Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el
proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese
suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos
verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba
que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le
cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida,
reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó
la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después
el casamiento,» procedía con perfidia, porque ni sin economías ni con
ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí esta
falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis facultades
ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el rompimiento á
todo trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por
mí, gustábame verla en el camino de la obstinación.
Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el
sermón interrumpido:
--No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las
cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á
esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á
dar tu _blanca mano_? ¿Te _arrancas_ al fin, te _arrancas_?
--¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! --exclamé sin poder
contenerme--. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de
hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros
te apasionan más que yo!
--Déjame concluir... Eres un egoísta.
--Egoísta tú.
--¿Sabes lo que pienso? --dijo poniéndose grave, pues colérica no se
ponía nunca--. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya...
¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber
quién es el _pendoncito_ que me ha robado el corazón que era todo
mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir.
Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás más
objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de mi
casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí, señor,
un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con la venta
salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de gusto, y
después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y me abandonarás.
Podrá esto no ser la verdad; ¡pero qué verosímil es!
--Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles --le dije.
Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que
estallé en frases de ira.
--Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía?
Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente
papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima
infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes
inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por
el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de
brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú
misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una
parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal
por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces
mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no
estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes
quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que
los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel
santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme.
Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me
felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo
dicho, para siempre (_cogiendo mi sombrero_). En la vida más vuelvo á
poner los pies en esta casa. Quédate con Dios.
Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció
muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica
para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como
yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos
hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me
llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de
palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir
sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría
llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante
sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de
la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero
de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su
hermana:
--Quédate á almorzar.
Y á mí también me dijo con acento firme:
--José María, quédate. Espero al _Saca-mantecas_ y nos reiremos mucho.
La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi
debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza
inglesa; pero venció ésta y rehusé.
Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado á
Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé
con ardor.
--¡Pobre niño! --dije mientras él, apeándose, subía la silla que se
había corrido á la barriga del caballo--. Aunque no nos hemos de ver
más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de este
clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una carrera
cuando su desdichada mamá esté en la miseria.
Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta
presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces
su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, y
poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le dijo:
--Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo que
te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, nos
vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre con
profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un
tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué
te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de
ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas
á ir: ¿con José María ó conmigo?
Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello,
hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como
en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó
la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al
pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la
calle con vivísima opresión en el pecho.