con su áspero sermoneo, tanto ó más que

Eloísa con sus procacidades. Ante ella me sentí igualmente brutal que

ante la otra, y ciego la cogí por un brazo lo mismo que había cogido á

la prójima, diciendo con la ronquera de mi ira:

--¿Sabes que no tengo ganas de música, de filosofías ni de estupideces?

¿Sabes que te voy á poner ahora mismo en la calle, porque no puedo

aguantar más, porque estoy hasta la corona de tí y de tu hermana?

Y haciéndolo como lo decía, tiré de aquella gallarda mole, que se dejó

llevar aterrada, trémula, balbuciendo no sé qué conceptos trágicos,

muy propios del caso y de su austera moral. Hícela salir, y cerré de

golpe. María Juana no gritó en la escalera como su hermana. Con decoro

aceptaba la expulsión y se vengaba con su dignidad. Era muy sabia y muy

prudente para proceder de otra manera. Marchóse callada, haciéndose

la víctima grandiosa y buscando lo sublime, que no sé si encontraría.

Bajó las escaleras pausada y gravemente, como si fuera ella la razón

desterrada y yo el error triunfante...

--¡Ramón!

--¿Qué, señor?

--Te nombro mastín --dije delirando--: ponte en la puerta, y al primer

Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas.

Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis

enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi

gabinete, y me dijo muy apurado:

--Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro?

--Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta.

Que entre; veremos por dónde tira.

Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que si

me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato.

--¡Hola! ¿qué hay? --le pregunté, resuelto á afrontar la situación,

cualquiera que fuese.

Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su mente

las palabras con que debía empezar.

--Tú traes algo --le dije--. Vomita esa bilis... franqueza, amigo.

Luego me tocará hablar á mí.

Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de su

mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas amargas:

--Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que

mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que

me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me

dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus

hermanas...

--No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco.

--Porque yo vengo aquí --gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y

manoteando fuerte--, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya

sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó

yo te la rompo á tí.

Sentí al oir esto, ¿qué creéis? ¿indignación? no; ¿despecho? tampoco.

Sentí entusiasmo, ardiente anhelo de soluciones grandes y justicieras;

y aquello de pegarnos los dos tan sin ton ni son, no me pareció un

disparate. Yo también quería sacudirle de firme ó que él me sacudiera

á mí. Gesticulando como un insensato y no menos energúmeno que él, me

puse á gritar:

--Tú eres un hombre, Constantino... Eso, eso: ó romperte el bautismo, ó

que me lo rompas tú á mí. Te tengo ganas, ¿sabes? eres lo que más me

carga en el mundo... para que lo sepas.

--Pues cuanto más pronto, mejor --gritó él haciéndome el duo con furia

igual á la mía.

--Eso, eso... Ha llegado la ocasión que yo quería. Ahora nos

ajustaremos las cuentas, y déjate de armas blancas... pistola limpia y

á la suerte.

--Como quieras.

--Y no es por poner en claro la honra de tu esposa. ¡Estaría bueno que

dependiera de nuestra puntería! Tu mujer, para que lo sepas, bruto, es

la gran mujer. Ni tú ni yo la merecemos... Nos pegamos porque te tengo

ganas, ¿sabes? Tu conciencia te dirá quizás que no me has ofendido.

¡Ah! tonto, ¿ves estas magulladuras que tengo en la cara? ¿Lo ves, lo

ves? Pues esto, pedazo de bárbaro, es la impresión de las suelas de tus

botas. Tu mujer me ha abofeteado, no con las manos, que esto habría

sido un favor, sino con tus herraduras, animal... Y ahora, tú, tú me lo

has de pagar.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 34 / 56 题