¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco su
falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.
--¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...
--¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?
--No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!
De fijo, los que quieren que yo sea _héroe_ se asombrarán de que
viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando
me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas
é inconsecuencias están llenos el mundo y el alma humana. Tenía sed de
lo imprevisto, y me lo procuraba como podía, es decir, _previéndolo_.
Era, pues, un imprevisto artificial, ya que no podía ser del
genuino, de aquél que tiene á la Providencia por _propio cosechero._
Porque aquella condenada pasión nueva nacía en mí con rebullicios
estudiantiles, haciéndome cosquilleos románticos. La vanidad no tenía
tanta parte en ella como en la que me inspiró Eloísa. Ya me estaba
yo recreando con la idea de que mi triunfo, si al fin lo lograba,
permaneciese en dulce secreto, y que sólo ella y yo lo paladeáramos,
pues si en otra ocasión el escándalo me había sido grato, en ésta el
misterio era mi ilusión. Púseme en aquellos días un tanto novelesco y
un si es no es tonto, y mi fantasía no se ocupaba más que en imaginar
bonitos encuentros con la mujer de Miquis, peligros vencidos, líos
desenredados, tapujos, sorpresas, escenas teatrales en que el goce
se sazonara con la salsa de lo furtivo y con esa pimienta dramática
que rara vez aparece fuera de los bastidores de lienzo pintado. En
fin, válgame la franqueza, yo estaba hecho un cadete, un seminarista,
á quien acaban de quitar la sotana para lanzarle al mundo. Pensaba
cosas que luego he reconocido eran puras boberías. ¿Qué más que seguir
los pasos de Camila en la calle, ver que entraba en alguna tienda,
entrar yo también, fingir sorpresa por verla allí, hacer el papel de
que iba á comprar cualquier cosa, comprarla efectivamente, y después
pagarle á ella su gasto? Y cuando creía encontrarla en un sitio y me
llevaba chasco, ¡María Santísima, la que se me armaba entre pecho
y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las medidas á la
calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la Red de San
Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado Augusto,
que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo me había
equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado afán la
multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras fuera la
que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á trechos
iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en tinieblas,
me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.
De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura entre
los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... ¡zas! á
la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente disimular
la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la calle...
¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar me
mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, me
aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar
cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de
Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de
la esquina.
Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de
retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo.
Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si
precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de
Augusto?...» Vuelta á la centinela; vuelta á engancharme al árbol de
aquella noria estúpida, de la que no saco ni un hilo de agua; vuelta
á pasear, á ver caras antipáticas, á ver los aparatos de gas echando
toda su luz sobre las tiendas, menos algún reflejo que cae sobre el
piso lustroso y húmedo de la calle; vuelta á oir el estrépito de los
coches sobre las cuñas de pedernal. Al fin, rendido de cansancio y sin
esperanza de encontrar _casualmente_ á Camila, me marcho...
Bien podía verla en su casa; ¡pero si allí estaba siempre el moscón
de su marido, pegajoso, insufrible...! Y se pasaba toda la velada
junto á ella como un bobo. Solían ir algunos amigos, y charlaban mil
tontadas, ó jugaban á la brisca y á la lotería. ¡Cosa más necia no he
visto en mi vida! Lo simpático de tal reunión era Camila, alma, centro
y núcleo de ella. Cosía con atención tenaz, cantorreando entre dientes;
decía á cada instante gracias y agudezas; se burlaba de todo bicho
viviente, siempre fija en su obra y echándoselas de muy entusiasmada
con el trabajo, que era una montaña de tela blanca, de trapos, recortes
y cosas medio concluídas y vueltas á empezar. Le había entrado el
capricho de las ocupaciones, y renegaba de no tener tiempo para nada.
¡Qué le duraría esta pasión! En aquella época se hacía de rogar mucho
para ponerse al piano y divertirnos un rato con la música. Constantino
inventaba cosas raras para entretener el tiempo: anticuados juegos de
prendas, prestidigitaciones de las más inocentes, y, por fin, se ponía
á imitar el mayido de los gatos y á representar una escena de riñas y
galanteos gatunos, con lo que todos se morían de risa, menos yo, que
no encontraba la tostada de tales sandeces.
Vuelvo á mi aventura. Aquel día que topé con Camila en la calle de
Santa Isabel, la invité á dar un paseo.
--A pie, en coche, como quieras --le dije--. Siento que hayas
almorzado. Si no, nos iríamos á un restaurant, al Retiro, á las Ventas,
donde gustes. Está un día delicioso...
--Quita allá, _tísico_. ¿En qué estás pensando? ¡Yo á un restaurant!
Por mí no me importaba; pero Constantino se pondría hecho un demonio...
¡Estaría bueno que después de haberle quitado el vicio de ir al café,
lo adquiriera yo!
Y seguimos hablando.
--¿Vas de tiendas? Te acompañaré.
--Voy á comprar tela para hacerle camisas á mi mamarracho. Pero
cuidado: si vienes conmigo no te empeñes en pagarme como otras veces...
No lo consentiré. Mira todo el dinero que traigo.
Enseñóme su portamonedas, en que había mucha plata, algún oro y un
billete muy sobadito, doblado en ocho dobleces.
--Estás hecha una capitalista. ¿A ver? ¡Chica...!
--Tengo para prestarte, si te ves en un apuro --me dijo cerrándolo de
golpe, y acentuando el chasquido del muelle con un mohín muy gracioso
de su hociquillo--. ¡Ajajá!... ¡tengo yo más _guita_...! Si te hace
falta, no seas corto de genio, y tu boca será medida.
--Tengo yo mucho más dinero que tú, tonta --dije con un candor que me
habría hecho ridículo á mis propios ojos, si no tuviera en éstos las
cataratas de la chifladura amorosa--. Y te quiero pagar la tela. Déjame
á mí, tonta.
--No, que no... ¡por Dios!
--Si es un obsequio que quiero hacer á Constantino. Mira, compraremos
más tela, y me harás á mí media docena de camisas.
--¡Oh! sí, sí --exclamó riendo y dando palmadas en plena Plazuela de
Matute--. Oye: mi asnito sostiene que no sé hacer camisas, que no
sé cortar el cuello, y que la pechera la dejo con más picos que un
candilón. ¡Ya verá él si sé!
--Si es un tonto... ¿Qué entiende él de eso?
--Constantino es abrutado, macizote; pero créeme, es un ángel.
--De cornisa.
--No te rías.
--Si no me río.
--Me quiere muchísimo, me idolatra...
--Ya estás exaltada. Todo lo abultas, todo lo amplificas. Así eres tú.
--Es que tú eres un _tísico_, y no comprendes esto. Por muy alta idea
que tengas del amor de un hombre, no sabes cómo me quiere Constantino.
Se dejaría matar cien veces por su mujer. Jamás me dice una mentira, y
tiene tal fe en mí, que si le dijeran que yo era mala no lo creería.
Sin poner gran atención en estos elogios del asnito, seguimos avanzando
hasta llegar á la mitad de la calle del Príncipe. Entramos en la
tienda, que era una camisería elegante, llena de chucherías preciosas
y de novedades parisienses; veinte mil monadas de cerámica, metal y
hueso que sirven para regalos y se pagan á elevados precios. Camila
pidió telas, y mientras en el mostrador le medían y cortaban, yo estaba
mirando aquellas bagatelas elegantes. De pronto, mi prima se puso á mi
lado para ver y admirar conmigo los caprichos. Comprendí que se le iban
los ojos; pero que se contenía para que yo no gastara dinero. Todo lo
encontraba carísimo. Empecé á hacer compras, y me llené los bolsillos
de paquetitos.
--Por Dios, ¡qué disparates haces! En la vida más vuelvo á entrar
contigo en una tienda.
Quise pagar la tela, pero ella la había pagado ya. Me enfadé de veras.
--¡Qué cosas tienes! Tú sí que estás tonto.
Al salir, miróme seria, muy seria. Entró en _La Palma_ á comprar unas
cintas de color. Aquella segunda parada fué breve. Salimos pronto.
--¿Quieres que tomemos un simón?
--No --me respondió, poniéndose más bien grave, y quizás algo
enojada--. Los de _La Palma_ te han mirado mucho y me miraban á mí.
Nada, no vuelvo contigo á las tiendas. Y no lo hago porque Constantino
piense mal de mí. El pobrecito creerá que el sol sale de noche; pero
que yo sea mala no le cabe en la cabeza... Lo dicho, no quiero nada
contigo... Y todas esas chucherías que has comprado guárdalas para las
querindangas que tengas por ahí, que yo no las tomo.
--Vaya si las tomarás.
Entramos en la calle de Sevilla.
--Es que... --me dijo echándose á reir con espontaneidad candorosa--.
Es que parece que me haces el amor, que me quieres conquistar.
--¿Y qué?
--Cualquiera diría que te has enamorado de mí --dijo columpiando su
mirada entre la gravedad y la risa.
--Pues diría la verdad.
--¡Vaya con lo que sales ahora! --exclamó decidiéndose por la risa--.
Tú estás chocho.
Y empezó á hablar de Constantino, de las paces que había hecho con su
suegra doña Piedad, del proyectado viaje á la Mancha, de cómo sería el
Toboso, sin dejarme meter baza ni salir por donde yo quería. En esto
llegamos á casa, y subí con ella al tercero. Constantino no estaba.
Yo tenía una debilidad horrible, pues eran las dos y media y no había
almorzado. Sobrepúsose en mí la necesidad de alimento á todo lo demás,
y se lo manifesté con franqueza.
--Si te contentas con una tortilla y una chuleta, ahora mismo...
--¿Pues no me he de contentar? Y servida por tales manos...
--Pues ya estás sentado...
Salió para dar órdenes á su criada. Pronto la ví poniéndose un delantal
blanco y azul. La casa no era ya lo que fué meses antes. Había más
arreglo, y sin perder el sello especial de la personalidad tumultuosa
de su ama, parecíame más casa, menos manicomio. Ya no había en ella
perros sabios, ni otro animal que Miquis. En cuanto á Camila, si lo
esencial de ella permanecía, había perdido muchas mañas muy feas, como
el pedir billetes de teatro y otros excesos. En aquel curso educativo
que se daba á sí misma, aprendió delicadezas que antes no conocía.
--No, no acepto tus regalos --me dijo bruscamente como si reanudara
la disputa interrumpida, ó más bien dando una vuelta á la idea que se
había fijado en ella--. ¡Vaya con tus regalitos...! Ya pasan de la
raya. Dilo con toda tu alma: ¿es que me haces el amor?
Rompió á reir, pegó un brinco, le cogí al vuelo una mano; pero se me
escapó y salió enfilando una carcajada. Yo sentía en mí felicidad
expansiva, ganas de reirme también. La tortilla que me sirvió estaba
abrasando. Me la comí, voraz, quemándome todo el gaznate; pero no hacía
caso: el hambre, el amor no me permitían pararme en ello.
--Pues sí, Camila... tú lo has dicho.
Y vuelta á reir.
--Me alegro, me alegro --dijo cuando yo creía que se enfadaba--. Para
que sepa Constantino el tesoro que tiene en casa, para que vea cuánto
valgo, él que me adora, creyendo que ni él ni yo valemos un comino.
--Pero no me dejas concluir... --observé, tartamudeando y abrasándome
vivo--. Es que... me tienes loco... ¡Jesús, qué fuego!... me tienes
fa... natizado.
Pegó otro brinco. Salió como un pájaro que levanta el vuelo. Al poco
rato la oí gritar desde la puerta del gabinete:
--Pues no te queda más recurso que éste.
Me apuntaba con el revólver de Constantino, diciendo:
--No creas, está cargado. Si quieres, ahora puedes curarte esa pasión
con una píldora.
--No pienso usar tal medicina, porque tú al fin me has de querer,
aunque sólo sea por lástima. Mira, haz el favor de no jugar con ese
chisme. No me gusta ver armas cargadas.
Poco tardó en reaparecer desarmada.
--¿Conque apasionadísimo... ísimo?... --declamó con afectación
burlesca, apoyando ambas manos sobre la mesa, enfrente de mí--. En
cuanto venga mi asnito se lo he de decir. Verás cómo se ríe.
--Mira, más vale que no le digas nada.
--Pero tú eres memo --dijo, volviéndose hacia donde estaba el trofeo
de toros--. ¡Yo cargar de cuernos á mi querido Constantino!... ¡Yo
decorar su noble frente con esos indecentísimos atributos!... ¡Yo
faltar á mi mozo de cordel, como tú dices, y exponerlo á las rechiflas
de los tontos con todas esas mitras en la cabeza!... ¡Ay! no te canses
en seducirme, porque no me seducirás, perdis... La cornamenta no es
para él, sino para tí, para tu hermosa cabeza de tísico. Lo menos que
piensas es que cuando tú quieres plantarle cuernecitos á otros, se te
carga la cabeza de ellos sin que tú lo sepas, tontín...
Paréceme que me puse verde al oir esto. No sé qué le habría dicho en
contestación á aquellas extrañas palabras si no hubiera entrado á la
sazón el propio Constantino.
--Mira si será tonta tu mujer --le dije--. Nos encontramos en una
tienda, le compré estas baratijas, y no las quiere aceptar. Entérate:
esta corbata y estos gemelos son para tí. ¿Ves qué bonito?
--¿Acepto? --preguntó ella con ojos de dicha, bebiéndose en una mirada
las miradas de él.
--Sí: ¿por qué no? --contestó Miquis, acariciándole la barba--.
Acéptalo, chiquilla.
Ella le dió un abrazo.
--¡Patrona! --gritó el muy bruto en seguida, sentándose frente á mí--.
Háganos café... al momento: venga la maquinilla. Y tráigase usted la
botella de ron de Jamáica.
--No me da la gana --fué la réplica de ella.
--¿Cómo es eso?
--No se hace ahora café. No saco el ron... Aquí no se fomentan vicios.
--Si es en obsequio al primo de la patrona...
--No hay obsequio que valga. Si quiere mi primo emborracharse, que se
vaya á la taberna.
--¡Patrona, el ron! --repetí yo.
--No me da la real gana. Noramala todos. A la calle, á la calle. Y
desocuparme prontito la mesa, que la necesito para cortar.
--Bueno, mujer, no te enfades --gruñó Miquis, desocupando la mesa--: lo
tomaremos en el café.
--Lo tomará él si quiere --declaró Camila con autoridad--. ¡Usted,
señor mío, aquí!
--Vaya, ¿tampoco me dejas salir?
--Tampoco. Este José María es un perdido, y quiere pervertirte.
--Es que vamos á la sala de armas.
--Aquí, y chitito callando.
--¿Ha visto usted qué tarasca?
--A callar. Quítese usted al momento la levita... y los pantalones
nuevos... Así me rompes la ropa, condenado. Eso, eso: restriega los
coditos sobre la mesa.
--Pero, vamos á ver, ¿tengo yo que hacer algo en casa? --preguntó él,
mirando embobado á su mujer.
--Pues nadita que digamos... Escribir á tu mamá. Ahora que la tenemos
como un confite, ¿vamos á enojarla por no escribirle? Desde el domingo
te estoy diciendo: «Escribe, hombre; escribe á tu mamá...»
--Bueno: ¿y qué más?
--Ayudarme á cortar.
--Yo ¿qué sé de cortes?
--Y hacer de maniquí para probar los cuellos y pecheras.
--¡Yo maniquí! Pero, señora, ¿usted qué se ha llegado á figurar?
--Y clavarme clavos en el pasillo para colgar la ropa.
--¿Y yo qué tengo que hacer? --le pregunté á mi vez.
--Usted, señor tísico, lo que tiene que hacer es plantarse ahora mismo
en la calle. Aquí no nos sirve más que de estorbo. ¿No le hemos llenado
ya la tripa?
--Dí que me has abrasado vivo. ¡Vaya un modo de despedir á los amigos!
No, hija: lo que es los clavos te los he de clavar yo, mientras
Constantino escribe á su mamá. Es que me opongo á que nadie más que yo
ponga clavos en mi finca.
--¡A ponerse la ropa vieja! --gritó Camila á su marido--, y tú...
--Los clavos, hija, los clavos. Déjame...
--Bueno, consiento. Trabajando se quitan las malas ideas.
Y me trajo un martillo y unas puntas de París tomadas, torcidas y
roñosas.
--Pero, hija, lo primero que tengo que hacer es enderezar esto.
--Enderézalos con los dientes.
Y me puse á trabajar con fe, haciendo yunque de la barandilla de hierro
del balcón. No pasaban diez minutos sin que Constantino y yo fuéramos á
consultar con la patrona.
--¿Y qué le digo de nuestro viaje á la Mancha? --preguntaba él, ya
vestido con los trapitos más usados que tenía.
--¡Qué burro! Pues que sí; á todo se le dice siempre que sí.
--Camililla de mis entretelas, la mayor parte de estos clavos no tienen
punta.
--Pues sácasela como puedas... No me vengas con cuentos. A trabajar.
Aquí no se quieren vagos. Después me vas á poner argollas á esos marcos
que están por el suelo.
--Bueno, bueno. También las argollas.
--Y callarse la boca. Cada uno á su obligación.
Era aquello una comedia.
--Constantino, ¿ya has escrito? Trae la carta. Quiero leerla. De fijo
has puesto algún disparate. Hay que mirar mucho lo que se dice á esa
gente de pueblo, que es muy desconfiada. Y tú, ¿qué haces ahí como un
papamoscas?
--Esperando á que me digas dónde van los clavos.
--¡Ay, qué hombre! Tengo que discurrir por todos... No hay aquí más
talento que el mío. ¿Pero dónde han de ir?... Ven acá, mastuerzo...
Y me señaló los puntos donde se debían poner las cuerdas; y empecé á
golpear con tanta furia, que se podía creer que deseaba derribar mi
casa y hacerla polvo.
--¿Y yo, qué hago ahora?
--Ea, ya están los clavos. ¿Y ahora...?
--Pues entre los dos... Dí, bandido, ¿te has puesto los pantalones
viejos?... ¡Ah! sí. Pues entre los dos me vais á apartar esta cómoda
para buscar unas tijeras que deben haberse caído por detrás... Después,
Constantino, á sacar la máquina, limpiarla, engrasarla, ponerle las
canillas... Y el tísico que se prepare á fijar las argollas... ¡Ea!
mover esas manazas y esas patazas. Adelante con la cómoda.
Y todo lo que nos mandaba lo hacíamos gozosos, riendo y bromeando, y me
pasé allí la tarde, encantado, embelesado, respirando á todo pulmón el
delicioso ambiente de aquel Paraíso terrestre y casero, en el cual yo
quería hacer el papel de culebra.