II

En Abril se me recrudeció de un modo espantoso aquel desatinado cariño

que le puse á mi borriquita, y me dejé dominar y vencer de mi desvarío

hasta llegar á un punto cercano á la imbecilidad. Ya no había fuerzas

de la razón ni de la voluntad que me contuvieran. El no poseer lo que

con tanto ardor deseaba poníame como tonto y en situación de hacer

verdaderas sandeces. Mi amor propio, herido también, se daba á los

demonios. Mi saber de negocios se obscureció, y el gusto de ganar

dinero quedó reducido á muy secundario lugar. Desde que abría los ojos

hasta que los cerraba, aquella maldita hembra salvaje, feliz, burlona y

siempre incomprensible para mi ceguera intelectual, no se me apartaba

del pensamiento. Iba conmigo al Bolsín y á la Bolsa, y la veía en las

figuras estampadas en talla dulce sobre el sobado papel de los billetes

de Banco; y formaba parte de mí mismo, como un instinto, cual una idea

innata que no se puede desechar. ¡Ay, qué borriquita aquélla! ¿Qué le

había dado Dios para enamorarme así, con delirio y afanes de muerte?

¿Sería simplemente la falta de éxito lo que me arrebataba? ¿Se me

quitaría aquel vértigo si viera satisfechas mis insensatas ansias?

Ultimamente no hacía yo extremos delante de ella, porque solía

enfadarse y ya tenía morros para muchos días. Díjome seriamente una

vez que si continuaba con mis tonterías de la _edad del pavo_, se

mudaría de casa, se marcharía de Madrid en caso necesario, pues no

le era posible aguantarme más. Tuve que recoger vela, mucha vela; no

menudear tanto mis visitas, y éstas acortarlas todo lo que me era

posible. Hallábame en su presencia algo cohibido, no sabiendo á veces

qué decirle, pues de no vaciar lo que dentro tenía, mi estupidez era

absoluta. ¿Hablar? ¿y de qué? Yo no sabía hablarle más que de una cosa,

y esto me estaba vedado. Por lo cual valíame de mil subterfugios para

decirle siempre lo mismo aparentando decirle otra cosa. ¡Maldita pasión

aquélla que no tenía ni el consuelo de ser sincera!

A solas me despachaba yo á mi gusto, caldeando el horno de mi

pensamiento y haciendo vivir allí mi ilusión como si la incubara. Y

tenía particular gusto en suponer siempre á Camila refractaria á mis

sugestiones de amor ilícito. Mi fantasía me arreglaba las cosas de otra

manera más gallarda. Ved aquí cómo. La borriquita no quería por ningún

caso _adulterizarse_, como graciosamente había dicho á su hermana.

Pero Constantino se moría, y muerto el obstáculo, casábame yo con ella

y vivíamos en paz y en gracia de Dios. De este modo venía á mí con

el prestigio inmenso de una gran virtud, y yo me relamía de gusto

pensando en la dicha de hacer pareja y familia con aquella encarnación

de la alegría humana, con aquella siempre pura, picante y sabrosísima

sal de la vida. Por este camino íbame siempre más contento y

encandilado que por ningún otro de los que la imaginación me mostraba.

¡Sí: Camila viuda, Camila mi mujer, por la ley, por la Iglesia, con la

mar de bendiciones sobre nuestras cabezas! Este era mi ardiente anhelo.

Si al fin Dios me concedía tanta ventura, hallábame dispuesto á ser el

hombre más religioso del mundo y á darme todos los golpes de pecho que

fueran compatibles con la solidez de mi caja torácica.

Las consecuencias de este delirio no tardaban en sacarse por sí

mismas, y se me aguaba la boca pensando en que de Camila y de mí había

de nacer aquella serie de héroes por orden alfabético, sin parar lo

menos hasta la N. Tendríamos á Belisario; después á César, Darío,

Epaminondas... hasta el mismísimo Napoleón. Pero ¡qué demonio! He aquí

que una contrariedad grave surgía inesperadamente. Y si eran hembras,

¿qué nombres de heroínas les pondríamos? En fin, todo se arreglaría.

Lo que importaba era que ella fuese mi mujer, y verla á mi lado para

siempre, amándome con aquella constancia incomparable con que amaba

á su burro. Y entonces yo me estaría á su lado todo el santo día,

reiríamos, jugaríamos, constantemente ocupados en los dulces quehaceres

domésticos, y encaminando y dirigiendo la heróica y alfabética prole.

Fijóseme entonces la idea de que todos los males nerviosos, fueran ó

no provenientes de la diátesis de familia, se me quitarían cuando me

casara con ella. No más ruido de oídos, no más debilidad anémica. Mi

mujer me infundiría su potente salud y hasta su hermosísimo apetito.

Lo llamo así, porque una de las cosas, podéis creerlo, que más me

encantaban en ella, era sus envidiables ganas de comer. No sé si

los idealistas dirán, como ella, que esto es _papa_; pero tómenlo

como quieran. El apetito de Camila, rayano en la voracidad (si bien

comía siempre con compostura y buenos modos), era para mí uno de

sus principales hechizos. Lo he dicho antes y lo repito ahora para

que nadie lo dude. Aquel buen diente me entusiasmaba; era algo tan

resplandeciente en el orden físico como su conciencia en el orden

moral; era el contrapeso de la misma conciencia, fenómeno que,

armonizado con la paz interior, establecía en aquel privilegiado sér un

hermoso y fecundo equilibrio.

Pues todos estos sueños míos venían á tierra en cuanto caía en la

cuenta de que Miquis no se moría ni llevaba camino de eso. ¡Si estaba

hecho un acebuche y no padecía la más ligera dolencia!... ¡Qué chasco

me llevé un día! Subí, y la misma Camila me abrió la puerta.

--No hagas ruido --me dijo--, que hoy no he dejado levantar á

Constantino, porque ha pasado mala noche. Debe de ser un pasmo. Estuvo

inquieto y con una punzadita en el costado que me alarmó.

--¿Qué me cuentas, hija, qué me cuentas?

--Pienso que le pasará. Le he dado mucha flor de malva, y he mandado

llamar á Augusto.

Pensé que de aquel modo suelen empezar algunas pulmonías graves, de

esas que despachan en tres días al hombre más robusto. «Si será, si

será al fin...» ¡Ira de Dios! Al día siguiente estaba el manchego como

si tal cosa, comiendo como un animal y rebosando vida.

No he vuelto á decir nada de aquel proyecto suyo de servir en un

escuadrón de reserva. Como mi prima me dijo que ella también se iría

á Burgos cosida á los faldones de su esposo, resolví no pedir el

destino; pero deseando colocarle, solicité una plaza en la Dirección de

Caballería, y entre el Ministro, que quería servirme, y Morla, que lo

tomó casi como suyo, la cosa se hizo á principios de Abril. Marido y

mujer me estaban muy agradecidos, y yo muy esperanzado con la seguridad

de que mi hombre se pasaría en el Ministerio la mayor parte del día.

Temí que en vista de su inutilidad le pusieran en la calle; mas no

fué así. Él era naturalmente torpe; pero se aplicaba, ponía sus cinco

sentidos en el trabajo y concluía por vencer su rudeza. Cuando estaba

en casa, su mujer le ponía los libros en la mano; le mandaba leer y

estudiar, tratándole como una madre vigilante y cariñosa trataría á un

niño que está en vísperas de exámenes.

--Cacaseno, lee: mira que no has de ser un podenco toda la vida. Es

preciso saber algo, aunque no mucho, porque si fueras sabio, hijo, me

apestarías.

--Pues te respondo de que no lo seré --solía él contestarle--. Estate

tranquila.

Por el general Morla, que á petición mía tomó informes en la Dirección,

supe ¡oh sorpresa! que estaban contentos con él. Dejóme esto turulato.

El chico era trabajador, aplicadillo, y no tan torpe como yo creía. Su

propia conversación revelábame á veces no sé qué progresos de cultura.

Ya no decía tantísimo disparate; ya había aprendido á callarse cuando

ignoraba una cosa, lo que no es mal principio de sabiduría, y aun

de vez en cuando se atrevía á manifestar, poniéndose muy colorado,

opiniones que encerraban, no diré que talento, pero sí buen sentido y

una apreciación clara de las cosas.

--Hija, tu borrico se va volviendo una lumbrera --decía yo á Camila.

Y ella, reventando de vanidad, callaba.

--Constantino es un chico que vale. Durante algún tiempo su mérito ha

estado obscurecido por falta de pulimento. En manos de una mujer de

inteligencia, ese muchacho sería otra cosa.

Esto lo decía (habréislo comprendido) la pomposa María Juana con cierto

aplomo pedantesco y doctrinal. Aquel día había ido á ver á su hermana.

La costumbre de esas visitas era reciente en ella, pues antes se

pasaban meses sin que asomara las narices por allí. No una vez sola,

sino dos ó tres, expuso el generoso móvil que la guiaba al personarse

en la humilde vivienda de su hermana menor, el cual no era otro que

enseñar á ésta algo de lo mucho que no sabía, infundiéndole ideas de

orden y gobierno.

--¿Pues sabes --le dijo Camila con buena sombra-- que si hubiera estado

esperando por tí para aprender á gobernar mi casa, ya estaría fresca?

No dándose por vencida, María Juana afirmó que aunque su hermanita

había aprendido bastantes cosas por sí, aún le faltaba mucho que

saber. No era esto simple jarabe de pico, pues la sabia solía enviar

en aquellos días, cuando no los traía ella misma, regalos de poca

importancia, pero muy de agradecer. A veces era un cacharrito para

adornar la consola, piezas sueltas de ropa blanca y mantelería,

cuchillos y tenedores, una cortina que á ella no le servía, una lámpara

que le sobraba.

--Estoy asombrada --me dijo Camila-- de ver cómo se corre mi señora

hermana.

Y casi nunca dejaba la ilustre señora de Medina de hacer escala en mi

casa, al entrar en la de su hermana ó al salir de ella. Siempre estaba

de prisa, y todavía no se había sentado, cuando ya se quería marchar ó

al menos manifestaba intenciones de ello. ¡Y qué interés demostraba por

mí!

--Tú estás malo; á tí te pasa algo muy grave. Si no tienes absoluta

franqueza conmigo, no podré acudir en tu socorro.

Y mirándome con ojos dulces, no se hartaba de incitarme á la confianza.

Quería una confesión total de mis belenes y aventuras; ansiaba saber

hasta lo que nunca se dice, y érame forzoso obsequiarla con algunas

mentiras para que me dejase en paz. Un día su vivo afecto resplandeció

más desinteresado que nunca, llegando á decirme, no sin emplear bonitas

circunlocuciones y perífrasis, que yo estaba en el caso de que se me

aplicara el benéfico tratamiento que Madama Warens empleó con el pobre

Juan Jacobo para apartarle del vicio.

--¿Y quién es capaz de comprobar --añadió-- el inmenso sacrificio

que esto entrañaba para la bondadosa Madama Warens? Nadie. Ni el

mismo Rousseau juzga á aquella excelente señora con la benevolencia

que se merece. ¡Qué difícil es penetrar el móvil de las acciones

humanas! Ni las que parecen buenas ni las que parecen malas se pueden

justipreciar por lo que resulta. Si la conciencia tuviera una cara

suya, exclusivamente suya, veríamos cosas muy singulares. ¡Cuántos que

pasan por grandes delincuentes ó por monstruos de egoísmo serían vistos

de otra manera!

Otras veces su tono era muy distinto, tirando á lacrimoso y pesimista.

--No debo hacerme la ilusión de que pueda existir en el fondo de mi

alma algo que me disculpe; ni menos dar á este algo un saborete de

idealismo humanitario para que pase mejor. No pasa; es moneda falsa,

y la suenan y miran allá arriba, y me la tiran á la cara diciendo:

_¡señora, usted es una!_... Me desprecio yo misma; tengo ratos de

secreta tribulación, y hasta me parece que soy peor que Eloísa, que es

cuanto hay que decir.

Contestábale yo con frases tan rebuscadas como las suyas, que de

antemano preparaba, disimulando con palabrotas y epifonemas de las de

repertorio el arrepentimiento que, al poco tiempo de haberme metido

en tal fregado, empezaba á sentir. Porque hay cargas que se hacen más

ligeras cada día, y otras que empiezan livianas y son al poco tiempo

insoportables. En cierto terreno, las filosofías, el discretismo y

la tendencia á sacar las cosas de quicio, son lluvia importuna que

ahoga la ilusión sin lavar el pecado. Y declaro ingenuamente que

sobre todas las cosas que inquietaban mi espíritu en aquellos días,

vino á molestarme y aburrirme la tenaz idea de hallar un modo hábil

y delicado de romper lazos que me eran odiosos apenas establecidos.

¡Buena tenía yo la cabeza para sacar virutas de amor filantrópico y

de psicologías enrevesadas que ni el Verbo las entendía! Ni qué otra

cosa sino mareos podía producirme aquello de amarme por salvarme, y el

sacrificio del honor pequeño al honor grande. A más de esto, aquéllos

en mal hora nacidos tratos se desvirtuaban á sí mismos por el sinnúmero

de precauciones, llevadas á un extremo ridículo, que inventaba mi

prima como para expresar en forma práctica y visible sus escrúpulos

de conciencia. Exageraba los peligros y aun parecía que los buscaba;

creíase perseguida por fantasmas, y hablaba de sus terrores con cierta

afectación dramática. ¡Y vuelta á insistir en lo de que su conciencia

valía más que sus actos, en que quizás llevaba en su espíritu gérmenes

de redención!

Para remate de todo este jaleo, hacía paralelos entre su marido y

yo. ¡Ah! Por más que la personalidad física me diera á primera vista

alguna ventaja, el otro valía más. ¡Qué diferencia entre el sér moral

de uno y otro! Aquél sí que era hombre. Ella no le merecía. ¿Qué le

había de merecer? Pero ya que no otra cosa, elevábase en cierto modo

hasta muy cerca de él por la admiración que le inspiraba. Por fin, este

sacro respeto sería la medicina que debía volver la perdida salud á

su conciencia. ¡Y que yo no entendiera una palabra de estas cosas tan

sabias! Declaraba, eso sí, con la mayor humildad, que me reconocía muy

inferior moralmente al señor de Medina, y el secreto y maligno gozo de

haberle jugado tan bonitamente la mala pasada no excluía la sinceridad

de aquella declaración.

--Me alegro que lo conozcas --decía ella--. Eso prueba que tu

entendimiento no se ha extraviado. Esto pasará pronto, tiene que pasar.

Ha sido uno de esos desvaríos que nacen de una buena intención, y son

como una línea recta que se tuerce por querer ser demasiado recta. (El

demonio me lleve si lo entendía yo.) Desaparecerá seguramente este

repliegue de nuestra vida sin dejar señal, y entonces haz por querer

y reverenciar á Medina; ponle cariño, penétrate de su mérito colosal,

tómale por modelo si puedes, constitúyete en su imitador hasta donde

alcancen tus débiles fuerzas. Yo te alentaré, no te dejaré de la mano.

¡Feliz tú si consigues asimilarte aquellas virtudes...!

Y por aquí seguía. No me fiara yo de ciertas ventajas personales,

que en rigor para nada valen. ¿Qué significan las prendas físicas?

Absolutamente nada, pues son cosa que se deslustra y pierde con el

tiempo. Lo que importa es la belleza del alma, ¡oh, el alma!... ¡Pues

no faltaba más sino que un buen palmito...! En fin, señores, que

aquella sabia me tenía frita la sangre. Aquello no era vivir ni Cristo

que lo fundó.

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 32 / 56 题