[Illustration: R]EVILLA!--He aquí un nombre que hace soñar, como esas
nubes rojas que se amontonan en el horizonte al declinar a tarde, para
servir de lecho al sol en su caída. Hay en este nombre algo de vago y
misterioso que fascina el espíritu y lo inclina á meditar. Cuando lo
escuchamos, sin saber por qué, viene á nuestra mente el recuerdo
punzante de una flor que hemos deshojado, ó el de una voz que nos
cantaba al oído cuando niños para dormirnos, ó el de unos labios
ardorosos que rozaron nuestra mejilla en otro tiempo, ó las notas
suaves, tiernas, purísimas de la metafísica neo-kantiana. Si se me
preguntara dónde está el secreto de tal fascinación, no podría contestar
satisfactoriamente. Para mí no está en que el señor Revilla sea
filósofo, y sea poeta, y sea orador, y crítico, y catedrático, y
revistero de teatros. Cada una de estas cualidades de por sí, estoy
seguro de que no le haría el blanco de la admiración de sus
contemporáneos. Mas ha de existir entre ellas una singular y extrañísima
relación, inextricable para el espíritu, mediante la que el fenómeno
indicado se realiza. De tal suerte, que si el Sr. Revilla fuese orador y
poeta, y no fuese filósofo al mismo tiempo, perdería por eso sólo la
inmortalidad; y si fuese orador, poeta, filósofo y catedrático, y no
tuviese además la cualidad precisa de revistero de teatros, es como si
no fuese nada para el efecto de la fascinación. El Sr. Revilla es, pues,
el resultado feliz de una agregación de elementos diversos, cuyo modo de
enlazarse ó combinarse sólo Dios conoce. La naturaleza nos está
ofreciendo á cada paso ejemplos admirables de estas dichosas
combinaciones. Suprimid á cierto paisaje el mar que se divisa á lo lejos
ó la montaña que se levanta imponente sobre él, y perderá su carácter y
no atraerá vuestra atención. El Sr. Revilla es como un paisaje (en este
respecto nada más): no es posible quitar ni poner en él cosa alguna, sin
privarle de su efecto.
Desde muy temprano ha reconocido en sí mismo una vocación decidida á
influir sobre su siglo, y siguiendo los nobles impulsos de su alma, no
ha querido privarle de ninguno de aquellos medios por los que un hombre
puede influir sobre un siglo. Bien sabido es de todos que el primero y
más poderoso es la gravedad. Nada hay tan pernicioso, y por
consiguiente, nada tan aborrecible, en mi pobre opinión, como las
expansiones jocosas ó burlescas en todos los puntos de vista que se las
considere. Porque no sólo han sido y son una rémora para el progreso
moral y material de las naciones, sino, lo que es aún peor, han servido
ya en algunas ocasiones para poner en duda el ingenio y la sabiduría del
Sr. Revilla. ¡Qué tiempos los nuestros! Ya no existe para este siglo
menguado nada de respetable ni digno de ser mirado seriamente. Escribe,
pongo por caso, el Sr. Revilla uno de sus artículos guarnecidos y
bordados de primorosas metafísicas, y sin más ni más, salta un
cualquiera diciendo, con cierta vaya impertinente, que aquel artículo es
una colección de lugares comunes, un tejido de frases huecas arrancadas
al tecnicismo filosófico para imponer respeto á la gente ignorante, al
modo que se fija en las huertas un muñeco de paja para espantar á las
aves inocentes. Por eso la gravedad del Sr. Revilla es un dulce y
apetecible oasis en este vasto arenal de liviandades.
Aunque ya he hablado de ella en otra ocasión, sólo fué por incidencia;
así que no me considero relevado de la obligación de consagrarle algunas
palabras. Y la primera cuestión que se presenta es la siguiente: ¿La
gravedad del Sr. Revilla es de nacimiento, esto es, puede considerarse
como una dote otorgada graciosamente por el cielo, ó es una cualidad
adquirida en virtud de un largo y penoso aprendizaje, de prolijos afanes
y desvelos? No es tan fácil como á primera vista parece la resolución de
este problema. Mirando el asunto por encima, y teniendo presente nada
más que lo rara que es hoy esta cualidad, aun entre los hombres más
favorecidos por la Providencia, es fácil deducir que el Sr. Revilla ha
llegado á ella por el trabajo y el estudio. Esta facilidad arrastró á
muchos al error. Cualquiera que se fije un poco, comprenderá que la
gravedad del Sr. Revilla tiene un no sé qué de agreste, indómito y
bravío que la distingue perfectamente de las demás gravedades imitadas
ó contrahechas. Es una de esas gravedades que aparecen muy de tarde en
tarde en la historia humana, y por lo tanto, considero absurdo el
suponer que esté en manos del hombre el adquirirla. Para encontrar algo
parecido, es preciso remontarse á los primeros tiempos de Roma. Aseveran
los historiadores más fidedignos que Numa Pompilio no conoció la risa,
aunque sí añaden que, en sus conferencias con la ninfa Egeria,
acostumbraba sonreir una que otra vez, pero sólo por complacencia. Mi
profesor de psicología, lógica y ética, también poseía en cierto grado
esta cualidad; por lo cual, hoy que la edad me ha enseñado á juzgar
mejor á los hombres, no puedo menos de reconocer que, aunque oscuro, era
un hombre muy notable. No vaya á creerse, sin embargo, que intento
comparar la gravedad del catedrático de psicología, lógica y ética con
la de Numa Pompilio y Revilla. ¡Oh, no! Cuando el Sr. Revilla, después
de tomar convenientemente las medidas á una obra literaria, la califica
de _predominantemente subjetiva_, y por ello la condena, como es justo,
á una eterna execración, es tan serena y tan augusta su frase, palpita
tanto heroísmo dentro de ella, que el espíritu se engrandece y se
inflama, y es preciso acudir á los recuerdos de la Ilíada, á Héctor, á
Diómedes, á Menelao, para observar algo semejante.
Y aunque muy fuera de sazón, no quiero pasar más adelante sin formular
una pregunta que constantemente se está presentando en mi espíritu. Es
la siguiente: ¿Cómo el Sr. Revilla, sin imaginación alguna, sin gusto,
sin ingenio, y con una ilustración tan superficial, juzga con tal
grandeza las obras de arte que le ponen delante? Repito que muchas veces
me hice esta pregunta, y siempre concluí pensando que en el Sr. Revilla
existe algo extraordinario que, aun sin darse acaso él mismo razón de
ello, le mueve á dictar sus fallos; algo que, después de encenderle,
como á la pitonisa griega, le inspira y le sostiene sobre el trípode,
circundando su frente con la aureola del misterio. Este algo, digámoslo
de una vez, no puede ser otra cosa que el genio[11]. El genio, sólo el
genio puede volar tan alto sin necesidad de los medios que los humanos
juzgamos indispensables.
Decía que la pregunta estaba fuera de sazón, y como ustedes han podido
ver, era muy cierto. Sin embargo, ya se sabe que estas informalidades é
impertinencias son en mí frecuentes, y no hay que asombrarse. Por algo
gozo fama entre mis enemigos (porque aquí donde ustedes me ven tan
jovencito y tierno, ya me permito el lujo de tener enemigos) de crítico
subjetivo entre los subjetivos. Soy como si dijéramos un crítico lírico,
pues la subjetividad es lo que caracteriza al género lírico, mientras el
Sr. Revilla, á juzgar por su inflexible talante y por la opaca
sublimidad de sus formas, es un crítico épico. De la combinación de lo
lírico con lo épico, como han demostrado hasta la saciedad Hegel y el
Sr. Revilla ya saben ustedes que nace lo dramático. Por consiguiente,
vean ustedes lo que son las cosas: el día que al Sr. Revilla y á mí nos
dé la gana de reunimos en la mesa de un café, pongo por caso, ya está
formado un crítico dramático, sin necesidad de más músicas. Concluímos
de tomar café, nos damos la mano y nos separamos. Cada cual torna á ser
lo que antes era, yo el crítico lírico y él el épico. ¡Es admirable!
Pero estos temas incidentales me están apartando, á despecho mío, del
propósito único del presente artículo. Toquemos de una vez en las
entrañas del asunto, y hablemos del Sr. Revilla como poeta, sin meternos
en otras honduras.
Yo no he leído los versos del Sr. Revilla; lo declaro con la franqueza
que me caracteriza. Mas al mismo tiempo quiero hacer constar que no fué
por mi culpa. He aquí lo que sucedió. Habiendo pensado, como es natural,
cuando empecé á escribir estas semblanzas, en incluir entre ellas la del
Sr. Revilla, pedí su tomo de poesías á un amigo (si ustedes quieren que
diga quién es, lo diré), el cual, como lo tuviese ya leído, me lo
prometió para el momento oportuno. En esta seguridad descansé
confiadamente, sin preocuparme más del asunto. Cualquiera creo que haría
lo mismo. Pues bien, hace cuatro días, tropiezo con mi amigo, y le digo
al pasar: «Necesito ese tomo de poesías; mañana mandaré por él». Mi
amigo, entonces, arqueó un poco las cejas, levantó un sí es no es los
hombros, y por tres veces consecutivas sacudió la cabeza en distintas
direcciones. No había para qué decir más: era cosa corriente. Envío,
pues, por él, y en vez de las poesías, veo llegar al emisario con una
esquela muy fina en que mi amigo me pide mil perdones, porque, sin
recordar su promesa, había prestado el libro á un canónigo de Granada,
el cual se había marchado á su destino sin devolvérselo. Este golpe me
hizo bastante impresión. ¿Qué significaban entonces aquellos movimientos
de cabeza, hombros y cejas del día anterior? Es lo que no pude averiguar
hasta la hora en que escribo estas líneas. De resultas de todo ello, me
quedé sin leer las poesías del señor Revilla. No obstante, mi amigo dice
en la esquela que escribe con la misma fecha al canónigo de Granada, á
fin de que remita el libro tan pronto como le sea posible. Lo espero con
ansiedad, y excuso encarecer á ustedes los nuevos y puros atractivos que
tendrá para mí después de haber pasado por las manos de un digno y
respetable capitular.
Entre tanto, para no defraudar completamente la atención del público,
que pensaría hallar en estas líneas un examen más ó menos sucinto de los
talentos poéticos del Sr. Revilla, voy á echar mano de alguno de los
materiales que hace tiempo estoy acumulando para una obra más importante
que la presente. La obra se titulará _Vida y opiniones de D. Manuel de
la Revilla_, y pienso dedicar á ella todos los días que de aquí adelante
me conceda Dios sobre la tierra, pues ya estoy realmente cansado y
arrepentido de ocupar tan sólo mi espíritu en asuntos frívolos é
indecorosos. Me ayudará en esta empresa, superior á mis fuerzas (no me
forjo ilusiones), un distinguido artista conocido y estimado ya del
público, á cuyo cargo queda la formación de unos magníficos planos en
que podrán verse, en todo su espesor, las opiniones del Sr. Revilla
desde su nacimiento hasta su disolución, con exactitud y claridad. Será
una obra primorosa y exquisita, que ha de facilitar extraordinariamente
la inteligencia del texto.
Entre estos revueltos materiales, voy á elegir una opinión grandiosa y
peregrina, como todas las de nuestro poeta, que ha de dar al traste, si
no me equivoco, con las ideas más propagadas en asuntos de arte. Todo el
mundo sabe que algunos poetas antiguos más de una vez trataron de
enseñar distintas ciencias ó artes, valiéndose para ello de las formas
artísticas, y que los retóricos, apresurándose á dar un nombre á este
capricho, lo llamaron _género didáctico_ ó _didascálico_. Debemos
confesar que el género didascálico, á pesar de sus esfuerzos, no logró
pelechar gran cosa. Pero no es eso lo peor, sino que en los últimos
tiempos llegó á tal punto su laceria, que algunos autores diéronle por
muerto, y, so pretexto de que el fin único y esencial del arte debe ser
la manifestación de la belleza, pretendieron hasta borrar su claro
nombre. Á tanta vergüenza hubiéramos llegado sin la dichosa aparición
en nuestro planeta de un hombre extraordinario que, fijando en la vasta
esfera del arte su mirada de águila, halló medio de cortar á tiempo la
perniciosa corriente. Este hombre dijo: «El fin del arte no es, como se
ha creído hasta ahora, la belleza, sino la ciencia; no hay arte donde no
se enseñe algo útil y provechoso; el artista y el maestro de escuela se
confunden en una unidad superior; no hay más arte que el didascálico».
El nombre no convenía, sin embargo, por ser esdrújulo, y lo llamó arte
_docente_ ó _trascendental_.
Fué una verdadera revelación para los que yacíamos sumidos en los
groseros errores de la antigüedad. Crear una belleza sólo por crearla me
pareció entonces cosa indigna de un hombre serio. La naturaleza empezó á
hablarme con un lenguaje distinto del que antes usara. Antes, por
ejemplo, al cruzar por un bosque, veía unos árboles cuyos troncos
blancos y satinados parecían de plata, me gustaban muchísimo, los
miraba, los remiraba, pero no pasaba de ahí. Ahora sé que esos árboles
se llaman abedules, que su madera es excelente para hacer canastos, y
que también se emplea para construir las cajas de las diligencias.
Cuando los veo, echo inmediatamente la cuenta del número de chaplones
que de sus troncos podrán sacarse, ¡y encuentro en ello un placer tan
vivo y tan puro! Antes, al ver amontonarse por el azul del cielo
ejércitos de nubes oscuras y medrosas anunciando tempestad, me quedaba
mirando para ellas como un tonto, sin pensar en nada. Á fuerza de
mirar, llegaba á ver las más raras y monstruosas escenas que nadie puede
imaginarse; unas veces era una araña inmensa que iba tejiendo su tela
por el espacio; otras veces era un navío que marchaba con rapidez
vertiginosa sacudido por la borrasca; otras, era un brazo colosal que
sostenía una espada no menos disforme, cuya punta enrojecida se estaba
templando en el sol, quizá para atravesar después á la tierra; otras,
era la lucha tremenda de un demonio de grandes cuernos con un ángel; el
ángel caía al fin vencido, y presa del dolor, sacudía sus monstruosas
alas contra la frente de unas montañas lejanas. Todo esto era
sencillamente un absurdo, porque en aquellas nubes no había arañas, ni
navíos, ni ángeles, ni mucho menos demonios. Allí no había más que una
serie de _cumulus_ que á fuerza de hincharse concluían por reunirse y
cubrir la tierra, formando después verdaderos y genuinos
_cumulo-stratus_. Cualquiera comprende que era una insensatez confundir
un _cumulo-stratus_ con un navío ó una araña. Hoy, gracias al Sr.
Revilla, no se me ocurren tales disparates, porque veo las cosas desde
un punto de vista docente. Antes un río claro y límpido era para mí un
objeto que siempre miraba con deleite. Pues hoy, créanme ustedes, por
sereno y cristalino que sea un río, como no tenga truchas, lo encuentro
aborrecible.
Tuve noticia de la teoría del arte docente ó trascendental en un verano,
residiendo en el campo. La buena nueva llegó á mí por medio de un
periódico que traía inserto uno de esos artículos que el Sr. Revilla
viene escribiendo constantemente desde que empezó á arder en su pecho el
fuego sagrado de la crítica. Aquí debo advertir que con las críticas del
señor Revilla me sucede lo mismo que con ciertas óperas de mi gusto;
esto es, que á fin de que me impresionen más fuertemente, sólo las oigo
ó las leo de raro en raro. Quiso la fortuna que leyera este artículo,
donde, con motivo de no sé qué novela, desenvolvía nuestro poeta su
grandiosa y atrevida concepción de la naturaleza y del arte. La luz se
hizo súbito en mi espíritu, y pude medir con la vista todo el horror de
una obra artística sin trascendencia.
Ya he dicho que era en un verano, y que estaba pasando una temporada en
el campo. Por aquel entonces solía yo levantarme temprano (¡qué tiempos
aquellos! ¡ya no volverán!), y después de levantarme, acostumbraba á
salir á respirar el aire puro de la mañana sentado debajo de un
magnífico y corpulento roble. Era un roble que se moría de risa cuando
le hablaban de los árboles del Retiro. Sin poder decir fijamente si era
simpatía personal ú otra razón de más peso la que enderezaba su vuelo,
lo cierto es que todos los días, y á la hora en que yo me sentaba, venía
un pájaro á posarse sobre el roble. Yo no tenía el honor de conocerle,
pero no importaba nada, porque él guardaba poca ceremonia en eso de no
cantar delante de gente. Se conocía á la legua que era un pájaro
despreocupado y un poco aturdido, gozoso de vivir y viviendo mucho más
en el mundo exterior que en sí mismo. Era un pájaro predominantemente
objetivo, como diría el Sr. Revilla, con el estilo mágico que él sólo
posee. Tenía parda la color, el pico amarillo, el mirar firme y osado,
los modales francos y desenvueltos, ofreciendo el conjunto de su persona
un cierto aire de petulancia que no dejaba de sentarle bien. Apenas se
posaba en una rama, empezaba á columpiarse, y con la cabeza un poco
entornada y los ojos puestos en el espacio, entregábase á la
voluptuosidad del movimiento, sin que aparentase pensar absolutamente en
nada. No tardaba, sin embargo, en proferir varias notas graves y llenas
como las de las flautas metálicas. Era su preludio.
Sin otra preparación, subíase repentinamente al tono agudo y lanzaba al
aire una serie interminable de trinos penetrantes y acalorados, como
quien quiere echar el alma por la boca. Ora atronaba el espacio con una
cascada de notas fuertes y vibrantes que llegaban á producir mareo, ora
desfallecía y se dejaba arrastrar al tono más suave y apagado. Tan
pronto cambiaba á cada instante de inflexión y de ritmo, de modo que los
trinos salían atropelladamente de su boca persiguiéndose los unos á los
otros, como insistía una y otra vez, por un largo espacio, sobre una
misma frase; parecía que trataba de que la aprendiésemos de memoria. De
todas suertes, siempre terminaba con un arrullo tenue y moribundo, como
si quisiera indicar que aún le quedaban muchas cosas por decir, aunque
no esperásemos que salieran jamás de su boca.
En honor de la verdad, debo confesar que el canto de aquel pájaro me
gustaba. No sé por qué extraña asociación de ideas, cuando cantaba, me
acudían á la memoria los instantes felices de mi existencia. Veíalos
pasar leves, dulces, luminosos como ellos fueron, sonriendo tristemente
y diciéndome adiós para siempre. Aquí podría aprovechar la ocasión para
contar á ustedes mis primeros amores, sin que ninguno tuviera derecho á
quejarse; pero soy incapaz por naturaleza de jugar á nadie estas
pasadas. Tan sólo diré que el canto de aquel pájaro resucitaba en mi
espíritu sentimientos muy dulces que hacía mucho tiempo había dado por
muertos. Todo era una pura ilusión, sin embargo, y una flaqueza de mi
alma, disculpable únicamente por el estado de ignorancia en que me
hallaba respecto á los eternos principios del arte. Porque, es preciso
decirlo claro, no podía darse nada más deplorable que el canto de aquel
pájaro desde el punto de vista docente; nada más desprovisto de
trascendencia. Después de escucharlo me quedaba tan sabio como antes, no
puedo negarlo, pero ni la más leve partícula de ciencia venía á acrecer
el caudal de mi sabiduría. Así lo comprendí con dolor al cabo, por lo
que me propuse no sufrir más tiempo las impertinencias de un descarado
partidario del arte por el arte. Si entre tanto trino y gorjeo se
hubiese deslizado, siquiera fuese de un modo secundario, cualquier
problemita insignificante de historia ó de metafísica, crean ustedes que
nunca me resolvería á hacer lo que hice. ¡Pero decidirme á perder de un
modo necio el tiempo! Francamente, que ya no se espere jamás eso de mí.
Lo que hice, pues, fue aparejarme con una piedra bastante crecida al
sentarme un día, como de costumbre, debajo del roble, y así que columbré
á mi pájaro, encajársela sin otras retóricas con toda mi fuerza. No le
toqué; mas al sentir tan cerca de sí la primer pedrada de la crítica
(crítica aunque severa muy justa), desplegó sus alas y no volvió á
parecer por aquel sitio. ¡Pobre diablo! ¿A dónde habrá ido á parar?
En verdad que la grandiosa teoría del Sr. Revilla está á punto de hacer
cambiar radicalmente la faz de todas las artes, arquitectura, escultura,
pintura, música, poesía y baile. Tengo algunos motivos para creerlo. Por
lo pronto, me han informado de que el único maestro que en España
cultiva con buen éxito la expresión más pura y genuina de la música,
esto es, la sinfonía, está escribiendo una en que probará, ó tratará de
probar al menos, que el problema amenazador de las subsistencias sólo
puede resolverse rebajando las tarifas del arancel. Este precioso tema,
que el oboe se encargará de apuntar nada más en el _andante_, se irá
repitiendo por el _allegro_, el _allegro con motto_ y el _scherzzo_
entre mil combinaciones armónicas, hasta quedar totalmente dilucidado.
Por otra parte, un joven escultor amigo mío está á punto de terminar una
preciosa Venus en cuclillas, que llevará grabada á cincel en la espalda
la «teoría del valor» de Bastiat, que comienza como todos saben:
«Disertación, fastidio; disertación sobre el valor, fastidio sobre
fastidio». De esta suerte, el espectador podrá gozar con la belleza de
la estatua y al mismo tiempo meditar sobre el asunto más escabroso de la
economía política. Creo que el público ha de acoger con entusiasmo esta
Venus trascendental, si no por su mérito, al menos por ser la primera
que del género docente le presentan.
La teoría va, pues, abriéndose paso al través de la frialdad de los unos
y de la abierta oposición de los otros. Su glorioso fundador puede estar
seguro de que no tardará mucho en triunfar por completo. Y como nada es
despreciable tratándose de contribuir á una obra tan fecunda y generosa,
yo también quiero llevar un grano de arena al edificio, dedicando mi
pluma (que no puedo llamar mal cortada, porque es de acero) al cultivo
del arte trascendental. Al efecto, tengo intención de escribir una
novela en la que, por medio de una acción no muy complicada, pero
bastante dramática, trataré de presentar y aun resolver el siguiente