IV

--Aquí tienes el pienso --dijo Camila trayendo la tortilla de jamón--.

Esto de ser á un tiempo ayuda de cámara del señorito, señora y doncella

de la señora, cocinera y criada es cargante, ¿verdad? ¡Ay! quién fuera

rica, para estar todo el día abanicándome en mi butaca.

¡Y qué apetito, Dios inmortal! Los dos lo tenían bueno, y á mí se me

iban los ojos tras los pedazos que metían en la boca. Observé que ella

se reservaba para que á él le tocase más de la mitad de la tortilla.

Él también, dirélo en honor suyo, porque es verdad, fingía estar harto

para que á su mujer le tocase más. Por fin quedaba un pedazo que

ninguno de los dos quería tomar.

--Para tí, hija...

--No: para tí, nenito.

--Vamos --decía yo--, no se sabe cuál de los dos tiene más gana. Echar

suertes... No, yo decidiré. Que se lo coma la hiena.

Y echándose á reir, se lo comía, y él se mostraba más feliz. Hacían el

café en una maquinilla rusa. Al mismo tiempo devoraban pan á discreción

y queso manchego, de que tenían repuesto abundante. Sin saber cómo,

la conversación iba rodando á las esperanzas de prole. ¡Oh! Belisario

vendría. Hacían proyectos contando con él, como si lo tuvieran allí en

una silla alta, con su babero al pescuezo.

--Vendrá, vendrá el señor de Belisario --decía ella encendiendo el

alcohol--. Verán ustedes cómo con los baños de mar...

--Eso, eso: los baños de mar.

Para realizar aquel viaje, todo se volvía economías y arreglos.

--Pero si os pago el viaje... dejaos de cálculos --les decía yo.

Constantino se incomodaba cuando yo hablaba de pagar. No quería, por

ningún caso.

¡Oh, cien mil veces dichosos! Lo poco que tenían lo disfrutaban y lo

gozaban con inefables delicias. El día que recibieron ciertos dineros

de doña Piedad, con los cuales contaban para ayuda del veraneo, estaban

los dos como locos. Camila se había hecho ya su sombrero de viaje,

comprando el casco y los avíos, y armándolo ella misma por un modelo

que le prestó Eloísa. El vestido y el _pardessus_ eran desechos de su

hermana, arreglados por la misma Camila. Se vestía, ¡ay dolor! aquella

imponderable virtud con los despojos del vicio.

Mientras hacían ellos sus preparativos, yo no sabía cómo matar el

aburrimiento. Fuí algunos días á la Bolsa y al Bolsín, acompañado

de Torres, y me entretuve haciendo operaciones de poca importancia.

Consagraba también algunos ratos á mi tío, que estuvo todo el mes de

Junio metido en casa, muy aplanado, con cierta propensión al silencio,

síntoma funesto en el más grande hablador de la tierra. El pañuelo

de hilo no se apartaba de sus ojos húmedos; el continuado suspirar

producíale una especie de hipo. Pensando que se había metido en algún

mal negocio, le supliqué que se clareara conmigo. No era mal negocio,

pues hacía tiempo que estaba mi hombre retirado del trabajo. Ya no

podía; le faltaban fuerzas; había dado un bajón muy grande. La causa

de su trastorno era el mal de familia, que le atacaba en forma de un

fenómeno de _suspensión_. Parecíale que le faltaba suelo, base; que se

iba á caer... Pero pronto pasaría, sí... Procuraba vencer el achaque

fingiéndose alegre. Sin saber por qué, se me antojó que detrás del

síntoma nervioso de la _suspensión_ había otra causa. Estos jaleos

espasmódicos suelen provenir de lo que menos se piensa, y lo difícil

es descubrir el punto vulnerado y atacar allí el mal. Hablé á mi tío

con cariño, incitándole á que tuviera franqueza, espontaneidad. ¡Pobre

señor! Se aferraba en su misterio y no quería decirme la verdad. Pero

con gancho se la saqué al fin. En una palabra, mi buen tío había tenido

pérdidas considerables; no podía veranear, y no sabía de qué fórmula

valerse para decir á su esposa: «por este año no hay viaje.» Solicitar

de Medina un anticipo era lo natural; mas él no se llevaba bien con su

yerno, á causa de una cuestión de que me hablaría más adelante.

--Pero tío, por Dios, ¿es posible que usted se ahogue en tan poca agua?

¡Estando yo aquí...! ¡Ni que fuéramos...!

Todo se arregló, y por la tarde estaba aquel excelente sujeto tan

curado de su _ruinera_, como si en su vida la hubiera padecido.

A Raimundo se lo llevaron mis tíos consigo á Asturias, lo que agradecí

mucho, pues cargar con aquel apéndice á San Sebastián me habría sabido

muy mal. Al partir, me dijo con oficioso misterio que iba decidido á

emprender un gran trabajo. Llevaba el plan de una obra, y en el sosiego

y frescura de Gijón se pondría á trabajar en ella con ahinco. ¡Ya vería

yo, vería el mundo absorto lo que iba á salir! No quiso decirme lo que

era para darme la sorpresa _hache_. Francamente, experimenté vivísima

satisfacción al perderle de vista.

Pensé marcharme yo también; pero tuve que detenerme una semana más en

Madrid, porque acertaron á pasar por la corte dos señoras amigas mías,

respetabilísimas, de casta mestiza anglo-hispana, como yo, y á las

cuales no podía menos de tratar con las mayores consideraciones. Eran

las de Morris, mejor dicho, una de ellas era Morris y Pastor, la otra

Pastor y Morris, tía y sobrina, ambas solteronas, distinguidísimas y

ricas. La de Morris debía de tener setenta años; pero se conservaba

bien: era algo pariente de mi madre, y siempre me hablaba del tiempo

en que me había tenido sobre sus rodillas, fajándome, limpiándome

los mocos y dándome cucharadas de _maizena_. La Pastor, su sobrina,

era más joven: ambas parecían de cera, pulcras como el armiño; sus

ojos eran cuatro cuentas azules, enteramente iguales y simétricas.

La concordancia de sus miradas y de sus movimientos era tal, que

á veces parecía que la una movía las manos de la otra, y que la

Morris estornudaba ó tosía con la boca de la Pastor. La tía leía

mucho, así en inglés como en español, y tenía sus puntas de literata:

trataba á Spencer y á George Elliot. La sobrina pintaba, como pintan

las inglesas, haciendo habilidades más bien que obras artísticas,

embadurnando placas de porcelana, trozos de papel de arroz, y ahumando

platos para rascarlos con un punzón. Sus acuarelas tenían frescura

sosa, y siempre expresaba en ellas alguna idea moral. Aunque no pintara

más que un riachuelo reflejando un álamo, yo no sé cómo se las componía

que siempre salía la moral. Eran ambas las personas más agradables, más

buenas, más finas, más delicadas que se podían ver en el mundo.

La cuna de la Morris había sido Gibraltar; la de la Pastor, Jerez.

Fueron íntimas de Fernán Caballero, y por ella adoraban á Andalucía.

Vivieron mucho tiempo en Londres; pero tuvieron desgracias de familia:

se habían quedado casi solas, y su fortuna disminuyó con la quiebra

del _Scotland Bank_. Total, que acordaron acabar sus nobles días en la

tierra de María Santísima.

Detuviéronse en Madrid para verme, porque la Morris me quería mucho, me

besaba como á un niño y lloraba acordándose de mi madre.

--Si me parece que fué ayer cuando naciste... Me acuerdo muy bien.

Fué una noche en que hubo muchos truenos y relámpagos. Tu madre se

asustó, echóse en la cama y... te tuvo. Paréceme que te estoy viendo ya

grandecito, pero no tanto que levantases del suelo más que esta mesa.

Eras humilde, delicadito de salud y caprichosillo.

Tuve, pues, que acompañarlas en Madrid, llevarlas al Museo y servirles

de cicerone. _Mary_ (la pintora) tenía locos deseos de verlo. ¡Había

oído hablar tanto de él! Con muchísimo gusto desempeñé yo aquella noble

misión. No me separé de ellas mientras estuvieron en Madrid, y había

que verme á mí con mis dos _Pastoras_ (Camila dió en llamarlas así)

siempre á remolque, ambas forradas en sus luengos y severos sobretodos

de dril, y ostentando en la cabeza unos sombrerotes no muy conformes

con lo que por aquí se usa, anchos, ahuecados hacia dentro y con mucha

espiga, mucha amapola y otras silvestres florecillas. Camila decía

que no podían haber escogido sombreros más propios unas damas que se

llamaban las _Pastoras_. Guardéme bien de presentarlas á mi prima, pues

de seguro habría oído en boca de personas tan recatadas el terrible

_shoking_.

Para darme más que hacer, mis ilustres amigas me rogaron que me hiciera

cargo de sus intereses. Tenían ciega confianza en mí. Endosáronme

varias letras que traían; ordenáronme cobrar por cuenta suya ciertas

sumas en casa de Weissweiller y Baüer, y se fueron. Despedílas en la

estación del Mediodía, después de haber telegrafiado á Cádiz para que

las fueran á recibir. Ambas lloraban cuando se separaron de mí.

Desempeñados con la mayor prontitud posible los encargos que me

dejaron, pensé en salir de este horno. Estábamos á mitad de Julio.

Los señores de Miquis no irían á San Sebastián hasta el 10 ó el 12

de Agosto. Los últimos días que ví á Camila estuve tan excitado, tan

majadero, que dije muchas tonterías. Pintéle mi desesperación en

términos sombríos y románticos, porque me salía de dentro así. Le

decía: «me mato, te juro que me mato si no me quieres.» Y ella, riendo

al principio, me miraba luego con un poco de lástima, exhortábame á

ser razonable, y reía, reía siempre. También ella, en la _edad del

pavo_, había querido matarse, y nada menos que con fósforos. ¡Cuánto

se había reído de esto después!... ¿Acaso estaba yo en la _edad del

pavo_? Seguramente así lo pensaba ella. Por fin vine á comprender que

esta táctica era mala, porque no me daba buen resultado. En Camila no

aparecían ni ligeros indicios de ser contaminada de mi romanticismo;

al contrario, lo repelía, como rechaza el organismo las substancias de

imposible asimilación.

La mañana del último día que pasé en Madrid, hablamos Constantino y yo

de esgrima, de caza y de caballos. Aquellas conversaciones de _sport_

me entretenían, y á él le entusiasmaban. De repente se me ocurrió decir:

--Cuando volvamos de San Sebastián le voy á regalar á usted un buen

caballo de paseo.

Él se puso encarnado y miró á su cara mitad, como miran los niños á sus

madres cuando temen que éstas no les han de permitir aceptar un juguete.

--¡Un caballo! --repitió el manchego con éxtasis.

--¿Lo quiere usted andaluz, inglés ó árabe?

--No, si no... ¿pero de verdad?... Usted...

La boca se le hacía agua. Camila le miraba con amor entrañable, y luego

se dejó decir:

--Acéptalo, no seas tonto. Si te lo quiere regalar...

--Es que yo me enfadaría si no lo aceptara.

Constantino me dió un abrazo tan apretado, que creí que me ahogaba.

--Puesto que Camila no se opone, que sea andaluz, bravío, de estampa,

de mucha cabezada, y que ande así... así...

Remedaba con la cabeza y las manos el empaque de uno de esos caballos

petulantes que, cuando andan, parecen estar mirándose en un espejo.

Luego imitaba el galope: _tra-ca-trán_, _tra-ca-trán_.

Poco después advertí en Camila sentimientos de la más pura gratitud por

mi ofrecimiento del caballo.

--¡Qué bueno eres! --me dijo, dejándose besar las manos, favor que

hasta entonces no me había permitido. Y yo dije para mí: «Hola, hola,

¿qué es esto?» Francamente, era para maravillarme. Mil veces le hice

ofertas valiosas sin conseguir que me las agradeciera. Habíale dicho:

«Camila, te regalaré un hotel, te pondré coche, te pasaré seis mil

duros de renta,» y ella ¿cómo me contestaba? Riendo, injuriándome

ó tirando aquellas lindas coces de borriquita enojada, que eran mi

encanto... En cambio, aceptaba y agradecía obsequios hechos á su

marido. ¿Por qué? Ella se atormentaba con la idea fija de comprar un

caballo á Constantino; pensaba en esto á todas horas, y tenía una

hucha en la cual reunía dinero para aquel fin. ¡Pobrecilla! El regalo

del caballo entrañaba una gran conquista para mí, la conquista del

tiempo, porque Miquis se iría á pasear en él todas las tardes. Además,

Camila se había entusiasmado con mi oferta, se había conmovido... A

veces, por donde menos se piensa se abre una brecha. ¿Sería aquélla

la brecha de la inexpugnable plaza, la juntura invisible de una cota

que parecía milagrosa?... Lo veríamos, lo veríamos. Me marché gozoso á

San Sebastián, diciendo para mí: «Lo que es ahora, borriquita, no te

escapas.»

Lo prohibido (tomo 2 de 2) · 第 12 / 56 题