Vimos pasar á Manolo Trujillo, á quien Camila conducía de la mano
hasta la antesala, donde le esperaba un criado. El infeliz sonreía con
tristeza, y en cada habitación dejaba un gran suspiro, cual si quisiera
señalar su paso por ellas poniendo aquí y allí jirones de su alma. Hice
señas á Camila para que no le dijese que yo estaba allí. No quería
entretenerme. Poco antes había salido también la otra visita, y María
pasó á ver á su hermana. Yo también pensé entrar; pero la borriquilla
me dijo:
--Eloísa no quiere que entres. La señora no está visible más que para
los ciegos... Dice que te des una vuelta por aquí mañana.
Yo no deseaba otra cosa, y me marché, no sin detenerme en el primer
gabinete, fingiendo que tenía algo que hacer allí. Mi intención era
esperar á Camila para echarle el guante cuando pasara y decirle algo.
Pero no pareció, y aburrido me retiré. Aquella tarde supe por la criada
que Camila fué á su casa á disponer sus cosas; pero antes de que
Constantino volviera del paseo á caballo, ya estaba ella de vuelta en
la calle del Olmo. Miquis estuvo toda la noche desesperado, diciendo:
--Ya no aguanto más. Si mi mujer me tiene en esta soledad otra noche,
voy y me tiro por el viaducto.
Al día siguiente era mi santo, y recibí algunos regalos. Muy temprano
mandé á Eloísa un magnífico ramo de flores, y á eso de las once fuí
á verla. Micaela y Camila se reían en mis barbas, después de darme
los días. «La enferma estará ya bien cuando andan los tiempos tan
bromísticos,» pensé.
Ya iba á pasar, cuando mi prima me detuvo.
--Espere usted, caballero; no tenga usted el genio tan vivo.
Y diciéndolo, sacaba de una cómoda un gran velo de tul de seda.
--¿Qué es eso?
--La mortaja --respondió riendo á carcajadas, lo mismo que Micaela.
--¡Vaya unas bromitas de mal gusto!
Rafael salió á mi encuentro, y le dí los dulces y los juguetes que le
traía.
--Ya puede usted pasar, caballero --me dijo la de Miquis saliendo de la
alcoba.
Y entré con el niño en brazos. En la estancia había mucha claridad,
y un fuerte olor de sahumerio. Parecía que se entraba en una alcoba
de parida. Mi primera mirada fué para la cama, en la cual creía ver
la destruída belleza de mi amor de antaño; mas no ví sino una cosa
muy extraña que por de pronto me impresionó. Fué como cuando vemos
inesperadamente un féretro. Y féretro pagano era aquello sin duda,
como comprenderá el lector por la breve pintura que voy á hacer. En
vez del cobertor ordinario, la cama ostentaba una colcha riquísima
de raso azul bordado de oro, que se había salvado no sé cómo del
desastre de la viuda de Carrillo. Esta yacía entre sábanas, envuelta la
cabeza en aquel tul de seda que yo había visto poco antes, dispuesto
con graciosos y elegantes pliegues. Al través de la diáfana tela, se
veía y no se veía el rostro de la enferma. Los ojos lucían; pero las
deformidades de la garganta quedaban disfuminadas y como perdidas en
los cambiantes y tornasoles de la tela. Así de pronto, se veía la cara
como si estuviera cristalizada en el fondo de uno de esos feldespatos
que tienen reflejos de ópalo y ráfagas de nácar. Alrededor de la
cabeza, Camila y Micaela habían puesto flores, muchas flores, sacadas
del ramo mío y de otro que mandó Manolo Trujillo, esparcidas con arte
y gracia, afectando lo que los retóricos llamaban _un bello desorden_.
Bajo la colcha, se modelaba como un bosquejo de escultura el cuerpo de
Eloísa, recto, y sobre el raso azul aparecían los brazos con mangas de
finísima y olorosa batista, y luego las manos blancas y sedosas con
ricos anillos en los dedos regordetes. En toda la estancia los búcaros
más lindos de la casa ostentaban flores. Yo no tenía idea, hasta
entonces, de la coquetería mortuoria.
--¡Famoso cuadro! --exclamé pasada la primera sorpresa--. Está bien
ideado y bien compuesto.
Y ellas ríe que te ríe, la una en mis barbas, la otra debajo del tul.
--Estas bromas me prueban que ya estás fuera de peligro.
--Cállate, no me hagas hablar. Se descompone el cuadro.
Y Rafaelito se impresionó tanto con aquella extraña apariencia
de su madre bajo el velo, que rompió á llorar espantado. Logramos
tranquilizarle, sacándole de la alcoba y dándole dulces.
La mejoría de Eloísa era tan manifiesta, que, según había dicho Moreno,
el restablecimiento completo sería obra de una semana. Deseaba ella ver
luz, recibirme, hablar conmigo, y su presunción ideó aquel artificio
del velo, que, sin molestarle, ocultaba su fealdad.
--Tenía ya unas ganas --me dijo-- de ver claridad, de oler flores, de
estar entre cosas bonitas y frescas, y apartar de mí tanta pestilencia,
que mandé sacar la colcha, adornar la habitación y esparcir las flores
por la cama. Todo es en obsequio tuyo, por celebrar tus días. ¿No
es verdad que hace bien? ¿Qué te has creído al entrar? Ello debe de
parecer cosa antigua, del paganismo, así como cuando van á enterrar á
una ninfa ó á quemarla viva... Siéntate; no hagas visita de médico. Hoy
vais á almorzar todos aquí. Vendrán Raimundo y mamá. Me alegraría de
que viniese también María Juana.
--En nombrando al ruin... --dijo ésta apareciendo en la puerta.
Sorpresa y risas. La _ordinaria de Medina_ no celebró la ocurrencia
menos que yo. A Raimundo, que vino un poco más tarde, parecióle
excesivamente teatral, y sacó á relucir á Ofelia, Beatrice Cenci,
Ifigenia y otras muertas célebres. La cosa era, según él, digna de
un cromo de á peseta. Fuimos á almorzar, y lo hicimos todos con buen
apetito, á excepción de Camila, que distinguiéndose siempre por su buen
diente, estuvo aquel día un tanto desganada. Se le dieron bromas, y
adelante. Después de las doce, cuando Raimundo se hubo marchado con
el pesar de no encontrar forma humana de darme un sablazo, las dos
hermanas y yo acompañábamos á la enferma, que persistía en la farsa
aquélla del velo. Camila retiró la colcha de raso azul, y se sentó á
lo moro sobre la cama, cerca de donde se veía el bulto de los pies
de Eloísa. Atenta al mete y saca del gancho, con el hocico un tanto
alargado, ceñudilla y triste, parecía abstraída de la conversación
general.
--Camila, ¿cuándo te divorcias? --le preguntó Eloísa.
--Déjame á mí... No tengo gana de bromas.
Y volviéndose á mí Eloísa:
--¡Ay qué escena te perdiste la otra noche! ¡Yo estaba muriéndome, y,
sin embargo, me reía! Todo fué por no sé qué tonterías que le dijo
el marqués á Constantino. Él se puso como un tomate. Habías de ver á
mi hermana. Cuando el marqués se fué, saltó como una hiena contra su
marido... le cogió por las solapas, empezó á decirle cosas; ¡pero qué
cosas!... ¡Cuando yo me reí, estando como estaba...! Luego le olía
la cara, el pecho; le olfateaba como los perros, diciendo: «Sí, no
me lo niegues... ¿No te da vergüenza, truhán? Traes pegado el tufo
ó el _bouquet_ podrido... Lárgate, quítate de delante de mí, no me
pegues esa peste... Me divorcio, no quiero más hombre; me emancipo, me
adulterizo...»
Eloísa la imitaba muy bien. Camila, bastante colorada y sin apartar
los ojos de su obra, se sonreía de esa manera equívoca en que las
contracciones de los labios son como un esfuerzo destinado á impedir
que broten lágrimas.
--Al pobre Constantino un sudor se le iba y otro se le venía
--prosiguió la otra--. No decía más que «pero, mujer... si no huelo, si
no huelo...»
Por fin vimos brillar la lagrimilla en las pestañas de la señora de
Miquis. ¡Qué mona estaba! Me la hubiera comido.
--Vaya, cállate ya --dijo á su hermana--. No me hables más de ese pillo.
--¿Pero no le has perdonado todavía? ¡Qué tonta eres!
--Hija, un desliz... ¿Qué hombre, por santo que sea, no tiene un mal
pensamiento?
--¿Pero tú estás segura de que olía? --apuntó María Juana.
Hicimos coro las dos y yo para impetrar el perdón del oliente culpable;
pero Camila no se daba á partido. Después se serenó un poco; nos dijo
que Constantino deseaba le dieran un mando en la reserva, y que ella se
oponía si el destino era fuera de Madrid.
--Pero ya no me opongo. Si se lo dan para Burgos, como dijeron, vaya
con Dios. Quiero estar sola, quiero descansar de tanto trabajo. Soy
una esclava: yo coser; yo hacer la comida; yo lavar; yo planchar; yo
cepillarle la ropa y embetunarle las botas; yo vestirlo; yo lavarlo;
yo barrer mientras él duerme la mañana; yo escribirle las cartas á
su familia; yo hacer café; yo ponerle los cigarrillos en la petaca y
contarle los que se ha de fumar cada día; yo enseñarle mil cosas que
no sabe, hasta el modo de andar, y darle lección de lo que ha de decir
cuando va á una visita; yo pensar por él, educarle, criarle como á un
niño y dejar de comer para que él se abone á los toros... ¡Que se vaya
con mil demonios!
--Pues, hija --dije yo prontamente--, si le conviene Burgos, dalo por
hecho. Hoy mismo pido el destino á Quesada, que es grande amigo mío.
--Ya puedes coger tu sombrero y echar á correr para el Ministerio
--replicó la de Miquis.
--No tan fuerte, mujer.
--Piénsalo...
--Siempre eres así. ¡Qué prontitudes!
Las otras dos siguieron dándole bromas, y yo mirándola, muy satisfecho
del giro que aquello tomaba.
Salí para ir á la Bolsa, donde tenía un asunto muy urgente; y cuando
volví, Camila había ido á su casa. Eloísa estaba sola y dormida, ya
sin el velo. Miré su tremenda deformidad, y salí de puntillas de la
habitación. En el gabinete me estuve hasta después de anochecido
esperando á Camila, que llegó á eso de las siete, muy triste, suspirona
y con pocas ganas de hablar. Díjele que al día siguiente me ocuparía
del destino de Miquis, si ella persistía en sus ideas; á lo que me
contestó, con un alfiler en la boca, doblando su velo:
--¿Pues no he de persistir? No más, no más... Descansaré al fin de
domar brutos. ¡Oh! hay mucho que hablar. ¿Vendrás esta noche?
Este _vendrás_ me sacó de quicio: sonaba ante mí como el chirrido de
las puertas del Cielo cuando se abren, y como me lo dijo muy claro,
quitándose el alfiler de la boca, á mí se me hacía la mía agua. ¡Ya
lo creo que iría! Antes faltara una estrella del Cielo que yo á la
cita aquélla, que me parecía tan dulce como maliciosa. Las nueve
eran cuando entré en la casa. «Si hay gente me luzco,» pensaba.
Afortunadamente, no había nadie más que mi tía Pilar, que llegó poco
antes que yo. Iba allí á dormirse. Pero las cosas se me arreglaban mal,
porque Eloísa estaba muy despabilada, y, poniéndose el tul, hízome
entrar y rogóme que me sentara á su lado.
--Ave María, chico: no me acompañas nada. Estás un ratito, por punto, y
en cuanto pillas una ocasión te evaporas... yo cuento los minutos que
estás aquí solo conmigo, y... de fijo que á tí te parecen siglos. ¡Ay!
lo que va de ayer á hoy. ¡Qué tiempos aquéllos! Se me arranca el alma
cuando me acuerdo. ¡Y tú tan fresco! Dirás que yo tengo la culpa. Es
cierto; pero no hablemos de culpas. Siéntate ahí y dame conversación;
cuéntame algo...
¡Y yo que no tenía malditas ganas de plática! Pero no había más
remedio. Hablé, hablé de mil cosas tontas y hueras, deseando vivamente
que le entrara sueño y me dejara salir. Pero ¡quiá! Mientras más me
aburría yo, más se despabilaba ella. Pedíame noticias de mis negocios,
de lo que hacía en la Bolsa, de mis ganancias. ¡Oh! hablando de dinero
se entusiasmaba, excitándose mucho. Su pasión era el vil metal, viniera
como viniese. Por fin, no sabiendo ya qué hacer ni qué decir, lleguéme
al _secreter_ que frente á la cama estaba y en una de cuyas gavetas
tenía ella el dinero para su gasto diario.
--Estará la patria oprimida --indiqué abriendo el cajoncillo y viendo
muchos cuartos, poca plata y bastantes papeles--. Chica, qué arrancada
estás. ¿Qué veo? Papeletas de Peñaranda de Bracamonte... ¿Y billetes?
Ni medio. Son las últimas astillas del naufragio... ¡Qué desolación!
Eloísa no chistaba. Entonces saqué un paquetito de billetes de
veinticinco pesetas, y se lo puse allí sin decir nada. Ella debió de
ver lo que hice, porque cuando volví junto al lecho, me dijo:
--Gracias á tí, no tendré que vender lo poco que me queda para mandar
á la botica. Ya sabes que siempre se te quiere, aunque tú te hagas el
interesantito.
Y vuelta al endiablado palique de negocios y de mis operaciones. Yo
no tenía sosiego, porque sentía á Camila entrando y saliendo en el
gabinete próximo, como inquieta. El asiento me quemaba, y habría
dado no sé qué por poder dejar á Eloísa con la palabra en la boca y
marcharme. Pero ella no ponía ni dejaba poner punto ni coma. Estaba
hambrienta de conversación; y yo, rabiando de inquietud, excitado, el
alma fuera de allí, pidiendo á Dios que entrase alguien para endosarle
á mi interlocutora.
--Me parece --dije al fin-- que tanto hablar ha de hacerte daño á la
garganta. Mucho gusto tengo en conversar contigo; pero será mejor que
nos callemos y que me retire, á ver si te duermes.
Lo mismo fué decirlo, que se puso hecha un basilisco.
--¡Siempre lo mismo! Si es lo que yo digo: te aburro. Estás aquí por
punto, y no ves la hora de dejarme. ¡Qué desconsideración, viéndome
enferma, consumida en esta miseria!... Confiésalo: ¿no es verdad que te
soy antipática?
Yo no lo confesé; pero sí que me lo era. Digo más: en aquel momento la
odiaba. Parecíame un sueño estúpido que yo hubiera querido á semejante
mujer, y que aun en aquel caso la aguantara, por un sentimiento de
delicadeza llevado al extremo. Disculpéme como pude, aunque debí de
hacerlo muy mal, á juzgar por las quejas de ella. Al cabo, no pudiendo
resistir más la impaciencia que me devoraba, salí con no sé qué
pretexto. Pilar dormía en un sillón del gabinete. Creí oir la voz de
Camila en la pieza inmediata, que estaba á obscuras. Pasé á ella, y...
el vocerrón de Constantino fué lo primero que hirió mis oídos; sí,
su odiosa voz que decía: «niña de mi alma, me muero por tí.» Como el
pájaro salta de la rama al sentir ruido, así saltó Camila de encima de
las rodillas de su esposo cuando yo entré. Fué un susto momentáneo,
pues no habiendo malicia en aquella confianza matrimonial, se volvió á
sentar sobre él y se hicieron los dos una bola delante de mí: con tanta
apretura se abrazaban. Ella le cogía la cabeza como si se la quisiera
arrancar, y le decía: «¡ay, mi asno querido! ¡qué rico eres!» Él la
mordía, gritando: «te como;» y ella... ¡Mal rayo! Lo peor fué que se
volvió hacia mí y me dijo: «Ya ves, José María: nos hemos reconciliado.»
--Ya podríais --repliqué, disimulando mi mal humor-- dejar esas cosas
para cuando estuviérais solos en vuestra casa...
--¡Miren el tísico éste...! ¿Pues qué hacemos de malo? Si es cosa
natural...
--¡Digo... y tan natural...!
--Que no es lo que te crees... Si todo se reduce á querernos... Mira
tú: no tendría inconveniente en hacer esto en la Puerta del Sol...
--Entonces, ¿por qué diste un salto cuando yo entré?
--Porque me asustaste.
--Vamos á ver, ¿y cuál de los dos ha pedido perdón al otro?
--Los dos.
--¿Y cuál era el ofendido?
--Los dos.
--¿Y quién tenía razón?
--Él y yo.
--¿Y era verdad ó era mentira lo de...?
--Mentira, mentira.
--Pues sí... idos á vuestra casa.
--Ahora mismo --dijo Camila, inquieta, levantándose--. Aquí no hago
falta ya. ¡A nuestra casita!... ¿Nos prestas tu coche, esperpento?
--Sí: abajo está; podéis tomarlo.
Constantino me daba abrazos sofocantes, demostrándome su leal cariño
y su corazón de angelote. No recuerdo bien lo que hice después: tan
aturdido estaba y tan requemada tenía la sangre. Creo que volví al lado
de la pobre enferma, y que estuve charlando con ella como una máquina,
diciendo mil vaciedades, hasta altas horas de la noche en que se quedó
dormida.