D. MANUEL DE LA REVILLA[10]

[Illustration: R]EVILLA!--He aquí un nombre que hace soñar, como esas

nubes rojas que se amontonan en el horizonte al declinar a tarde, para

servir de lecho al sol en su caída. Hay en este nombre algo de vago y

misterioso que fascina el espíritu y lo inclina á meditar. Cuando lo

escuchamos, sin saber por qué, viene á nuestra mente el recuerdo

punzante de una flor que hemos deshojado, ó el de una voz que nos

cantaba al oído cuando niños para dormirnos, ó el de unos labios

ardorosos que rozaron nuestra mejilla en otro tiempo, ó las notas

suaves, tiernas, purísimas de la metafísica neo-kantiana. Si se me

preguntara dónde está el secreto de tal fascinación, no podría contestar

satisfactoriamente. Para mí no está en que el señor Revilla sea

filósofo, y sea poeta, y sea orador, y crítico, y catedrático, y

revistero de teatros. Cada una de estas cualidades de por sí, estoy

seguro de que no le haría el blanco de la admiración de sus

contemporáneos. Mas ha de existir entre ellas una singular y extrañísima

relación, inextricable para el espíritu, mediante la que el fenómeno

indicado se realiza. De tal suerte, que si el Sr. Revilla fuese orador y

poeta, y no fuese filósofo al mismo tiempo, perdería por eso sólo la

inmortalidad; y si fuese orador, poeta, filósofo y catedrático, y no

tuviese además la cualidad precisa de revistero de teatros, es como si

no fuese nada para el efecto de la fascinación. El Sr. Revilla es, pues,

el resultado feliz de una agregación de elementos diversos, cuyo modo de

enlazarse ó combinarse sólo Dios conoce. La naturaleza nos está

ofreciendo á cada paso ejemplos admirables de estas dichosas

combinaciones. Suprimid á cierto paisaje el mar que se divisa á lo lejos

ó la montaña que se levanta imponente sobre él, y perderá su carácter y

no atraerá vuestra atención. El Sr. Revilla es como un paisaje (en este

respecto nada más): no es posible quitar ni poner en él cosa alguna, sin

privarle de su efecto.

Desde muy temprano ha reconocido en sí mismo una vocación decidida á

influir sobre su siglo, y siguiendo los nobles impulsos de su alma, no

ha querido privarle de ninguno de aquellos medios por los que un hombre

puede influir sobre un siglo. Bien sabido es de todos que el primero y

más poderoso es la gravedad. Nada hay tan pernicioso, y por

consiguiente, nada tan aborrecible, en mi pobre opinión, como las

expansiones jocosas ó burlescas en todos los puntos de vista que se las

considere. Porque no sólo han sido y son una rémora para el progreso

moral y material de las naciones, sino, lo que es aún peor, han servido

ya en algunas ocasiones para poner en duda el ingenio y la sabiduría del

Sr. Revilla. ¡Qué tiempos los nuestros! Ya no existe para este siglo

menguado nada de respetable ni digno de ser mirado seriamente. Escribe,

pongo por caso, el Sr. Revilla uno de sus artículos guarnecidos y

bordados de primorosas metafísicas, y sin más ni más, salta un

cualquiera diciendo, con cierta vaya impertinente, que aquel artículo es

una colección de lugares comunes, un tejido de frases huecas arrancadas

al tecnicismo filosófico para imponer respeto á la gente ignorante, al

modo que se fija en las huertas un muñeco de paja para espantar á las

aves inocentes. Por eso la gravedad del Sr. Revilla es un dulce y

apetecible oasis en este vasto arenal de liviandades.

Aunque ya he hablado de ella en otra ocasión, sólo fué por incidencia;

así que no me considero relevado de la obligación de consagrarle algunas

palabras. Y la primera cuestión que se presenta es la siguiente: ¿La

gravedad del Sr. Revilla es de nacimiento, esto es, puede considerarse

como una dote otorgada graciosamente por el cielo, ó es una cualidad

adquirida en virtud de un largo y penoso aprendizaje, de prolijos afanes

y desvelos? No es tan fácil como á primera vista parece la resolución de

este problema. Mirando el asunto por encima, y teniendo presente nada

más que lo rara que es hoy esta cualidad, aun entre los hombres más

favorecidos por la Providencia, es fácil deducir que el Sr. Revilla ha

llegado á ella por el trabajo y el estudio. Esta facilidad arrastró á

muchos al error. Cualquiera que se fije un poco, comprenderá que la

gravedad del Sr. Revilla tiene un no sé qué de agreste, indómito y

bravío que la distingue perfectamente de las demás gravedades imitadas

ó contrahechas. Es una de esas gravedades que aparecen muy de tarde en

tarde en la historia humana, y por lo tanto, considero absurdo el

suponer que esté en manos del hombre el adquirirla. Para encontrar algo

parecido, es preciso remontarse á los primeros tiempos de Roma. Aseveran

los historiadores más fidedignos que Numa Pompilio no conoció la risa,

aunque sí añaden que, en sus conferencias con la ninfa Egeria,

acostumbraba sonreir una que otra vez, pero sólo por complacencia. Mi

profesor de psicología, lógica y ética, también poseía en cierto grado

esta cualidad; por lo cual, hoy que la edad me ha enseñado á juzgar

mejor á los hombres, no puedo menos de reconocer que, aunque oscuro, era

un hombre muy notable. No vaya á creerse, sin embargo, que intento

comparar la gravedad del catedrático de psicología, lógica y ética con

la de Numa Pompilio y Revilla. ¡Oh, no! Cuando el Sr. Revilla, después

de tomar convenientemente las medidas á una obra literaria, la califica

de _predominantemente subjetiva_, y por ello la condena, como es justo,

á una eterna execración, es tan serena y tan augusta su frase, palpita

tanto heroísmo dentro de ella, que el espíritu se engrandece y se

inflama, y es preciso acudir á los recuerdos de la Ilíada, á Héctor, á

Diómedes, á Menelao, para observar algo semejante.

Y aunque muy fuera de sazón, no quiero pasar más adelante sin formular

una pregunta que constantemente se está presentando en mi espíritu. Es

la siguiente: ¿Cómo el Sr. Revilla, sin imaginación alguna, sin gusto,

sin ingenio, y con una ilustración tan superficial, juzga con tal

grandeza las obras de arte que le ponen delante? Repito que muchas veces

me hice esta pregunta, y siempre concluí pensando que en el Sr. Revilla

existe algo extraordinario que, aun sin darse acaso él mismo razón de

ello, le mueve á dictar sus fallos; algo que, después de encenderle,

como á la pitonisa griega, le inspira y le sostiene sobre el trípode,

circundando su frente con la aureola del misterio. Este algo, digámoslo

de una vez, no puede ser otra cosa que el genio[11]. El genio, sólo el

genio puede volar tan alto sin necesidad de los medios que los humanos

juzgamos indispensables.

Decía que la pregunta estaba fuera de sazón, y como ustedes han podido

ver, era muy cierto. Sin embargo, ya se sabe que estas informalidades é

impertinencias son en mí frecuentes, y no hay que asombrarse. Por algo

gozo fama entre mis enemigos (porque aquí donde ustedes me ven tan

jovencito y tierno, ya me permito el lujo de tener enemigos) de crítico

subjetivo entre los subjetivos. Soy como si dijéramos un crítico lírico,

pues la subjetividad es lo que caracteriza al género lírico, mientras el

Sr. Revilla, á juzgar por su inflexible talante y por la opaca

sublimidad de sus formas, es un crítico épico. De la combinación de lo

lírico con lo épico, como han demostrado hasta la saciedad Hegel y el

Sr. Revilla ya saben ustedes que nace lo dramático. Por consiguiente,

vean ustedes lo que son las cosas: el día que al Sr. Revilla y á mí nos

dé la gana de reunimos en la mesa de un café, pongo por caso, ya está

formado un crítico dramático, sin necesidad de más músicas. Concluímos

de tomar café, nos damos la mano y nos separamos. Cada cual torna á ser

lo que antes era, yo el crítico lírico y él el épico. ¡Es admirable!

Pero estos temas incidentales me están apartando, á despecho mío, del

propósito único del presente artículo. Toquemos de una vez en las

entrañas del asunto, y hablemos del Sr. Revilla como poeta, sin meternos

en otras honduras.

Yo no he leído los versos del Sr. Revilla; lo declaro con la franqueza

que me caracteriza. Mas al mismo tiempo quiero hacer constar que no fué

por mi culpa. He aquí lo que sucedió. Habiendo pensado, como es natural,

cuando empecé á escribir estas semblanzas, en incluir entre ellas la del

Sr. Revilla, pedí su tomo de poesías á un amigo (si ustedes quieren que

diga quién es, lo diré), el cual, como lo tuviese ya leído, me lo

prometió para el momento oportuno. En esta seguridad descansé

confiadamente, sin preocuparme más del asunto. Cualquiera creo que haría

lo mismo. Pues bien, hace cuatro días, tropiezo con mi amigo, y le digo

al pasar: «Necesito ese tomo de poesías; mañana mandaré por él». Mi

amigo, entonces, arqueó un poco las cejas, levantó un sí es no es los

hombros, y por tres veces consecutivas sacudió la cabeza en distintas

direcciones. No había para qué decir más: era cosa corriente. Envío,

pues, por él, y en vez de las poesías, veo llegar al emisario con una

esquela muy fina en que mi amigo me pide mil perdones, porque, sin

recordar su promesa, había prestado el libro á un canónigo de Granada,

el cual se había marchado á su destino sin devolvérselo. Este golpe me

hizo bastante impresión. ¿Qué significaban entonces aquellos movimientos

de cabeza, hombros y cejas del día anterior? Es lo que no pude averiguar

hasta la hora en que escribo estas líneas. De resultas de todo ello, me

quedé sin leer las poesías del señor Revilla. No obstante, mi amigo dice

en la esquela que escribe con la misma fecha al canónigo de Granada, á

fin de que remita el libro tan pronto como le sea posible. Lo espero con

ansiedad, y excuso encarecer á ustedes los nuevos y puros atractivos que

tendrá para mí después de haber pasado por las manos de un digno y

respetable capitular.

Entre tanto, para no defraudar completamente la atención del público,

que pensaría hallar en estas líneas un examen más ó menos sucinto de los

talentos poéticos del Sr. Revilla, voy á echar mano de alguno de los

materiales que hace tiempo estoy acumulando para una obra más importante

que la presente. La obra se titulará _Vida y opiniones de D. Manuel de

la Revilla_, y pienso dedicar á ella todos los días que de aquí adelante

me conceda Dios sobre la tierra, pues ya estoy realmente cansado y

arrepentido de ocupar tan sólo mi espíritu en asuntos frívolos é

indecorosos. Me ayudará en esta empresa, superior á mis fuerzas (no me

forjo ilusiones), un distinguido artista conocido y estimado ya del

público, á cuyo cargo queda la formación de unos magníficos planos en

que podrán verse, en todo su espesor, las opiniones del Sr. Revilla

desde su nacimiento hasta su disolución, con exactitud y claridad. Será

una obra primorosa y exquisita, que ha de facilitar extraordinariamente

la inteligencia del texto.

Entre estos revueltos materiales, voy á elegir una opinión grandiosa y

peregrina, como todas las de nuestro poeta, que ha de dar al traste, si

no me equivoco, con las ideas más propagadas en asuntos de arte. Todo el

mundo sabe que algunos poetas antiguos más de una vez trataron de

enseñar distintas ciencias ó artes, valiéndose para ello de las formas

artísticas, y que los retóricos, apresurándose á dar un nombre á este

capricho, lo llamaron _género didáctico_ ó _didascálico_. Debemos

confesar que el género didascálico, á pesar de sus esfuerzos, no logró

pelechar gran cosa. Pero no es eso lo peor, sino que en los últimos

tiempos llegó á tal punto su laceria, que algunos autores diéronle por

muerto, y, so pretexto de que el fin único y esencial del arte debe ser

la manifestación de la belleza, pretendieron hasta borrar su claro

nombre. Á tanta vergüenza hubiéramos llegado sin la dichosa aparición

en nuestro planeta de un hombre extraordinario que, fijando en la vasta

esfera del arte su mirada de águila, halló medio de cortar á tiempo la

perniciosa corriente. Este hombre dijo: «El fin del arte no es, como se

ha creído hasta ahora, la belleza, sino la ciencia; no hay arte donde no

se enseñe algo útil y provechoso; el artista y el maestro de escuela se

confunden en una unidad superior; no hay más arte que el didascálico».

El nombre no convenía, sin embargo, por ser esdrújulo, y lo llamó arte

_docente_ ó _trascendental_.

Fué una verdadera revelación para los que yacíamos sumidos en los

groseros errores de la antigüedad. Crear una belleza sólo por crearla me

pareció entonces cosa indigna de un hombre serio. La naturaleza empezó á

hablarme con un lenguaje distinto del que antes usara. Antes, por

ejemplo, al cruzar por un bosque, veía unos árboles cuyos troncos

blancos y satinados parecían de plata, me gustaban muchísimo, los

miraba, los remiraba, pero no pasaba de ahí. Ahora sé que esos árboles

se llaman abedules, que su madera es excelente para hacer canastos, y

que también se emplea para construir las cajas de las diligencias.

Cuando los veo, echo inmediatamente la cuenta del número de chaplones

que de sus troncos podrán sacarse, ¡y encuentro en ello un placer tan

vivo y tan puro! Antes, al ver amontonarse por el azul del cielo

ejércitos de nubes oscuras y medrosas anunciando tempestad, me quedaba

mirando para ellas como un tonto, sin pensar en nada. Á fuerza de

mirar, llegaba á ver las más raras y monstruosas escenas que nadie puede

imaginarse; unas veces era una araña inmensa que iba tejiendo su tela

por el espacio; otras veces era un navío que marchaba con rapidez

vertiginosa sacudido por la borrasca; otras, era un brazo colosal que

sostenía una espada no menos disforme, cuya punta enrojecida se estaba

templando en el sol, quizá para atravesar después á la tierra; otras,

era la lucha tremenda de un demonio de grandes cuernos con un ángel; el

ángel caía al fin vencido, y presa del dolor, sacudía sus monstruosas

alas contra la frente de unas montañas lejanas. Todo esto era

sencillamente un absurdo, porque en aquellas nubes no había arañas, ni

navíos, ni ángeles, ni mucho menos demonios. Allí no había más que una

serie de _cumulus_ que á fuerza de hincharse concluían por reunirse y

cubrir la tierra, formando después verdaderos y genuinos

_cumulo-stratus_. Cualquiera comprende que era una insensatez confundir

un _cumulo-stratus_ con un navío ó una araña. Hoy, gracias al Sr.

Revilla, no se me ocurren tales disparates, porque veo las cosas desde

un punto de vista docente. Antes un río claro y límpido era para mí un

objeto que siempre miraba con deleite. Pues hoy, créanme ustedes, por

sereno y cristalino que sea un río, como no tenga truchas, lo encuentro

aborrecible.

Tuve noticia de la teoría del arte docente ó trascendental en un verano,

residiendo en el campo. La buena nueva llegó á mí por medio de un

periódico que traía inserto uno de esos artículos que el Sr. Revilla

viene escribiendo constantemente desde que empezó á arder en su pecho el

fuego sagrado de la crítica. Aquí debo advertir que con las críticas del

señor Revilla me sucede lo mismo que con ciertas óperas de mi gusto;

esto es, que á fin de que me impresionen más fuertemente, sólo las oigo

ó las leo de raro en raro. Quiso la fortuna que leyera este artículo,

donde, con motivo de no sé qué novela, desenvolvía nuestro poeta su

grandiosa y atrevida concepción de la naturaleza y del arte. La luz se

hizo súbito en mi espíritu, y pude medir con la vista todo el horror de

una obra artística sin trascendencia.

Ya he dicho que era en un verano, y que estaba pasando una temporada en

el campo. Por aquel entonces solía yo levantarme temprano (¡qué tiempos

aquellos! ¡ya no volverán!), y después de levantarme, acostumbraba á

salir á respirar el aire puro de la mañana sentado debajo de un

magnífico y corpulento roble. Era un roble que se moría de risa cuando

le hablaban de los árboles del Retiro. Sin poder decir fijamente si era

simpatía personal ú otra razón de más peso la que enderezaba su vuelo,

lo cierto es que todos los días, y á la hora en que yo me sentaba, venía

un pájaro á posarse sobre el roble. Yo no tenía el honor de conocerle,

pero no importaba nada, porque él guardaba poca ceremonia en eso de no

cantar delante de gente. Se conocía á la legua que era un pájaro

despreocupado y un poco aturdido, gozoso de vivir y viviendo mucho más

en el mundo exterior que en sí mismo. Era un pájaro predominantemente

objetivo, como diría el Sr. Revilla, con el estilo mágico que él sólo

posee. Tenía parda la color, el pico amarillo, el mirar firme y osado,

los modales francos y desenvueltos, ofreciendo el conjunto de su persona

un cierto aire de petulancia que no dejaba de sentarle bien. Apenas se

posaba en una rama, empezaba á columpiarse, y con la cabeza un poco

entornada y los ojos puestos en el espacio, entregábase á la

voluptuosidad del movimiento, sin que aparentase pensar absolutamente en

nada. No tardaba, sin embargo, en proferir varias notas graves y llenas

como las de las flautas metálicas. Era su preludio.

Sin otra preparación, subíase repentinamente al tono agudo y lanzaba al

aire una serie interminable de trinos penetrantes y acalorados, como

quien quiere echar el alma por la boca. Ora atronaba el espacio con una

cascada de notas fuertes y vibrantes que llegaban á producir mareo, ora

desfallecía y se dejaba arrastrar al tono más suave y apagado. Tan

pronto cambiaba á cada instante de inflexión y de ritmo, de modo que los

trinos salían atropelladamente de su boca persiguiéndose los unos á los

otros, como insistía una y otra vez, por un largo espacio, sobre una

misma frase; parecía que trataba de que la aprendiésemos de memoria. De

todas suertes, siempre terminaba con un arrullo tenue y moribundo, como

si quisiera indicar que aún le quedaban muchas cosas por decir, aunque

no esperásemos que salieran jamás de su boca.

En honor de la verdad, debo confesar que el canto de aquel pájaro me

gustaba. No sé por qué extraña asociación de ideas, cuando cantaba, me

acudían á la memoria los instantes felices de mi existencia. Veíalos

pasar leves, dulces, luminosos como ellos fueron, sonriendo tristemente

y diciéndome adiós para siempre. Aquí podría aprovechar la ocasión para

contar á ustedes mis primeros amores, sin que ninguno tuviera derecho á

quejarse; pero soy incapaz por naturaleza de jugar á nadie estas

pasadas. Tan sólo diré que el canto de aquel pájaro resucitaba en mi

espíritu sentimientos muy dulces que hacía mucho tiempo había dado por

muertos. Todo era una pura ilusión, sin embargo, y una flaqueza de mi

alma, disculpable únicamente por el estado de ignorancia en que me

hallaba respecto á los eternos principios del arte. Porque, es preciso

decirlo claro, no podía darse nada más deplorable que el canto de aquel

pájaro desde el punto de vista docente; nada más desprovisto de

trascendencia. Después de escucharlo me quedaba tan sabio como antes, no

puedo negarlo, pero ni la más leve partícula de ciencia venía á acrecer

el caudal de mi sabiduría. Así lo comprendí con dolor al cabo, por lo

que me propuse no sufrir más tiempo las impertinencias de un descarado

partidario del arte por el arte. Si entre tanto trino y gorjeo se

hubiese deslizado, siquiera fuese de un modo secundario, cualquier

problemita insignificante de historia ó de metafísica, crean ustedes que

nunca me resolvería á hacer lo que hice. ¡Pero decidirme á perder de un

modo necio el tiempo! Francamente, que ya no se espere jamás eso de mí.

Lo que hice, pues, fue aparejarme con una piedra bastante crecida al

sentarme un día, como de costumbre, debajo del roble, y así que columbré

á mi pájaro, encajársela sin otras retóricas con toda mi fuerza. No le

toqué; mas al sentir tan cerca de sí la primer pedrada de la crítica

(crítica aunque severa muy justa), desplegó sus alas y no volvió á

parecer por aquel sitio. ¡Pobre diablo! ¿A dónde habrá ido á parar?

En verdad que la grandiosa teoría del Sr. Revilla está á punto de hacer

cambiar radicalmente la faz de todas las artes, arquitectura, escultura,

pintura, música, poesía y baile. Tengo algunos motivos para creerlo. Por

lo pronto, me han informado de que el único maestro que en España

cultiva con buen éxito la expresión más pura y genuina de la música,

esto es, la sinfonía, está escribiendo una en que probará, ó tratará de

probar al menos, que el problema amenazador de las subsistencias sólo

puede resolverse rebajando las tarifas del arancel. Este precioso tema,

que el oboe se encargará de apuntar nada más en el _andante_, se irá

repitiendo por el _allegro_, el _allegro con motto_ y el _scherzzo_

entre mil combinaciones armónicas, hasta quedar totalmente dilucidado.

Por otra parte, un joven escultor amigo mío está á punto de terminar una

preciosa Venus en cuclillas, que llevará grabada á cincel en la espalda

la «teoría del valor» de Bastiat, que comienza como todos saben:

«Disertación, fastidio; disertación sobre el valor, fastidio sobre

fastidio». De esta suerte, el espectador podrá gozar con la belleza de

la estatua y al mismo tiempo meditar sobre el asunto más escabroso de la

economía política. Creo que el público ha de acoger con entusiasmo esta

Venus trascendental, si no por su mérito, al menos por ser la primera

que del género docente le presentan.

La teoría va, pues, abriéndose paso al través de la frialdad de los unos

y de la abierta oposición de los otros. Su glorioso fundador puede estar

seguro de que no tardará mucho en triunfar por completo. Y como nada es

despreciable tratándose de contribuir á una obra tan fecunda y generosa,

yo también quiero llevar un grano de arena al edificio, dedicando mi

pluma (que no puedo llamar mal cortada, porque es de acero) al cultivo

del arte trascendental. Al efecto, tengo intención de escribir una

novela en la que, por medio de una acción no muy complicada, pero

bastante dramática, trataré de presentar y aun resolver el siguiente

Semblanzas literarias · 第 76 / 93 题