CAPÍTULO CIV.

CÓMO CORTÉS DIJO AL GRAN MONTEZUMA QUE MANDASE Á TODOS LOS CACIQUES QUE

TRIBUTASEN Á SU MAJESTAD, PUES COMUNMENTE SABIAN QUE TENIAN ORO, Y LO

QUE SOBRE ELLO SE HIZO.

Pues como el capitan Diego de Ordás y los soldados por mí ya nombrados

vinieron con muestras de oro y relacion que toda la tierra era rica,

Cortés, con consejo del Ordás y de otros capitanes y soldados, acordó

de decir y demandar al Montezuma que todos los caciques y pueblos

de la tierra tributasen á su majestad, y que él mismo, como gran

señor, tambien tributase é diese de sus tesoros; y respondió que él

enviaria por todos los pueblos á demandar oro, mas que muchos dellos

no lo alcanzaban, sino joyas de poca valía que habian habido de sus

antepasados; y de presto despachó principales á las partes donde habia

minas, y les mandó que diese cada uno tantos tejuelos de oro fino

del tamaño y gordor de otros que le solian tributar, y llevaban para

muestras dos tejuelos, y de otras partes no le traian sino joyezuelas

de poca valía.

Tambien envió á la provincia donde era cacique y señor aquel su

pariente muy cercano que no le queria obedecer, que estaba de Méjico

obra de doce leguas; y la respuesta que trujeron los mensajeros fué,

que decia que no queria dar oro ni obedecer al Montezuma, y que tambien

él era señor de Méjico y le venia el señorio como al mismo Montezuma

que le enviaba á pedir tributo.

Y como esto oyó el Montezuma, tuvo tanto enojo, que de presto envió su

señal y sello y con buenos capitanes para que se lo trujesen preso; y

venido á su presencia el pariente, le habló muy desacatadamente y sin

ningun temor ó de muy esforzado, ó decian que tenia ramos de locura,

porque era como atronado; todo lo cual alcanzó á saber Cortés, y envió

á pedir por merced al Montezuma que se lo diese, que él lo queria

guardar; porque, segun le dijeron, le habia mandado matar el Montezuma;

y traido ante Cortés, le habló muy amorosamente, y que no fuese loco

contra su señor, y que lo queria soltar. Y Montezuma cuando lo supo

dijo que no lo soltase, sino que lo echasen en la cadena gorda, como á

los otros reyezuelos por mí ya nombrados.

Tornemos á decir que en obra de veinte dias vinieron todos los

principales que Montezuma habia enviado á cobrar los tributos del oro,

que dicho tengo. Y así como vinieron, envió á llamar á Cortés y á

nuestros capitanes y ciertos soldados que conocia que éramos de guarda,

y dijo estas palabras formales, ó otras como ellas:

—«Hágoos saber, señor Malinche y señores capitanes y soldados, que á

vuestro gran rey yo le soy en cargo y le tengo buena voluntad, así por

señor y tan gran señor, como por haber enviado de tan léjas tierras

á saber de mí; y lo que más me pone en el pensamiento es, que él ha

de ser el que nos ha de señorear, segun nuestros antepasados nos han

dicho, y aun nuestros dioses nos dan á entender por las respuestas

que dellos tenemos; toma ese oro que se ha recogido, y por ser tan de

priesa no se trae más; y lo que yo tengo aparejado para el Emperador es

todo el tesoro que he habido de mi padre, que está en vuestro poder y

aposento, que bien sé que luego que aquí venistes, abristes la casa y

lo vistes é mirastes todo, y la tornastes á cerrar como ántes estaba;

y cuando se lo enviáredes, decidle en vuestros anales y cartas: «Esto

os envia vuestro buen vasallo Montezuma;» y tambien yo os daré unas

piedras muy ricas, que le envieis en mi nombre, que son chalchichuis,

que no son para dar á otras personas, sino para ese vuestro gran

Emperador, que vale cada una piedra dos cargas de oro. Tambien le

quiero enviar tres cerbatanas con sus esqueros y bodoqueras, que tienen

tales obras de pedrería, que se holgará de vellas; y tambien yo quiero

dar de lo que tuviere, aunque es poco, porque todo el más oro y joyas

que tenia os he dado en veces.»

Y cuando aquello le oyó Cortés y todos nosotros, estuvimos espantados

de la gran bondad y liberalidad del gran Montezuma, y con mucho acato

le quitamos todos las gorras de armas, y le dijimos que se lo teniamos

en merced, y con palabras de mucho amor le prometió Cortés que

escribiriamos á su majestad de la magnificencia y franqueza del oro que

nos dió en su Real nombre.

Y despues que tuvimos otras pláticas de buenos comedimientos, luego

en aquella hora envió Montezuma sus mayordomos para entregar todo el

tesoro de oro y riqueza que estaba en aquella sala encalada; y para

vello y quitallo de sus bordaduras y donde estaba engastado tardamos

tres dias, y aun para lo quitar y deshacer vinieron los plateros de

Montezuma, de un pueblo que se dice Escapuzalco.

Y digo que era tanto, que despues de deshecho eran tres montones de

oro; y pesado, hubo en ellos sobre seiscientos mil pesos, como adelante

diré, sin la plata é otras muchas riquezas. Y no cuento con ello

las planchas y tejuelos de oro y el oro en grano de las minas; y se

comenzó á fundir con los plateros indios que dicho tengo, naturales de

Escapuzalco, é se hicieron unas barras muy anchas dello, como medida de

tres dedos de la mano de anchor de cada una barra.

Pues ya fundido y hecho barras, traen otro presente por sí de lo que el

gran Montezuma habia dicho que daria, que fué cosa de admiracion ver

tanto oro y las riquezas de otras joyas que trujo. Pues las piedras

chalchihuis, que eran tan ricas algunas dellas, que valian entre los

mismos caciques mucha cantidad de oro; pues las tres cerbatanas con sus

bodoqueras, los engastes que tenian de piedras y perlas, y las pinturas

de pluma é de pajaritos llenos de aljófar, é otras aves, todo era de

gran valor.

Dejamos de decir de penachos y plumas y otras muchas cosas ricas,

que es para nunca acabar de traerlo aquí á la memoria; digamos agora

cómo se marcó todo el oro que dicho tengo con una marca de hierro que

mandó hacer Cortés, y los oficiales del Rey prohibidos por Cortés, y

de acuerdo de todos nosotros, en nombre de su majestad, hasta que otra

cosa mandase; y la marca fué las armas Reales como de un real y del

tamaño de un toston de á cuatro, y esto sin las joyas ricas que nos

pareció que no eran para deshacer; pues para pesar todas estas barras

de oro y plata y las joyas que quedaron por deshacer no teniamos pesas

de marcos ni balanza, y pareció á Cortés y á los mismos oficiales de la

hacienda de su Majestad que seria bien hacer de hierro unas pesas de

hasta una arroba, y otras de media arroba, y de dos libras, y de una

libra, y de media libra y de cuatro onzas; y esto no para que viniese

muy justo, sino media onza más ó ménos en cada peso que pesaba y de

cuanto pesó.

Y dijeron los oficiales del Rey que habia en el oro, así en lo que

estaba hecho arrobas como en los granos de las minas y en los tejuelos

y joyas, más de seiscientos mil pesos, sin la plata é otras muchas

joyas que se dejaron de avaluar; y algunos soldados decian que habia

más.

Y como ya no habia que hacer en ello sino sacar el real quinto y

dar á cada capitan y soldado nuestras partes, é á los que quedaban

en el puerto de la Villa-Rica tambien las suyas, parece ser Cortés

procuraba de no lo repartir tan presto, hasta que tuviese más oro é

hubiese buenas pesas y razon y cuenta de á cómo salian; y todos los más

soldados y capitanes dijimos que luego se repartiese, porque habiamos

visto que cuando se deshacian las piezas del tesoro de Montezuma estaba

en los montones que he dicho mucho más oro, y que faltaba la tercia

parte dello, que lo tomaban y escondian, así por la parte de Cortés

como de los capitanes y otros que no se sabia, y se iba menoscabando;

é á poder de muchas pláticas se pesó lo que quedaba, y hallaron sobre

seiscientos mil pesos, sin las joyas y tejuelos, y para otro dia habian

de dar las partes.

É diré cómo lo repartieron, é todo lo más se quedó con ello el capitan

Cortés é otras personas, y lo que sobre ello se hizo diré adelante.

Verdadera historia de los sucesos de la conquista de la Nueva-España (1 de 3) · 第 122 / 133 题