[Illustration: L]LEGO á la reimpresión de estas semblanzas, escritas y
publicadas treinta años ha, con la curiosidad burlona y también con el
enternecimiento con que descubrimos en el desván de nuestra casa el
caballo de cartón que hemos montado en la niñez. ¡Oh cielos, cuánto me
he divertido cabalgando sobre mi pluma irresponsable en aquel tiempo
feliz! ¡Cuan dulce poder soltar la carcajada en una reunión prevalidos
de nuestra insignificancia! Después crecemos, adquirimos seriedad,
reputación, pero huye la alegría, y gracias que no sea en compañía del
talento.
Parece que me estoy viendo discurrir por aquel amplio corredor del
Ateneo, en la calle de la Montera, pobremente esterado, sin más
decoración que los libros encerrados en estantes de pino. Conmigo pasean
otros cuantos seres insignificantes, y juntos todos formamos un grupo de
una insignificancia escandalosa. Por aquel pasillo cruzan á cada
instante enormes personajes, estadistas, oradores, académicos cuyo
rostro se frunce al pasar á nuestro lado. ¿Por qué se frunce? Aquellos
personajes nos detestan porque disputamos «de lo que no entendemos» y
acaparamos las revistas extranjeras. Algunos, sin embargo, son buenos y
cariñosos para nosotros, y el más bueno y cariñoso de todos y el más
sabio al mismo tiempo es aquel varón magnánimo que se llamó D. José
Moreno Nieto. Allí estaba siempre sentado en el rincón de la Biblioteca
como un sacerdote en su confesonario esperando afablemente á todo el que
quisiera molestarle. Con él consultábamos nuestras dudas científicas,
nuestros planes de estudio ó ensayos literarios. No era avaro, no, de su
talento y de su ciencia. ¡Pobre D. José! ¡Qué suma de indulgencia se
necesitaba para sufrir nuestra petulancia y no mandarnos á paseo!
Pero había otros, como he dicho, no tan pacientes y nos hacían
ostensible su desprecio y nos dirigían miradas furibundas cuando
osábamos entrar en las salas de conversación. Tanto que desesperados un
día resolvimos declararnos independientes y conquistar también nuestro
terruño.
Había en aquel vetusto caserón de la calle de la Montera una estancia
grande y lóbrega con balcones á un patio que servía de trastera. Allí
decidimos plantar nuestra tienda. Dicho y hecho. Una tarde, á la hora en
que no había llegado todavía ninguno de aquellos odiosos viejos
(llamábamos viejos ¡ay! á los hombres de treinta á cuarenta años),
penetran cautelosamente en el Ateneo una docena escasa de valerosos
jóvenes, se dirigen impetuosamente á la trastera, la limpian en un abrir
y cerrar de ojos de las sillas decrépitas y mesas patizambas que allí
dormían bajo el polvo, ahuyentan también éste con escobas; luego se
lanzan impávidos al asalto de los salones, roban, pillan, escamotean, y
en otro abrir y cerrar de ojos queda amueblada y decorada con relativo
lujo aquella _cacharrería_ que no tardó en hacerse famosa en España. Los
criados contemplaban con espanto el saqueo; el conserje se mesaba los
cabellos exclamando: «¡Dios mío, qué dirá el secretario!» Uno de
aquellos chicos, el de voz más bronca (porque ya había llegado á la
muda), se yergue altivo al oir esto y ahuecándola cuanto pudo y
empinándose sobre la punta de los pies deja caer como gotas de hierro
incandescente estas palabras: «Dígale usted al secretario (pausa),
dígale usted al secretario... ¡que no le conozco! Después de tan
arrogante respuesta que nos hizo recordar la de Leónidas al emisario de
Jerjes, volvió la espalda con infinito desprecio y el conserje quedó
anonadado.
Nuestra audacia impuso respeto á los _viejos_ ó tal vez les hizo reir.
Lo cierto es que al día siguiente nos enviaron á guisa de burla, como
regalo, el retrato al óleo de D. Julián Sanz del Río, filósofo tan
profundo como feo, importador en España de la filosofía de Krause. Á
estas horas pocos recuerdan en el mundo á Sanz del Río ni á Krause, pero
en aquella fecha eran tan odiados de los hombres de orden como hoy lo
son los anarquistas, y sus preceptos «vive una vida íntegra», «realiza
tu esencia», etc., inspiraban el mismo terror que las bombas de
dinamita. Nosotros acogimos con júbilo al laberíntico filósofo y le
colgamos respetuosamente de la pared, aunque jurando con las manos
extendidas no leer jamás su _Filosofía analítica_.
Todo aquello se hundió en el abismo del olvido y sólo los cuatro ó cinco
canosos y panzudos _cacharreros_ que paseamos por las aceras de Madrid
nos acordamos con emoción de aquellos días risueños y nos enternecemos
hablando del retrato al óleo de D. Julián.
Precisamente en aquellos días risueños fueron escritas estas semblanzas
sobre los negros y sobados pupitres de la Biblioteca del Ateneo.
Publicadas primero en la _Revista Europea_ y después en volumen, se
agotaron rápidamente, porque en España siempre hubo público para los
azotados. Desde aquella remota fecha á la presente se me han hecho
algunas proposiciones para reimprimirlas, pero me he negado
obstinadamente á ello y aun al publicar la serie de mis obras completas
prescindí de incluirlas, hasta ahora. ¿Por qué tan severa resolución?
Porque estoy persuadido de que á los veintidós ó veintitrés años se
puede ser un excelente poeta ó tal vez un mediano novelista, pero sólo
un detestable crítico. Además, estas semblanzas están llenas de
alusiones personales de dudoso gusto, están escritas en general con la
arrogancia decisiva que suele caracterizarnos en los primeros años de la
vida. Por tales razones las había condenado á eterna proscripción.
Pero he aquí que en una noche de insomnio me asaltó la terrible duda que
á todos los escritores acomete más ó menos tarde. ¡Si yo fuese inmortal!
pensé de improviso. ¡Si mis obras fuesen leídas de las generaciones
venideras! Entonces no sólo se reimprimiría cuanto yo he escrito, sino
que se buscarían, se recogerían y se publicarían las cartas que he
dirigido á mis amigos y ¡quién sabe! hasta los billetitos amorosos; hay
eruditos capaces de las mayores infamias. Pensar esto y sentir inundado
mi cuerpo de un frío sudor entre las sábanas fué todo uno. No existe
hombre en el mundo que haya escrito más simplezas á sus amigos, pero
estas simplezas no son comparables con las que he escrito á las amigas.
Mis huesos se ruborizarían dentro de la tumba, estoy seguro de ello. Tan
desazonado me dejó tal pensamiento, que á la mañana siguiente encontré
paseando con sus nietos por el Retiro á una venerable señora á quien en
otro tiempo dirigí por escrito una declaración de amor, y me costó
trabajo no acercarme á ella y suplicarle por el de Dios, ya que no por
el mío, que me devolviese la epístola si es que la conservaba. Por
supuesto, ahora me miro mucho cuando escribo cartas, pensando en que
andando el tiempo han de ser publicadas, y si algún conocido me escribe
una pidiéndome prestadas cien pesetas adopto el estilo más puro y más
clásico, imitado de Hurtado de Mendoza, para responderle que no me es
posible enviárselas.
Desde esta fecha me di á imaginar que era menester reimprimir las
presentes semblanzas. Para animarme á ello me he dicho á mí mismo
repetidas veces que los pecados de la juventud son letras de cambio que
se pagan indefectiblemente en la vejez. Puesto que yo he cometido
algunos, debo valerosamente sufrir las consecuencias. Al lado de este
motivo generoso, levanta la cabeza su compañero eterno, el motivo
egoísta y sórdido. Si este volumen de semblanzas ha de reportar algunas
ganancias, ¿no es preferible que estas ganancias caigan en mi bolsillo
antes que en el de un editor profano que las desentierre?
He aquí pues, lector, este libro de semblanzas que te vuelvo á ofrecer
al cabo de tantos años. Si eres viejo sentirás cierta melancolía
hallándote de nuevo frente á los hombres que amabas ó aborrecías en tu
juventud y á quien siempre escuchabas con interés. Si eres joven
sonreirás desdeñosamente al ver la importancia que entonces concedíamos
á ciertos hombres absolutamente desconocidos para ti. No te equivoques,
sin embargo; lo que ahora sucede, sucederá más tarde y sucederá siempre.
¿Cuántos de los personajes que hoy provocan tu admiración ó tu cólera se
salvarán del olvido? En conciencia puedo decirte que aquellos hombres
por mí zaheridos no tenían más talento que los que ahora figuran en las
letras y en la política, pero te afirmo igualmente, con la mano sobre el
corazón, que eran menos pedantes. En cuanto á los por mí ensalzados,
díme, ¿quiénes son actualmente los sustitutos de Zorrilla, de Castelar y
Campoamor?
Este libro viene á ser un camposanto. De los muchos varones que aquí se
estudian y de los otros á quien se alude, sólo tres ó cuatro pertenecen
todavía al mundo de los vivos. Un sentimiento de vergüenza que semeja
remordimiento me acomete al entregar de nuevo á la publicidad estas
sátiras de oradores y escritores que ya han descendido á la región de
las sombras. Pero todos ellos comprenderán ahora que en mi corazón
juvenil no había ni un grano de odio. Yo no era entonces más que un niño
travieso y poco respetuoso. Por eso cuando en breve me presente delante
de ellos en ese lugar oscuro donde vagan las sombras de los héroes,
estoy seguro de que todos me tenderán la mano. Quizá me pidan con afán
noticias del Ateneo y de los héroes actuales de la literatura. Quizá
suspiren como Aquiles murmurando que vale más una noche pasada
discutiendo _lo predominantemente subjetivo_, aunque haya críticos que
se burlen de sus discursos, que cien años trascurridos más allá de la
laguna Estigia.
[Illustration]
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